viernes, 26 de enero de 2007

Pistas para una buena confesión: Tú me mueves, Señor

Siguiendo la sugerencia de Cris voy a intentar exponeros algunas pistas para una buena confesión.

Hemos de tener presente que cuando nos confesamos hemos querido hacer la vida por nuestra cuenta, sin contar con nuestro Padre, lo hemos rechazado como un adolescente que se cree autosuficiente (tal como nos cuenta la parábola del hijo pródigo): podemos empezar por ahí.

Un primer paso es la famosa frase que San Agustín puso al comienzo de sus Confesiones: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. O sea, darnos cuenta de que Dios no quiere nuestra infelicidad ni nuestra desgracia, sino todo lo contrario y que debemos acudir a Él con la confianza de que encontraremos la clave de nuestros interrogantes más profundos, en definitiva abandonarnos a Él.

También es importante no dejar demasiado tiempo la confesión: sino, corremos el riesgo de volvernos cómodos, laxos, de dejar pasar las cosas, de no darles la importancia que merecen, porque cuanto menos haces menos quieres; es como los deportistas: tienen que entrenar a menudo para no perder la forma, lo que nos pasa a nosotros por ejemplo cuando dejamos de estudiar por un tiempo, luego nos cuesta volver a coger el ritmo.

Formar la conciencia. La conciencia es esa voz que nos incomoda cuando hacemos algo que no es correcto: es algo superior a nosotros (pues nos juzga y nos cuestiona) y también distinto. Es importante formarla, o sea conocer lo que es correcto en términos de moral, para no hacer los valores morales a nuestra medida y gusto, sino asumiendo lo que Dios nos dice que está bien y mal: por eso en el paraíso terrenal Dios manda a Adán y Eva que no coman del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque sólo Él determina lo que está bien y mal. Sin caer nunca en los extremos.

También es importante seguir los cinco pasos que se aprenden en la catequesis para confesarse:
  1. Examen de conciencia: Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Puedes ayudarte de una guía para hacerlo bien;
  2. Dolor de los pecados o arrepentimiento: Darnos cuenta de lo que ha significado nuestro pecado, hemos rechazado el amor de Dios y hemos querido hacer nuestra dichosa voluntad, pero al final no hemos conseguido ser felices;
  3. Propósito de no volver a pecar: Si queremos que Dios nos transforme por el sacramento, hemos de querer poner también de nuestra parte para empezar una nueva vida. Si amamos de verdad, no queremos volver a lastimar al amado.
  4. Decir los pecados al confesor: No tener miedo ni vergüenza para decir nuestras faltas y pecados; tengamos en cuenta cómo hay que contar los pecados (a ver si me explico bien: no hay que contar cosas innecesarias, ni mencionar los nombres de nadie [v.gr. si de niños hacemos una travesura con un amigo, no hace falta decir que lo hicimos con Pepito, sino simplemente que lo hicimos con otro], podemos contar nuestros pecados haciendo referencia al número del mandamiento...)
  5. Cumplir la penitencia: La penitencia es una manera de intentar mostrar nuestro amor y agradecimiento a Dios que nos ha perdonado y nos ha devuelto la inocencia del bautismo.
En definitiva, no engañarnos a nosotros mismos, ser sinceros para examinar nuestra vida y tener ganas de reorientarla en lo necesario. Adán y Eva se escondieron de Dios cuando se dieron cuenta de su pecado y no querían asumir su responsabilidad (Génesis 3), esa no es la actitud de un cristiano que confía en su Padre Dios, aunque sí que es la tendencia humana que nos ocurre con harta frecuencia el querer ocultarnos y desviar las responsabilidades.

También puede ser importante no confesarnos con el padre Topete (el primero que te topas), sino buscar y buscar hasta encontrar a un sacerdote que sepa aconsejarte, sepa acogerte y te ayude, sin pasar todo por alto pero tampoco sin hacerte sentir culpable, para que sea tu confesor habitual: puede ser un proceso largo para encontrarlo pero merecerá seguramente la pena, pues al seguir un camino contigo te conocerá y podrá iluminarte mejor.

La confesión no es una tortura ni un interrogatorio de la Gestapo, es reconocer ante Dios que hemos rechazado su amor, que sin embargo queremos volver a corresponderle y por eso acudimos harapientos y sucios a que Él nos coma a besos y nos demuestre su alegría por habernos recuperado.

Si vamos a confesar es porque Dios nos ha ayudado con su gracia a llegar hasta ahí: no desaprovechemos ese regalo de Dios que ha querido preocuparse por nosotros y nos ha ayudado para dar este paso.

Esto es otra pista fundamental: sabernos amados. Os dejo con este bellísimo soneto, medítalo y profundízalo (aquí lo tienes con música en mp3), díselo al Señor antes de la confesión, para que el Espíritu Santo te inunde, te llene de alegría por volver con el Padre, y comprendas que el sacramento de la confesión es el sacramento del amor de Dios, que te mueva solamente el mismísimo Jesucristo, que en la cruz quiso ser escarnecido por nosotros:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo)

4 comentarios:

alfonso dijo...

Sobre el examen de conciencia, ¿crees que lo mejor es como dice la Biblia y muchos santos pensar en las postrimerías, en la hora de nuestra muerte, como si ese fuera el instante último de nuestra vida y fuéramos a comparecer en el juicio particular?.
El otro día quedé impresionado leyendo la muerte de J.S.Bach, por los visto por lo menos en aquella época, era frecuente entre las comunidades de la reforma leer textos que preparaban para ese momento supremo, que se llamaban de Ars Morirendi. Sobrecoge saber como Bach, ya con un intenso dolor en lo ojos, y con una apoplejía parcial, fue capaz de dictarle a su yerno su último coral, casi de memoria, porque como lector de aquel Ars Morirendi tenía siempre presente aquel momento. Tiene el número de catálogo BWV 668. Y no me extraña que después de una vida como la suya y con una muerte tan edificante católicos alemanes pidan su beatificación no obstante pertenecer a una comunidad protestante.
¿Tenemos entre la literatura católica algo semejante, y puede servir, o puede hacernos caer en un estado morboso?

El pescador dijo...

Tenemos que estar preparados porque no sabemos el día ni la hora, y la rutina nos adormece: eso es lo que nos enseña el Evangelio "Ay cuando llegue el amo de la casa y encuentre a los criados durmiendo". Los primeros cristianos tenían muy viva la conciencia de la venida del Señor, a nosotros eso muchas veces se nos olvida, que hemos de ser responsables, tendremos que responder de nuestra libertad.
"No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte..."
Ahora mismo no caigo en un caso tan edificante como el de Bach en la cultura católica, realmente fue un hombre de fe, que puso su arte y su talento, el don que Dios le había dado, al servicio de su alabanza, un ejemplo magnífico y sobresaliente.

Cris dijo...

El sacerdote con el que, habitualmente, me suelo confesar me dijo una vez que me centrara en temas importantes para mi: familia, amigos, trabajo y relaciones con el Jefe. Desde entonces procuro ir punto por punto para que me resulte un poco más fácil,y es que reconozco que el sacramento de la reconciliación no es uno de mis puntos fuerte (ni mucho menos)

Tengo que seguir practicando... ;)

El pescador dijo...

Sí, es una buena idea examinar los diversos ámbitos de relación en nuestra vida: con los demás y con Dios.

Las personas siempre estamos en camino, es la carrera que tenemos que correr de la que hablaba San Pablo, un camino que es nuestra vida, y un camino o una carrera implica no detenerse, no dejar de practicar, pues nuestra meta no está en este mundo, sino en la Jerusalén celestial, de donde vino el Rey para abrirnos paso y conducirnos hasta allí.