domingo, 12 de agosto de 2007

De la Roma de los Césares a la de los Papas

de TIMOTHY VERDON (original en italiano; traducción mía)

El Vaticano es un lugar de paradojas. Esta ligera elevación en el terreno sobre la orilla derecha del río Tíber, que alberga los restos de un pescador casi analfabeto, tiene por bastión e ingreso el mausoleo del más culto de los Césares, Adriano, que reinó sobre el imperio romano desde el 117 al 136 después de Cristo.

Al oeste del mausoleo, la inmensa plaza que hoy acoge peregrinos y turistas cubre en parte un circo construido por otros emperadores, Calígula y Nerón, a partir del 37 después de Cristo.

Y en el centro de la plaza -en la cima del obelisco trasportado desde Egipto y erigido por los romanos en señal de su conquista del imperio de los faraones– hay una urna con fragmentos de la cruz de aquel Cristo, ajusticiado en el año 30, por seguir al cual el pescador fue crucificado en este circo 34 años después.

Las palabras claves son “después” y “Cristo”. El Vaticano se pone como señal de un mundo “después de Cristo” en el cual la paradoja se convierte en norma – un mundo del revés. El humide pescador que ahora triunfa allí donde murió como un criminal es él mismo figura de vuelco. Simón llamado Cefas o Pedro, el más importante de los primeros seguidores de Jesús, condenado a morir como su maestro, en cruz, pide ser posicionado con la cabeza hacia abajo, invertido. No se consideró digno de salir de este mundo con la cabeza alta, porque en un momento de terrible debilidad había negado conocer a Cristo. A pesar de su traición, sin embargo, Cristo lo había perdonado, confirmando y alargando el poder que ya le había dado, y también esto fue una suerte de vuelco.

Estos son, de hecho, los principales mensajes comunicados por el lugar: perdón y poder.

El Vaticano expresa el perdón mediante signos de poder, como Jesús perdonaba los pecados y después demostraba tener la potencia mediante milagros. En el Vaticano el perdón es poder, según las palabras de Jesús al pescador Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo” (Mateo 16, 19).

En el lenguaje arcaico usado por Jesús, tener las “llaves del reino” significa tener el poder sobre él, y “atar” y “desatar” significan prácticamente “condenar” y “absolver”. El poder que Cristo ha dado a Pedro, y que el grandioso complejo de iglesias y palacios construido en torno a la tumba del pescador quiere comunicar, es precisamente el poder de perdonar los pecados.

Puede parecer extraño insistir en el poder en un sistema religioso que, en sus escritos sagrados, privilegia por el contrario la mansedumbre, el ofrecer la otra mejilla e ir al sacrificio sin oponer resistencia. Sin embargo, tratándose del Vaticano, el argumento “poder” es inevitable, más bien central, porque todo en el Vaticano habla de ello: las titánicas dimensiones de los edificios, la pompa de los ornamentos, la hierática solemnidad de los ritos.

Desde el momento entonces que justamente en el Vaticano y al servicio de los papas han estado reavivados los lenguajes de la arquitectura y del arte antiguas - en la mole colosal de la basílica, en la fuerza sobrehumana de las figuras pintadas al fresco en la Capilla Sixtina y en la “gracia divina” de aquellas en las Estancias (los apartamentos de estado renacentistas) – es preciso decir que la misma idea del poder en la cultura europea, además de su representación por imágenes, nacen aquí. Aquí las más importantes obras de los más innovadores artistas del alba de la era moderna - las obras maestras de Bramante y Miguel Ángel, Rafael y Bernini – definen el sentido de la civilización cristiana en términos de inequívoco poder.

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El Vaticano se encuentra en Roma, capital del imperio más extenso que haya conocido la historia: ciudad cuyo mismo nombre era sinónimo de poder universal. En los primeros cuatro siglos de vida de la comunidad cristiana, la frase de Jesús que concluye el Evangelio de Mateo – “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” – debía sonar como un desafío a los representantes del poder romano, los emperadores, considerados no sólo regentes del mundo sino semidioses.

Del mismo modo, la continuación de aquella frase de Jesús – “Id por todo el mundo y enseñad a todas las naciones” – debia evocar una misión civilizadora parangonable, en su universalidad, sólo a la del imperio romano. Y aún, en una Roma que era considerada “ciudad eterna”, la promesa “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" debía parecer una profecía que se encarnaba en la historia: la eternidad de Roma y de sus monumentos habitada ahora por el Eterno en persona.

Todavía hoy el peregrino o turista en la plaza de San Pedro es conducido a unir el Vaticano con la Roma antigua.

Llegando al Vaticano después de haber visto ya el Coliseo y los Foros Imperiales, el Circo Máximo y el Panteón, vuelve a encontrar el mismo esplendor y la misma titánica grandeza en la basílica con su plaza y en el Palacio Apostólico con sus aulas pintadas al fresco y galerías kilométricas. Tiene la impresión de que los escombros de la capital antigua son renacidos a vida nueva bajo la égida del Cristo Resucido que se yergue sobre la plaza, aquél que en la visión de Juan anunciaba: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21, 5).

Tal impresión no es debida sólo a la modernización del complejo vaticano en el Renacimiento, pero vuelve a subir al principio del siglo IV, a la colosal basílica hecha erigir sobre la tumba de Pedro por el emperador Constantino. Las cuatro filas de columnas de mármol de la basílica, con cinco naves internas, así como la longitud de 118 metros y la altura de 32 del aula central iluminada por once grandes ventanas por parte: el conjunto recordaba a los visitantes del siglo IV las grandes aulas cívicas de la Roma imperial. Reforzaba el sentido de una ininterrumpida continuidad entre la ciudad de los Césares y la de los Papas.

Desde la era patrística los Papas han cultivado la imagen de ininterrumpida continuidad con el imperio, en base a una visión de la historia que considera providencial el nacimiento y primera difusión de la Iglesia en una época culturalmente homogénea y al interior de un sistema geopolítico universal. La lengua común, el común códice de leyes y comportamientos, la admirable red viaria que facilitaba las comunicaciones y los desplazamientos, y la atribución al poder central de una misión civilizadora son elementos constitutivos de esta visión, de los cuales los Papas son los principales arquitectos y el Vaticano el lugar emblemático.

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El arte cristiano de la Roma de los siglos IV-V ilustra esta interpretación de “romanitas” y cristianismo.

Por ejemplo, el gran mosaico en una iglesia extraída de una preexistente aula termal, Santa Pudenciana, coloca a Cristo sobre el trono imperial en un palacio más allá de cuyos muros son visibles los monumentos de la antigua capital. Este “Christus imperator” reina entre apóstoles togados, con San Pedro y San Pablo a los lados del trono coronados por figuras femeninas que representan, respectivamente, la “Ecclesia ex circumcisione” (los cristianos venidos del hebraísmo, porque la misión de Pedro fue en primer lugar a los judíos) y la “Ecclesia ex gentibus” (los creyentes venidos del paganismo: Pablo fue enviado a los paganos). Sobre las figuras y la ciudad, vemos después – entre los símbolos de los cuatros evangelistas – una gran cruz con gemas que resume el sentido de las transformaciones que la imagen atestigua: allí donde el poder de los Césares había tratado de crucificar la nueva fe, ahora emergen concretas expresiones históricas, políticas y sociales del poder de Cristo resucitado. Los apóstoles, presentados como senadores romanos, se convierten en los nuevos “patricios”, y la ciudad – la antigua capital de un imperio que abarcaba el mundo conocido – revela finalmente el significado de su vocación universalista, ofreciendo su esplendor como fondo para el triunfo de Jesucristo.

Otra imagen sugerente en este sentido es el mosaico del ábside de la basílica de los santos Cosme y Damián, donde el Cristo de la Ascensión se recorta contra un dramático cielo crepuscular. Realizado en un aula obtenida del complejo querido por Vespasiano en conmemoración de la guerra judía, el mosaico expresa la superposición de la Iglesia, nuevo Israel victorioso, al imperio ya perdido. A pocos pasos del Arco de Tito, con sus representaciones de prisioneros judíos detrás del carro triunfal del hijo adoptivo de Vespasiano y conquistador de Jerusalén, he aquí a Cristo que “ascendiendo al cielo ha llevado consigo a los prisioneros, ha distribuido dones a los hombres” (Efesios 4,8; cfr. Salmo 68,19). La colocación de Cristo mientras asciende al cielo retoma aquella atribuida a los emperadores mismos: a Augusto, por ejemplo, en la célebre estatua conservada en los Museos Vaticanos.

En el mosaico de la basílica de los santos Cosme y Damián como en el de santa Pudenciana, el triunfo romano de Jesús implica después a la comunidad fundada por Él. En los dos mosaicos de hecho, vemos representantes de la Iglesia junto a Cristo y asociados al su poder, porque, entre los dones que el Resucitado distribuye a los hombres están también los papeles en la Iglesia: “Y Él mismo concedió a unos ser apóstoles, y a otros, profetas; a otros anunciar el evangelio y a otros ser pastores y maestros. Así preparó a los suyos para un acto de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4,11-12).

En ambos mosaicos, entonces, en primera posición entre los que Cristo ha establecido con un papel al servicio de los otros, están Pedro y Pablo, figuras de la autoridad transmitida por el Resucitado a la Iglesia institucional.

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Desde los primeros siglos, en suma, la Iglesia romana se identifica con aquel que, inmolado, es ahora “digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, gloria y la bendición” (Apocalipsis 5,12). Ha ocupado, trasformándolos, los espacios no sólo topográficos y arquitéctonicos pero sobre todo conceptuales del antiguo imperio, reconociendo en este mismo proceso una forma de revelación divina - como si Dios, además de manifestarse en la grandeza moral de Israel, se hubiera manifestado también en el esplendor material de Roma. Es más, la marmórea magnificiencia de la capital del imperio acabó por convertirse en imagen de la Jerusalén celestial, cuyos muros estarán revestidos de piedras raras y preciosas (Isaías 54,11-12; Apocalipsis 21,18-21) – como si Cristo, venido no para abolir sino para cumplir la ley hebrea (Mateo 5,17-19), hubiese promovido de manera parecida cumplir la gloria de Roma, purificando el sentido histórico, completando la misión cultural.

De hecho, Roma es por antonomasia la ciudad del “apocalipsis” – o sea de la desvelación del sentido oculto de la historia – y desde el siglo V en adelante los programas iconográficos de las más importantes iglesias romanas han colocado mensajes apocalípticos ante los ojos de los creyentes. Cristo con la toga dorada revelado como “Dominus dominantium”, Señor de señores, sentado sobre el trono o en pie con el rescripto de su poder divino en la mano y, delante de Él, los veinticuatro ancianos que día y noche lo adoran, quemando inciensos que simbolizan las plegarias de los santos: éstas son las imágenes que dominan los ábsides de las iglesias antes indicadas y sucesivamente de San Pedro, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán.

En diversas basílicas, además, estas escenas reveladoras de la eternidad completaban grandiosos ciclos históricos sobre las paredes laterales, con episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento, insistiendo así sobre la gloria celestial como cumplimiento de la historia terrestre. En san Pedro, en Medievo, este mensaje será representado también en el exterior, con un monumental mosaico sobre la fachada de la basílica, poniendo ante los ojos de los fieles y peregrinos al Cordero, los ancianos y la multitud incontable que están “en pie delante del trono y del Cordero, con vestidos blancos” (Apocalipsis 7, 9).

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También esta característica de la antigua capital del imperio, la multitud, asumirá connotaciones apocalípticas en la Roma cristiana. La ciudad cuyos teatros y anfiteatros habían acogido multitudes inmensas se convierte en la Roma papal que regularmente acoge multitudes de hombres y mujeres “de toda raza, pueblo y lengua” (Apocalipsis 7,9). Fenómeno este que explica la creación – primero en el Laterano y luego en el Vaticano – de vastos espacios capaces de acoger las multitudes de peregrinos provenientes de todo el mundo: un esfuerzo plurisecular que se solventa desde el siglo XVI en adelante con la nueva basílica vaticana coronada por la cúpula, con la columnata de Bernini y, en el siglo XX, con el aula de audiencias ideada por Pierluigi Nervi; también esto vuelve a entrar en el sentido de continuidad con el antiguo imperio y constituye el elemento más impersionante. Hoy como en el pasado, cualquiera que visite Roma, contemplando primero la majestuosidad de los espacios de vida colectiva de la ciudd antigua – los foros, los anfiteatros, las termas – y después la plaza de san Pedro abarrotada con ocasión de cualquier celebración litúrgica, no puede huir de la impresión de algo eterno: algo que, a pesar de mutaciones epocales de cultura y de fe religiosa, en este lugar continúa en el tiempo.

Tal impresiób viene además reforzada por otros factores que condicionan la experiencia de los visitantes del Vaticano. El primero deriva del carácter mismo de la multitud que llena la basílica y la plaza en determinadas ocasiones: es un carácter litúrgico, y más que de multitud deberemos hablar de asamblea. Las ordenadas filas de cardenales y obispos en torno al Papa, junto a las nueve mil personas que pueden encontrar sitio en la basílica y a las doscientas mil en la plaza, todas han elegido participar en ritos que expresan su fe. Una tal confluencia de autonomía personal – un tal converger de aspiraciones individuales – eleva el espíritu más allá del presente y lo desvincula de toda dimensión solamente local: los participantes tienen así tantas procedencias y tantas historias distintas que la asamblea parece hundir sus raíces en el mundo entero.

El hecho además que la asamblea que reunida celebre un rito, y específicamente un rito litúrgico cristiano, refuerza al máximo tal sentido de continuidad. La liturgia católica – que cree que Cristo está realmente presente y operante en la persona del oficiante como en la sustancia de la acción cumplida – abole el límite temporal, ligando el presente al pasado remoto como al futuro último. Y sobre el plano de la “traditio” – es decir sobre el plano de un modo de estructurar la vida religiosa transmitido de padres a hijos a través de muchos siglos – la liturgia específicamente papal, cuyo celebrante es considerado sucesor linear del apóstol Pedro, pone casi tangiblemente en contacto con el pasado en el cual Pedro recibió el poder de parte de Cristo, como también con el futuro que tal poder de atar o desatar del pecado determina.

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Parecidas intuiciones, que al no creyente pueden parecer laboriosas y abstrusas, aparecen a los fieles simples y claras. Como sucede el día de Pentecostés, cuando, escuchando la predicación de San Pedro sobre el perdón de los pecados, muchos sintieron que su corazón se atravesaba (Hechos 2,37), así los católicos ante el sucesor de Pedro: la búsqueda del perdón aclara la mirada de quien participa con fe en las grandes liturgias en la basílica vaticana y en la plaza. Sólo Dios puede perdonar, pero en Cristo Dios ha hecho entrar su perdón en la historia, y en Pedro Cristo ha extendido tal poder, que perdura en sus sucesores, los obispos de Roma o papas. Tomar parte en los ritos celebrados por el sucesor de Pedro, en el lugar donde el imperio que lo ejecutó ha encontrado él mismo perdón, tiene por tanto un impacto profundo sobre las personas. Es como si las mismas piedras de la antigua capital fuesen a hablar.

Cuando en Pascua, desde la fachada de la Basílica el sucesor de Pedro pronuncia sobre el gentío en la Plaza las palabras “urbi et orbi – la bendición papal “a la ciudad y al mundo” – todos los elementos se entrelazan y se sobreponen: es bendecida la ciudad en la entera gama de su vida pagana y cristiana, por una vocación unificadora al servicio de todas las razas y todos los pueblos; y es bendecido el mundo – no sólo el geográfico un tiempo regido por los Césares, sino el mundo interior de cada hombre que con el perdón renace a la esperanza.

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