domingo, 22 de abril de 2007

Benedicto XVI propone la humildad de Agustín como modelo para la Iglesia

Venido en peregrinación para venerar las reliquias de San Agustín, Padre de la Iglesia al cual está espiritualmente muy próximo, Benedicto XVI ha invitado a la Iglesia a colocarse en los pasos del obispo de Hipona

En la sacristía de San Pietro in Ciel d'Oro, sobre un bello lienzo del siglo XVII, están representados dos grandes santos en conversación: Agustín escribe sentado en su mesa, y Jerónimo, cuya cabeza pasa a través de la ventana, solicita el parecer del obispo de Hipona.

A esta misma discusión ha invitado Benedicto XVI a la Iglesia entera el 22 de abril en Pavía, ciudad del norte de Italia donde reposan, justamente en San Pietro in Ciel d’Oro, las reliquias de San Agustín.

Fiel a sí mismo, el Papa ha pronunciado un discurso exigente en una ciudad totalmente en fiesta para acogerlo. El Domingo por la mañana, para la Misa al aire libre, a las orillas del Ticino, numerosos jóvenes y menos jóvenes habían venido, por parroquias, tropas de scouts, asociaciones, para ver al Papa y «escucchar un mensaje de esperanza», como confiesan dos jóvenes pavianos endomingados.

¿Habrán apreciado la lección austera y casi académica de la homilía sobre San Agustín que les ha predicado Benedicto XVI? Después de todo, la pequeña ciudad, toda de arenisca de las montañas vecinas, tiene la seriedad de una de las ciudades universitarias más prestigiosas de la península, y a los estudiantes les gusta discutir bajo los claustros de los viejos edificios renacentistas.

"El respeto y la defensa de la vida"

«He hecho latín y he estudiado a San Agustín, sostiene, un poco dudosa, una joven estudiante de medicina que acaba de asistir a la celebración, entonces yo creo que he podido comprender lo que nos dijo».

«Aquí, cada año, en el momento en que se veneran sus reliquias, tenemos exposiciones y debates alrededor de sus escritos, conocemos pues bien su vida», añade un grupo de adultos, voluntarios de Cáritas, numerosos en esta región lombarda donde el catolicismo social permanece muy presente.

El sábado, el Papa, en Vigévano, diócesis vecina, había tenido términos más pastorales para animar a las familias y a los jóvenes.

El Domingo por la mañana, muy temprano, en el hospital, también ha estado inclinado sobre los sufrientes y los enfermos, y ha pedido que «el necesario progreso tecnológico sea acompañado constantemente de la conciencia de promover juntos, para el bien del enfermo, los valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida en cada una de sus fases, de lo cual depende la calidad auténticamente humana de una sociedad».

Pero para la Misa, como ante los universitarios, a la sombrar de las grandes torres medievales, es el obispo de Hipona y su síntesis entre la filosofía griega y la revelación cristiana, que fueron el hilo de su palabra. Todo como, naturalmente, al final de la tarde delante de las reliquias mismas del gran santo.

"El más grande converso de la historia de la Iglesia"

Nada de asombroso: «He venido aquí para expresar el homenaje de toda la Iglesia a uno de sus Padres más grandes, ha dicho, y también mi devoción personal, y mi reconocimiento hacia aquel que tiene tanta parte en mi vida teológica, de pastor, y diría aún más de hombre y de sacerdote». Benedicto XVI ha venido aquí para hablar de San Agustín, «el más grande converso de la historia de la Iglesia», al que desde el principio dedicó su primera encíclica (para más información, pinchar aquí).

Y si habla de esto, es porque está persuadido, en 2007, de que el gran intelectual de los primeros tiempos del cristianismo ofrece más que nunca un «mensaje significativo para el camino de la Iglesia». Por la mañana, ha invitado pues a la Iglesia a recorrer el camino de conversión de Agustín. Ha pedido a la Iglesia que siga la humildad del santo, que ha descubierto, en la tarde de su vida, «cuán necesaria le era constantemente la bondad misericordiosa de un Dios que perdona».

Y por la tarde, tras haberse recogido largamente ante el magnífico sarcófago en mármol, obra maestra de la escultura lombarda del siglo XIV [ver foto que ilustra la entrada], ha emplazado a los católicos, como San Agustín, a ver en Cristo el rostro de Dios amor.

«Dios es amor», ha repetido, retomando los acentos de su propia encíclica: «Todo debe partir de allí, todo debe conducir ahí: cada acción pastoral, cada debate teológico»: sólo «aquel que vive en la experiencia personal del amor del Señor está en condiciones de ejercer la responsabilidad de guiar y acompañar a los otros en ese camino después de Cristo», pues, añadió, aunque «inevitablemente a contracorriente», «servir a Cristo es ante todo una cuestión de amor».

Isabelle DE GAULMYN, en Pavía

(original en francés; traducción mía)

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