lunes, 12 de febrero de 2007

No todo lo legal es moral

Una confusión que se da es que la gente piensa que un acto permitido o no castigado por la ley es bueno por el hecho de que la ley no lo castiga o lo permite. Pero hemos de ser conscientes de que un acto sigue siendo inmoral aunque la ley lo permita.

El ejemplo más claro es el aborto o las uniones homosexuales. El Poder legislativo puede autorizarlo y legalizarlo, despenalizarlo y regularlo, reconociendo una realidad social pero eso no quiere decir que el aborto o las relaciones homosexuales sean moralmente buenas y aceptables, ni tampoco que la Iglesia tenga que celebrar en sus templos "matrimonios" homosexuales porque los haga el Registro civil o el Ayuntamiento.

Y hemos de preguntarnos por el nivel de una sociedad cuyos legisladores elegidos democráticamente aprueban leyes inmorales.

Escribo esto impactado aún porque en Portugal repitieron el pasado domingo el referéndum para decidir la legalización del aborto: en otra consulta anterior salió el no, ahora salió el sí por un estrecho margen, pero era inválido por la abstención. De todas formas, el Gobierno ha prometido la despenalización del aborto: pues bien, por mucho que el Parlamento portugués legalice el aborto, éste seguirá siendo un crimen.

Termino con la conclusión del artículo de José Francisco Serrano Oceja en el suplemento de Iglesia de libertaddigital.com, titulado "El aborto y la derrota del Estado":

Se da, además, una perversa función de la ley: el intento de cambiar la propia naturaleza del acto. Los derechos contra la vida aparecen como legítima expresión de la libertad individual y del progreso de las naciones. La novedad de nuestro tiempo no es tanto que se mate al hombre inocente como cuanto que se asuma acríticamente la legalidad de este hecho. Con el aborto, queda en entredicho el fundamento de la legalidad, de la juridicidad y de la democracia, al menos, la procedimental. Juan Pablo II habló, en octubre de 1985, refiriéndose al aborto, de la derrota del Estado. También en Portugal.

Es la derrota del Estado porque éste debe proteger la vida y la seguridad de sus ciudadanos, y ha de ser como el árbitro en el partido, que no toma partido contra nadie; cuando se hacen leyes inmorales el Estado toma partido para cambiar la naturaleza de un acto para que aparezca como moral.

2 comentarios:

alfonso dijo...

En derecho algunos hablan de la "omnipotencia" del legislador, pero no es más que un truco, un cambio de palabras, la realidad está ahí, es lo más duro que existe, si quieren aturidirse y pensar que no es nada, y que no acaban con ninguna vida, allá ellos, ni siquiera pueden escudarse en que no es delito, porque de la conciencia no escapa nada. Como dice Bernanos en diario de un cura rural, esperad, esperad al último instante cuando todo sea silencio, sólo escuchareis la voz que sale del abismo, yo soy la mentira, la nada, la perdición. Las tres penas: la del sentido, la del daño y la de la eternidad. Es por eso por lo que optan en realidad, lo que ninguna ley puede alterar es la realidad.

El pescador dijo...

Es fundamental la ética y la moral a la hora de legislar, porque si no se pueden hacer aberraciones, todo necesita una instancia superior que lo juzgue moralmente.

Por eso hoy en Portugal «Acção Familia» dice que hay que seguir movilizándose para «frenar a quienes tratan de imponer a la sociedad una nueva moral», la moral que impone el Gobierno, que como bien recuerdan nuestros obispos en su último documento de la Plenaria también ha de someterse a las normas morales.