lunes, 16 de abril de 2007

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

Es el título del prefacio del libro del Papa que acaba de publicarse, y que tradujo a principios de año Sandro Magister.

Ya se está imprimiendo la traducción española, que saldrá editada por Esfera en el mes de mayo.

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

por Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Al libro sobre Jesús, del que ahora presento al público la primera parte, he llegado después de un largo camino interior.

En el tiempo de mi juventud – en los años treinta y cuarenta – fueron publicados una serie de libros sobre Jesús que entusiasmaban. Recuerdo sólo el nombre de algunos autores: Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel William, Giovanni Papini, Jean Daniel-Rops. En todos estos libros la imagen de Jesucristo fue delineada a partir de los Evangelios: cómo vivió sobre la tierra y cómo, siendo enteramente hombre, les llevó al mismo tiempo a Dios a los hombres, con el cual, en cuanto Hijo, era una sola cosa. Así, a través del hombre Jesús, se hizo visible Dios y a partir de Dios se pudo ver la imagen del hombre justo.

Al inicio de los años cincuenta la situación cambió. El desgarro entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” se hizo siempre más amplio; a simple vista el uno se alejó del otro. ¿Y qué significado puede tener la fe en Jesucristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y de como lo anuncia la Iglesia a partir de los Evangelios?

Los progresos de la investigación histórico-crítica condujeron a distinciones siempre más sutiles entre los diferentes estratos de la tradición. Detrás de ellos, la figura de Jesús, sobre la cual se apoya la fe, se volvió siempre más incierta, tomó contornos siempre menos definidos.

Al mismo tiempo las reconstrucciones de este Jesús, que debería ser buscado tras las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron siempre más contradictorias: del revolucionario enemigo de los romanos que se opone al poder constituido y naturalmente fracasa, al manso moralista que todo permite e inexplicablemente termina por causar su propia ruina.

Quien lee de corrido un cierto número de estas reconstrucciones puede inmediatamente constatar que ellas son mucho más fotografías de los autores y de sus ideales y no la puesta al descubierto de un ícono que se ha vuelto confuso. Lo que sí, mientras tanto, ha crecido la desconfianza respecto a estas imágenes de Jesús, y sin embargo la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Todos estos intentos de todos modos han dejado tras de sí, como denominador común, la impresión que nosotros sabemos bien pocas cosas ciertas sobre Jesús y que sólo más tarde la fe en su divinidad ha plasmado su imagen. Esta impresión, entre tanto, ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad.

Una situación así es dramática para la fe porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de lo que todo depende, amenaza con agotarse inútilmente en el vacío.

* * *

He sentido la necesidad de proporcionar a los lectores estas indicaciones de método porque ellas determinan la ruta de mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento.

Para mi presentación de Jesús esto significa ante todo que tengo confianza en los Evangelios. Naturalmente doy por descontado cuanto el Concilio y la moderna exégesis dicen sobre los géneros literarios, sobre la intencionalidad de las afirmaciones, sobre el contexto comunitario de los Evangelios y su hablar en este contexto vivo. Aún aceptando – por cuanto me era posible – todo esto, he querido hacer el intento de presentar el Jesús de los Evangelios como el verdadero Jesús, como el “Jesús histórico” en el verdadero sentido de la expresión.

Estoy convencido, y espero que el lector también se pueda dar cuenta, que esta figura es mucho más lógica y también, desde el punto de vista histórico, más comprensible que las reconstrucciones con las cuales nos hemos debido confrontar en los últimos decenios.

Considero que precisamente este Jesús – el de los Evangelios – sea una figura históricamente sensata y convincente. Sólo si había sucedido algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explican su crucifixión y su eficacia.

Ya casi a veinte años después de la muerte de Jesús encontramos plenamente desplegada en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (2, 6-8) una cristología en la que se dice de Jesús que era igual a Dios, pero se despojó a sí mismo, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte de cruz y que a Él le toca la alabanza de lo creado, la adoración que en el profeta Isaías (45, 23) Dios proclamó como debida sólo a Él.

La investigación crítica se plantea con justo derecho la pregunta: ¿qué cosa ha sucedido con la crucifixión de Jesús en estos veinte años? ¿Cómo se llegó a esta cristología?

La acción de formación comunitaria anónima, de la que se trata de encontrar los exponentes, en realidad no explica nada. ¿Por qué unos grupos desconocidos pudieron ser tan creativos, convencer e imponerse de ese modo? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, que la grandeza se coloque al inicio y que la figura de Jesús hizo en la práctica saltar todas las categorías disponibles y pudo así ser comprendida sólo a partir del misterio de Dios?

Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él fuese Dios y diese a conocer esto envuelto en parábolas y no obstante en forma cada vez más clara, va más allá de las posibilidades del método histórico. Al contrario, si a partir de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y su apertura para lo que es más grande, ellos se abren para mostrar una vía y una figura que son dignas de fe.

Se hacen ahora claras también la lucha a más estratos que está presente en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y – no obstante todas las diversidades – la profunda concordia de estos escritos.

Es claro que con esta visión de la figura de Jesús voy más allá de lo que dice por ejemplo Schnackenburg en representación de una buena parte de la exégesis contemporánea.

Pero espero que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la exégesis moderna, sino con gran reconocimiento por lo mucho que ella nos ha dado y continúa dándonos. Ella nos ha hecho conocer una gran cantidad de fuentes y de concepciones a través de las cuales la figura de Jesús puede hacérsenos presente en una vivacidad y profundidad que sólo hace pocos decenios no conseguíamos ni siquiera imaginar.

Sólo he buscado ir más allá de la mera interpretación histórico-crítica aplicando los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que naturalmente requieren la fe, sin por esto querer y poder – de hecho – renunciar a la seriedad histórica.

Por cierto no hay necesidad de decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino que es únicamente expresión de mis investigaciones personales sobre el “rostro del Señor” (Sal 27,8). Por tanto, cada quien es libre de contradecirme. Pido sólo a las lectoras y lectores aquel presupuesto de simpatía, sin la cual no hay ninguna comprensión.

Como he dicho al inicio del prefacio, el camino interior hacia este libro ha sido largo.

He podido comenzar a trabajarlo durante las vacaciones estivas del 2003. En agosto del 2004 he dado forma definitiva a los capítulos del 1 al 4. Después de mi elección a la sede episcopal de Roma he utilizado todos mis momentos libres para sacarlo adelante.

Ya que no sé cuanto tiempo y cuanta fuerza me serán concedidas todavía, en este momento he decidido publicar como primera parte del libro los primeros diez capítulos, que van desde el bautismo en el Jordán hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración.

Roma, fiesta de san Jerónimo
30 de setiembre del 2006

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