domingo, 29 de abril de 2007

El pastorcico

Este Domingo IV de Pascua es el día del Buen Pastor, os traigo este bellísimo poema de San Juan de la Cruz, ilustrado por este impresionante crucificado de Miguel Ángel, que se encuentra en el Sancto Spirito de Florencia.

Jesucristo es el Buen Pastor, que con su muerte en el madero nos ha abierto las puertas de la vida eterna, nos ha hecho entrar en los pastos eternos.

Suele representarse al Buen Pastor con la oveja a hombros, ya desde las primitivas catacumbas cristianas: ver aquí y aquí; ésta última imagen bucólica se ha tomado como logotipo del Catecismo de la Iglesia católica.

En esta ocasión quiero mostrar su dimensión de entrega que ilumina todo este tiempo pascual.

Podéis descargar el poema con música (además de otros más) en este sitio:

EL PASTORCICO

I

Un pastorcico solo está penado
ageno de plazer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

II

No llora por averle amor llagado
que no le pena verse así affligido
aunque en el coraçón está herido
mas llora por pensar que está olbidado.

III

Que sólo de pensar que está olbidado
de su vella pastora con gran pena
se dexa maltratar en tierra agena
el pecho del amor muy lastimado!

IV

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado
de aquel que de mi amor a hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado!

V

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado
sobre un árbol do abrió sus braços vellos
y muerto se a quedado asido dellos
el pecho del amor muy lastimado.

jueves, 26 de abril de 2007

¿Por qué tanta violencia en el Antiguo Testamento?


Michel Souchon, jesuita, de la redacción de Croire Aujourd'hui responde a estos interrogantes

"¿Qué puede aportar el Antiguo Testamento? Cuando abro mi Biblia caigo la mayor parte del tiempo en el Antiguo Testamento (que representa el 80% de la Biblia), y encuentro casi siempre atrocidades: masacres, matanzas, genocidios, etc" se interrogan los internautas en nuestro foro

En vez de abrir la Biblia al azar, tratad de marcar con una señal las páginas que han suscitado un eco en vuestro corazón (esto ha debido pasaros, un día al menos). Bernanos decía, en el Diario de un cura rural, que tenemos todos nuestro lugar en una escena evangélica: en la fila de pecadores que van a pedir el bautismo de Juan; sobre los bancos de la sinagoga de Nazaret; en el Monte de los olivos... Y cada uno, escuchando una palabra precisa, ha sentido que le estaba dirigida y se ha dicho: "¡Esta palabra es viva!" Volved a esos textos fundadores: es una buena manera de vivir la Palabra de Dios.

Dicho esto, comprendo vuestro asombro ante tantos pasajes violentos del Antiguo Testamento. Conviene recordar que el relato global de la Biblia es el de un largo aprendizaje para salir de la violencia, desde la muerte del justo Abel hasta la cruz donde el "justo de los justos" fue colgado, víctima de la violencia de los hombres. Precisamente porque hacemos ese recorrido nos escandalizamos por los relatos que son etapas (nunca completamente superados) de la liberación de nuestros miedos y de nuestras violencias.

¿Por qué mirar entonces esta historia antigua (el Antiguo Testamento) y cargar la memoria cristiana? La herejía de Marción en el siglo II quería deshacerse del Antiguo Testamento, pensando como vosotros que no podía aportarnos nada más... La tradición cristiana ha rechazado esta mutilación. ¿Cómo comprender la Pascua de Cristo sin la memoria de la salida de Egipto? Recordad el diálogo de Cristo y los discípulos sobre el camino de Emaús: «Comenzando por Moisés y recorriendo todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que concernía a Él» (Lucas 24,27).

Michel Souchon, jesuita
(original en francés; traducción mía)


miércoles, 25 de abril de 2007

San Marcos y El testamento del pescador

Hoy es el día de San Marcos, el evangelista, el creador del nuevo género literario llamado evangelio, buena noticia en griego. Siempre se ha considerado que su evangelio recoge la predicación del apóstol San Pedro, que lo llama "mi hijo" (1 Pedro 5,13).

Por eso puede considerarse que el evangelio que redactó San Marcos es el Testamento del pescador, el testimonio escrito de la predicación de Simón, llamado luego Pedro Marcos 3,16), el pescador de Galilea que un día fue llamado por el Señor para hacerlo pescador de hombres (Marcos 1,16-17).

Los evangelistas pusieron por escrito las tradiciones orales sobre Jesús procedentes de los testigos oculares de la obra y dichos de Jesucristo para que así las comunidades cristianas pudieran conocerlo realmente y con fiabilidad una vez que los testigos oculares hubieran fallecido y la fe cristiana se extendía.

El cuadro del Beato Angélico que ilustra la entrada es de 1.433, está en el Museo de San Marcos de Florencia y representa al santo evangelista tomando nota de la predicación del apóstol San Pedro.

domingo, 22 de abril de 2007

Benedicto XVI propone la humildad de Agustín como modelo para la Iglesia

Venido en peregrinación para venerar las reliquias de San Agustín, Padre de la Iglesia al cual está espiritualmente muy próximo, Benedicto XVI ha invitado a la Iglesia a colocarse en los pasos del obispo de Hipona

En la sacristía de San Pietro in Ciel d'Oro, sobre un bello lienzo del siglo XVII, están representados dos grandes santos en conversación: Agustín escribe sentado en su mesa, y Jerónimo, cuya cabeza pasa a través de la ventana, solicita el parecer del obispo de Hipona.

A esta misma discusión ha invitado Benedicto XVI a la Iglesia entera el 22 de abril en Pavía, ciudad del norte de Italia donde reposan, justamente en San Pietro in Ciel d’Oro, las reliquias de San Agustín.

Fiel a sí mismo, el Papa ha pronunciado un discurso exigente en una ciudad totalmente en fiesta para acogerlo. El Domingo por la mañana, para la Misa al aire libre, a las orillas del Ticino, numerosos jóvenes y menos jóvenes habían venido, por parroquias, tropas de scouts, asociaciones, para ver al Papa y «escucchar un mensaje de esperanza», como confiesan dos jóvenes pavianos endomingados.

¿Habrán apreciado la lección austera y casi académica de la homilía sobre San Agustín que les ha predicado Benedicto XVI? Después de todo, la pequeña ciudad, toda de arenisca de las montañas vecinas, tiene la seriedad de una de las ciudades universitarias más prestigiosas de la península, y a los estudiantes les gusta discutir bajo los claustros de los viejos edificios renacentistas.

"El respeto y la defensa de la vida"

«He hecho latín y he estudiado a San Agustín, sostiene, un poco dudosa, una joven estudiante de medicina que acaba de asistir a la celebración, entonces yo creo que he podido comprender lo que nos dijo».

«Aquí, cada año, en el momento en que se veneran sus reliquias, tenemos exposiciones y debates alrededor de sus escritos, conocemos pues bien su vida», añade un grupo de adultos, voluntarios de Cáritas, numerosos en esta región lombarda donde el catolicismo social permanece muy presente.

El sábado, el Papa, en Vigévano, diócesis vecina, había tenido términos más pastorales para animar a las familias y a los jóvenes.

El Domingo por la mañana, muy temprano, en el hospital, también ha estado inclinado sobre los sufrientes y los enfermos, y ha pedido que «el necesario progreso tecnológico sea acompañado constantemente de la conciencia de promover juntos, para el bien del enfermo, los valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida en cada una de sus fases, de lo cual depende la calidad auténticamente humana de una sociedad».

Pero para la Misa, como ante los universitarios, a la sombrar de las grandes torres medievales, es el obispo de Hipona y su síntesis entre la filosofía griega y la revelación cristiana, que fueron el hilo de su palabra. Todo como, naturalmente, al final de la tarde delante de las reliquias mismas del gran santo.

"El más grande converso de la historia de la Iglesia"

Nada de asombroso: «He venido aquí para expresar el homenaje de toda la Iglesia a uno de sus Padres más grandes, ha dicho, y también mi devoción personal, y mi reconocimiento hacia aquel que tiene tanta parte en mi vida teológica, de pastor, y diría aún más de hombre y de sacerdote». Benedicto XVI ha venido aquí para hablar de San Agustín, «el más grande converso de la historia de la Iglesia», al que desde el principio dedicó su primera encíclica (para más información, pinchar aquí).

Y si habla de esto, es porque está persuadido, en 2007, de que el gran intelectual de los primeros tiempos del cristianismo ofrece más que nunca un «mensaje significativo para el camino de la Iglesia». Por la mañana, ha invitado pues a la Iglesia a recorrer el camino de conversión de Agustín. Ha pedido a la Iglesia que siga la humildad del santo, que ha descubierto, en la tarde de su vida, «cuán necesaria le era constantemente la bondad misericordiosa de un Dios que perdona».

Y por la tarde, tras haberse recogido largamente ante el magnífico sarcófago en mármol, obra maestra de la escultura lombarda del siglo XIV [ver foto que ilustra la entrada], ha emplazado a los católicos, como San Agustín, a ver en Cristo el rostro de Dios amor.

«Dios es amor», ha repetido, retomando los acentos de su propia encíclica: «Todo debe partir de allí, todo debe conducir ahí: cada acción pastoral, cada debate teológico»: sólo «aquel que vive en la experiencia personal del amor del Señor está en condiciones de ejercer la responsabilidad de guiar y acompañar a los otros en ese camino después de Cristo», pues, añadió, aunque «inevitablemente a contracorriente», «servir a Cristo es ante todo una cuestión de amor».

Isabelle DE GAULMYN, en Pavía

(original en francés; traducción mía)

viernes, 20 de abril de 2007

Benedicto XVI, Papa agustiniano

El Papa se recogerá durante los días 21 y 22 de abril en Pavía sobre la tumba de San Agustín. Un Padre de la Iglesia que el teólogo Ratzinger ha estudiado largamente y al que Benedicto XVI se refiere con mucho gusto, signo de una proximidad teológica y espiritual.

«Un magisterio que habla sobre todo de Cristo y del Amor» ¿Se trata de Benedicto XVI? No, sino de San Agustín... y el autor de esta definición no es otro que Juan Pablo II, en una carta apostólica escrita en el XVI Centenario de la conversión del gran santo de África del Norte [1986].

Caracterizar el pontificado de Benedicto XVI por esta frase de su predecesor es tentador tanto que las dos nociones, Cristo y amor, están omnipresentes en sus discursos y textos. Tanto como que es una gran verdad también que el Papa alemán está impregnado fuertemente del pensamiento del obispo de Hipona.

La demostración no es muy difícil: Agustín aparece por todos lados en la vida de este Papa, que le debe además su tesis doctoral en teología, en 1953. En el escudo que Benedicto XVI se ha escogido, como en sus textos, las referencias agustinianas están omnipresentes. Como prueba, la todavía reciente audiencia del pasado 11 de abril.

Cuando improvisa, Benedicto XVI cita a San Agustín

Benedicto XVI ha recurrido así al teólogo de Hipona para explicar el evangelio de la mujer adúltera, en la parroquia de Santa Felicidad, el 25 de marzo. Lo invoca de nuevo para decirle a la Iglesia italiana reunida en congreso en octubre de 2006 en Verona, que el cristiano no debe ser «del mundo», sino «esperanza en el mundo».

La lista sería prolija... Pero podemos señalar que cuando improvisa a Benedicto XVI le gusta volver sobre los escritos de San Agustín: citas espontáneas que dan fe de su proximidad con él.

Agustín, incluso, es citado en su encíclica Deus caritas est cuatro veces. Como nota el asuncionista Marcel Neusch en la revista Itinéraires augustiniens, «ningún otro autor aparece tanto. Justino y Ambrosio son citados sólo una vez» (1). Y Tomás de Aquino ni siquiera es mencionado... mientras que hay referencias a autores «profanos», como Descartes, Nietzsche, Platón o Salustio. Tres citas están sacadas de las obras mayores de Agustín: Las Confesiones, el tratado Sobre la Trinidad y La ciudad de Dios.

La primacía de Dios, el amor...

¿Benedicto XVI agustiniano mientras que su predecesor habría sido más bien tomista? El atajo es rápido y corre el riesgo de encerrar a uno y otro Papa en categorías estrechas. Esto sería sólo porque la oposición es engañosa: Santo Tomás era fuertemente agustiniano... Y ciertos textos de Benedicto XVI, como el célebre discurso de Ratisbona sobre fe y razón, están directamente marcados por la escolástica tomista.

Sin embargo, se encuentran en los discursos del actual obispo de Roma numerosos temas que gustaban al antiguo obispo de Hipona.

La primacía de Dios, por ejemplo, apunta en la revista Jesús el P. Vittorino Grossi, doctor en Patrística por la Pontificia Universidad Agustiniana: «La autonomía del hombre no debe ir nunca contra su Creador. Si no, damos la espalda a la vida para ir hacia la muerte».

Otro acento agustiniano fundamental, el amor. La encíclica Deus caritas est se inspira netamente en las reflexiones del Padre de la Iglesia (conocemos su «Ama y haz lo que quieras»), que no oponía el amor-caridad (agapè) a eros.

La "humildad de Dios", predilecta de Agustín y de Benedicto XVI

E igualmente con Agustín Benedicto XVI va a introducir la segunda parte de la la encíclica, sobre el ejercicio concreto de la caridad: «Ves la Trinidad cuando ves la caridad» (Sobre la Trinidad VIII, 8, 12). En el prójimo Dios se hace visible y se da para encontrarlo.

La eclesiología de Joseph Ratzinger es también agustiniana, apunta en Radio Vaticana Mons. Giovanni Scanavino, obispo de Todi, religioso agustino: una eclesiología de la comunión que, dice, va a servir fuertemente al joven teólogo bávaro durante el Concilio.

Encontramos en el vínculo establecido entre Iglesia y Eucaristía por la reciente exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (El sacramento del amor) del Papa alemán, los acentos de San Agustín en su lucha contra los donatistas -en sustancia, pero en el sentido de la teología sacramental: fuera de la Iglesia, punto de salvación. Para Benedicto XVI también, no sabríamos pertenecer plenamente a la cabeza, Cristo, sin pertenecer al cuerpo de Cristo, la Iglesia, recibiendo los sacramentos de esa salvación.

Podríamos multiplicar estos ejemplos, evocar incluso la «humildad de Dios», predilecta de Agustín como de Benedicto XVI –como podemos leer en su homilía de Navidad pasada– o bien esta fe que, para uno y otro teólogo, no va nunca sin la inteligencia.

Un Papa que se identifica con el obispo de Hipona

Hay más. Leyendo las anécdotas de la vida del Padre de la Iglesia latina contadas por Benedicto XVI, viendo las citas que utiliza, tenemos el sentimiento de que este Papa se identifica con mucho gusto con el obispo africano de los primeros tiempos cristianos.

Al Papa le gusta recordar qué pesada le parecía la carga pastoral a Agustín, que habría preferido quedarse en la contemplación y el estudio. Una alusión a su propio deseo, desde antes de la muerte de Juan Pablo II, de volver a sus queridos estudios, deseo que «la llamada de Dios» para la Sede de Pedro ha venido a contrariar.

Como San Agustín todavía más, a Benedicto XVI le gusta enfrentarse al texto bíblico, explicarlo, comentarlo. Agustín era predicador. El Papa también. Una lectura exigente, renovada sin cesar, y a Benedicto XVI le gusta citar al santo de Hipona: «He llamado muchas veces a la puerta de la Palabra, hasta que pude entender lo que Dios me decía».

Un «pesimismo agustiniano»

Misma interioridad de la fe, vivida en en una relación personal con Dios. Es impresionante, por ejemplo, ver a Benedicto XVI hacer referencia a san Agustín y a esa «gracia de la perseverancia que debemos pedir cada día al Señor para afirmar la gracia primera de la conversión» en su carta al cardenal Carlo Maria Martini por sus 80 años, cardenal al que aprecia.

Mismo pesimismo, también, frente al mundo. Un «pesimismo agustiniano», nacido de la certeza del pecado original, pero compensado por el optimismo de la gracia. Coronado, pues, por la fe. La descripción que hace el obispo de Hipona de las desgracias de la humanidad con la invasión de los Bárbaros, al final de La ciudad de Dios, nos recuerda cierta visión ratzingeriana de la sociedad actual minada por el relativismo y el ateísmo…

Isabelle DE GAULMYN, en Roma
(1) Itinéraires augustiniens, n° 36, juillet 2006.

(original en francés; traducción mía)

Comentario a la Exhortacion Apostólica “Sacramentum caritatis”

Traigo este artículo publicado en Ecclesia Digital. La foto que ilustra la entrada es la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger, que aparece a la derecha (el de la izquierda es su hermano George), pinchar en la foto para verla a tamaño normal:

El 22 de febrero Benedicto XVI hizo pública la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis (22-2-2007), fruto de las reflexiones y propuestas del último Sínodo de Obispos.

La finalidad de esta Exhortación es doble. Por una parte pretende “explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía”. Por otra, “que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de caridad” (nº 5). Siguiendo esta finalidad la Exhortación está dividida en tres partes, justificadas cada una de ellas con palabras del capítulo 6 del evangelio de san Juan, conocido como “el discurso del pan de vida”.

1ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de creer: “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29).

2ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de celebrar: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo” (Jn 6, 32).

3ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de vivir: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come, vivirá por mí” (Jn 6, 57).

La división tripartita –creer, celebrar, vivir-, que constituye el cuerpo de la Exhortación se sitúa entre dos puntos focales cada uno de los cuales proyectan su luz sobre el misterio eucarístico. El primero se encuentra en la Introducción y nos habla del origen de la Eucaristía, Sacramentum caritatis. La Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo. En este sacramento se manifiesta “el amor más grande”, aquel que impulsa a “dar la vida por los propios amigos” (cf Jn 15, 13). En el sacramento de la Eucaristía Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre” (n 1). La segunda luz se proyecta desde la conclusión y nos ayuda a descubrir los efectos de la Eucaristía. “La Eucaristía es el origen de toda forma de santidad…¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística!... La santidad ha tenido siempre su centro en el Sacramento de la Eucaristía” (n 94). Es así como la Eucaristía pasa a ser considerada, en expresión de Juan Pablo II, como un “misterio de luz”.

Entre ambos extremos se concreta el contenido de la Exhortación Apostólica. El misterio eucarístico es abordado desde la perspectiva de la fe, de la celebración y de la vida cristiana.

La Eucaristía es “misterio de la fe” por excelencia: “es el compendio y la suma de nuestra fe” (CEC 1327). La Eucaristía tiene su origen en el misterio trinitario de Dios, es instituida en el marco de la cena pascual por Jesús, y con ella nace la Iglesia. “Existe una relación causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia”. Varias expresiones ayudan a esta comprensión: La Iglesia “vive de la Eucaristía”, “la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace a su vez la Eucaristía”, “la Eucaristía es constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia”, “la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo”, “la Eucaristía es fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia”.

La reflexión de la Iglesia como sacramento saca a la luz la relación de la Eucaristía con los demás sacramentos. Éstos están unidos a ella y a ella se ordenan. La Exhortación pone de manifiesto cómo la Eucaristía enriquece la comprensión de cada sacramento, desvela entre ellos vínculos esenciales y propone exigencias ineludibles para la vida cristiana. De la Eucaristía y la Penitencia enseña: “El amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación... Una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial” (nº 20). Del matrimonio y la Eucaristía dice: “El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se revelan como ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido” (nº 79).

La segunda parte de la Exhortación se refiere a la Eucaristía como “misterio que se ha de celebrar”. Existe una relación intrínseca entre fe eucarística y celebración, tal como pone de relieve el principio lex orandi, lex credendi. Este principio quiere decir: el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia.

Paralelamente se establece un vínculo inseparable entre celebración eucarística y participación. El Documento insiste en que se ha de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles.

De varias maneras se especifica el “arte de celebrar”:

* El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio.

* El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud.

* El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado.

* El ars celebrandi debe tener en cuenta unos elementos básicos (belleza del arte sacro: arquitectura, pintura, escultura, canto) y cuidar las partes de la celebración eucarística: Liturgia de la Palabra (homilía), presentación de ofrendas, plegaria eucarística, rito de la paz, distribución y recepción de la Eucaristía, despedida.

Acerca de la participación en la celebración eucarística la Exhortación enseña que la palabra “participación” no se refiere “a una simple actividad externa” , sino que debe estar informada por el espíritu de conversión, por el recogimiento, el silencio... Y concluye: “Por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada” (nº 64).

La última parte de la Exhortación contempla la Eucaristía como “misterio que se ha de vivir”. Comienza esta parte enseñando que la Eucaristía es el inicio y el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía, el culto razonable (Rom 12, 1). Este culto tiene una eficacia integradora de todos los aspectos de la vida. En distintas fórmulas expresa esta idea la Exhortación:

* “La Eucaristía es “fuente y culmen de la existencia eclesial”,

* “La Eucaristía es un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia”,

* “La Eucaristía ejerce un profundo influjo sobre el estilo de vida cristiana”.

Los últimos números describen los diversos aspectos de la realidad que deben ser impregnados por el nuevo modo de vida eucarística: la espiritualidad, la cultura, la moral, el compromiso social...

Como resumen podemos decir que por el número de cuestiones que aborda la Exhortación Sacramentum caritatis la Eucaristía es presentada como un gran panel donde se van sobreponiendo distintos aspectos del misterio de la salvación: Dios uno y trino, la Iglesia, los sacramentos, la escatología, la celebración litúrgica, la vida moral, la dimensión social de la conducta cristiana… O también, que el misterio eucarístico es contemplado como la luz que ilumina, el hilo que aúna la riqueza de la fe en todas sus dimensiones: doctrinal, litúrgica, moral, espiritual, social… La Exhortación Sacramentum caritatis, en fin, parece presentar el misterio eucarístico como un exquisito mosaico bellamente taraceado.

En espera de la publicación del Compendio eucarístico, que “recogerá... todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión, celebración y adoración del sacramento del altar” (nº 93), la mejor muestra de agradecimiento que la comunidad cristiana puede ofrecer a Benedicto XVI es la lectura atenta y la meditación piadosa de esta Exhortación que repercutirá sin duda alguna en suscitar un “nuevo impulso y fervor por la Eucaristía”.

Juan Luis Martínez Lorenzo

Doctor en Teología

Delegado de Educación en la fe de la Diócesis de Tuy-Vigo

lunes, 16 de abril de 2007

El "Jesús" de Benedicto XVI

El primer libro de Benedicto XVI como Papa aparece el lunes 16 de abril, día de son 80 cumpleaños, en alemán, italiano y polaco. La doble cualidad del autor, papa y teólogo, hace a la vez que la lectura de este libro sea rica y difícil.

«En el origen del hecho de ser cristiano, está el encuentro con una Persona», escribía ya Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est. Con Jesús de Nazaret, este libro comenzado mientras era cardenal y acabado en el otoño último, su primer libro de Papa pero que presenta como «el fruto de un largo camino interior», invita a compartir este encuentro de Jesús, Dios hecho hombre.

La obra -que aparece el lunes 16 de abril en italiano, alemán y polaco, y ha sido anunciada en español para mayo en La Esfera- tiene el estilo de las audiencias generales del miércoles, y se deja leer pues ante todo como un gran y bello catecismo, accesible, gracias al talento de pedagogo que caracteriza al antiguo profesor convertido en Papa.

Esta doble dimensión del autor hace a la vez que este libro sea rico y difícil. Y en primer lugar en la comunidad de exegetas en la cual Joseph Ratzinger, como ya lo había hecho en el pasado, hace caer aquí ciertas evidencias. ¿Su postulado? El estudio histórico-crítico ha encontrado hace tiempo sus límites dando a entender que el «verdadero Jesús», en su profundidad histórica, no era accesible por los textos evangélicos, demasiado tributarios del contexto de su elaboración en el seno de las primeras comunidades cristianas.

El autor le open la escuela de la «exégesis canónica», nacida en Estados Unidos hace una treintena de años, que estudia cada elemento del Nuevo Testamento a la luz del mensaje que la Tradición cristiana ha reconocido como revelado en la globalidad de la Escritura. Una lectura creyente, pues, que se pretende complementaria de las aproximaciones científicas, aunque éstas podrían ser notarse sospechosas.

¿Jesús es verdaderamente quien Él pretende ser?

¿Quién es Jesús, en tal perspectiva? El autor responde a ello a través de los acontecimientos conocidos de su vida pública, después de su bautismo hasta la transfiguración para este primer volumen (el segundo, además de la pasión y la resurrección, deberá integrar los evangelios de la infancia). ¿Jesús es verdaderamente quien pretende ser, el Hijo de Dios? El autor busca desde el principio un principio de respuesta en el Antiguo Testamento, en un preliminar sobre Moisés.

Esa preocupación de anclar la fe cristiana en sus raíces judías es una constante de la obra. Jesús, explica, es el último profeta, prometido por Dios a su pueblo. Si Moisés era
«amigo de Dios», Jesús ve el rostro de Dios como un hijo. Vive en profunda intimidad con el Padre, y es en esta unión donde Él se da a conocer. Durante el Sermón de la montaña, se presenta a sí mismo como «la nueva Torah», la Palabra de Dios en persona.

Joseph Ratzinger ha tomado conciencia de ello leyendo las Conversaciones imaginarias entre un rabino y Jesús, de Jacob Neusner. ¿Qué sorprende en efecto a ese rabino en la enseñanza de Jesús? No sus propósitos que, según ese autor judío, no traicionan la fe del pueblo hebreo, sino lo que Jesús ha añadido a esa fe, a saber «él mismo». Ahí está el corazón del cristianismo: «la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio». Jesús sólo pone por delante de otros argumentos a Él mismo: como al joven rico, pide a cada uno que lo sigan.

Y ¿qué aporta Jesús? La respuesta es simple: Dios, «y con Él la verdad sobre nuestro destino y nuestra procedencia». La coherencia de la figura de Jesús reside en esa relación inmediata con Dios. Sea en el desierto, en las Bienaventuranzas o en parábolas, el Jesús de Ratzinger acompaña siempre hacia Dios. Ahora bien, deplora el autor, «en nuestra sociedad moderna (…), declaramos a Dios muerto, ¡así nosotros somos también Dios!». De ese hecho, «los hombres no son más propiedad de otro, sino más bien los únicos jefes de sí mismos y los propietarios del mundo...»

Un cristianismo exigente

Predicador convincente, Joseph Ratzinger predica un cristianismo exigente. Se trata de buscar a Dios, de hacerse cercano a Él y, haciendo esto, hacerse cercano al otro, para vivir «en íntimo acuerdo con la esencia y la palabra de Dios». Este gran vigor, fruto de toda una vida de meditación, agradará a quien busca un guía espiritual. El Dios de Jesús, aquí, no es un Dios endulzado. Ni un Dios que podríamos compartir con las otras religiones en una especie de moral común. Y Joseph Ratzinger ha renovado sus reticencias en contra de un diálogo interreligioso teológico.

Seguir a Jesús, dice más aún, «no ofrece ninguna estructura social realizable concretamente sobre el plano político»: ¡Él no ha venido «a aportar el bien común», por Dios! De esta fe en Dios nace la responsabilidad hacia el prójimo. El hombre de Nazaret no es indiferente al hambre de los hombres, pero vuelve a ponerla en su contexto de la primacía de Dios. Así es como, estima el Papa (como antes en su encíclica), las ayudas de Occidente al Tercer mundo, «basadas en principios puramente técnico-materiales, no sólo han dejado aparte a Dios, sino que han alejado de Él a los hombres»: «Creen poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan».

En juego siempre está el primado de Dios. Con Él solamente puede hacerse la verdadera conversión, que es «inversión de la marcha interior en relación a la dirección que habíamos tomado espontáneamente». Y hoy, subraya todavía el predicador, «frente a la crueldad del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a ver más claramente los peligros de la riqueza y comprendemos de manera nueva lo que Jesús desea poniéndonos en guardia contra la riqueza (…) que destruye al hombre, agarrando por la garganta con su mano cruel una gran parte del mundo».

Dirección, el amor

La dirección es la del amor. Eso no puede tomarse sin Dios. Pues, como Joseph Ratzinger lo muestra a través de las parábolas del buen samaritano o de «los dos hermanos» (el hijo pródigo), «todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo para que nosotros podamos convertirnos también en personas que aman. Tenemos siempre necesidad de Dios que se ha hecho cercano, para poder hacernos cercanos a nuestra vez».

Para nuestro autor, sin duda este ideal de proximidad con Dios y con el hombre, encarnado por Jesús, alcanza la más gran intensidad en el cuarto evangelio: generalmente considerado generalmente puramente teológico, la obra de Juan es aquí acreditada al contrario como de una máxima plausibilidad histórica -no ciertamente en el sentido «de un acta grabada con magnetófono», sino por «haber reflejado correctamente los discursos de Jesús, el testimonio de Jesús mismo» y, en definitiva, «la figura auténtica de Jesús».

Y Joseph Ratzinger invita entonces a sus lectores a adoptar la actitud de María para retener las palabras de su Hijo en un «trato interior del acontecimiento» de la salvación, dejándose guiar por el Espíritu Santo para alcanzar lo que es en definitiva la memoria de la Iglesia. A saber «la profundidad de las palabras y de los acontecimientos que vienen de Dios y llevan a Dios». Cada lector será libre de distinguir aquí o no «al verdadero Jesús» que le ha sido indicado. No podrá negar que el papa teólogo entrega aquí su fe personal en una emocionante verdad.

Isabelle de GAULMYN y Michel KUBLER
(original en francés; traducción mía)

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

Es el título del prefacio del libro del Papa que acaba de publicarse, y que tradujo a principios de año Sandro Magister.

Ya se está imprimiendo la traducción española, que saldrá editada por Esfera en el mes de mayo.

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

por Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Al libro sobre Jesús, del que ahora presento al público la primera parte, he llegado después de un largo camino interior.

En el tiempo de mi juventud – en los años treinta y cuarenta – fueron publicados una serie de libros sobre Jesús que entusiasmaban. Recuerdo sólo el nombre de algunos autores: Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel William, Giovanni Papini, Jean Daniel-Rops. En todos estos libros la imagen de Jesucristo fue delineada a partir de los Evangelios: cómo vivió sobre la tierra y cómo, siendo enteramente hombre, les llevó al mismo tiempo a Dios a los hombres, con el cual, en cuanto Hijo, era una sola cosa. Así, a través del hombre Jesús, se hizo visible Dios y a partir de Dios se pudo ver la imagen del hombre justo.

Al inicio de los años cincuenta la situación cambió. El desgarro entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” se hizo siempre más amplio; a simple vista el uno se alejó del otro. ¿Y qué significado puede tener la fe en Jesucristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y de como lo anuncia la Iglesia a partir de los Evangelios?

Los progresos de la investigación histórico-crítica condujeron a distinciones siempre más sutiles entre los diferentes estratos de la tradición. Detrás de ellos, la figura de Jesús, sobre la cual se apoya la fe, se volvió siempre más incierta, tomó contornos siempre menos definidos.

Al mismo tiempo las reconstrucciones de este Jesús, que debería ser buscado tras las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron siempre más contradictorias: del revolucionario enemigo de los romanos que se opone al poder constituido y naturalmente fracasa, al manso moralista que todo permite e inexplicablemente termina por causar su propia ruina.

Quien lee de corrido un cierto número de estas reconstrucciones puede inmediatamente constatar que ellas son mucho más fotografías de los autores y de sus ideales y no la puesta al descubierto de un ícono que se ha vuelto confuso. Lo que sí, mientras tanto, ha crecido la desconfianza respecto a estas imágenes de Jesús, y sin embargo la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Todos estos intentos de todos modos han dejado tras de sí, como denominador común, la impresión que nosotros sabemos bien pocas cosas ciertas sobre Jesús y que sólo más tarde la fe en su divinidad ha plasmado su imagen. Esta impresión, entre tanto, ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad.

Una situación así es dramática para la fe porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de lo que todo depende, amenaza con agotarse inútilmente en el vacío.

* * *

He sentido la necesidad de proporcionar a los lectores estas indicaciones de método porque ellas determinan la ruta de mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento.

Para mi presentación de Jesús esto significa ante todo que tengo confianza en los Evangelios. Naturalmente doy por descontado cuanto el Concilio y la moderna exégesis dicen sobre los géneros literarios, sobre la intencionalidad de las afirmaciones, sobre el contexto comunitario de los Evangelios y su hablar en este contexto vivo. Aún aceptando – por cuanto me era posible – todo esto, he querido hacer el intento de presentar el Jesús de los Evangelios como el verdadero Jesús, como el “Jesús histórico” en el verdadero sentido de la expresión.

Estoy convencido, y espero que el lector también se pueda dar cuenta, que esta figura es mucho más lógica y también, desde el punto de vista histórico, más comprensible que las reconstrucciones con las cuales nos hemos debido confrontar en los últimos decenios.

Considero que precisamente este Jesús – el de los Evangelios – sea una figura históricamente sensata y convincente. Sólo si había sucedido algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explican su crucifixión y su eficacia.

Ya casi a veinte años después de la muerte de Jesús encontramos plenamente desplegada en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (2, 6-8) una cristología en la que se dice de Jesús que era igual a Dios, pero se despojó a sí mismo, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte de cruz y que a Él le toca la alabanza de lo creado, la adoración que en el profeta Isaías (45, 23) Dios proclamó como debida sólo a Él.

La investigación crítica se plantea con justo derecho la pregunta: ¿qué cosa ha sucedido con la crucifixión de Jesús en estos veinte años? ¿Cómo se llegó a esta cristología?

La acción de formación comunitaria anónima, de la que se trata de encontrar los exponentes, en realidad no explica nada. ¿Por qué unos grupos desconocidos pudieron ser tan creativos, convencer e imponerse de ese modo? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, que la grandeza se coloque al inicio y que la figura de Jesús hizo en la práctica saltar todas las categorías disponibles y pudo así ser comprendida sólo a partir del misterio de Dios?

Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él fuese Dios y diese a conocer esto envuelto en parábolas y no obstante en forma cada vez más clara, va más allá de las posibilidades del método histórico. Al contrario, si a partir de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y su apertura para lo que es más grande, ellos se abren para mostrar una vía y una figura que son dignas de fe.

Se hacen ahora claras también la lucha a más estratos que está presente en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y – no obstante todas las diversidades – la profunda concordia de estos escritos.

Es claro que con esta visión de la figura de Jesús voy más allá de lo que dice por ejemplo Schnackenburg en representación de una buena parte de la exégesis contemporánea.

Pero espero que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la exégesis moderna, sino con gran reconocimiento por lo mucho que ella nos ha dado y continúa dándonos. Ella nos ha hecho conocer una gran cantidad de fuentes y de concepciones a través de las cuales la figura de Jesús puede hacérsenos presente en una vivacidad y profundidad que sólo hace pocos decenios no conseguíamos ni siquiera imaginar.

Sólo he buscado ir más allá de la mera interpretación histórico-crítica aplicando los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que naturalmente requieren la fe, sin por esto querer y poder – de hecho – renunciar a la seriedad histórica.

Por cierto no hay necesidad de decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino que es únicamente expresión de mis investigaciones personales sobre el “rostro del Señor” (Sal 27,8). Por tanto, cada quien es libre de contradecirme. Pido sólo a las lectoras y lectores aquel presupuesto de simpatía, sin la cual no hay ninguna comprensión.

Como he dicho al inicio del prefacio, el camino interior hacia este libro ha sido largo.

He podido comenzar a trabajarlo durante las vacaciones estivas del 2003. En agosto del 2004 he dado forma definitiva a los capítulos del 1 al 4. Después de mi elección a la sede episcopal de Roma he utilizado todos mis momentos libres para sacarlo adelante.

Ya que no sé cuanto tiempo y cuanta fuerza me serán concedidas todavía, en este momento he decidido publicar como primera parte del libro los primeros diez capítulos, que van desde el bautismo en el Jordán hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración.

Roma, fiesta de san Jerónimo
30 de setiembre del 2006

La próxima batalla a favor y en contra de Jesús se combatirá a golpe de libros

Otro artículo, esta vez anterior, de Sandro Magister sobre el libro del Papa:

Y el nuevo libro anunciado y lanzado por Joseph Ratzinger será el best seller del año. Presentamos su prefacio íntegro.

por Sandro Magister

ROMA, 15 de enero del 2007 – Su libro sobre Jesús fue anunciado a fines de noviembre y estará a la venta en la próxima primavera. Pero no hay semana en que Benedicto XVI no predique sobre el protagonista del libro: Jesús, “verdadero Dios y verdadero hombre”

Es como si el Papa Joseph Ratzinger se ocupara ya de la campaña de lanzamiento. Hace un año hizo lo mismo con la encíclica “Deus caritas est”: antes de su publicación intervino repetidamente ilustrando sobre sus contenidos esenciales, aumentando progresivamente la expectativa.

La última vez en que Benedicto XVI hizo una referencia a su próximo libro sobre Jesús fue el miércoles 3 de enero en la audiencia general.

Hablando de la Navidad el Papa llamó la atención una vez más sobre el “poder de las tinieblas que trata de oscurecer el esplendor de la luz divina”. Y dijo:

“Es el drama del rechazo de Cristo, que, como en el pasado, también hoy se manifiesta y se expresa, por desgracia, de muchas formas diferentes. Tal vez en la época contemporánea son incluso más solapadas y peligrosas las formas de rechazo de Dios: van desde el rechazo neto hasta la indiferencia, desde el ateísmo cientificista hasta la presentación de un Jesús que llaman modernizado y posmodernizado. Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a un simple hombre de su tiempo, privado de su divinidad; o un Jesús tan idealizado que parece a veces un personaje de fábula.”

El Papa ha opuesto a este falso Jesús el “verdadero Jesús de la historia”: el Jesús que es “verdadero Dios y verdadero hombre y no se cansa de proponer su Evangelio a todos”. Frente al cual “no se puede permanecer indiferente. También nosotros, queridos amigos, debemos tomar posición continuamente”. No rechazarlo sino acogerlo. Sabiendo que “a todos los que lo recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12).

* * *

La disyuntiva que Benedicto XVI pone entre el falso y el verdadero Jesús es pues la misma que él ve en acto entre los libros que reducen Jesús a un simple hombre y los que en cambio lo presentan en su verdad humano-divina.

Entre los libros del “poder de las tinieblas” de hoy en día, el Papa tiene en mente sobre todo uno que en Italia ha vendido en pocos meses medio millón de copias, titulado: “Inchiesta su Gesù. Chi era l’uomo che ha cambiato il mondo [Investigación sobre Jesús. Quién era el hombre que cambió el mundo]”.

Los autores del volumen son el agnóstico Corrado Augias, periodista y escritor, editorialista del importante diario liberal “La Repubblica”, y el católico Mauro Pesce, profesor de historia de la Iglesia de la universidad de Bolonia, especialista en textos del cristianismo primitivo.

La tesis de este libro es que “es falso todo lo que la fe cristiana profesa respecto a Jesús”. Así al menos lo ha sintetizado al reseñar el libro de Augias y Pesce, el Padre Giuseppe De Rosa en “La Civiltà Cattolica”, la revista de los jesuitas de Roma impresa con el control y la autorización de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Otra reseña del libro igualmente severa es la que apareció en el diario de los obispos italianos, “Avvenire”, en la pluma del Padre Raniero Cantalamessa, 72 años, especialista en historia de los orígenes cristianos y desde 1980 predicador de la casa pontificia, o sea el que da las prédicas de Adviento y de Cuaresma al Papa y a la Curia vaticana.

Si pues Benedicto XVI hasta ahora no ha citado explícitamente el libro de Augias y Pesce, estas dos reseñas autorizadas bastan para dar a entender que el libro es considerado en el Vaticano el texto último y más representativo de aquel ataque a la fe cristiana que desde hace más de dos siglos tiene a Jesús como blanco.

El inminente libro de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI – firmado así porque fue escrito por él antes y después de la elección como Papa – pretende precisamente oponer el Jesús auténtico al falso Jesús “modernizado o postmodernizado”.

Es fácil prever también para el libro del Papa un gran éxito de venta, en Italia y en el mundo.

Pero más que una guerra editorial, se anuncia una nueva fase de aquel perenne enfrentamiento entre acogida y rechazo que siempre ha tenido en Jesús su “signo de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35, citado en la audiencia del miércoles 3 de enero).

Precisamente esto hace presagiar el prefacio escrito por Benedicto XVI a su libro que tendrá por título: “Jesús de Nazaret. Del bautismo en el Jordán a la Transfiguración”, primero de dos volúmenes previstos, con el próximo que abracará hasta la Resurrección.

El Papa, haciendo público el prefacio de manera anticipada, ha efectuado otra movida en la campaña de lanzamiento del libro. Y en la batalla a favor y en contra de Jesús.

Y se presentó en medio de ellos: “Jesús de Nazaret” en librería

Para ir abriendo boca sobre el libro del Papa, este artículo del vaticanista Sandro Magister sobre el tema:

Salió en varios idiomas el libro más querido por su autor. Joseph Ratzinger lo ha trabajado por muchos años, y ahora prepara la continuación. Un texto fundamental también para entender este pontificado

por Sandro Magister

ROMA, 16 de abril del 2007 – Desde hoy, cumpleaños ochenta de Benedicto XVI, su tan esperado libro sobre “Jesús de Nazaret” está a la venta en el original alemán y en las versiones italiana, polaca y griega, a las que rápidamente seguirán las traducciones a una veintena de idiomas: inglés, francés, español, portugués, catalán, holandés, sueco, esloveno, croata, serbio, checo, eslovaco, lituano, húngaro, maltés , coreano.

“Jesús de Nazaret” es la primera parte de una obra de dos volúmenes que Joseph Ratzinger ha pensado hace muchos años como parte de un “largo camino interior” suyo en busca del “rostro del Señor”. Ha escrito los primero cuatro capítulos antes de ser elegido Papa y los siguientes seis después, “usando todos los momentos libres”.

En este primer volumen el relato comienza con el bautismo de Jesús en el Jordán y llega hasta su transfiguración en el monte Tabor. Mientras el segundo volumen llegará a la pasión, muerte y resurrección, con un capítulo dedicado también a los relatos de la infancia: la anunciación, el nacimiento, los magos, la fuga a Egipto.

La intención de Ratzinger al escribir este libro la explica él mismo en el prefacio: presentarles a los hombres de hoy el Jesús de los Evangelios como el Jesús históricamente real, verdadero Dios y verdadero hombre.

Para Benedicto XVI, en los Evangelios se encuentran todos los elementos para afirmar que el personaje histórico Jesús también es realmente el Hijo de Dios venido a la tierra para salvar a la humanidad y, página tras página, guía al lector – creyente, pero también no creyente – en la búsqueda y en el descubrimiento de su verdadero rostro.

El libro consta de una prefación, hecha pública desde el pasado noviembre, de una introducción, de diez capítulos y de una guía bibliográfica.

En la introducción, Benedicto XVI presenta a Jesús como el “nuevo Moisés” anunciado por el Antiguo Testamento en el libro del Deuteronomio: “un profeta con el cual el Señor hablaba cara a cara”. Incluso mucho más: si Moisés no pudo contemplar el rostro de Dios sino sólo verle “las espaldas”, Jesús es no sólo el amigo de Dios sino su Hijo unigénito, está “en el seno del Padre” y por lo tanto lo puede revelar: “Quien me ve a mí ve al Padre”.

El primer capítulo está dedicado al bautismo de Jesús en el Jordán. Sumergiéndose en las aguas Jesús “acepta la muerte por los pecados de la humanidad”. Mientras la voz desde el cielo que lo señala como Hijo de Dios predilecto “es la llamada anticipada a la resurrección”. El recorrido de su vida ya está delineado.

Capítulo segundo: las tentaciones de Jesús. Para salvar a la humanidad, Jesús debe vencer las principales tentaciones que amenazan, en diferentes formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la verdadera Tierra prometida que es el “reino de Dios”.

El capítulo tercero está dedicado, precisamente, al Reino de Dios, que es el señorío de Dios sobre el mundo y sobre la historia, pero se identifica en la misma persona de Jesús, vivo y presente aquí y ahora. En Jesús “Dios viene a nuestro encuentro, reina en modo divino o sea sin poder mundano, reina con el amor que llega “hasta el extremo”.

Capítulo cuarto: el discurso de la montaña. En él Jesús aparece como el “nuevo Moisés” que lleva a cumplimiento la Torah, la ley. Las bienaventuranzas son los puntos cardinales de la nueva ley, y al mismo tiempo, un autorretrato de Jesús. La ley es Él mismo: “Es este el punto que exige una decisión y por lo tanto es el punto que conduce a la cruz y a la resurrección”.

Capítulo quinto: la oración del Señor. Poniéndose en el seguimiento de Jesús, el creyente puede invocar al Padre con las palabras que Él enseñó: el Padrenuestro. Benedicto XVI lo explica punto por punto.

Capítulo sexto: los discípulos. La comunidad con Jesús recoge a los discípulos en el “nosotros” de una nueva familia, la Iglesia, que a su vez es enviada a anunciar el mensaje al mundo entero.

Capítulo sétimo: las parábolas. Benedicto XVI ilustra su naturaleza y objetivo y después comenta tres, todas del Evangelio de Lucas: la del buen samaritano, la de los dos hermanos y el padre bueno, la del rico epulón y el pobre Lázaro.

Capítulo octavo: las grandes imágenes joánicas. O sea: el agua, la vid y el vino, el pan, el pastor. El Papa las comenta una por una, después de haber explicado quien era el evangelista Juan.

Capítulo nueve: la confesión de Pedro y la transfiguración. Ambos eventos son momentos decisivos para Jesús como también para sus discípulos. Muestran con claridad cual es la verdadera misión del Hijo de Dios sobre la tierra y cual es la suerte de quien quiere seguirlo. Jesús, el Hijo de Dios vivo, es el Mesías esperado por Israel que, a través del escándalo de la cruz, conduce a la humanidad al “reino de Dios”, a la libertad definitiva.

Capítulo décimo: las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo. Benedicto XVI comenta tres de ellas: “Hijo del Hombre”, “Hijo”, “Yo soy”. Este último es el nombre misterios con el que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente y con el que los Evangelios dejan entrever que Jesús es el mismo Dios.

Aquí termina el primer volumen del Papa sobre Jesús de Nazareth. Pero también es interesante el apéndice final en el que el autor hace de guía a los lectores en la inmensa bibliografía sobre la materia. Por cada uno de sus diez capítulos, Ratzinger cita los principales libros a los que se ha referido y que pueden ser leídos para una profundización. Además señala “algunos de los más importantes y recientes libros sobre Jesús”, entre los que figuran los de Joachim Gnilka, Klaus Berger, Heinz Schürmann, Thomas Söding, Rudolf Schnackenburg, John P. Meier. De la obra de este último, en tres amplios volúmenes con el título “A Marginal Jew. Rethinking the Historical Jesus", escribe:

“Esta obra en varios volúmenes del jesuita americano representa bajo muchos aspectos un modelo de exégesis histórico-crítica, en la que se pone de manifiesto tanto la importancia como los límites de esta disciplina. Vale la pena de ser leída la reseña de Jacobo Neusner al primer volumen, 'Who needs the historical Jesus?', en 'Chronicles' julio 1993, pp. 32-34”.

Benedicto XVI dedica este pasaje de su libro a la interpretación de la Escritura, en el capítulo sobre las tentaciones de Jesús:

“Para atraer a Jesús a su trampa el diablo cita la Sagrada Escritura, […] aparece como teólogo. […] Vladimir Solove’ëv retomó este tema en su ‘Relato sobre el Anticristo’; el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología de la Universidad de Tubinga; es un gran experto en Biblia. Con este relato Solov’ëv ha querido expresar en modo drástico su escepticismo en relación a cierto tipo de exégesis erudita de su tiempo. No se trata de un no a la interpretación científica de la Biblia en cuanto tal, sino de una advertencia, en principio saludable y necesaria, frente a los caminos errados que ella puede tomar. La interpretación de la Biblia puede efectivamente volverse un instrumento del Anticristo. No es solamente Solov’ëv quien lo dice, es lo que afirma implícitamente el relato mismo de las tentaciones. Los peores libros destructores de la figura de Jesús, desmanteladores de la fe, han sido entretejidos con presuntos resultados de la exégesis”.

viernes, 13 de abril de 2007

¿Existe el mal?




Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: ¿Dios creó todo lo que existe?
Un estudiante contestó valiente: Sí, lo hizo.
¿Dios creó todo?, preguntó nuevamente el profesor
Sí señor, respondió el joven
El profesor contestó: Si Dios creó todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.
El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe era un mito
Otro estudiante levantó su mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor? Por supuesto, respondió el profesor.

El joven se puso de pie y preguntó: ¿Profesor, existe el frío?
¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?
El muchacho respondió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es la ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.
Y, ¿existe la oscuridad? continuó el estudiante. El profesor respondió: Por supuesto.
El estudiante contestó: Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz.
La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente
Finalmente, el joven preguntó al profesor: Señor, ¿existe el mal?
El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.
A lo que el estudiante respondió: El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios.
Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.
Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.
EL JOVEN SE LLAMABA ALBERT EINSTEIN...

jueves, 12 de abril de 2007

Benedicto XVI ante los debates sobre la evolución

Los pasados 1 y 2 de septiembre, el papa reunió a un grupo de antiguos estudiantes y colegas para un seminario «Creación y evolución» cuyas actas acaban de ser publicadas.

Se sabía que la nueva función papal de Joseph Ratzinger no había desvelado completamente su vocación de docente de teología (leer más abajo). La iniciativa que ha tomado Benedicto XVI, después de su elección, de organizar al final de cada verano un taller de reflexión con un círculo de antiguos estudiantes y colegas en Castel Gandolfo es una prueba de ello. Las actas de la edición de 2006 de ese seminario acaban de ser publicadas en Alemania (Schöpfung und Evolution. Eine Tagung mit Papst Benedikt XVI in Castel Gandolfo. Préface du cardinal Christoph Schönborn. Sankt Ulrich Verlag, 2007, 161 p.)

Después de la intervención notoria del cardenal Christoph Schönborn en el New York Times el 2 de julio de 2005 que parecía cuestionar la pertinencia de la teoría de la evolución, el segundo encuentro de este grupo se proponía colocar directrices suplementarias en la evaluación teológica de esta teoría científica. Lo que está en juego es importante, recuerda el arzobispo de Viena en el prefacio a esta edición, citando textos antiguos del mismo Joseph Ratzinger sobre el tema. Si no se trata de volver a cuestionar la pertinencia científica de la teoría de la evolución misma, parece sin embargo necesario comprender mejor a qué puede llevar cuando entra en el campo filosófico.

Sin embargo el cardenal Schönborn ha hecho la elección de orientar los debates el pasado verano en Castel Gandolfo alrededor de la temática muy actual -y discutida- del «Diseño inteligente». Esta teoría, salida de ciertos medios científicos americanos, da a entender que la teoría de la evolución contendría en germen las huellas de una evolución dirigida. Contradice así el papel del azar como motor preliminar a los fenómenos de selección natural, descritos por la teoría darwiniana.

Guardarse de una visión simplista de la teoría de la evolución

Llamado a intervenir en esta sesión de verano, el presidente de la Academia austriaca de las ciencias Peter Schuster, por otro lado biólogo molecular y agnóstico, propone una síntesis de los conocimientos actuales y afirma que a partir de ahora los científicos pueden observar a escala molecular los mecanismos selectivos de la evolución darwiniana. Después de las intervenciones de Robert Spaemann, filósofo muniqués, y del jesuita Paul Erbrich, el cardenal Schönborn evoca el peligro del materialismo que arrastra el darwinismo social. Su intervención se hace más problemática cuando retoma ciertas críticas científicas de la teoría de Darwin, salidas de tesis próximas al «Intelligent design» [Diseño inteligente, en inglés en el original].

La segunda parte de la obra vuelve a trazar los intercambios entre los participantes en el seminario. Benedicto XVI toma parte activa en ello, buscando volver a dar un lugar coherente a una teología de la creación que saber dialogar con la ciencia. El Papa subraya también la violencia presente en el mundo de la naturaleza, que invita a los cristianos a guardarse de una visión simplista de la teoría de la evolución. Benedicto XVI, siguiendo la metáfora darwininana, recuerda que la muerte y la resurrección de Cristo constituyen, a los ojos de los cristianos, el último «salto evolutivo».

Dominique LANG
(Original en francés; traducción mía)

domingo, 8 de abril de 2007

La vida después de la muerte

Entrevista con Bernard Sesboüé. Este teólogo jesuita se ha impuesto por sus trabajos sobre el ecumenismo, la critología, la redención. Es el autor especialmente de "La resurrección y la vida. Catequesis sobre las realidades últimas" (Editorial Mensajero).

¿Cómo ha llegado a elaborar el pensamiento bíblico la esperanza de la resurrección?

P. Bernard Sesboüé: En la creencia primitiva, el gran bien del hombre es la vida, y la muerte aparece como la catástrofe. Por tanto, todo ha acabado con ella. Al morir, el hombre va al "shéol" o "infiernos", equivalente judío del "hades" de los griegos, es decir un lugar de tinieblas, de polvo y de silencio. Una especie de prisión con puertas, donde las sombras llevan a una vida extremadamente paliducha, parecida a un triste sueño. Este "shéol" no es un lugar de castigo, es un lugar de olvido, un lugar donde el hombre no puede conocer más a Dios. Lo mismo que el cuerpo se degrada, de la misma manera el soplo de vida se extenúa en un sueño privado de toda felicidad. Esta concepción poco a poco evoluciona bajo un triple empuje. El amor, en primer lugar: el pueblo judío quiere vivir sin interrupción y sin fin con Dios. La justicia, a continuación: el "shéol" nivela definitivamente a todos los humanos, sean cuales fueran sus acciones, lo que hace escandalizarse sobre la justicia de Dios y contradice la esperanza de los mártires. Finalmente, la vida: El Dios de la vida es más fuerte que la muerte. Este recorrido respresenta etapas que nosotros también tenemos que recorrer sea como sea la fuerza de nuestra fe, desde la percepción del escándalo de la muerte y la experiencia sufriente de la separación que parece tan próxima de la caída en la nada, hasta tomar en cuenta nuestra esperanza de una vida más allá de esta vida, esperanza que habita todo hombre en lo más profundo de sí mismo.

¿Qué nuevo umbral atraviesa el Nuevo Testamento?

Jesús anuncia la venida del Reino de Dios. Proclama las Bienaventuranzas, carta magna de ese Reino, y cuenta las parábolas para permitir que cada uno se convierta a la Buena Noticia. Pero no sólo habla. Actúa. El Reino que anuncia, lo inaugura con su presencia y con sus actos. Cura a los enfermos y resucita a los muertos: el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo, Lázaro. A la pregunta "¿En qué consiste el Reino de Dios?" aporta asimismo una respuesta simple: quienes creen vuelven a la vida. El mismo Jesús ha atravesado la prueba de la muerte. Pero ha cambiado el sentido amando a los suyos hasta el final. Su muerte ha sido una "muerte para nosotros". Ha dado su vida para darnos la vida. Con su resurrección, llegamos al corazón del mensaje cristiano sobre el hombre y su salvación.

¿Qué significa la resurrección de Cristo?

En primer lugar, una primera constatación: la tumba es encontrada abierta y vacía. El cuerpo de Jesús ha desaparecido. Segunda constatación: al resucitar, Jesús no ha vuelto a su estado de vida anterior. Se deja ver de una manera repentina y gratuita que escapa a las leyes de nuestro espacio y de nuestro tiempo. Pero no es un espíritu, ni un puro fantasma: la resurrección concierne la totalidad de su persona, incluyendo su cuerpo mortal. Estos puntos son de una importancia decisiva para nosotros, pues la resurrección de Jesús es en cierto modo la parábola en acto de lo que debe ser nuestra resurrección. Como Él resucitó, nosotros resucitaremos.

¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo?

San Pablo (1 Corintios 15) hace una comparación: el de la semilla minúscula que muere, se disuelve en el suelo, antes de dar nacimiento al cuerpo todo nuevo de la planta. Para Pablo y sus contemporáneos, completamente ignorantes del proceso biológico que hace pasar de la una a la otra, se trata propiamente de un milagro. Dicho de otra forma, después de una transformación radical, el ser corporal concreto da lugar al cuerpo "espiritual", glorioso y celeste. Continuando con San Pablo, y teniendo en cuenta todos los datos de la filosofía, de la antropología y de la teología contemporáneas, podemos intentar definir el paso al cuerpo resucitado. Sabemos que el cuerpo no puede ser reducido ni a sus elementos físico-químicos, ni a una realidad orgánica y biológica. Es aquello en lo que y por lo que el hombre recibe y vive una existencia personal, ejerce y manifiesta su libertad en su relación a sí mismo, a los otros, a Dios. Es en y por su cuerpo como el hombre entra en comunicación con los otros y consigo mismo, ama, sufre, trabaja, experimenta alegría y placer. El cuerpo es pues nosotros mismos. El anuncio de la resurrección de la carne que proclamamos en el credo significa que el hombre será salvado en todo lo que él es. Tendrá continuidad, y discontinuidad: continuidad de nuestra identidad, discontinuidad puesto que habrá la ruptura de la muerte. El cuerpo resucitado será liberado de todas las obligaciones y necesidades naturales que lo volvían perecedero.

¿Podemos tener una representación de ese cuerpo resucitado?

Propiamente dicho, no, porque tal cuerpo escapa radicalmente al mundo de nuestras representaciones terrestres. Podemos servirnos de las apariciones de Jesús resucitado para coger algunas características. Podemos pensar también en momentos privilegiados de nuestra vida, instantes de gracia donde nuestro cuerpo parece ya casi espiritualizado: es la experiencia mística de los santos, es la experiencia de los momentos más intensos del amor; es la experiencia hecha cuando se forma cuerpo por ejemplo con una sinfonía de Beethoven, o la belleza nos saca de nosotros mismos.

¿Cuándo se produce la resurrección?

La respuesta a esta pregunta cae en una paradoja: debemos decir a la vez que los muertos han resucitado ya y que ellos aún no lo han hecho todavía. En otras parábolas: viven una primera resurrección, que permanece incompleta en tanto que la humanidad entera no haya llegado a la resurrección plena que tendrá lugar durante el retorno de Cristo. La resurrección es una lenta génesis, pero también un proceso dinámico que se desarrolla entre la resurrección de Jesús en la mañana de Pascua y su segunda venida en la gloria al final de los tiempos. De esta paradoja el misterio de Jesús mismo puede darnos una idea. Él también ha conocido el tiempo intermedio de la estancia de su cuerpo en la tumba. Su resurrección no ha sido completa cuando el signo concreto nos ha sido dado: gracias al acontecimiento de Pascua, Jesús toma contacto y recobra la comunión con los suyos. Termina de fundar su Iglesia y hace posibles los sacramentos, que suponen un contacto entre su cuerpo glorificado y nuestros cuerpos todavía mortales.

¿Estamos todos llamados a resucitar?

Basta con que miremos con coraje nuestra vida para descubrir todo lo que escondemos a los otros. Somos a menudo incapaces de llevar encima el peso de la verdad. Ahora bien, el mundo de Dios es el de la luz y de la transparencia, y no podemos entrar ahí sin hacernos nosotros mismos transparentes y luminosos. La necesidad del purgatorio viene de ahí, y no de una voluntad arbitraria de Dios. Si hay sufrimiento, es la de un amor todavía atado. Le choque del encuentro e Dios es un fuego que devora. ¿No hablamos nosotros mismos del arrepentimiento de nuestras faltas como un ardor? Paradójicamente, este sufrimiento es también una alegría, la alegría de entrar en la luz y en la vida. El purgatorio no es pues un castigo. Al contrario, es la expresión de la gran paciencia de Dios, que mantiene hasta el más allá la posibilidad de nuestra conversión total al amor.

¿Se puede hacer teología del infierno?

En el punto de partida, está la certeza más inquebrantable de nuestra fe: Dios es amor. No podemos pensar la hipótesis del infierno aparte de esta luz. Nada, en los textos del Nuevo Testamento, contradice esta afirmación. Lo esencial del mensaje de Jesús es un aviso, una puesta en guardia. Pero el hombre puede querer no amar. Esta posibilidad es la que enuncia la idea de un infierno. El infierno es una posibilidad real para cada uno de nosotros, si nuestra libertad rechaza a Dios de manera definitiva. Pero eso no nos quita la esperanza de que todos los hombres sean salvados, según el designio universal de Dios.

¿A qué se parece el más allá?

No podemos hablar más que a través de una red de imágenes. La vida eterna es presentada bajo la forma de un banquete de fiesta. Ese banquete es evocado en las parábolas evangélicas como el banquete de las bodas del Hijo con la humanidad. La metáfora de las bodas nos hace volver a las experiencias más intensas de esta vida de amor que será la nuestra. El Apocalipsis presenta también el cielo bajo la figura de una liturgia eternal, vivida alrededor del trono de Dios y del cordero inmolado y glorioso. La Escritura utiliza también las imágenes de la Ciudad Santa, de la Jerusalén celestial. Sin duda, la alegría del cielo será el hecho de un amor perfectamente puro y abierto a los otros en una comunión aún más grande de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.

¿Esta representación idílica de la felicidad prometida en el más allá no corre el riesgo de hacernos olvidar que el Reino de los cielos está ya allí desde la venida de Cristo?

No debemos olvidar jamás que el cielo eternizará todos los actos de amor y de servicio que los hombres hayan realizado sobre la tierra. Eso debe ahondar en nosotros la llamada a obrar para la salvación del mundo. La construcción de la ciudad terrena enlaza con la ciudad celestial. Debemos estar atentos a los signos aunque sean frágiles y tenues que sean la anticipación del cielo sobre la tierra, por todos los sitios donde los hombres se conviertan, renuncien a su pecado, por todos lados donde la justicia, la libertad y el respeto progresen. Esos signos no son más que la cara oculta del Reino de los cielos entre nosotros. «Yo soy la resurrección y la vida»: esta afirmación de Cristo es el signo de esta inmensa promesa.

Muchas personas, incluidos los cristianos, consideran la perspectiva de la reencarnación. ¿En qué es compatible con la fe cristiana?

La reencarnación cuestiona la unidad de la persona humana, en tanto que es un sujeto único e irreemplazable ante Dios. La reencarnación vuelve a caer en un cierto dualismo cuerpo/alma, el primero sin valor, simple hábitat reemplazable, la segunda se encuentra reducida a un principio cambiante de modo de ser en cada existencia y cuyo destino final es perderse en el gran todo. Además, la reencarnación traduce un movimiento que va del hombre hacia Dios. Es una obra del hombre, que busca su impecabilidad más que el encuentro con Dios. El cristianismo, al contrario, nos anuncia un Dios que busca al hombre, que va a su encuentro para atraerlo hacia él. Un Dios que quiere realizar por su misericordia y su amor una comunión con el hombre.

recogido por Martine de Sauto
(original en francés; traducción mía).

Feliz Pascua de Resurrección

Como felicitación pascual os traigo esta enarración de San Agustín al Salmo 16,10-11, de donde son las dos frases latinas que pone en la parte de abajo de este cuadro de Passignano (1600-25): Me diste a conocer los caminos de la vida y Me llenarás de alegría con tu rostro. A los pies de Cristo dice también en latín: Fue engullida la muerte en la victoria (de Cristo); para comprender lo que dice sobre los infiernos, ver la entrada de ayer:

Porque no abandonarás mi alma en el infierno
. Porque no darás mi alma para que sea poseída por los infiernos. Ni darás a tu santo conocer la corrupción. Ni en el cuerpo santificado por el cual otros han de ser santificados padecerás la corrupción. Me diste a conocer los caminos de la vida. Diste a conocer por mí los caminos de la humildad, para que los hombres volvieran a la vida de donde habían caído por la soberbia; porque estoy con ellos, a mí diste a conocer. Me llenarás de alegría con tu rostro. Los llenarás de alegría, para que después no busquen otra cosa al verte cara a cara; estoy con ellos, me llenarás. Delectación en tu diestra hasta el fin. La delectación está en tu favor y en tu propiciación en el itinerario de esta vida, que conduce hasta el fin de la gloria de tu presencia.

San Agustín de Hipona
Enarraciones sobre los Salmos 15,10


sábado, 7 de abril de 2007

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

El Oficio del lectura trae hoy este texto De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado (PG 43, 439. 451. 462-463) sobre el descenso del Señor a la región de los muertos; describe el encuentro entre Cristo resucitado y Adán, como figura de los justos del Antiguo Testamento que esperaban la redención de Cristo:

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros». Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu». Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo».

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: "Levantaos."

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

El descenso de Cristo a los infiernos

En el credo decimos que después de su muerte, Jesús descendió a los infiernos. Es lo que hizo en los días que estuvo en el sepulcro.

Y pensamos ¿cómo puede ir Cristo al infierno, con los condenados? Pero los infiernos a los que fue Jesucristo es el reino de la muerte, el sheol, tal como lo entiende el Antiguo Testamento (A.T.).

Éste no conoce "trato" alguno entre el Dios vivo y el reino de los muertos; todos tienen como destino común el sheol.

Veamos lo terrible que es para el A.T. el destino de los muertos: El Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), Josué, Jueces y Reyes no saben de distinción alguna referente al destino en el más allá; a lo sumo una responsabilidad personal ante Yahvé. Al estado de muerte pertenecen las tinieblas (Job 10,21s.; 17,13; 38,17; Salmo 88,7.13; 143,3; incluso eternas Salmo 49,20), el polvo (Job 17,16; 20,11; Salmo 30,10; 146,4; Isaías 26,19; Daniel 12,2) y el silencio (Salmo 94,17; 115,17). De él no se retorna (Job 7,9; 10,21; 14,12), no hay en él actividad alguna (Eclesiastés 9,10), ningún placer (Eclesiástico 14,11-17), ningún conocimiento de lo que sucede en la tierra (Job 14,21s.; 21,21; Eclesiastés 9,5). Allí ya no se alaba a Dios (Salmo 6,6; 30,10; 115,17; Eclesiástico 17,27; Isaías 38,18). Despojados de toda fuerza y vitalidad (Isaías 14,10) los muertos se llaman los sin fuerzas, son como seres inexistentes (Sal 39,14; Eclesiástico 17,28), habitan en la tierra del olvido (Sal 88,13).

Allí es a donde descendió Cristo tras su muerte, estuvo con los muertos que esperaban su redención. El arte nos lo representa abriendo las puertas del sheol, la morada de los muertos para sacar a Adán y Eva y al resto de los justos del Antiguo Testamento que aguardaban allí la salvación de Jesucristo para llegar a la presencia de Dios; como nos dice el A.T. el sheol o infiernos es la morada de los muertos, donde no se alaba a Dios, donde se le pierde de vista.

San Pablo enseña (Romanos 5,12) que la muerte universal fue consecuencia del pecado original, se trata de la muerte teológica, o sea la privación de la presencia y la visión de Dios; así los justos del A.T. estuvieron esperando hasta que Cristo, solidario con el pecado de la humanidad, va hasta el sheol para salvarlos, o sea para llevar hasta la presencia de Dios a quienes estaban presos allí, de ahí que el arte lo represente echando abajo las puertas de los infiernos y aplastando al demonio.

Además, hemos visto que los infiernos eran el lugar del silencio, que Jesucristo experimenta también este día del Sábado Santo. La Trinidad es Ágape (1 Juan 4,8), es amor, es relación y comunión, y todo lo contrario es lo que experimenta Jesús en el sheol, la ausencia de Dios y la soledad porque quiere compartir el destino de todos los muertos, la tierra y el sheol.

A continuación pongo los enlaces a otras pinturas sobre el tema:

- Andrea da Firenze (1368-68)

- Bartolomé Bermejo (1480): Cristo resucitado muestra a los justos del A.T. la cruz que los ha redimido y éstos la adoran.

- Alonso Cano (1640)

- Duccio di Buoninsegna (1308-11)

- Alberto Durero: 1510; 1511; 1512.

- Cristofano Gherardi (1555)

- Giotto (1320-25)

- Maestro de la Observancia (ca. 1445)

- Friedrich Pacher (1460s), que ilustra la entrada.

María en el Sábado Santo

El Sábado Santo es el día de espera tras la muerte de Jesús en espera de su Resurrección. El Evangelio nos dice que el domingo por la mañana las mujeres fueron al sepulcro para ungir el cadáver de Jesús (Marcos 16,1-8), señal de que no esperaban que resucitara.

Pero ¿qué hizo la Virgen aquel día de espera antes del Domingo? Los evangelios no nos dicen nada de ella, ni siquiera que Jesús se le apareciera como a las otras mujeres.

Hoy era el día de su soledad, su Hijo ya estaba enterrado, ya no estaba con ella, como reflejan los Sagrarios vacíos y con la puerta abierta en todas las iglesias del mundo; nos hacemos acompañantes de la soledad de María, parece que las tinieblas han vencido finalmente a la luz y nos hemos quedado huérfanos, aunque no del todo pues Cristo nos dejó en la cruz la presencia maternal de su propia Madre (cf. Juan 19,26-27).

Podemos imaginar que María pasó aquel Sábado santo como siempre había vivido todo lo que le ocurrió a su hijo, confiando por la fe y fiándose de Dios. Así fue desde aquel día de la Anunciación, luego cuando nació Jesús y cuando el Niño Jesús se perdió en el Templo... María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente (Lucas 2,19.51). María es la mujer de fe, que como dice San Agustín concibió a Jesús antes en el corazón por la fe que en su seno.

Y por la fe pudo esperar sin duda la Resurrección de su Hijo, tras haber sufrido tantísimas angustias viéndolo escarnecido y muerto tan horriblemente.

El premio a tan gran sacrificio como madre y a la oscuridad de la fe debió de ser sin duda ver a su Hijo resucitado y glorioso. No nos lo cuentan los evangelios pero podemos suponer e imaginar que Jesucristo quiso hacerse visible a su santísima Madre para compensarla y aliviarla de sus sufrimientos y dolores.

En este día de espera María es también nuestro modelo de fe y de esperanza, que como Madre nuestra nos anima y nos consuela.