miércoles, 24 de enero de 2007

El Señor se volvió y miró a Pedro

Pecado, confesión, perdón... y penitencia

Yo no tengo que contarle a un cura lo que hago: esta frase, más o menos parecida, se suele oír para mostrar el rechazo y la repulsión a confesarse. A mucha gente le da vergüenza confesar sus pecados al sacerdote, pues me parece que no han descubierto (por muchas razones) la misericordia y la alegría del perdón, la liberación que es volver a Dios.

Preparando la homilía de mi Primera Misa (26-3-2000) leí un comentario en Misa dominical, supongo que escrito por José Aldazábal, a propósito de la actitud del sacerdote en la confesión: no debe hacer aspavientos ni escandalizarse por los pecados del penitente, y ponía el ejemplo de Jesús ante las negaciones de San Pedro: no hizo falta que le dijera nada para que el pescador se diera cuenta de su pecado y de su traición, sólo lo miró: En el mismo instante, mientras Pedro aún estaba hablando, cantó un gallo. Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro, y Pedro se acordó de que el Señor le había dicho: "Hoy, antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y salió Pedro de allí y lloró amargamente (Lucas 22,60b-62).

San Lucas es el evangelista de la misericordia de Dios para con los pecadores; son los relatos propios de su evangelio, entre los que destaca la parábola del hijo pródigo (que más bien debería llamarse del padre misericordioso) o la conversión de Zaqueo.

Esta parábola del hijo pródigo, representada en el maravilloso y colorido cuadro de Murillo, es una enseñanza maravillosa de lo que es el pecado (el alejamiento de Dios y la pérdida de nuestra dignidad de hijos) y la conversión (la vuelta a Dios y la restitución de nuestra dignidad de hijos).

Ahora voy a explicar algunos detalles de esta bella parábola (Lucas 15,11-32). Va precedida de otras parábolas que hablan también del amor de Dios por los pecadores y su alegría cuando se convierten (15,1-10): las parábolas de la oveja perdida y de la moneda. Los versículos 1-2 nos dicen que Jesús cuenta estas parábolas para contestar a los fariseos que lo criticaban por juntarse con publicanos, pecadores y gente de mala fama; éstos están más dispuestos a acoger la salvación que trae Jesús que los justos fariseos y Jesús destaca la pasión de Dios por buscarlos y su alegría por la conversión de uno solo de ellos.

La parábola del hijo pródigo nos revela el rostro amoroso de Padre que perdona y devuelve la dignidad de hijos que libremente habíamos querido perder.

Empieza con la presentación de un padre que tenía dos hijos, y el menor le pide su parte de la herencia que luego despilfarra. El padre nunca le dice que no, aunque podemos imaginar que no le haría gracia, más bien lo contrario, ver que su hijo tira lo que él había ahorrado y conseguido con tanto esfuerzo, pero no le dice nada ni le reprocha, sino que respeta su libertad.

Después de ese despilfarro, el joven se queda pasando hambre en aquella tierra lejana. Todo esto es un trasunto de la vida cristiana de cualquiera de nosotros: queremos alejarnos de Dios porque queremos ser libres, no queremos estar encorsetados por la moral, y así hacemos como el hijo de la parábola, que nos marchamos a una tierra lejana, la tierra del pecado, alejados de Dios, hasta que vienen "las vacas flacas", hasta que descubrimos que por ahí no va la felicidad, ahí viene el hambre, el hambre y la sed de felicidad, de sentido.

El joven protagonista de la parábola se tiene que poner a cuidar cerdos para sobrevivir. Lejos de su casa y de su padre, ha perdido toda su dignidad: allí era el hijo, tenía lo que necesitaba gracias a su padre, ahora trabaja en un oficio degradante para un judío, pues el cerdo es un animal impuro para ellos, imaginad cuánto más degradante sería tener que compartir la comida con ellos. Entonces se acuerda de que los hombres que trabajan para su padre están mucho mejor que él, que ha bajado a lo más mísero por haberse alejado de su casa y de su padre, por haber perdido su condición y su dignidad de hijo.

Estas son las consecuencias de alejarnos de Dios: el pecado nos degrada y nos hace perder nuestra condición y nuestra dignidad de hijos.

El hijo menor de la parábola decide entonces volver y piensa en la captatio benevolentiae, las excusas y disculpas que expresará a su padre para que pueda estar en su casa como un jornalero más. El estado mísero en que había quedado podemos verlo en el bellísimo cuadro de Rembrandt que ilustra esta entrada: con ropa de saco, rapado al cero para evitar los piojos... constrasta con la suntuosidad de los otros personajes (el padre, el hijo mayor que está de pie a la derecha...) .

Y ahora me interesa destacar qué hace el padre de la parábola al recibir a su hijo. Podría haberle echado en cara su mal comportamiento, el sufrimiento que le había causado, en definitiva todo aquello que el joven esperaba que hiciera, pero la sorpresa fue que el padre no dijo nada, sino que antes de que llegara, cuando todavía estaba lejos se compadeció de él, salió a recibirlo y SE LO COMIÓ A BESOS Y ABRAZOS. No dijo nada, como Jesús con Pedro en la noche del Jueves Santo. Ahora podéis volver a mirar el cuadro, el padre tiene un rostro de felicidad y tranquilidad por haber recuperado a su hijo, al que estrecha en su seno, y el hijo se apoya en él cansado de un viaje tan largo. Hasta el perro de la familia sale alegre a recibirlo.

El padre no hace caso a las excusas del hijo, sino que le devuelve los símbolos de su categoría de hijo (el sirviente los lleva a la derecha): el anillo (signo de autoridad y de pertenencia a la familia), y las sandalias (signo de hombre libre, pues los esclavos andaban descalzos). El padre hace una fiesta porque su hijo ha vuelto a la vida, es la fiesta que Dios Padre hace por nosotros y con nosotros cuando le pedimos perdón porque hemos experimentado las funestas consecuencias del pecado y nos duele no haber correspondido a su amor.

Esa fiesta, celebrada en la Casa de Dios, es la Eucaristía, en la que podemos participar plenamente cuando nuestro Padre nos ha devuelto la dignidad de hijos que nos regaló en el Bautismo, que nosotros perdimos cuando nos fuimos de su casa para probar nuevas experiencias más seductoras, cuando nos creemos que somos más libres lejos de Dios, pero luego nos damos cuenta que la libertad sólo es posible desde el amor, y el Amor con mayúsculas es Dios.

Un último apunte sobre el hermano mayor, el que permaneció fiel al padre: no comparte la alegría que tiene el Padre por haber encontrado a su hijo perdido, pues es soberbio, cree que su fidelidad es consecuencia de su esfuerzo y no ha descubierto la misericordia y el amor de su padre, y por tanto tampoco puede dar amor (ágape) a los demás, empezando por su hermano.

6 comentarios:

Cris dijo...

Mi relación con la confesión siempre ha sido difícil, pero descubrí su verdadero significado hace unos años, en mis primeros ejercicios. Desde entonces nada ha sido igual (bueno, sí, sigue siendo muy complicado hacerlo) (lo siento, no me gusta). Ahora sé lo que libera saberte verdaderamente perdonad@ por Dios. Todo cambia, tú cambias...

Gracias por recordarme tan "buenos" momentos (las comillas son porque, en realidad, las pasé canutas!!)

El pescador dijo...

Yo creo que a poca gente le gusta confesarse porque sí, por muchas razones: porque no nos gusta contar a otros nuestras cosas, porque es más cómodo no convertirse, pero hemos de descubrir que realmente la confesión es un sacramento que nos cambia, nos transforma puesto que nos devuelve nuestra dignidad de hijos.
Recuerda siempre que el hijo pródigo también las pasó canutas (pues a nadie le agrada reconocer el error) pero Dios no está para preguntarnos e interrogarnos sino para comernos a besos: ese amor de Dios es lo que nos cambia y nos transforma.

alfonso dijo...

Nunca creo que se insistirá bastante en la necesidad no sólo de confesarse, sino de una buena confesión, quisiera que alguna entrada o varias si es preciso las dedicara a esta materia, si puede ser y lo cree también conveniente.

Puedo contarle mi experiencia, porque no diré que mi conversión, porque fui bautizado el mismo día que nací, pero sí mi vida como cristiano más consciente comenzó no hace tanto.
La confesión es lo más odioso para alguien que comienza a ser cristiano, por lo que ud. dice, de pequeño, recién hecho la comunión, y después de más mayor, al volver a frecuentar los sacramentos, se ve como un carga, una intromisión intolerable del sacerdote en la vida privada, un formalismo inutil y anacrónico. También la vergüenza y el respeto humano pesan para rehuir la confesión.
No se insiste sufiencientemente que comulgar en pecado mortal es un desprecio a la Eucaristía. Pero una vez descubierto su sentido profundamente humano y la necesidad que tenemos para avanzar en nuestra vida, y cuando se da con un buen guía, se descubre el verdadero sentido de la confesión, uno puede decir como Chesterton que puede ir a ella cubierto de pecado y de miseria y levantarse del confesionario como si fuera un bebé así de inocente y liberado de pecados.
También diré que alguna culpa de las pocas confesiones está en que los sacerdotes no se sientan en el confesionario, ya sea porque no esperan que vaya nadie o por otras causas. Mi experiencia, voy a una iglesia donde los domingos hay hasta cuatro sacerdotes confesando, y en todas las misas diarias siempre hay uno o dos, es que cuando ven la luz del confesioanrio encendida, siempre suele confesarse gente, hay personas que sólo entran para la confesión.

El pescador dijo...

Es la pescadilla que se muerde la cola: los sacerdotes no se sientan a confesar porque no acude la gente, y la gente no acude porque el sacerdote no se sienta.
El Beato Manuel González (fundador de la Unión Eucarística Reparadora www.uner.org), que fue párroco también, decía que si un sacerdote quería levantar la parroquia tenía que empezar por sentarse en el confesionario a las 5 de la mañana (él hablaba a principios del siglo XX, cuando las Misas eran al amanecer sólo): el secreto está en dedicarle tiempo al confesionario, a atender y a escuchar para que Dios derrame su misericordia.

cookie dijo...

Cómo se llama ese cuadro? y de quién es?

El pescador dijo...

El cuadro es "El regreso del hijo pródigo", de Bartolomé Estenan Murillo, y está en la National Gallery of Art de Washington.