jueves, 9 de noviembre de 2006

Piedras vivas

1 Pedro 2,4-5: Acercándoos al Señor, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
Hoy celebramos la Fiesta de la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma y "madre y cabeza de las iglesias de la Urbe y del Orbe".

En esta entrada quiero reflexionar sobre lo que significa la dedicación de una iglesia con motivo de la dedicación de esta basílica, madre de todas las iglesias.

Dedicar una iglesia significa que un edificio se entrega a Dios, se convierte en la casa de Dios, y también la casa de los cristianos, pues somos los hijos de Dios.

Pero hemos de darnos cuenta que existen las iglesias, los templos, hechos de piedra o ladrillo, más antiguos o más modernos, porque existen las piedras vivas que somos los cristianos, que desde nuestro bautismo hemos entrado a formar parte de la construcción de la Iglesia. El término Iglesia viene del griego y significa asamblea, reunión, reunión de las piedras vivas que van formando el templo de Dios. Así los bautizados reunidos en la iglesia en asamblea litúrgica nos unimos para construir el templo espiritual hecho de piedras vivas. Esto tiene lugar especialmente en la celebración de la Eucaristía, anticipo del banquete celestial.

Celebrar la dedicación de las iglesias significa que éstas son signos de la presencia de una comunidad cristiana que allí construye con piedras vivas la Iglesia espiritual, imagen de la Jerusalén celestial.

Las iglesias son la morada de Dios entre nosotros, desde la Tienda del Encuentro de los israelitas en el desierto, pasando por los templos de Salomón y de Herodes. Hoy precisamente la Palabra de Dios de la Misa es la expulsión de los mercaderes del templo (Juan 2,13-22): Jesús anuncia que va a destruir el templo y a reconstruirlo en tres días, refiriéndose al templo de su cuerpo como anota el mismo evangelista San Juan. Es decir a partir de Jesucristo parar encontrarnos con Dios no es necesario una cosa, como la Tienda del Encuentro o el templo antiguo, sino una realidad personal, el mismísimo Hijo de Dios, gracias a su encarnación. Por eso el prólogo del evangelio de San Juan dice que la Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros (1,14): Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, es la nueva Tienda del encuentro, el nuevo templo donde las personas nos encontramos con Dios, gracias a su encarnación, gracias a que ha tomado cuerpo y se ha hecho hombre.

Y porque somos su cuerpo y Él es nuestra cabeza podemos decir con San Agustín de Hipona que la casa en que proferimos nuestras oraciones es este edificio material, pero la casa de Dios somos nosotros mismos.