lunes, 30 de julio de 2007

«Yo fui proclamado mártir en vida»

Rescato esta noticia publicada por Alfa y Omega en octubre de 1996, en el mismo número en que se dio la noticia de la muerte de Endo Shusaku, escritor católico de Japón que murió el 29-9-1.996.

«La sangre de los mártires es semilla de cristianos», decía Tertuliano en el siglo III d.C.:

Desde 1984 se consideraba que el padre Luli había muerto
«Yo fui proclamado mártir en vida»

El año 1967 Albania se autodeclaraba el primer Estado realmente ateo del mundo. Antes y después de esa fecha se sucedieron persecuciones, cierres de iglesias y muchos sufrimientos. En este país y en este ambiente tiene lugar la historia de este jesuita, dado por muerto y declarado mártir en vida

El Albanian Catholic Bulletin, —una revista de exiliados albaneses— y el periódico italiano Avvenire daban por mártir en 1983 al padre Antonio Luli. La falta de noticias de un país cerrado a cal y canto a toda influencia exterior se unió a su desaparición en las cárceles de la Segurìmi, la KGB albanesa.

Un rosario de sufrimientos ha acompañado a Antonio Luli durante toda su vida. Comenzó en 1947. El duro régimen comunista que se estableció en el pequeño país perseguía todo tipo de oposición, fuera política o religiosa. Detenido por ser sacerdote fue objeto, durante un año, de las torturas más brutales: descargas eléctricas en los oídos, sal en las heridas de pies y manos, a lo que se sumaba el estar recluido con otro preso en una celda donde apenas tenían sitio para moverse. Finalmente fue condenado a trabajos forzados; el hambre, la falta de higiene y la carencia de agua estaban a la orden del día.

Su liberación llegó en 1954. Comenzaba una pausa en su particular calvario. Es nombrado párroco de un pueblecito llamado Skenkòll, donde permanecerá durante once años. En diciembre de 1966 su iglesia es cerrada. Su parroquia fue la primera en ser clausurada en aquel país; al año siguiente Albania era declarada atea y todos los lugares de culto confiscados o cerrados.

El padre Antonio Luli, como los demás sacerdotes albaneses, tuvo que entrar como bracero en una granja estatal. Apenas ganaba para vivir, pero podía celebrar la Misa a escondidas todos los días antes de la dura jornada de trabajo.

En 1979 era detenido por segunda vez. Estaba a punto de cumplir los setenta años. De aquel entonces recuerda: «Tuve la impresión de ser sepultado vivo por la tristeza que me invadió, pero en aquel momento sentí una extraordinaria presencia del Señor». De nuevo, el calvario. Las acusaciones no tenían fundamento,y como instrumento comprometedor de su supuesta traición se encontró un rosario. En la prisión de la Sigurìmi, pasó cuatro años. Allí encontró al obispo de Scutari, monseñor Ernesto Çoba que, como le ocurriría también a él, había sido dado por muerto cuatro años antes. El obispo moriría poco después, destrozado físicamente. Transcurrieron los cuatro años y se celebró un juicio. El padre Antonio fue condenado a ser fusilado por el delito de sabotaje. En el último momento se le conmutó la pena por 25 años de cárcel y fue internado en un campo.

Su liberación tuvo lugar en 1989. Declarado mártir tanto en su país como en el extranjero, sus mismos hermanos fueron a visitarlo para convencerse de que todavía estaba vivo.

Es la verídica historia —una más— de santidad provocada por el extinto comunismo que asoló media Europa. Una época de pesadilla que no se debe olvidar y de la que todos debemos aprender.

J. A.

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