viernes, 6 de abril de 2007

Sufrimientos de Cristo, sufrimientos de los hombres

¿Por qué la cruz puede provocar un malestar real? La respuesta de Bernard Sesboüé, jesuita y teólogo

El sufrimiento es siempre un mal que es preciso combatir

Demasiado insistir sobre los sufrimientos de Cristo dan a entender en efecto que todo esto era necesario a los ojos de Dios para salvarnos.

Este sufrimiento sería como un precio que pagar a la justicia divina para obtener a cambio nuestra salvación. ¿Cómo no se rebeló Cristo ante tal exigencia? Nos encontramos en una suerte de pacto.

Es preciso pues decir y volver a decir: el sufrimiento es siempre un mal que hace falta combatir. En sí mismo no tiene ningún valor.

No es la cantidad de sufrimientos de Cristo lo que nos salva: eso sería a la vez sadismo y masoquismo.

Lo que nos salva es la fuerza de un amor que ha ido a afrontar la violencia de los hombres hasta sufrir la muerte, para vencer esta misma violencia. Esos sufrimientos no son el hecho de una exigencia de Dios: se trataría entonces de un Dios vengador y maléfico.

Esos sufrimientos son la consecuencia de la violencia humana, aquella que todos los siglos de nuestra historia han experimentado, la que el siglo XX ha ilustrado tristemente con dos guerras mundiales, la Shoah [el Holocausto] y los campos de concentración nazis y soviéticos, aquella por cuya experiencia pasamos todos los días en este principio del siglo XXI.

Debemos reconocer también la complicidad secreta con la violencia que late en nosotros. Debemos reconocer la solidaridad que es común a todos con el pecado del mundo, un pecado paradójico porque todos somos víctimas de él antes de convertirnos a nuestra vez sus cómplices y actores.

Pues el drama de la pasión consta de tres grandes actores: el Hijo que da su vida, el Padre que nos envía a su Hijo para que Él viva con nosotros y que, por consecuencia, lo abandona a nuestra violencia, y finalmente los hombres pecadores y violentos que rechazan entrar espontáneamente en el camino de la justicia. El Padre está del lado del Hijo y, como cualquier padre, sufre a su manera los sufrimientos de su Hijo. No hay duda en todo eso más que la gratuidad del amor. Ningún cálculo, si no es la voluntad de que la violencia ceda ante el amor. Ante la persona de Jesús, el justo, el santo, aquel que no puede ser convencido para que peque, la violencia de la humanidad ha sido como concentrada. La pasión recapitula el drama de toda la humanidad. Aquellos que han querido o permitido su muerte son los judíos de una parte, los paganos de otra, y también sus discípulos, de los cuales uno lo ha traicionado, otro ha renegado de él y la mayor parte ha huido.

Eso quiere decir simbólicamente que todos los grupos humanos son responsables de esto. Ha muerto por nosotros y muriendo por nosotros ha querido morir para nosotros. He aquí la misteriosa alquimia de la pasión: en una espiral de violencia, la víctima vencida se ha convertido en el gran vencedor.

El amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que significa la resurrección. ¿Y qué pinta el sacrificio en todo esto? El sacrificio no es nada más que el don de sí, es decir la preferencia dada a Dios y a los otros por encima del amor a uno mismo. Jesús ha amado a su Padre para morir por él; nos ha amado para morir por nosotros. Pero el amor es fecundo, es el que da la vida.

Bernard Sesboüé s.j.
(original en francés; traducción mía)

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