viernes, 23 de junio de 2006

El costado abierto de Cristo: Jesucristo sí y la Iglesia también


Hoy es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una devoción que antes del Concilio estaba muy presente en toda la Iglesia, y que hoy, después de ese gran acontecimiento eclesial, ha sido postergada como parte del aggiornamento.

La Iglesia ha querido actualizar esta solemnidad con su sentido bíblico de la misericordia de Dios: el corazón abierto de Cristo del que nos habla el evangelista San Juan (19,31-37). Hoy quiero proponeros estos bellísimos textos de San Agustín de Hipona; son dos párrafos de sus Enarraciones sobre los salmos interpreta el costado abierto de Cristo como el momento del nacimiento de la Iglesia, que sale como Eva del costado abierto de Adán: una del costado del que dormía, la otra del costado del que moría:


Porque cuando dormía Adán, le fue arrancada una costilla y fue hecha Eva; así el Señor cuando dormía en la cruz, su costado fue atravesado con una lanza, y fluyeron los sacramentos, de donde fue hecha la Iglesia. Pues la Iglesia esposa del Señor fue hecha del costado, lo mismo que Eva fue hecha del costado. Pero de la misma manera que aquella no fue hecha sino del costado del que dormía, así ésta no fue hecha sino del costado del que moría (126,7).
En este otro texto el santo obispo nos habla además de Adán como figura de Cristo, que es el nuevo Adán del que nace la nueva Eva, la Iglesia:

Así pues si Adán era figura del que había de venir, del mismo modo que del costado del que dormía fue hecha Eva, así del costado del Señor que dormía, o sea, que moría en la pasión, y golpeado en la cruz con la lanza, manaron los sacramentos, con los cuales se forma la iglesia. Pues de su misma pasión futura dice en otro salmo: “yo dormí, y tomé el sueño; y me levanté porque el Señor me sustentó”. Luego la dormición se entiende como la pasión. Eva fue hecha del costado del que dormía, la iglesia del costado del que padecía (138,2) .

Otro tema que destaca en estos textos es la unión de Cristo y la Iglesia, hasta el punto de hacerla su esposa. Esa Iglesia que somos nosotros, los que renacemos gracias al bautismo y somos alimentados con la Eucaristía. La Iglesia es nuestra madre porque hemos renacido en el bautismo, la Iglesia es la nueva Eva "madre de los vivientes":
Hay una mujer en la que espiritualmente se cumple lo que se dijo a Eva: "Parirás con gemidos", pues la Iglesia esposa de Cristo pare hijos. Si da a luz, sufre dolores de parto. Prefigurándola, se llamó a Eva "madre de los vivientes (126,8).

Así, la Iglesia es "madre de los vivientes", que somos los bautizados, que al participar de la muerte y resurrección de Cristo hemos sido injertados en Él y participamos de su Vida. Nacemos el amor de nuestros padres y en el bautismo volvemos a nacer del amor de Dios, y nuestra madre es la Iglesia, la nueva Eva "madre de los vivientes", que nos da a luz.

Por eso no tiene sentido decir: "Yo creo en Jesús pero en la Iglesia no", pues Jesús y la Iglesia son inseparables, ya que Cristo quiso que la Iglesia naciera de su costado abierto en la cruz, del que salió sangre y agua (Jn 19,34): que no es sólo un fenómenos fisiológico, sino los sacramentos de los que habla San Agustín: la sangre es la Eucaristía y el agua es el bautismo, los dos sacramentos que nos hacen cristianos, miembros de la Iglesia, y con los cuales nacemos a la Vida eterna y somos alimentados por Cristo a través de su Iglesia, que nos hace nacer y nos nutre.

Para que veamos la importancia de este detalle de la sangre y el agua, el evangelista insiste en el v. 35 en que él fue testigo de aquel hecho y nos lo transmite para que nosotros también creamos: creamos en Jesucristo, de cuyo costado abierto nació su esposa la Iglesia, nuestra madre.

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