Lo que la Biblia y la Iglesia nos dicen del matrimonio y de la familia: por Michel Kubler, redactor jefe de Religión de La Croix.«Al principio, creó Dios…» Matrimonio y familia en el Antiguo Testamento
Sobre ese noble fondo, encontramos en la Biblia toda la gama de los más bellos éxitos y de las peores traiciones del ideal conyugal y familiar, desde Adán y Eva al Cantar de los cantares, pasando por los más prosacios (matrimonios acordados, incestos para asegurar el linaje, adulterios...).
Señalaresmos que la formación de la Ley (la Torah), dada por Dios a Moisés y después codificiada por los legisladores (cf. Deuteronomio), apunta siempre a proteger los vínculos conyugales y familaires, sobre el fondo del bien común (leyes del repudio y del divoricio, derecho de primogenitura, etc.), encontrándose lo esencial en tres de los diez mandamientos: «Honrarás a tu padre y a tu madre», «No cometerás adulterio», «No codiciarás a la esposa de tu prójimo» (Deuteronomio 5,16.18.21).
«¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Pareja y familia en el Nuevo Testamento
Si pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento, caemos inmediatamente, por supuesto, sobre el modelo de la «Sagrada Familia», en el seno de la cual Jésus creció [...] Notemos soslamente la importancia concedida por los «evangelios de la infancia» a la genealogía de Jesús: se trata de inscribir al Hijo de Dios en la historia d elos hombres, y esto por el canal de la filiación.
Mucho más esencial es la enseñanza de Jesús. Su mensaje en palabras, pero sobre todo en hechos, se apoya a menudo en las realidades conyugales y familiares.
- Confirma la Torah en cuanto a las reglas matrimoniales («¡Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre!» Mt 19, 6), pero al mismo tiempo toma distnacias en relación a lo que la Ley de Moisés podía tener de puntillosa, o sea de casuística (repudio, adulterio, levirato...)
- Jesús relativiza las instituciones humanas en relación con lo esnecial: la llegada del Reino de Dios, en nombre del cual el hombre debe ser capaz de abandonar todo («padre, madre y hermanos») para tomar su cruz y seguir a Cristo.
- Sobre todo, una vez puestos los principios, Jesús muestra la más grande miserciordia hcia las personas que viven en la infidelidad (la pecadora arrepentida Lc 7,37 ; la samaritana en situación matrimonial anormal Jn 4,18; la mujer adúltera Jn 8,3, y también las parábolas del padre y sus dos hijos, particularemtne la del «hijo pródigo»): Jesús los acoge siempre, no para avalar sus costumbres, sino para invitarlos a la conversión y anunciarles un perdón.
Estos dos enfoques, perdón de parte de Dios y conversión de parte del hombre, quieren subrayar la altura del ideal de amor conyugal y familiar que no ha sido mantenido, pero también la capacidad que tiene cada persona, en todo momento de su existencia, de descubrir sobre él la mirada amorosa de Dios, que no cesa de repetir a cada ser humano cuánto vale a sus ojos, y que le hace confianza para volver sintiéndose digno de ser amado y capaz de amar.
Pareja y familia para la Iglesia (católica)
La Biblia inscribe siempre el amor humano, cuando es puesto por obra positivamente (y no por renuncia), en el cuadro del matrimonio.
Esta afirmación se declina en numerosos niveles:
- la constitución de una pareja (heterosexual, por referirnos a la diferencia origianal y por tanto estructurante), fundada sobre cuatro pilares: libertad, fidelidad, duración (indisolubilidad) y fecundidad;
- la apertura de esa pareja al don de la vida: al tener hijos (siempre el Génesis: «Creced y multiplicaos… »), por los medios que la naturaleza (es decir Dios) les ha dao, para que el proyecto conyugal no se vuelva a cerrar sobre el solo placer y la felicidad de los esposos, sino también comprometiéndose en el mundo («Llenad la tierra y sometedla») ;
- la inscripción del amor conyugal y familiar en la comunión de amor entre Dios y lo shombres, de la cual la Iglesia es el «sacremento», es decir signo y medio privilegiado para realizarla (cf. san Pablo: el hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia… Ef 5,25)
De hecho, la visión cristiana de la familia reposa sobre la afirmación de una analogía profunda entre los fundamentos de esta institución y la relación entre Dios y la humanidad: la familiaestá esencial y fundamentalmente un asunto de alianza -no solamente de un hombre y una mujer que se casan y tienen hijos, sino entre Dios y su pueblo, alianza de la cual el matrimonio y la familia son el símbolo- en el sentido más fuerte de este término.
Para resumir los «pilares» de la doctrina familiar actual de la Iglesia católica, mejor aún es volver a tomar Familiaris consortio (1981 – enriquecido con un texto posterior y más cálido del mismo Juan Pablo II: su Carta a las familias, publicada en 1994 para el Año de la familia):
La familia constituye, a los ojos de la Iglesia, «el» lugar privilegiado en el que elhombre puede hacer la experiencia de su vocación fundamental, que es amar y ser amado. «El futuro de la humanidad pasa por la familia», dice Juan Pablo II (FC).
La familia es considerada como una «pequeña Iglesia» (se hablará así de una «Iglesia doméstica»). Su ideal es formar una comunidad de personas que permita hacer experiencia del amor de Dios para todos los hombres. En este sentido, podemos decir, siempre con Juan Pablo II, que «la familia es el camino de la Iglesia». Ciertas Iglesias locales -las de África, particularmente– han retenido precisamente este modelo como un concepto recapitulativo, definiéndose a sí mismas como una «Iglesia-familia» (Sínodo de los obispos para África en 1994, después exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa en 1995)
Este amor compartido deber dar fruto: al permitir a cada miembro de la «célula familiar» crecer, abrirse y realizar aquello a lo que está personalmente llamado; después al producir vida alrededor de él, más allá del «círculo» de la familia, tanto en el seno de la comunidad cristiana que se compromete en la sociedad para volverla más humana. Es de notar en la doctrina católica la insitencia en la dignidad de la mujer y sus derechos, lo mismo que para los niños.
Este ideal familiar no es ingenuo sin embargo: la Iglesia («experta en humanidad») sabe bien que la familia es también, por naturaleza, un lugar de conflictos y de fracasos, de soledades y de heridas, de infidelidades de toda clase y de rupturas. La noble realidad del amor conyugal y familiar puede ser descarriado, y hará falta siempre discernir cómo es desplegado realmente (fusión o acogida de una alteridad, egoísmo a dos o pareja abierta a la vida alrededor de él, sometimiento a las pulsiones o bien escucha del otro...) Pero la Iglesia mantiene su confianza hacia esta realidad: no tal como una institución que preservar a cualquier coste, sino porque la familia permite al hombre vivir una dinámica de amor («ad intra» así como «ad extra»).
Desde un punto de vista cristiano, el combate para la familia está al servicio de la sociedad, de la cual constituye una célula básica, una especie de «pequeña sociedad» a escala doméstica. Hacer vivir una familia sobre la ética evangélica, es promover para toda la sociedad relaciones de amor, de solidaridad y de respeto hacia cada uno (comenzando por los más débiles: los más jóvenes, los más ancianos, los discapacitados…), aceptando las diferencias y aprendiendo a perdonar... Sin olvidar nunca la preocupación de defender la vida en todos sus momentos, desde sus concepción hasta sus últimos instantes.
Michel Kubler
(original en francés; traducción mía)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada