viernes, 29 de diciembre de 2006

La Virgen María, "el nuevo principio"

Camilo VALVERDE MUDARRA

María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia el misterio de la redención con Él y por Él, con la gracia de Dios Omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso, no pocos Padres Antiguos afirman, que, yendo gustosamente con él en su predicación, «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG 56).

Los Libros Sagrados y la Tradición Respetable destacan con claridad el cometido de la madre de Jesús en la historia de la salvación. En la Antigua Escritura, hay páginas que anuncian la venida de Cristo a este mundo y ponen de manifiesto, como se ha interpretado por la revelación posterior, la figura de una mujer madre del Salvador. Así lo indica de modo profético la promesa de victoria sobre la serpiente que Dios dirige al hombre y a la mujer, tras cometer su desobediencia (Gn 3,15). Una mujer joven y virgen dará a luz un hijo, Emmanuel (Is 7, 14; Mq 5, 2; Mt 1,23). En María, se cumple, luego de la larga espera de los tiempos, aquella promesa en su culminación: de su carne se hizo carne el Unigénito del Padre y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

La Lumen gentium precisa: “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (cf. Lc 1,41-4s); y en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo Primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal. Y, cuando hecha la ofrenda propia de los pobres, lo presentó al Señor en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubrieran los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2,34-3 s). Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo, ocupado en las cosas de su Padre; y ellos no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2,41-51)” (LG, 57).

Por ello, S.S. Juan Pablo II, en Mulieris Dignitatem, dice: “La "mujer" del protoevangelio está situada en la perspectiva de la redención. La confrontación Eva-María puede entenderse también en el sentido de que María asume y abraza en sí misma este misterio de la "mujer' cuyo comienzo es Eva, "la madre de todos los vivientes" (Gén 3,20). En primer lugar, lo asume y lo abraza en el interior del misterio de Cristo, "nuevo y último Adán" (cf. 1 Cor 15,45), el cual ha asumido en su propia persona la naturaleza del primer Adán. En efecto, la esencia de la nueva alianza consiste en el hecho de que el Hijo de Dios, consustancial al Eterno Padre, se hace hombre y asume la humanidad en la unidad de la persona divina del Verbo. El que obra la redención es al mismo tiempo verdadero hombre. El misterio de la redención del mundo presupone que Dios-Hijo ha asumido ya la humanidad, como herencia de Adán, llegando a ser semejante a él y a cada hombre en todo, "excepto en el pecado" (Heb 4,15). De este modo, él "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimación de su vocación", como enseña el concilio Vaticano II (G. et S. 22); en cierto sentido, le ha ayudado a descubrir "qué es el hombre" (cf Sal 8,5).

En la tradición de la fe y de la reflexión cristiana, la correlación Adán-Cristo frecuentemente acompaña a la de Eva-María. En este orden, a María se le llama también "nueva Eva", analogía que está cargada de un gran significado. Ciertamente, tal significación ve particularmente en María la manifestación de todo lo que está comprendido en la palabra bíblica "mujer", esto es, una revelación correlativa al misterio de la redención. María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que habla el libro del Génesis (3,16) y volver a recorrer el camino hacia aquel "principio" donde se encuentra la "mujer" como fue requerida en la creación y, consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno de la Santísima Trinidad. María es "el nuevo principio" de la dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres” (MD, 11).

En María, Madre de Jesús, se cumplen, pues, las Sagradas Escrituras, se realiza la vocación de corredentora, recibida y aceptada por Ella, con gozo y se abren todas las esperanzas para la mujer que, inveteradamente, le han sido detraídas por la sumisión y la negación de sus derechos y dignidad.

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