lunes, 25 de diciembre de 2006

Encarnación y Eucaristía

El día de Navidad se cumple la promesa que el arcángel San Gabriel había hecho a María 9 meses antes: que iba a ser la Madre de Dios; se realiza por fin el alumbramiento a la vida temporal del Hijo eterno de Dios.

La Palabra eterna se ha hecho carne y ha puesto su tienda entre nosotros. Es conmovedor y fascinante pensar cómo el Infinito ha entrado en el mundo finito y limitado.

Y lo más hermoso es saber que no ha venido a poner su tienda entre nosotros por un tiempo, sólo hasta su Ascensión a los cielos, sino que su Encarnación, su nacimiento en el mundo continúa con el Misterio de la Eucaristía, el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y su Sangre.

En esta representación de la Encarnación de Lorenzo Veneciano (siglo XIV) vemos cómo Dios Padre envía el Espíritu Santo sobre María para que conciba al Hijo de Dios: Dime, Niño, de quién eres, todo vestidito de blanco. Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo, dice el villancico que nos da toda una lección de teología en dos frases.

Es el mismo Espíritu Santo que convierte el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. San José, la Virgen, los pastores, los magos contemplaron a Dios hecho un bebé porque tenían la virtud de la fe, lo mismo nosotros si tenemos la virtud de la fe, don de Dios, contemplamos a Jesucristo, la Palabra que se hizo carne, que se hizo débil, en un alimento cotidiano como es el pan.

La Eucaristía, por tanto, podemos decir que actualiza la Navidad cada día, pues para eso tomó carne Dios: para permanecer con nosotros; vino a buscarnos haciéndose niño y quiere quedarse con nosotros en una presencia real de su Cuerpo para transformarnos y darnos su naturaleza divina.

2 comentarios:

Cris dijo...

Si hay algo que aprendí/descubrí en mi paso por ese grupo que, por lo visto, hemos compartido, es que la Eucaristía es el centro de nuestra vida de creyentes, puesto que, sin ese Memorial que tenemos la suerte de poder celebrar cada día, nosotros no seríamos quienes somos.

Es importante poder compartir mesa con quien quieres, de ahí la razón de juntarnos en Navidad con la familia (aunque de ese tema y de lo que nos importan podemos también escribir mucho); por eso es importante celebrar la Eucaristía, nuestra cena con el "Jefe", con gente con la que compartamos algo más que el lugar de reunión: con nuestra comunidad o nuestro grupo. Hacerlo así nos ayudará, siempre, a sentir que todos los días son Navidad como tú bien dices.

Un beso y una sonrisa ;)

El pescador dijo...

Los cristianos, y sobre todo los católicos, tenemos la suerte de la presencia y permanencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Lo que nos hace falta siempre es que la comunión y el contacto con la Eucaristía nos transformen y nos conviertan a la Caridad-Ágape de Cristo Eucaristía.

Así podremos prolongar la Navidad y celebrar mejor la Pascua, la entrega amorosa (y por tanto libre) del Hijo de Dios por todos nosotros.