martes, 19 de diciembre de 2006

La felicidad del matrimonio cristiano

Tertuliano no es considerado Padre de la Iglesia porque terminó su vida siendo hereje, pero nos ha dejado numerosas obras muy interesantes, además de precisar el lenguaje teológico en el que por ejemplo introdujo por primera vez el término "Trinidad" para referirse al misterio central de nuestra fe.

Nuestro autor nació el 155 en Cartago (hoy Túnez). De familia pagana, parece que se bautizó el 193 por el ejemplo del heroísmo de los cristianos en tiempos de persecución, como dice en uno de sus escritos: Todo el mundo, ante constancia tan prodigiosa, se siente como sobrecogido por una inquietud y desea ardientemente averiguar su causa; en cuanto descubre la verdad, la abraza inmediatamente (A Escápula 5).

Fue un abogado de renombre, y después de su conversión, puso toda su formación y sabiduría al servicio de su nueva fe, y el gran número de sus escritos que compuso durante los años 195-220 han ejercido una influencia perdurable sobre la teología.

El texto que da título a la entrada es un fragmento de su obra A su esposa. En esta obra habla de los inconvenientes que supone para una esposa cristiana el matrimonio con un hombre pagano, y lo compara con la armonía de la que goza un matrimonio entre cónyuges cristianos, pues ambos van al unísono en todo. Es un bello texto para, por ejemplo, regalar a unos novios escrito en pergamino o de cualquier otra forma bonita, para que lo tengan en un lugar preferente en su nuevo hogar y les recuerde lo que les une: la fe en Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por su Iglesia, purificándola con el baño del agua y la palabra (cf. Efesios 5,25-33).

¿Cómo podré expresar la felicidad de aquel matrimonio que ha sido contraído ante la Iglesia, reforzado por la oblación eucarística, sellado por la bendición, anunciado por los ángeles y ratificado por el Padre? Porque, en efecto, tampoco en la tierra los hijos se casan recta y justamente sin el consentimiento del padre. ¡Qué yugo el que une a dos fieles en una sola esperanza, en la misma observancia, en idéntica servidumbre! Son como hermanos y colaboradores, no hay distinción entre carne y espíritu. Más aún, son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu. Juntos rezan, juntos se arrodillan, juntos practican el ayuno. Uno enseña al otro, uno honra al otro, uno sostiene al otro.

Unidos en la Iglesia de Dios, se encuentran también unidos en el banquete divino, unidos en las angustias, en las persecuciones, en los gozos. Ninguno tiene secretos con el otro, ninguno esquiva al otro, ninguno es gravoso para el otro. Libremente hacen visitas a los necesitados y sostienen a los indigentes. Las limosnas que reparten, no les son reprochadas por el otro; los sacrificios que cumplen no se les echan en cara, ni se les ponen dificultades para servir a Dios cada día con diligencia. No hacen furtivamente la señal de la cruz, ni las acciones de gracias son temerosas ni las bendiciones han de permanecer mudas. El canto de los salmos y de los himnos resuena a dos voces, y los dos entablan una competencia para cantar mejor a su Dios. Al ver y oír esto, Cristo se llena de gozo y envía sobre ellos su paz (A su esposa 9).

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