domingo, 31 de diciembre de 2006

Lo que no ha sido asumido no ha sido salvado

El domingo que hay después de Navidad (y si no el día 30 de diciembre) celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret: San José, la Virgen María y el Niño Jesús.

El título de la entrada es una frase de los Padres capadocios (San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno y San Basilio Magno) que quiere decir que Jesús fue plenamente humano, que Jesús es Dios y también hombre porque si le faltase algo de humano, eso no quedaría redimido en nosotros.

Por eso el Hijo de Dios quiso nacer de una mujer, nacer bajo la ley (cf. Gálatas 4,4,), para participar de y compartir nuestra condición humana. También el nacer y crecer en una familia, como un niño necesitado del amor y de los cuidados de sus padres.

Los evangelios nos cuenta muy poco de la infancia de Jesús y de la vida de la Sagrada Familia en Nazaret, sólo nos cuentan algún episodio como cuando Jesús se pierde en el Templo de Jerusalén. Jesús ya tenía doce años y había ido a celebrar la Pascua como buen judío piadoso que era. Pero después se quedó en el templo, entre los doctores de la ley, escuchando y respondiendo a sus preguntas con sabiduría.

Cuando San José y la Virgen lo encuentran vemos una escena propia de cualquier familia preocupada cuando ha ocurrido cualquier peligro o problema. Y la respuesta del Niño Jesús indica algo muy importante: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que tengo que ocuparme en las cosas de mi Padre? (Lucas 2,49).

Esa respuesta de Jesús indica que ha crecido y ha descubierto cuál es su misión. Como cualquier niño que va creciendo y va tomando conciencia de quién es, de quién es su familia, de su historia, va descubriendo qué quiere hacer en la vida, qué quiere ser de mayor. Jesús había ido creciendo en Nazaret y ahora ya ha querido empezar su vida pública, sabe que ha venido al mundo a ocuparse de las cosas de su Padre, Él sabe que tiene un padre en la tierra (Y su madre le dijo: Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia) pero tiene que obedecer también a su Padre del cielo, que lo ha enviado.

Lo ha enviado para ocuparse de las cosas de su Padre, que es anunciar a la humanidad que Dios es nuestro Padre, que su Hijo ha venido para hacernos hijos de Dios gracias al amor de Dios Padre: Mirad cuánto nos ama el Padre, que se nos llama hijos de Dios, y lo somos. Por eso, los que son del mundo no nos conocen, pues no han conocido a Dios. Queridos hermanos, ya somos hijos de Dios. Y aunque aún no se ha manifestado lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca seremos como él, porque lo veremos tal como es (1 Juan 3,1-2).

Jesús, al nacer y criarse en una familia humana, nos enseña que la familia humana es una presencia donde Dios quiere habitar, para que el amor de los esposos, que se prolonga en los hijos sean imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. El cuadro de Bartolomé Esteban Murillo "Las dos Trinidades" nos muestra plásticamente que desde la Navidad, Dios quiso que la familia humana fuese imagen del amor infinito de Dios gracias a Jesucristo, para que descubramos y aprendamos, como el Niño Jesús en el templo, que nuestra vocación primera y fundamental es ser Hijos de Dios y ocuparnos de las cosas de nuestro Padre: mostrar al mundo (en el sentido del evangelio de San Juan: los que no conocen a Dios o lo rechazan) que todos somos hijos de un mismo Padre y que estamos llamados a formar la gran familia de la humanidad en la Iglesia como hermanos de Cristo.

Por eso la Iglesia quiere dedicar uno de los días de la Octava de Navidad a que contemplemos y celebremos el misterio de Dios hecho hombre, pero no solo sino en su familia, la Sagrada Familia de Nazaret.

sábado, 30 de diciembre de 2006

Surge ahí la Sagrada Familia

Principio del formulario

CANTAD Y CANTAD

Mi alma engrandece al Señor, porque
ha hecho, en mí, cosas grandes
(Lc 1, 49)


San José viene cantando

con unos cuantos tableros

y el niño juega clavando,

en cruz, dos de los maderos.


Cantad y cantad

la gloria de Dios.

La Virgen está cantando:

mi alma engrandece al Señor

porque ha hecho maravillas,

dichosa me llamarán

las generaciones venideras;

soy la esclava del Señor,

hágase según su palabra.

Cantad y cantad

la gloria de Dios.

Los ángeles están cantando

gloria a Dios en las alturas,

paz a todas las criaturas

hoy, el Amor está salvando.


San José está taladrando

las tablas de los graneros

y el niño llora clavando

los clavos en dos cruceros.

La Virgen está mirando

las lágrimas de su niño

y dentro se va guardando

esos llantos con cariño.


Cantad y cantad

la gloria de Dios.

La Virgen está cantando...

La Virgen sigue pensando

en los clavos y sus manos

y se queda preguntando

qué le harían los romanos.

La Virgen María alaba y engrandece al Señor, porque, siendo ella tan humilde, el Creador se ha fijado en ella. La alabanza y el agradecimiento a Dios es también obligación del cristiano por las mercedes recibidas a diario.

María, al saludo de Isabel (Lc 1,46-55): “Bendita tú entre las mujeres”, evocando el enorme prodigio que se ha realizado en ella, prorrumpe en el Magnificat, cántico o himno de alabanza de resonancias bíblicas con que glorifica y da gracias a Dios que ha mirado la insignificancia de su sierva. El himno habla, en una explosión de júbilo, de la misericordia de Dios, de su preferencia por los pobres y por los humildes, de su fidelidad a las promesas hechas a los Padres. María canta la gracia y la generosidad de Dios para con ella, su providencia y su poder, mani­festados en la historia de la salvación, “bienaventurada me llamará todas las generaciones” Es un éxtasis y una profecía.

El Magnificat es un himno que nos presenta a la Virgen en actitud orante; no pide, alaba, agradece, da gracias y constata la realización del plan liberador de Dios. María representa a los pobres de Yahvé que esperaban su liberación. Es el canto del alma orante y contemplativa, alegre y gozosa, que está comprometida con los problemas sociales que afligen a la humanidad. Los contemplativos llevan, en su corazón, el sufrimiento de las injusticias sociales. Desde el punto de vista religioso, el himno presenta a Dios como el Salvador, el misericordioso, el fiel, el leal siempre a su palabra, a su compromiso de ayudar y proteger al hombre [...]

Las palabras que María Santísima emplea en el umbral de la casa de Isabel constituyen una inspirada profesión de su fe, en la que la respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la elevación espiritual y poética de todo su ser hacia Dios. En estas sublimes palabras, que son al mismo tiempo muy sencillas y totalmente inspiradas por los textos sagrados del pueblo de Israel, se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece el misterio de Dios, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre. María participa en la nueva "autodonación" de Dios y proclama: "ha hecho obras grandes en mí; su nombre es santo". Sus palabras reflejan el gozo del espíritu: "se alegra mi espíritu en Dios mi salvador". En su arrobamiento, María confiesa que se ha encontrado en el centro mismo de esta plenitud de Cristo” (RM, 36) [...]

Y nace ahí la Sagrada Familia. Sagrada, como toda familia que cumpla los designios y la voluntad de Dios, que se entregue al amor con amor, que viva la generosidad en el servicio, con paciencia y delicadeza; soslayando y corrigiendo defectos, dándose sin egoísmos, viviendo en el dar y en el darse.

Camilo Valverde Mudarra

No hay ningún mensaje seleccionado

Haz clic en cualquier mensaje para verlo en el panel de lectura. Se bloquearán los datos adjuntos, imágenes y vínculos de remitentes desconocidos para ayudarte a proteger tu privacidad y seguridad.

Para mostrar los mensajes automáticamente al seleccionar una carpeta, cambia la configuración del panel de lectura

(De mi libro "DEL SONETO AL EVANGELIO". Edt. Monte Carmelo)Final del formularioCargando...

viernes, 29 de diciembre de 2006

Diálogo de carmelitas: El martirio de las carmelitas de Compiègne (17-7-1.794)


La obra Diálogo de carmelitas de Bernanos hizo más conocido el episodio del martirio de las dieciséis monjas carmelitas (incluyendo una novicia) del monasterio de Compiègne. Su relato es edificante por la fidelidad y serenidad con que afrontaron su martirio. Ojalá que, como decía Tertuliano, que se bautizó al ver la valentía de los primeros mártires cristianos, realmente la sangre de los mártires sea semilla de cristianos, de cristianos comprometidos con su fe y sin miedo a confesarla en público donde sea necesario.

La decapitación de estas monjas por fanáticas muestra que realmente el sueño de la razón produce monstruos, que empezaron con la revolución francesa, hija de la Ilustración que ensalzó la razón pura y condenó la religión como supersticiosa: Aplastad al infame decía Voltaire.
La fiesta de Nuestra Señora del Carmen de 1794, celebrada en una horrible cárcel de París, tuvo augurios de sangre y de gloria para las monjas carmelitas descalzas del monasterio de Compiègne. Al día siguiente, las dieciséis hijas de Santa Teresa, novicia incluida, iban a ser conducidas a la guillotina por el crimen de ser católicas, "fanáticas" en el lenguaje revolucionario.

Hacía siglo y medio que las carmelitas descalzas de Amiens habían fundado en Compiègne, una ciudad de Oise. La fundación data de 1641, cuando hacía 37 años que había llegado a Francia para iniciar la reforma la Beata Ana de San Bartolomé con Ana de Jesús y otras cuatro monjas españolas.

Al estallar la revolución (1789), las monjas rehusaron despojarse de su hábito carmelita, y cuando los disturbios fueron aumentando, entre junio y septiembre de 1792, siguiendo una inspiración que tuvo la priora Beata Teresa de San Agustín, todas se ofrecieron al Señor en holocausto para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su amado Hijo, fuese devuelta a la Iglesia y al Estado. El acto de consagración, emitido incluso por dos religiosas ancianas que al principio se habían asustado ante el solo pensamiento de la guillotina, se convirtió en ofrecimiento diario hasta el día del martirio, dos años después.
La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía que los religiosos fueran considerados como funcionarios del Estado. Deberían prestar juramento a la Constitución y sus bienes serían confiscados. Era el año 1790. Miembros del Directorio del distrito de Compiègne, cumpliendo órdenes, se presentaron el 4 de agosto de aquel año en el monasterio a hacer inventario de las posesiones de la comunidad. Las monjas tuvieron que dejar sus hábitos y abandonar su casa. Cinco días después, obedeciendo los consejos de las autoridades, firmaron el juramento de Libertad-Igualdad. Los religiosos que se negaban a firmarlo eran deportados.
Después fueron separadas. Hicieron cuatro grupos y vivían en distintos domicilios, pero continuaron practicando la oración y entregándose a la penitencia como antes.
La regularidad y el orden de su vida, que reproducía todo lo posible en tales circunstancias la vida y horario conventuales, fueron notados por los jacobinos de la ciudad. En ello encontraron motivo suficiente para denunciarlas al Comité de Salud Pública, cosa que hicieron sin pérdida de tiempo.
El régimen del terror estaba oficialmente establecido en Francia y había llegado en aquellos momentos al más alto nivel imaginable. El rey había sido ejecutado y el Tribunal Revolucionario trabajaba sin descanso enviando cientos de ciudadanos sospechosos a la muerte.
La denuncia de las carmelitas decía que, pese a la prohibición, seguían viviendo en comunidad, que celebraban reuniones sospechosas y mantenían correspondencia criminal con fanáticos de París.
Convenía presentar pruebas, y con ese objeto se efectuó un minucioso registro en los domicilios de los cuatro grupos. El Comité encontró diversos objetos que fueron considerados de gran interés y altamente comprometedores. A saber: cartas de sacerdotes en las que se trataba bien de novenas, de escapularios, bien de dirección espiritual. También se halló un retrato de Luis XVI e imágenes del Sagrado Corazón. Todo ello era suficiente para demostrar la culpabilidad de las monjas. El Comité, pues, redactó un informe en el que explicaba cómo, "considerando que las ciudadanas religiosas, burlando las leyes, vivían en comunidad", que su correspondencia era testimonio de que tramaban en secreto el restablecimiento de la Monarquía y la desaparición de la República, las mandaba detener y encerrar en prisión.
El 22 de junio de 1794 eran recluidas en el monasterio de la Visitación, que se había convertido en cárcel. Allí esperaron la decisión final que sobre su suerte tomaría el Comité de Salud Pública asesorado por el Comité local. Entonces acordaron retractarse del juramento prestado antes, "prefiriendo mil veces la muerte mejor que ser culpables de un juramento así". Esta resolución las llenó de serenidad. Cada día aumentaba el peligro, pero ellas se sentían más fuertes. Continuaban dedicadas a orar y, gracias a estar en prisión, podían hacerlo juntas, como cuando estaban en su convento. Ya no se veían obligadas a ocultarse y ello les procuraba un gran alivio.
Transcurridos unos días, justamente el 12 de julio, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París. El cumplimiento de tales órdenes fue exigido en términos que no admitían demora. No hubo tiempo para que las hermanas tomaran su ligera colación ni cambiaran su ropa, que estaba mojada porque habían estado lavando. Las hicieron montar en dos carretas de paja y les ataron las manos a la espalda. Escoltadas por un grupo de soldados salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, antesala de la guillotina y abarrotada de sacerdotes y laicos cristianos igualmente condenados.
Nadie ayudó a las monjas a descender de los carros al final del viaje. A pesar de sus ligaduras y de la fatiga causada por el incómodo transporte, fueron bajando solas. Una de las hermanas, sin embargo, enferma y octogenaria, Carlota de la Resurrección, impedida por las ataduras y la edad, no sabia cómo llegar al suelo. Los conductores de las carretas, impacientados, la cogieron y la arrojaron violentamente sobre el pavimento. Era una de las religiosas que dos años antes había sentido miedo ante el pensamiento de una muerte en el patíbulo y había dudado antes de ofrecerse en sacrificio. Pero en este momento era ya valiente y, levantándose maltrecha, como pudo, dijo a los que la habían maltratado:
"Créanme, no les guardo ningún rencor. Al contrario, les agradezco que no me hayan matado porque, si hubiera muerto, habría perdido la oportunidad de pasar la gloria y la dicha del martirio".
Como si nada hubiese ocurrido, en la Conserjería prosiguieron su vida de oración prescrita por la regla. No se dejaban perturbar por los acontecimientos. Testigos dignos de crédito declararon que se las podía oír todos los días, a las dos de la mañana, recitar sus oficios.
Su última fiesta fue la del 16 de julio, Nuestra Señora del Carmen. La celebraron con el mayor entusiasmo, sin que por un instante su comportamiento denotase la menor preocupación. Por la tarde recibieron un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario. La noticia no les impidió cantar, sobre la música de La Marsellesa, unos versos improvisados en los que expresaban al mismo tiempo fe en su victoria, temor y confianza, y que se conservan en el convento de Compiègne.
Ante el Tribunal escucharon cómo el acusador público, Fouquier-Tinville, las atacaba durísimamente: "Aunque separadas en diferentes casas, formaban conciliábulos contrarrevolucionarios en los que intervenían ellas y otras personas. Vivían bajo la obediencia de una superiora y, en cuanto a sus principios y sus votos, sus cartas y sus escritos son suficiente testimonio".
Fueron sometidas a un interrogatorio muy breve y, sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas, culpables de organizar reuniones y conciliábulos contrarrevolucionarios, de sostener correspondencia con fanáticos y de guardar escritos que atentaban contra la libertad. Una de las monjas, sor Enriqueta de la Providencia, preguntó al presidente qué entendía por la palabra "fanático" que figuraba en el texto del juicio, y la respuesta fue:
"Entiendo por esa palabra su apego a esas creencias pueriles, sus tontas prácticas de religión".
Era su amor a Dios, su fidelidad a los votos y a la religión lo que las hacía merecedoras de la pena capital.
Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono derrocado, hoy plaza de la Nación. En el trayecto la gente las miraba pasar demostrando diversidad de sentimientos, unos las injuriaban, otros las admiraban. Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.
Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y que le concediera permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudate Dominum omnes gentes, subió decidida los escalones de la guillotina. Una tras otra, todas las carmelitas repitieron la escena. Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de ser guillotinadas. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo. Así realizó lo que ella solía decir: "El amor saldrá siempre victorioso. Cuando se ama todo se puede".
Era el día 17 de julio de 1.794 por la tarde.
Prevaleció un silencio absoluto durante todo el tiempo en que los ejecutores seguían el procedimiento. Las cabezas y los cuerpos de las mártires fueron enterrados en un pozo de arena profundo de casi 9 metros cuadrados en el cementerio parisino de Picpus. Como este pozo de arena fue el receptáculo de los cuerpos de 1298 víctimas de la Revolución, parece no haber muchas esperanzas de recuperar sus reliquias. Una placa de mármol con el nombre de las mártires y la fecha de su muerte figura sobre la fosa y en ella hay grabada una frase latina que dice: Beati qui in Domino moriuntur. Felices los que mueren en el Señor.
Sus nombres eran los siguientes:
  • Madeleine-Claudine Ledoine (Madre Teresa de San Agustín), priora, n. en París, el 22 Sept., 1752, profesó el 16 o 17 de Mayo, 1775;
  • Marie-Anne (o Antoinette) Brideau (Madre San Luis), sub-priora, n. en Belfort, el 7 Dic., 1752, profesó el 3 Sept, 1771;
  • Marie-Anne Piedcourt (Hermana de Jesús Crucificado), miembro del coro, n. 1715, profesó en 1737; al subir al patíbulo dijo: "Los perdono tan de corazón como deseo que Dios me perdone a mí";
  • Anne-Marie-Madeleine Thouret (Hermana Charlotte de la Resurrección), sacristana, n. en Mouy, 16 Sept., 1715, profesó 19 Ago., 1740, dos veces sub- priora en 1764 y 1778.
  • Marie-Antoniette o Anne Hanisset (Hermana Teresa del Santo Corazón de María), n. en Rheims en 1740 o 1742, profesó en 1764;
  • Marie-Françoise Gabrielle de Croissy (Madre Henriette de Jesús), n. en París, el 18 Junio, 1745, profesó el 22 Feb., 1764, priora desde 1779 a 1785;
  • Marie-Gabrielle Trézel (Hermana Teresa de San Ignacio), miembro del coro, n. en Compiègne, el 4 de Abril de 1743, profesó el 12 Dic., 1771;
  • Rose-Chrétien de la Neuville, viuda, miembro del coro (Hermana Julia Luisa de Jesús), n. en Loreau (o Evreux), en 1741, profesó probablemente en 1777;
  • Anne Petras (Hermana María Henrieta de la Providencia), miembro del coro, n. en Cajarc (Lot), 17 Junio, 1760, profesó el 22 Oct., 1786.
  • Con respecto a la Hermana Eufrasia de la Inmaculada Concepción, los informes varían. La Srta. Willson dice que su nombre era Marie Claude Cyprienne Brard, y que nació el 12 de Mayo, 1736; Pierre, que su nombre era Catherine Charlotte Brard, y que nació el 7 de Sept., 1736. Nació en Bourth, y profesó en 1757;
  • Marie-Geneviève Meunier (Hermana Constanza), novicia, n. 28 Mayo, 1765, o 1766, en St. Denis, recibió el hábito el 16 Dic., 1788. Subió al patíbulo cantando "Laudate Dominum". Además de las personas mencionadas arriba, tres hermanas laicas y dos torneras sufrieron el martirio. Las hermanas laicas son:
  • Angélique Roussel (Hermana María del Espíritu Santo), hermana laica, n. en Fresnes, el 4 de Agosto, 1742, profesó el 14 de Mayo, 1769;
  • Marie Dufour (Hermana Santa Marta), hermana laica, n. en Beaune, 1 o 2 Oct., 1742, entró a la comunidad en 1772;
  • Julie o Juliette Vérolot (Hermana San Francisco Javier), hermana laica, n. en Laignes o Lignières, 11 Enero, 1764, profesó el 12 Enero, 1789.
Las dos torneras, que no eran Carmelitas, sino simplemente sirvientas de la comunidad, eran: Catherine y Teresa Soiron, n. respectivamente el 2 Feb., 1742 y el 23 Ene., 1748 en Compiègne, ambas estaban al servicio de la comunidad desde 1772.
La Iglesia declaró que el sacrificio de aquellas nobles mujeres no había sido en vano, puesto que "apenas habían transcurrido diez días de su suplicio cuando cesaba la tormenta que durante dos años había cubierto el suelo de Francia de sangre de sus hijos" (decreto de declaración de martirio, 24 de junio de 1905).
El cardenal Richard, arzobispo de París, inició el proceso de su beatificación el 23 de febrero de 1896. El 16 de diciembre de 1902 el papa León XIII declaraba venerables a las dieciséis carmelitas. Se sucedieron los milagros, como una garantía de su santidad, y el 27 de mayo de 1905 San Pío X declaraba beatas a aquellas "que, después de su expulsión, continuaron viviendo como religiosas y honrando devotamente al Sagrado Corazón".
Los milagros probados durante el proceso de beatificación fueron:
  • La curación de la Hermana Clara de San José, una hermana laica Carmelita de Nueva Orléans, cuando se encontraba a punto de morir de cáncer en Junio, 1897;
  • La curación del Abbé Roussarie, del seminario de Brive, cuando se encontraba a punto de morir, en 1897;
  • La curación de la hermana Santa Marta de San José, una hermana laica Carmelita de Vans, de tuberculosis y de un absceso en la pierna derecha, 1 Dic., 1897;
  • La curación de la hermana San Miguel, una franciscana de Montmorillon, el 9 Abril, 1898.
Las benedictinas de Stanbrook, en Inglaterra, conservan muchas de las ropas que estaban lavando en la cárcel las mártires cuando fueron conducidas a la guillotina. Estas reliquias provienen de las benedictinas de Cambrai, que se hicieron cargo de ellas a los pocos días del martirio.

La Virgen María, "el nuevo principio"

Camilo VALVERDE MUDARRA

María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia el misterio de la redención con Él y por Él, con la gracia de Dios Omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso, no pocos Padres Antiguos afirman, que, yendo gustosamente con él en su predicación, «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG 56).

Los Libros Sagrados y la Tradición Respetable destacan con claridad el cometido de la madre de Jesús en la historia de la salvación. En la Antigua Escritura, hay páginas que anuncian la venida de Cristo a este mundo y ponen de manifiesto, como se ha interpretado por la revelación posterior, la figura de una mujer madre del Salvador. Así lo indica de modo profético la promesa de victoria sobre la serpiente que Dios dirige al hombre y a la mujer, tras cometer su desobediencia (Gn 3,15). Una mujer joven y virgen dará a luz un hijo, Emmanuel (Is 7, 14; Mq 5, 2; Mt 1,23). En María, se cumple, luego de la larga espera de los tiempos, aquella promesa en su culminación: de su carne se hizo carne el Unigénito del Padre y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

La Lumen gentium precisa: “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (cf. Lc 1,41-4s); y en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo Primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal. Y, cuando hecha la ofrenda propia de los pobres, lo presentó al Señor en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubrieran los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2,34-3 s). Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo, ocupado en las cosas de su Padre; y ellos no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2,41-51)” (LG, 57).

Por ello, S.S. Juan Pablo II, en Mulieris Dignitatem, dice: “La "mujer" del protoevangelio está situada en la perspectiva de la redención. La confrontación Eva-María puede entenderse también en el sentido de que María asume y abraza en sí misma este misterio de la "mujer' cuyo comienzo es Eva, "la madre de todos los vivientes" (Gén 3,20). En primer lugar, lo asume y lo abraza en el interior del misterio de Cristo, "nuevo y último Adán" (cf. 1 Cor 15,45), el cual ha asumido en su propia persona la naturaleza del primer Adán. En efecto, la esencia de la nueva alianza consiste en el hecho de que el Hijo de Dios, consustancial al Eterno Padre, se hace hombre y asume la humanidad en la unidad de la persona divina del Verbo. El que obra la redención es al mismo tiempo verdadero hombre. El misterio de la redención del mundo presupone que Dios-Hijo ha asumido ya la humanidad, como herencia de Adán, llegando a ser semejante a él y a cada hombre en todo, "excepto en el pecado" (Heb 4,15). De este modo, él "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimación de su vocación", como enseña el concilio Vaticano II (G. et S. 22); en cierto sentido, le ha ayudado a descubrir "qué es el hombre" (cf Sal 8,5).

En la tradición de la fe y de la reflexión cristiana, la correlación Adán-Cristo frecuentemente acompaña a la de Eva-María. En este orden, a María se le llama también "nueva Eva", analogía que está cargada de un gran significado. Ciertamente, tal significación ve particularmente en María la manifestación de todo lo que está comprendido en la palabra bíblica "mujer", esto es, una revelación correlativa al misterio de la redención. María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que habla el libro del Génesis (3,16) y volver a recorrer el camino hacia aquel "principio" donde se encuentra la "mujer" como fue requerida en la creación y, consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno de la Santísima Trinidad. María es "el nuevo principio" de la dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres” (MD, 11).

En María, Madre de Jesús, se cumplen, pues, las Sagradas Escrituras, se realiza la vocación de corredentora, recibida y aceptada por Ella, con gozo y se abren todas las esperanzas para la mujer que, inveteradamente, le han sido detraídas por la sumisión y la negación de sus derechos y dignidad.

Ojitos sin brisa

He tenido la suerte de que D. Camilo Valverde Mudarra (Catedrático de Lengua y literatura españolas, Diplomado en Ciencias bíblicas y poeta, además de alcalaíno) va a colaborar para enriquecer esta bitácora.

También podéis leer escritos suyos en el blog de las iglesias béticas

Aquí está su primera colaboración:

OJITOS SIN BRISA



“Una voz se oyó en Ramá,
llanto y lamento grande.
Raquel lloraba a sus hijos
y no quería ser consolada,
porque no existían”

(Jr 31,15; Mt 2,18).


Las nubes, abrazando la inocencia
del niño con sus brazos siderales,
se unieron, en sus besos inmortales,
a la madre, con honda reverencia.

Sus pupilas sumidas en la ausencia
buscaron, por las rutas celestiales,
la voz de los gemidos abismales
que los astros lanzaban con vehemencia.

Viles hachas hendieron su cabeza,
sus ojitos se hundieron en la brisa,
y fue muerte en un cielo de tristeza;

en sus labios tembló turquí sonrisa
yerta por la ira cruel de la vileza
con que Herodes vertió sangre sumisa.


José: "Levántate, toma al ni­ño y a su madre, huye a Egipto, y es­tate allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. El se levantó, los tomó y, de noche, se fue a Egipto; estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta: 'De Egipto llamé a mi Hijo'” (Os 11, 1; Mt 2,13s). La orden de huida se da a José, cabeza de familia, responsable de la vida de María y de Jesús. La entrada en Egipto, clásico refugio político, era fácil, pues allí había una colonia judía. Hay un trasfondo del Éxodo.

Entonces Herodes, viendo que los Magos se habían burlado de él, se eno­jó violentamente y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su territorio, de dos años abajo, según el tiempo del que se había informado de los magos (Mt 2,16). Los niños inocentes sacrificados serían unos treinta o cuarenta. Nada significaba, para este tirano, la muerte de estos pequeños: "Llanto y lamento grande. Raquel lloraba, porque ya no existían".

El Evangelista se refiere a Herodes el Grande, que había nacido hacia el año 73 a. de C y cuyos padres fueron un idumeo y una princesa árabe. Tuvo diez mujeres. Se ganó el favor del emperador romano, merced a lo cual ostentó en Palestina cargos de suma importancia; entre otros, rey de Judea y dueño y señor de Jerusalén. Su reinado fue famoso por las grandiosas construcciones como la del templo de Jerusalén. Ejerció la autoridad con absoluto despotismo; según Josefo, derramó la sangre de buena parte su misma familia, incluso mató a tres de sus propios hijos y ordenó la matanza de los niños inocentes (Mt 2.18; Lc 1,5).


Muerto Herodes, un ángel del Señor le avisó de nuevo y volvió a la tierra de Israel. "Mas, oyendo que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Avisado en sueño, se retiró a la región de Ga­lilea.


Y fue a morar a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los profetas, que sería llamado Nazareno (Mt 2,13-23).

Camilo Valverde Mudarra

(De mi libro "DEL SONETO AL EVANGELIO". Edt. Monte Carmelo).

Parece que sí estamos en el 2006

En la primera entrada de ayer hablaba de la equivocación de nuestro calendario que está atrasado pues según parecía Jesucristo, que se libró de la matanza de Herodes I el Grande, tuvo que nacer hacia el año 4 a.C. que es la fecha en que murió el tirano.

Hoy he encontrado esta noticia de la Agencia Fides y como rectificar es de sabios, os la traigo para que veáis que Dionisio el Exiguo no se equivocó; además trae otros datos interesantes sobre el día del nacimiento de San Juan Bautista y del mismo Jesús.

VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La fecha de la Navidad: "Dionisio no se equivocó”

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En estos días continúa habiendo intervenciones y entrevistas, en acreditados medios de comunicación, que sustentan una lectura simbólica de la Navidad y, con ella, de las fechas y de las referencias históricas ligadas al acontecimiento del nacimiento del Salvador. Tales lecturas ya están totalmente superadas por los más recientes estudios. Parecen por tanto oportunas algunas aclaraciones históricas y por tanto teológicas.

La coordenada que da Lucas para establecer el año del nacimiento de Jesús es el edicto de Cesar Augusto. ¿Cuándo ocurrió? O bien ¿en qué año del calendario romano? Sobre el hecho no nos adentraremos. Pero, también en este caso, se ve que con demasiada facilidad se ha hablado de error de cálculo del monje Dionisio, encargado en el 525 por la Iglesia de Roma de continuar la compilación de la tabla cronológica de la fecha de Pascua preparada a su tiempo por el Obispo Cirilo de Alejandría en Egipto. Él no partió de la fecha de inicio del imperio de Diocleciano (285 de nuestro calendario cristiano) - fecha que todavía hoy la Iglesia copta emplea para el cómputo de su calendario, es decir el inicio de la era de los mártires - sino de la encarnación de Jesucristo.

Aunque no se conozca exactamente el método que él siguió, está vigente la tesis que se habría equivocado, poniendo el nacimiento de Jesús 'después de la muerte de Herodes' o bien 4 ó 6 años después de la fecha en que habría ocurrido, y que correspondería al 748 de Roma. Se puede sin embargo demostrar que no es así, porque las objeciones a sus cálculos son inválidas, en cuanto que no tienen en cuenta por ejemplo, que Flavio Josefo, al que normalmente nos referimos para estas y otras dataciones, se equivocó, y precisamente sobre la muerte de Herodes el Grande, en base a un eclipse lunar que él recordaba.

Además, se le imputa el no haber usado el año cero en el cómputo, cosa que en aquel tiempo faltaba. En todo caso Dionisio el Exiguo acogió la fecha del 25 de diciembre que no había sido introducida arbitrariamente por las Iglesias cristianas. Según Tertuliano Jesús habría nacido en el 752 de Roma, 41° año del imperio de Augusto. Los modernos instrumentos de investigación permiten conectar los datos con los elementos astronómicos que garantizan su seguridad; se superan así los contrastes entre el mundo hebreo y la cultura cristiana que puedan haber condicionado a los historiadores. La cronología puede ser reconstruida, como ha hecho el insigne historiador Giorgio Fedalto, comparando tablas cronológicas diferentes (cfr. Historia y metahistoria del cristianismo. Cuestiones debatidas, Verona 2006, pp 39-58 y Carsten Peter Thiede, El nacimiento del cristianismo, Milán 1999, pp 267-322).

También sobre los anuncios que preceden al nacimiento del Señor podemos hacer algunas consideraciones. Lucas, queriendo encuadrar históricamente a Jesús y su llegada, ofrece otra coordenada: empieza su evangelio reconduciendo una tradición judeo-cristiano jerosolimitana, un hecho aparentemente marginal pero históricamente verificable por sus contemporáneos, aún antes del 70 d.C. Según el evangelista, el ángel Gabriel anunció al sacerdote Zacarías, mientras "ejercía sacerdotalmente en el turno (taxis) de su orden (ephemeria)", (1,8) el de Abdías (1,5) que su esposa Isabel habría concebido un hijo. Lucas hace referencia pues a una rotación dispuesta por David (1Cr 24,1-7.19): las 24 clases se alternaban en orden inmutable en el servicio al templo de sábado a sábado, dos veces al año. Esto era conocido entre los judíos y al menos en entorno judeo-cristiano. El turno de Abdías, prescrito dos veces el año, caía del 8 al 14 del tercer mes del calendario (lunar) hebreo y del 24 al 30 del octavo mes (cfr Shemarjahu Talmon, The Calendar Reckoning of the sect from the Judean Desert. Aspects of the Dead Sea Scrolls, en Scripta Hierosolymitana, vol IV, Jerusalem 1958, pp 162-199 y Antonio Ammassari, En los orígenes del calendario navideño, en Euntes Docete, 45, 1992, pp 11-16). Esta segunda vez, según el calendario solar corresponde a la última década de septiembre.

De este modo es histórica también la fecha del nacimiento del Bautista (Lc 1,57-66, correspondiente al 24 de junio, nueve meses después. También el anuncio a Maria "en el sexto mes” (1,28) de la concepción de Isabel, correspondiente al 25 de marzo. Última consecuencia es pues histórica la fecha del 25 de diciembre, nueve meses después.

En el calendario litúrgico siríaco está el 'Subara', el tiempo del anuncio, constituido por seis domingos (v. Adviento ambrosiano) el primero dedicado al anuncio del nacimiento de Juan al padre Zacarías, celebrado en el calendario bizantino y en la iglesia latina de Tierra Santa el 23 de septiembre. Así los bizantinos y los latinos, conservan al 23 de septiembre como una fecha histórica casi precisa, todo lo más con un margen de dos días. Otro tanto puede decirse de las fechas de las fiestas de la natividad del Bautista y la anunciación a Maria y la natividad de Jesús. La liturgia de la Iglesia ha fijado y conmemorado históricamente estas fechas (v. la Circuncisión al octavo día después del nacimiento, la presentación al cuadragésimo) en especial la Natividad del Señor. El hecho de que a veces se haya asimilado a la del 6 de enero, se debe al calendario bizantino que recordaba un conjunto de acontecimientos epifánicos (la llegada de los Magos, el bautismo en el Jordán, la bodas de Cana) pero también a que las Iglesias se comunicaban las fechas de las celebraciones y tenían posibilidad de verificar su autenticidad histórica.

Por el contrario, sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado, se propagó entre los liturgistas la idea de que el 25 de diciembre era una fecha convencional, elegida por los cristianos de Roma para reemplazar el Nacimiento del Sol invencible, es decir una fiesta del dios Mitra o del emperador, que caía alrededor del solsticio invernal. En realidad, sobre todo después del edicto de Constantino [el edicto de Milán (313) que concedió la libertad de culto a los cristianos], la Iglesia se habría sentido movida por el deseo de valorizar alguna fiesta del paganismo decadente, pero no habría inventado una fecha tan central. Se piensa que en el rito bizantino la fecha de la anunciación elimina el domingo y el jueves santo, y si coincide con la Pascua se canta medio canon, la composición poética propia de las dos fiestas. Por tanto, la memoria ininterrumpida fue sancionada con la liturgia pero el Evangelio de Lucas con sus referencias a lugares, fechas y personas ha contribuido a ello de modo fundamental. (Agencia Fides 28/12/2006; Líneas: 74 Palabras: 1096)

El sueño de la razón produce monstruos II

En esta entrada quiero explicar el sentido de esta frase de Goya. Expresa con clarividencia el resultado de la Modernidad: los millones de víctimas de la Revolución francesa y de los regímenes nazi y comunistas del siglo XX.

La Modernidad podría definirse como
el largo proceso por el cual las sociedades europeas han pasado de una cosmovisión cristiana del mundo, del hombre y de Dios, a una cosmovisión que quiere ser racional y nada más que racional; el proceso de secularización o laicización, es decir, la ruptura y el progresivo distanciamiento entre lo divino y lo humano, entre la revelación y la razón, o, si se prefiere, la lenta y sucesiva sustitución de los principios y valores cristianos, que habían dado unidad y sentido a los pueblos europeos durante al menos diez siglos, por los valores pretendidos de la razón pura (Carlos Valverde, Génesis, estructura y crisis de la modernidad, XIII. Ed. BAC, Madrid 1996).
Este libro de Carlos Valverde se centra en las ideas filosóficas que intervinieron en este proceso porque
sería una tarea imposible querer exponer todo el conjunto de factores que han intervenido en este macroproceso evolutivo que ha durado siete siglos. Hemos preferido atender principalmente a uno de los más decisivos: las ideas filosóficas. El vizconde lord Bolingbroke, ilustrado inglés del siglo XVIII, decía que la historia no es más que la filosofía puesta en ejemplos. Hay mucho de verdad en ello. Y más cerca de nosotros, Viktor Frankl dijo en una conferencia: Créanme ustedes, señoras y señores, ni Auschwitz, ni Treblinka, ni Maidanek fueron preparados fundamentalmente en los Ministerios nazis de Berlín, sino mucho antes, en las mesas de escritorio y en las aulas de clases de los científicos y filosófos nihilistas (Carlos Valverde, Génesis, estructura y crisis de la modernidad, IX. Ed. BAC, Madrid 1996).
Este proceso comienza en el siglo XIV, podemos decir que en 1328, cuando Guillermo de Ockham, que había sido llamado por Juan XXII a Avignon para explicar ciertas proposiciones teológicas ofensivas para los oídos piadosos. Pero como no encontraba solución satisfactoria, el franciscano inglés y otros franciscanos "espirituales", partidarios de la pobreza radical de la Iglesia, escaparon y buscaron refugio y protección bajo el Emperador Luis de Baviera, enemigo del Papa y entonces excomulgado. Los franciscanos lo encuentran en Pisa y Guillermo pronuncia la frase Tú me defenderás con la espada y yo te defenderé con la pluma. La frase puede ser legendaria pero ahí podemos decir que empezó la Modernidad, el proceso de secularización.

Este hecho puede ser el punto de partida simbólico de una época cultural distinta. La Modernidad será una larga marcha hacia la total autonomía de lo secular y que duró siglos, hasta llegar al total inmanentismo y secularismo de Feuerbach (1841) con su lema el hombre es un dios para el hombre, todo queda reducido a lo terrenal. Dios no es necesario. Los hombres pueden construir ellos solos su ciudad. Les basta la razón. La razón puede colocarse en el lugar de Dios. Finalmente, Nietzsche después pronunciará la definitiva sentencia de muerte: "Dios ha muerto. Nosotros lo hemos matado". Es la desobediencia definitiva a Dios iniciada por Adán y Eva.

Las consecuencias las hemos conocido a base de la muerte de millones de inocentes, porque la historia es la filosofía puesta en ejemplos: Hegel, el predicador del Absoluto que se encarna en el Estado prusiano, y su discípulo Feuerbach, que reduce a Dios a una proyección de los deseos humanos; y Marx, discípulo de éste al que consideró que después de él la crítica religiosa ya estaba terminada en Alemania. Todos estos filósofos llevaron a Marx, que es el origen del comunismo, de los regímenes ateos que tantos millones de personas han matado y siguen matando en el mundo y están en la base también del nazismo, que también mató a varios millones de personas.

El nazismo y el comunismo son el culmen de la Modernidad, que empezó a mostrar sus monstruos en la Revolución francesa y su época del terror. La diferencia entre estos dos regímenes ateos (nazismo y comunismo) es que buscaron un mismo objetivo superior (una quimera colectiva) eliminando a sus enemigos que para ellos eran grupos colectivos pero que realmente eran personas individuales. Hicieron esto porque no había un referente superior al Estado y a la ideología del régimen que lo sustentaba: habían cambiado a Dios y los valores cristianos por el Estado y la ideología, igual que la Revolución francesa, fruto de la razón ilustrada que tanto atacó a la religión: rechazó ésta a cambio de la razón pura, que desembocó en el Terror de la guillotina por lo mismo: habían eliminado a Dios, referente moral supremo de la acción libre y responsable de los hombres.

Estos son, entre otros, los monstruos que produjo y aún sigue produciendo el sueño de la razón llamado Modernidad.

Cuando los hombres no tienen que responder de sus acciones ante ningún Ser Supremo referente de la moral como es Dios, los mismos hombres convierten en dioses sus ideologías y así se cumple de forma siniestra la promesa de la serpiente demoníaca en el paraíso: Seréis como dioses, y ya vemos las consecuencias de la desobediencia primera a Dios: las personas destruimos la armonía creada por Dios y además no queremos reconocer nuestro error ni aceptar nuestra responsabilidad, como hicieron Adán y Eva (cfr. Génesis 3,8-13: en los siguientes capítulos hasta el 11 vienen las consecuencias del primer pecado: la violencia y el deseo de Dios de acabar con la humanidad pecadora mediante el diluvio, aunque se arrepiente y hace con Noé un nuevo pacto para una nueva humanidad señalado con el arco iris, Génesis 8: queda abierta una puerta a la esperanza gracias a la misericordia y al amor de Dios).

jueves, 28 de diciembre de 2006

El sueño de la razón produce monstruos (Goya)

Hoy es 28 de Diciembre y los católicos celebramos el día de los Santos Inocentes, los niños que el rey Herodes mató intentando acabar con el rey que le habían anunciado los magos de Oriente (Mateo 2, 16-18).

Hoy en día también mueren miles de niños inocentes en España en abortos provocados con el consentimiento de sus madres. Realmente es una perversión de un instinto tan hermoso y tan fuerte como el de la maternidad.

El aborto se reviste de legitimidad moral porque ha sido aprobado en el Parlamento, pero hay que denunciar muy claramente que lo legal no es moral, o sea que si una ley inmoral ha sido aprobada legítimamente en las Cortes eso no quiere decir que sea aceptable moralmente.

Precisamente en la Octava de Navidad, que concluye celebrando el 1 de enero a la Virgen María Madre de Dios, en estos días que celebramos el nacimiento de Dios como un bebé indefenso perseguido ya en la cuna, recordamos a los Santos Inocentes muertos en nombre del progreso, porque son un estorbo como lo fueron aquellos niños para Herodes.

Nuestra sociedad secularizada, posmoderna y poscristiana se avergüenza de la Navidad, del nacimiento de un Niño que dio origen a la fe cristiana que ha hecho a esta sociedad occidental más libre, democrática y avanzada e impone esta cultura de la muerte; y ve mal a la Iglesia porque está a favor de la vida, a favor de la familia como transmisora del don de la vida a los hijos dentro de una paternidad responsable pero generosa: para esta sociedad la Iglesia es medieval, está atrasada, no va con los tiempos.

Y por eso nuestra sociedad es una de las más envejecidas del mundo, porque no nacen niños. Un niño es la esperanza del futuro, de la continuidad de un pueblo y de una sociedad. Por eso la señal de esperanza que Dios da a Acaz es un niño, el Emmanuel (Isaías 7, 14). Pero Occidente se está extinguiendo, ya que ni siquiera nacen niños para reemplazar a los adultos existentes.

Eso ocurre en nuestra sociedad secularizada, que da la espalda a Dios de tal manera que ni siquiera quiere celebrar la Navidad y la disfraza con nombres ridículos como Festival de Invierno, o más sutilmente diciendo Felices Fiestas (como si fueran las fiestas del pueblo).

Todo ello en nombre de la razón, una razón que excluye por supuesto a la fe, pues es la diosa razón que entronizaron en Notre-Dame los revolucionarios franceses de 1789, los del Terror y la guillotina, contemporáneos de Goya.

Los monstruos que produjo el sueño de la razón volvieron a despertar especialmente en el siglo XX:
El vizconde lord Bolingbroke, ilustrado inglés del siglo XVIII, decía que la historia no es más que la filosofía puesta en ejemplos. Hay mucho de verdad en ello. Y más cerca de nosotros, Viktor Frankl dijo en una conferencia: Créanme ustedes, señoras y señores, ni Auschwitz, ni Treblinka, ni Maidanek fueron preparados fundamentalmente en los Ministerios nazis de Berlín, sino mucho antes, en las mesas de escritorio y en las aulas de clases de los científicos y filosófos nihilistas (Carlos Valverde, Génesis, estructura y crisis de la modernidad, IX. Ed. BAC, Madrid 1996).
Viktor Frankl había estado preso en uno de los campos de exterminio nazis, uno de los ejemplos históricos del horror y de la voluntad de aniquilar a los enemigos y a los considerados inferiores que estorbaban, lo mismo que el Gulag soviético, la Revolución cultural de Mao o el genocidio de los Jemeres rojos en Camboya. Todo esto, como decía Frankl fueron los monstruos del sueño de la razón: más bien pesadillas reales para muchos.

Las víctimas del aborto son consideradas por los partidarios de este crimen también como inferiores y enemigos de la salud de la madre o de la comodidad, son un estorbo en definitiva como las víctimas de estos regímenes ateos y antirreligiosos que buscaban crear una nueva sociedad comunista o el hombre nuevo ario; nuestra sociedad quiere crear una nueva sociedad del bienestar (más bien de la comodidad) y para ello elimina los estorbos impidiendo la concepción o matando a los ya concebidos, pues el fin justifica los medios.

Realmente por eso la Navidad cristiana estorba a este mundo secularizado que ha dado la espalda a Dios: porque la fe cristiana empieza con el nacimiento del Niño en Belén, el que no pudo matar Herodes pero que ahora hay demasiados empeñados en matar en muchas clínicas todos los días, y cada año eliminando la Navidad.

Feliz Navidad a todos.

No estamos en el año 2006

Pues no, no estamos en el año 2006 y en menos de una semana no va a empezar el año 2007.

Porque tenemos un error en nuestro calendario, ya que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, el autor de la matanza de los inocentes que motivó la huida a Egipto de la Sagrada Familia (Mateo 2,13-18), pero Herodes murió en el año 4 antes de Cristo (sí, sí, no es broma ni un error). El problema es que el monje Dionisio el Exiguo (ca. 470 – ca. 544) se equivocó al hacer nuestro calendario. Él fue el encargado de dividir los años en dos eras: Antes de Cristo y Después de Cristo.

En el 527 el Papa Hormisdas encargó a Dionisio el Exiguo calcular el año del nacimiento del Señor, pero el monje se equivocó unos 5 años al datar el reinado de Herodes el Grande, por lo que dedujo que Jesucristo nació el año 753 de la Fundación de Roma, cuando realmente debió de ser hacia el año 748: durante el imperio romano, y hasta Dionisio el Exiguo, los años se databan desde la fundación de Roma.

El método que usó Dionisio se basó en confeccionar una tabla en la que aparecerían los emperadores romanos desde adelante hacia atrás, contando los años que había gobernado cada uno de ellos. El método funcionó pero Dionisio se equivocó. En primer lugar marcó el año del nacimiento de Jesucristo como el año 1 y por tanto no se tuvo en cuenta al número cero (que introdujeron en Occidente los árabes a partir del siglo VIII) y no contó tampoco que Augusto César gobernó con su verdadero nombre, Octavio, durante cuatro años. Así pues se deduce una diferencia de cinco años. Por lo cual, según el sistema de Dionisio, la fecha del nacimiento de Jesucristo debío de ser el 5 a.C., pues al año siguiente (4 a.C.) murió Herodes el Grande, que mató a los inocentes en Belén.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

El Credo corto y el Credo largo

Así denominan los cristianos de a pie las dos fórmulas de fe más comunes. El credo es un resumen de los dogmas y creencias más importantes de un cristiano, confesamos nuestra fe en el bautismo (nuestros padres y padrinos en nombre nuestro si somos niños) y cada domingo en la Misa.

Voy a explicar el por qué de tener estos dos credos, que no son un capricho sino que tienen su motivo:

El Credo corto es el que se llama "técnicamente" credo de los apóstoles o apostólico. La leyenda cuenta que los apóstoles mismos redactaron el Credo a los diez días de la Ascensión del Señor Jesús, pero en realidad ellos no lo escribieron. Se le llama “de los apóstoles” o “apostólico” porque está basado en la doctrina que ellos enseñaron.

Ambos credos tienen en común que están estructurados en tres partes, siguiendo la Trinidad: Creo en Dios Padre creador; creo en Jesucristo, su Hijo, nuestro salvador; creo en el Espíritu Santo y en la Iglesia.

La diferencia es que si observáis, estos dos credos tienen un lenguaje y una forma de decir las cosas distinta, pero al final dicen lo mismo. La diferencia es que el apostólico habla de Jesucristo enumerando sus acciones históricas (nacimiento, pasión, muerte y resurrección) usando expresiones bíblicas como la de resucitar a los tres días. El credo largo utiliza un lenguaje que no es bíblico (engendrado antes de todos los siglos, de la misma naturaleza) sino que está tomado de la filosofía griega; no es que sea extraño a la revelación, en el siglo IV la fe cristiana se había introducido en el imperio romano y se había amoldado a la cultura clásica, ya no era sólo una fe hebrea o semítica, sino que consiguió expresar las verdades de la revelación con el lenguaje filosófico griego.

El Credo largo es el Credo niceno-constantinopolitano, o sea el Credo de los concilios de Nicea (año 325) y de Constantinopla (año 381), que respondieron respectivamente a las herejías arriana y de los pneumatómacos (los que luchan contra el Espíritu Santo). De ahí que la parte más amplia de este credo sea la dedicada a Cristo y al Espíritu Santo.

La herejía de Arrio afirmaba que Cristo no es Dios, sino una criatura perfecta, la primera de todas, pero no es Dios. Por eso este credo se centra en Jesucristo:

Engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre.
Todas estas palabras están medidas y quieren afirmar que Jesucristo, el Hijo de Dios es también Dios, igual que el Padre, que ha sido engendrado (indica así el origen eterno del Verbo), por tanto tiene un principio distinto al de las criaturas, que han sido creadas.

En cuanto a la parte del Espíritu Santo dice:
Y creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Todo esto quiere reafirmar la divinidad del Espíritu Santo, que es igual al Padre y al Hijo, y su papel en la Historia de la salvación. La frase y del Hijo es una añadido que se hizo en la España visigoda (siglos V-VIII) para reafirmar la divinidad de Jesucristo (para mostrarlo igual al Padre en la espiración del Espíritu Santo) contra los arrianos, pues los visigodos eran arrianos al invadir la Península Ibérica.

El credo se recita especialmente en la Misa del domingo, para confesar públicamente nuestra fe en Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, el centro de nuestra fe cristiana; el domingo celebramos la Resurrección del Señor y renovamos nuestro bautismo, en el que antes del momento central del agua y con la triple pregunta (¿Creéis en Dios Padre...?, ¿creéis en Jesucristo su único Hijo...?, ¿creéis en el Espíritu Santo...?) mostramos nuestra fe en el Dios cristiano y que estamos preparados para recibir el sacramento del nuevo nacimiento y entrar a formar parte de la Iglesia, Esposa y Cuerpo de Cristo.

lunes, 25 de diciembre de 2006

Encarnación y Eucaristía

El día de Navidad se cumple la promesa que el arcángel San Gabriel había hecho a María 9 meses antes: que iba a ser la Madre de Dios; se realiza por fin el alumbramiento a la vida temporal del Hijo eterno de Dios.

La Palabra eterna se ha hecho carne y ha puesto su tienda entre nosotros. Es conmovedor y fascinante pensar cómo el Infinito ha entrado en el mundo finito y limitado.

Y lo más hermoso es saber que no ha venido a poner su tienda entre nosotros por un tiempo, sólo hasta su Ascensión a los cielos, sino que su Encarnación, su nacimiento en el mundo continúa con el Misterio de la Eucaristía, el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y su Sangre.

En esta representación de la Encarnación de Lorenzo Veneciano (siglo XIV) vemos cómo Dios Padre envía el Espíritu Santo sobre María para que conciba al Hijo de Dios: Dime, Niño, de quién eres, todo vestidito de blanco. Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo, dice el villancico que nos da toda una lección de teología en dos frases.

Es el mismo Espíritu Santo que convierte el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. San José, la Virgen, los pastores, los magos contemplaron a Dios hecho un bebé porque tenían la virtud de la fe, lo mismo nosotros si tenemos la virtud de la fe, don de Dios, contemplamos a Jesucristo, la Palabra que se hizo carne, que se hizo débil, en un alimento cotidiano como es el pan.

La Eucaristía, por tanto, podemos decir que actualiza la Navidad cada día, pues para eso tomó carne Dios: para permanecer con nosotros; vino a buscarnos haciéndose niño y quiere quedarse con nosotros en una presencia real de su Cuerpo para transformarnos y darnos su naturaleza divina.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Adeste, fideles

En este día de Nochebuena quiero traduciros uno de los villancicos cuya letra me parece más hermosa. Os pongo primero la letra original, en latín:

Adeste, fideles, laeti, triumphantes,
Venite, venite in Bethlehem:
Natum videte Regem Angelorum:

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

En grege relicto, humiles ad cunas,
vocati pastores approperant.
Et nos ovanti gradu festinemus.

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Aeterni Parentis splendorem aeternum,
velatum sub carne videbimus,
Deum Infantem, pannis involutum.

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Pro nobis egenum et foeno cubantem,
piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis nos redamaret?

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Ahora la traducción al español:

Acudid, fieles, alegres, triunfantes,
venid, venid a Belén:
ved nacido al Rey de los ángeles:

Venid adoremos, venid adoremos
venid adoremos al Señor.

He aquí que dejado el rebaño,
humildes a la cuna,
los pastores llamados se acercan.
Y nosotros dando voces de alegría aceleremos el paso.

Venid adoremos, venid adoremos
venid adoremos al Señor.

Veremos el esplendor eterno del eterno Padre
ocultado bajo la carne,
a Dios hecho un bebé, envuelto en paños.

Venid adoremos, venid adoremos
venid adoremos al Señor.

Calentemos con piadosos abrazos
al que por nosotros está necesitado y recostado en la paja:
¿quién no corresponderá al amor de quien así nos ama?

Venid adoremos, venid adoremos
venid adoremos al Señor.

De la ciencia a la charlatanería

El historiador Pío Moa publica hoy en su bitácora una entrada muy interesante que se titula "De la ciencia a la charlatanería", sobre cómo la ciencia, que se jacta de ser precisa y verificable, también se equivoca al hablar de Dios, porque realmente cae fuera de su ámbito.

Es lo que yo decía en la primera entrada de esta bitácora: la razón y la fe son las dos alas del pensamiento, pues la fe ayuda a la razón a explicar y comprender lo que va más allá de lo que conocemos con los sentidos, y la razón ayuda a la fe a profundizar y a explicar la Revelación divina.

Antes de poner la entrada de la bitácora de Moa, os cuento brevemente una anécdota del gran científico Louis Pasteur (1822-1895), cuyos descubrimientos en química y sobre los microbios (descubrió cómo la esterilización mata los microbios que causan infecciones e inventó la pasteurización; descubrió vacunas contra varias enfermedades, incluida la rabia) fueron fundamentales: Una vez iba en el tren rezando el Rosario cuando un joven compañero de viaje empezó a hablarle sobre los grandes descubrimientos y avances de la ciencia, que ya permitían explicar la creación y los grandes misterios de la vida sin necesidad de explicaciones religiosas ni míticas; típico joven fascinado por las posibilidades de la ciencia, sin saber quién era el hombre que rezaba el Rosario. Cuando llegó a su parada, Pasteur se bajó y le dejó su tarjeta de visita: era Louis Pasteur, el gran científico, que descubrió cómo se producen muchas enfermedades a causa de microorganismos invisibles al ojo humano. Es un buen ejemplo de cómo la ciencia y la fe no son incompatibles.

Os copio la entrada de Pío Moa:

DE LA CIENCIA A LA CHARLATANERÍA

24 de Diciembre de 2006 - 09:11:17 - Pío Moa

Con motivo de un reciente congreso sobre ciencia y religión, Steven Weinberg, físico, y Richard Dawkins, biólogo, ambos ateos militantes, hicieron algunas frases: Weinberg retrató a la religión como una vieja chiflada: "cuenta mentiras, provoca mil malicias y acaso no tenga ya mucha vida dentro, pero en un tiempo fue bella. Quizá la echemos de menos cuando se haya ido". Dawkins, con menos humor o menos frivolidad, respondió acremente: "Yo no la echaré de menos en absoluto. Para nada, ni un ápice". Ambos coincidían: "El mundo precisa despertar de la larga pesadilla de la creencia religiosa".

Lo cual demuestra, una vez más, cómo la mentalidad científica no impide la charlatanería cuando se sale de la especialidad. Una actitud científica exige constatar, en primer lugar, que el fin de la religión lleva varios siglos anunciándose (y muy posiblemente seguirá siendo anunciado dentro de otros cuantos). Y, en segundo lugar, que entre tanto se han impuesto en el mundo sistemas basados en la liquidación de la religión, y no estaría de más examinar sus consecuencias antes de hablar de pesadillas.

Weinberg o Dawkins resultarán más convincentes cuando nos den una explicación clara y, digamos, científica, de por qué el ateísmo suele tener efectos prácticos tan curiosos, por decirlo con mucha suavidad. Sería una aproximación científica a la cuestión.

Dicho en otras palabras: la ciencia no puede discutir el concepto de Dios, pero sí puede (y quizá debe) examinar los efectos de la creencia y del ateísmo. Eso tendría verdadero interés.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Los tres amores

La palabra amor sin duda es una de las más manoseadas hoy en día, y por eso está desgastada por el uso y abuso.

En esta entrada quiero explicaros los tres amores que existen, aunque nosotros los llamemos a todos igual: amor.

El griego clásico tiene un nombre para cada uno de estos tres amores: el amor del matrimonio, el amor de la familia y de la amistad y el amor de Dios, el amor cristiano. Nuestra lengua, que es románica y viene por tanto del latín sólo tiene dos: amor y caridad, y ésta última hoy en día está muy desprestigiada, así que preferimos usar solidaridad, que es más laica aunque sea también impronunciable y tenga menos contenido que la cristiana caridad.

Estas son los tres verbos con que el griego clásico designa los tres amores: eros, filéo (filía) y agapáo (ágape).

- Eros: De ahí viene el término erotismo; es el amor de la sexualidad, del matrimonio.

- Filéo: Es el amor de la amistad, de la familia. De aquí viene por ejemplo el término filo-: filosofía, filantropía.

- Agapáo: Es el amor de Dios, que en latín se dice caridad. "Dios es ágape y el que no agapa no conoce a Dios" dice el apóstol San Juan (1 Juan 4,8), lo que suele traducirse por "Dios es amor, y el que no ama no conoce a Dios".

El mismo San Juan en su evangelio nos muestra la medida y la manera del ágape, del amor de Dios: Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo (3,16-17).

El famoso himno de San Pablo a la Caridad es el himno al Ágape (1 Corintios 12,31-13,13). Él mismo lo califica como el camino mejor (12,31b) de entre todos los dones del Señor, y enumera todas sus características; es un verdadero resumen de la importante del ágape, de la caridad, del amor de Dios en nuestra vida, ese es el mejor don que podemos recibir del Señor, y es un don para los demás.

El amor de Dios que se nos da en Jesucristo es el ágape, el amor cristiano que nosotros hemos de dar a los demás. Eso es lo que se traduce en latín por caridad, y de ahí que la institución de la Iglesia para ayudar a los más desfavorecidos sea Cáritas. Y también se llamó ágape a la Eucaristía en los primeros siglos de la Iglesia.

Y es precisamente en la Eucaristía, el Ágape de los primeros cristianos, la expresión máxima del Amor de Dios por la humanidad, pues es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en la cruz y que permanece en el Sagrario.

En el final del evangelio de San Juan (21,15-19), Jesús resucitado pregunta tres veces a San Pedro si lo ama, es la traducción al español, y después le confirma su misión de apacentar a las ovejas de Cristo y le anuncia la forma en que iba a morir. Jesús le pregunta dos veces en griego si le agapa, y San Pedro contesta con el verbo filéo. La tercera vez Jesús le pregunta también con filéo.

Estas tres respuestas afirmativas fueron la reparación pública de las tres negaciones del pescador que fueron una negación al ágape del Maestro, por cobardía o porque, al no haber recibido el Espíritu Santo, aún no había comprendido que el triunfo del Mesías venía de otra manera distinta; no tenía valor para seguir al Maestro en una muerte como la suya.

Después de la Resurrección, Jesús confirma la misión del pescador de Galilea con las tres preguntas sobre si lo agapa y lo filéa: si San Pedro corresponde al ágape de Jesús, y si es su amigo o alguien de su confianza. El pescador responde siempre con el verbo filéo, que indica amistad o familiaridad. En las tres ocasiones el Señor le encarga el pastoreo de sus rebaños y le anuncia la muerte con que iba a dar gloria a Dios (cf. Juan 21-18-19), porque corresponde al ágape de Dios en Jesucristo.

martes, 19 de diciembre de 2006

La felicidad del matrimonio cristiano

Tertuliano no es considerado Padre de la Iglesia porque terminó su vida siendo hereje, pero nos ha dejado numerosas obras muy interesantes, además de precisar el lenguaje teológico en el que por ejemplo introdujo por primera vez el término "Trinidad" para referirse al misterio central de nuestra fe.

Nuestro autor nació el 155 en Cartago (hoy Túnez). De familia pagana, parece que se bautizó el 193 por el ejemplo del heroísmo de los cristianos en tiempos de persecución, como dice en uno de sus escritos: Todo el mundo, ante constancia tan prodigiosa, se siente como sobrecogido por una inquietud y desea ardientemente averiguar su causa; en cuanto descubre la verdad, la abraza inmediatamente (A Escápula 5).

Fue un abogado de renombre, y después de su conversión, puso toda su formación y sabiduría al servicio de su nueva fe, y el gran número de sus escritos que compuso durante los años 195-220 han ejercido una influencia perdurable sobre la teología.

El texto que da título a la entrada es un fragmento de su obra A su esposa. En esta obra habla de los inconvenientes que supone para una esposa cristiana el matrimonio con un hombre pagano, y lo compara con la armonía de la que goza un matrimonio entre cónyuges cristianos, pues ambos van al unísono en todo. Es un bello texto para, por ejemplo, regalar a unos novios escrito en pergamino o de cualquier otra forma bonita, para que lo tengan en un lugar preferente en su nuevo hogar y les recuerde lo que les une: la fe en Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por su Iglesia, purificándola con el baño del agua y la palabra (cf. Efesios 5,25-33).

¿Cómo podré expresar la felicidad de aquel matrimonio que ha sido contraído ante la Iglesia, reforzado por la oblación eucarística, sellado por la bendición, anunciado por los ángeles y ratificado por el Padre? Porque, en efecto, tampoco en la tierra los hijos se casan recta y justamente sin el consentimiento del padre. ¡Qué yugo el que une a dos fieles en una sola esperanza, en la misma observancia, en idéntica servidumbre! Son como hermanos y colaboradores, no hay distinción entre carne y espíritu. Más aún, son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu. Juntos rezan, juntos se arrodillan, juntos practican el ayuno. Uno enseña al otro, uno honra al otro, uno sostiene al otro.

Unidos en la Iglesia de Dios, se encuentran también unidos en el banquete divino, unidos en las angustias, en las persecuciones, en los gozos. Ninguno tiene secretos con el otro, ninguno esquiva al otro, ninguno es gravoso para el otro. Libremente hacen visitas a los necesitados y sostienen a los indigentes. Las limosnas que reparten, no les son reprochadas por el otro; los sacrificios que cumplen no se les echan en cara, ni se les ponen dificultades para servir a Dios cada día con diligencia. No hacen furtivamente la señal de la cruz, ni las acciones de gracias son temerosas ni las bendiciones han de permanecer mudas. El canto de los salmos y de los himnos resuena a dos voces, y los dos entablan una competencia para cantar mejor a su Dios. Al ver y oír esto, Cristo se llena de gozo y envía sobre ellos su paz (A su esposa 9).

domingo, 17 de diciembre de 2006

Bendición del Árbol de Navidad en casa

La costumbre de colocar un árbol adornado en los hogares cristianos durante las fiestas de Navidad puede recordarnos que Cristo, nacido por nosotros en Belén, es el verdadero Árbol de la vida, Árbol del que fue separado el hombre a causa del pecado de Adán.

En este árbol, lleno de luz, debemos ver a Cristo luz del mundo, que con su nacimiento nos conduce a Dios que habita en una luz inaccesible.

Podemos hacer este rito de bendición el 24 ó el 25 de Diciembre, al empezar las fiestas de Navidad. Lo hará normalmente el padre o la madre con la familia reunida.

El rito consta del saludo inicial, la lectura breve de la Palabra de Dios y la oración de bendición.

RITO DE LA BENDICIÓN

El padre o la madre dice:

Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

Todos responden

Que hizo el cielo y la tierra.

Uno de los presentes, o el mismo ministro, lee un breve texto de la Sagrada Escritura, por ejemplo:

Is 60,13: Vendrá a ti, Jerusalén, el orgullo del Líbano, con el ciprés y el abeto y el pino, para adornar el lugar de mi santuario y ennoblecer mi estado.

Luego el ministro, con las manos juntas, dice la oración de bendición:

Oremos.
Bendito seas, Señor y Padre nuestro, que nos concedes recordar con fe en estos días de Navidad los misterios del nacimiento de Jesucristo.
Concédenos, a quienes hemos adornado este árbol y lo hemos embellecido con luces, vivir también a la luz de los ejemplos de la vida santa de tu Hijo y ser enriquecidos con las virtudes que resplandecen en su santa infancia.
Gloria a él por los siglos de los siglos.

Amén.