martes, 21 de agosto de 2007

La "nueva Jerusalén", ciudad ideal

Claire LESEGRETAIN
(original en francés; traducción mía)

Descrita en el Apocalipsis como una ciudad ideal donde reinarán la justicia y la fraternidad, no ha cesado de inspirar a teólogos, escritores, artistas... y sigue siendo un tema eminentemente espiritual


Jerusalén nueva, Jerusalén futura, Jerusalén celeste... Tres términos sinónimos para hablar de «la Ciudad santa bajada de junto a Dios», tal como es descrita por el libro del Apocalipsis (Ap 21).

Este libro -el último de la Biblia– cuyo autor se denomina a sí mismo Juan, exiliado en la isla de Patmos (Grecia), está dividido en 22 capítulos. Los dos últimos, que forman un conjunto, se abren con la descripción de «Babilonia la prostituta y la sanguinaria» y con el anuncio de su caída, tan espectacular como repentina.

«Esta Babilonia es Roma, capital del imperio», precisa Jean-Pierre Prévost, exegeta quebequés, especialista del Apocalipsis. La descripción acaba con el advenimiento, no menos espectacular, de la «Jerusalén nueva», cuyos atributos son el opuesto exacto de la Babilonia-Roma imperial: una ciudad protegida por altas murallas, que reposan sobre sólidos cimientos e iluminada por la gloria de Dios.

«Se trata manifiestamente de una Jerusalén idealizada, con una geometría perfecta en la que todas las medidas se cuentan en múltiplos de doce», continúa Jean-Pierre Prévost.

El monje Beato, célebre ilustrador del Apocalipsis

Esta descripción misteriosa no ha cesado de inspirar a los artistas. Desde el siglo V, el tema fue utilizado por los hacedores de mosaicos en Roma, como es el caso del ábside de santa Pudenciana, o el de santa Práxedes (siglo IX).

Más tarde, el monje Beato, de la abadía de San Martín de Liébana (España), en el siglo X, ilustró tan magníficamente un comentario del Apocalipsis que sun nombre se convirtió en un nombre propio para designar un manuscrito constituido por una rica ilustración del Apocalipsis. Los más notables de los Beatos fueron realizados en el estilo mozárabe, específico de los cristianos de la península Ibérica en la Alta Edad Media.

En el Beato realizado en 1.047 en León (España) para el rey Fernando I y la reina Sancha, toda una parte está consagrada a una visión desde lo alto de la Jerusalén celeste.

«La perspectiva adoptada manifestiesta que esta ciudad no tiene nada que ver con las realidades terrestres», explica Éliane Gondinet-Wallstein, especialista en iconografía cristiana. En ese Beato de León, el artista ha pintado los elementos constitutivos de la Ciudad santa en total simetría: doce puertas (cifra perfecta), repartidas en las cuatro direcciones del mundo y llenas de las figuras de los doce apóstoles y de las doce piedras preciosas sobre las cuales la ciudad está edificada. «El resplandor de la ciudad, prosigue la historiadora del arte, es conseguido por los colores rojo y amarillo brillantes alternados, que dan testimonio de la gloria de Dios y la del Cordero».

"Cuando cada uno encuentre su verdadera alegría en Dios"

La Jerusalén nueva ha inspirado igualmente al pintor y peta inglés William Blake (1.757-1.827), cuyos versos sobre la última imagen del Apocalipsis y las esperanzas milenaristas de una época de levantamientos revolucionarios han sido musicalizados por Charles H. Parry, al comienzo del siglo XX: «Hasta que nosotros hayamos contruido Jerusalén sobre la tierra verde y agradable de Inglaterra».

Cada final de verano, en Londres, esos versos son cantados por toda la asistencia durante el concierto de clausura de los célebres Proms.

Más allá de las inspiraciones artísticas, la expresión «Jerusalén nueva» ha sido usada a menudo para evocar un lugar terrestre ideal donde la humanidad viviría en armonía consigo misma y con la creación. Un sitio donde reinarían la justicia y la fraternidad, la sabiduría y la generosidad, la paz y la prosperidad...

Así, bajo el emperador Teodosio, al final del siglo IV, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial, algunos han querido ver en el Sacro Imperio Romano Germánico la realización sobre la tierra de esta Jerusalén nueva.

Ahora bien, «no podía ser, pues la libertad individual no era respetada», subraya Christine Pellistrandi, profesora en la Escuela catedralicia de París. Y es de recordar que la ciudad nueva anunciada en la Biblia coincide con la santificación de todos «cuando cada uno encuentre su verdadera alegría en Dios».

Córdoba, Amsterdam...

En todas las épocas, algunas ciudades han sido sin embargo nombradas «Jerusalén nueva» porque ofrecían condiciones de vida económica, humana y religiosa particularmente favorables.

Así Córdoba en los siglos XIII-XV, en la época en que los judíos, cristianos y musulmanes vivían en buen entendimento. O bien Amsterdam en el siglo XVII, cuando refugiados judíos y cristianos reformados vivían allí en la prosperidad.

En fin, los puritanos de Nueva Inglaterra que participaron en la fundación de los EE.UU. estaban, ellos también, buscando una tierra que permitiera la construcción de una nueva Jerusalén. Sus convicciones milenaristas volvieron a tomar vigor después de algunos decenios en los evangélicos americanos, guiados por una lectura fundamentalista del Apocalipsis.

Curiosamente, rcuerda Guy Lobrichon, maestro de conferencias en Collège de France, el imaginario occidental se apoderó de este concepto después de la conquista de Jerusalén realizada por los Cruzados, el 15 de julio de 1.099.

Esta cruzada, lanzada por Urbano II en 1.095, conquistó en reñida lucha la Ciudad santa que estaba en poder de los musulmanes desde el 638. «Si no se hizo ningún esfuerzo serio por retomar Jerusalén a sus ocupantes entre 638 y 1.099, o sea durante 461 años, es porque Jerusalén había caído en la decrepitud desde el siglo III», estima el historiador.

"Nos ha sido prometido un reino sobre la tierra"

Entre el siglo VII y el XI, los cristianos tenían conciencia de que Jerusalén no era más que un campo de ruinas. Y «diez años después de la conquista de Jerusalén, sigue Guy Lobrichon, esta ciudad que había sido el objeto de tantas pasiones vuelve a ser un signo espiritual».

La «Nueva Jerusalén» ha interrogado igualmente a filósofos y teólogos. Desde luego, algunos profetas del Antiguo Testamento, como Isaías y Ezequiel, habían anticipado ya esta restauración de Jerusalén. Así, en la ciudad nueva anunciada por Isaías, con sus cimientos puestos «sobre zafiros», sus almenas de «rubíes» y toda su murralla de «piedras preciosas» (Is 54,11), «no se oirá hablar más de violencia, de estragos ni de ruinas» (Is 60,18); será «cimentada en la justicia, libre de la opresión y del pavor».

La expresión «Nueva Jerusalén», propia del Apocalipsis, ha sido cultivada sobre todo por la escatología para decir «la esperanza de una Jerusalén terrestre reedificada y transfigurada», según Jean-Pierre Prévost.

Así Tertuliano (155-212), Padre de la Iglesia [N. del T. No es considerado Padre de la Iglesia porque al final de su vida se hizo hereje; es por tanto escritor eclesiástico] de África del Norte, asegura en su Contra Marción «que un reino nos ha sido prometido sobre la tierra, pero en otro estado, puesto que viene después de la resurrección, para mil años», en una ciudad «producida por la obra divina» y prevista para acoger a los santos y «para mimarlos con toda clase de bienes, evidentemente espirituales».

Lo mismo san Agustín (354-430), cuya obra fundamental La ciudad de Dios define las exigencias y los límites de una cultura cristiana, habla de una comunidad de virtuosos, donde pasan una temporada todos los hombres integrados junto a Dios, de sus ángeles y de todos los santos.

Ciudad de Dios, ciudad terrestre

El obispo de Hipona olpone esta ciudad de Dios a la ciudad terrestre, y describe esas dos ciudades como «los dos patios contrarios seguidos por la raza humana desde sus orígenes: el amor de Dios hace a Jerusalén; el amor del mundo hace a Babilonia». Y Agustín prosige: «Que cada uno se pregunta sobre lo que ama, y descubrirá su ciudadanía. Y si se descubre ciudadano de Babilonia, que desarraigue la codicia y que plante la caridad. Pero si se descubre ciudadano de Jerusalén, que soporte la cautividad y espere la libertad».

Poco a poco, la identificación va a hacerse entre la Jerusalén celeste y la Iglesia fundada sobre los doce apóstoles, como prolongación del Israel bíblico. ¿No es su papel llevar la luz a todas las naciones? En la Iglesia, como en la Jerusalén nueva, la presencia de Dios no tiene necesidad de templo para manifestarse: «Su templo es el Señor, el Dios todopoderoso, así como el Cordero».

La presencia de Dios en su Iglesia está asegurada por Cristo resucitado. Si bien para ciertos místicos el lugar de Jerusalén estará... en sí misma, escribe San Bernardo en 1.120 al obispo de Lincoln (Inglaterra). Para justificar el acoger y guardar a un clérigo que había abandonado Lincoln para dirigirse en peregrinación a Jerusalén y en cuyo viaje se había detenido en Claraval, Bernardo le replica: «Claraval, ¡es Jerusalén!».

La Iglesia sabe que está a la búsqueda de la ciudad por venir

Por tanto, como lo ha recordado el Vaticano II, la Iglesia sabe que está a la búsqueda de la ciudad por venir, la ciudad del Dios vivo. «Pero mientras la Iglesia peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Corintios 5,6), se considera como desterrada, de forma que busca y piensa las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta que se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Colosenses 3,1-4)», enuncia la constitución conciliar Lumen gentium (n. 6).

Enseñanza recordada por Juan Pablo II durante su catequesis del 28 de junio de 2.000 sobre «La gloria de la Trinidad en la Jerusalén celestial»: en la Jerusalén celestial, meta última de nuestra peregrinación, «en el centro de esa ciudad se alzará también el Cordero, Cristo, al que la Iglesia está unida con un vínculo nupcial [...] Hacia esa ciudad nos impulsa el Espíritu Santo» (nº 3).

En la «Jerusalén de lo alto», el origen y el fin se juntan. La Trinidad divina, que constituye el comienzo y la meta última de la historia de la salvación, está allí presente. En efecto, el Padre que se sienta sobre el Trono dice: «He aquí que hago todas las cosas nuevas» (Apocalipsis 21,5). A su lado, el Cordero-Cristo está presente con el Libro de la Vida que recoge los nombres de aquellos que han sido redimidos. Y el Espíritu, en un dulce diálogo, dice con la Iglesia, la Esposa del Cordero: «Ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22,27).

No hay comentarios: