sábado, 7 de abril de 2007

María en el Sábado Santo

El Sábado Santo es el día de espera tras la muerte de Jesús en espera de su Resurrección. El Evangelio nos dice que el domingo por la mañana las mujeres fueron al sepulcro para ungir el cadáver de Jesús (Marcos 16,1-8), señal de que no esperaban que resucitara.

Pero ¿qué hizo la Virgen aquel día de espera antes del Domingo? Los evangelios no nos dicen nada de ella, ni siquiera que Jesús se le apareciera como a las otras mujeres.

Hoy era el día de su soledad, su Hijo ya estaba enterrado, ya no estaba con ella, como reflejan los Sagrarios vacíos y con la puerta abierta en todas las iglesias del mundo; nos hacemos acompañantes de la soledad de María, parece que las tinieblas han vencido finalmente a la luz y nos hemos quedado huérfanos, aunque no del todo pues Cristo nos dejó en la cruz la presencia maternal de su propia Madre (cf. Juan 19,26-27).

Podemos imaginar que María pasó aquel Sábado santo como siempre había vivido todo lo que le ocurrió a su hijo, confiando por la fe y fiándose de Dios. Así fue desde aquel día de la Anunciación, luego cuando nació Jesús y cuando el Niño Jesús se perdió en el Templo... María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente (Lucas 2,19.51). María es la mujer de fe, que como dice San Agustín concibió a Jesús antes en el corazón por la fe que en su seno.

Y por la fe pudo esperar sin duda la Resurrección de su Hijo, tras haber sufrido tantísimas angustias viéndolo escarnecido y muerto tan horriblemente.

El premio a tan gran sacrificio como madre y a la oscuridad de la fe debió de ser sin duda ver a su Hijo resucitado y glorioso. No nos lo cuentan los evangelios pero podemos suponer e imaginar que Jesucristo quiso hacerse visible a su santísima Madre para compensarla y aliviarla de sus sufrimientos y dolores.

En este día de espera María es también nuestro modelo de fe y de esperanza, que como Madre nuestra nos anima y nos consuela.

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