sábado, 10 de marzo de 2007

Hubo un padre sinodal más: Rafael (IV)

(Viene de la entrada anterior)

Para Giorgio Vasari, el primer comentarista de la "Disputa" en el Cinquecento, esta intensa actividad intelectual pintada por Rafael representa un proceso: están "escribiendo la Misa", dice, "y discuten acerca de de la hostia que está sobre el altar". La Misa, que hace presente de nuevo de manera incruenta el sacrificio de Cristo en la cruz, es la acción litúrgica en la cual, por obra del Espíritu Santo, la comunidad eclesial vive su plena configuración con Cristo. "Escribir" la Misa implica el incansable y secular esfuerzo de comprender, profundizar, vivir mejor el misterio de comunión, encomendado a la Iglesia, entre cielo y tierra, entre Dios y hombre.

Incluso fuera de la acción litúrgica verdadera y propiamente dicha la hostia eucarística revelaba a los humanistas el cuerpo de Cristo: no sólo como reliquia de la pasión sino también y ante todo como comunión, amistad, Iglesia. En el fresco de Rafael y en el comentario sobre él hecho por Vasari somos testigos de cómo el mundo del Renacimiento descubrió la visión eucarística antigua: la visión de la "Didaché" y de los escritores como Gaudencio de Brescia, para el cual el pan "es resultado de muchos granos de trigo, y así también el cuerpo místico de Cristo es único, pero está formado por toda la multitud del género humano, llevada a su condición perfecta mediante el fuego del Espíritu", y así también para la sangre: muchos granos de uva que se convierten en el único cáliz. Este escritor antiguo explica finalmente cómo la unidad eucarístico-eclesial se completa: "Viene después el pisar [la uva] sobre el lagar de la cruz. Hay entonces la fermentación, que tiene lugar espontáneamente en los amplios espacios del corazón lleno de fe de aquellos que aceptan la cruz".

Examinando la "Disputa" hacia lo alto -desde la Eucaristía a Cristo y el Padre- aparece claro que la unidad de la Iglesia en la tierra con su Cabeza en el cielo, de la cual la Eucaristía es signo, brota del lagar de la gran cruz escondida que estructura la composición entera, y sobre cuyo eje vertical contemplamos la Trinidad, mientras que el horizontal nos revela nuestro futuro en el cielo con María y todos los santos.

En la encrucijada de los dos ejes, uniendo a los hombres con Dios, vemos a Jesucristo, el Hombre-Dios, que reina sobre las dos "Escuelas", la de los santos doctores y la de Atenas, que es también parte de la asamblea cósmica.

Vemos a Cristo sobre la cruz invisible de la historia, como Santo Tomás de Aquino la había caracterizado: "Crux non solum fuit patibulum patientis, sed et cathedra docentis" [La cruz fue no sólo patíbulo del que padecía, sino la cátedra del que enseña]. Una cruz que, más que patíbulo, se convierte en cátedra.

En esta perspectiva, la Estancia del Sello se presenta como un manifiesto en el cual, al inicio de la Edad Moderna, la Iglesia narra su propia historia: una Iglesia verdaderamente católica, verdaderamente universal.

Para el misterio de la voluntad divina, de hecho, también los paganos forman parte de la Iglesia, ignorantes compañeros de su peregrinación a Dios. En su búsqueda de una sabiduría espiritual, y en el deseo de resolver la desgarradora división entre experiencia individual y destino comunitario del hombre, los pensadores antiguos de la "Escuela de Atenas" pusieron los fundamentos conceptuales sobre los cuales la Iglesia habría construido sucesivamente. A pesar de la ignorancia, ellos empujaron la historia hacia lo que el humanista Marsilio Ficino llama "libro viviente", Cristo que enseña desde la cruz.

Como los patriarcas y profetas de Israel, también los filósofos paganos son antepasados en la fe. En el crucero de esta iglesia que comprende toda la historia, con los antiguos en la nave y delante, en el ábside, la gloria futura, el humanista creyente del Cinquecento quizá habría recordado palabras dirigidas a los paganos de Éfeso en los albores de la Iglesia:

Recordad que en otro tiempo estabais sin Cristo, separados de la nación de Israel, y que no teníais parte en los pactos ni en la promesa de Dios [...] Pero ahora, unidos a Cristo Jesús por la sangre que Él derramó, vosotros, que antes estabais lejos, habéis sido acercados [...] Por eso, ya no sois extranjeros, no estáis ya fuera de vuestra tierra, sino que ahora compartís con el pueblo santo los mismos derechos, y sois miembros de la familia de Dios. Sois como un edificio levantado sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas; y el propio Cristo Jesús es la piedra angular. Unido a Cristo, el edificio entero va levantándose en todas y cada una de sus partes hasta llegar a ser un templo santo, unido al Señor. Así también vosotros, unidos a Cristo, os unís todos unos a otros para llegar a ser por medio de su Espíritu un templo en el que Dios habita (Efesios 2,12-13.19-22).
FINAL

1 comentario:

alfonso dijo...

Imponente el comentario del fresco de Rafael, desgraciadamente urge una catequesis sobre la Eucaristía y la liturgia de la misa en particular.
También el Papa acude a la pintura comentando el libro de Romano Guardini, el espíritu de la liturgia dice:
"Podríamos decir que entonces -en 1918- la liturgia se parecía a un fresco que, aunque se conservaba intacto, estaba casi completamente oculto por capas sucesivas. Gracias al Concilio Vaticano II, aquel fresco quedó al descubierto y, por un momento, quedamos fascinados por la belleza de sus colores y de sus formas. Sin embargo, ahora está nuevamente amenazado, tanto por las restauraciones o reconstrucciones desacertadas, como por el aliento de las masas que pasan de largo."