jueves, 16 de agosto de 2007

Los 800 de Otranto que salvaron Roma

Lectura de agosto: cómo los ochocientos de Otranto salvaron Roma

Fueron martirizados hace cinco siglos en la región más oriental de Italia, la más expuesta a los ataques de los musulmanes. El objetivo del califa Mehmet II era el de conquistar Roma, después que ya había tomado Constantinopla. Pero lo detuvieron unos cristianos dispuestos a defender la fe con la sangre

por Sandro Magister

ROMA, 14 de agosto del 2007 – Se lee en el Martirologio Romano, es decir en le calendario litúrgico de los santos y beatos puesto al día según lo prescriben los decretos del Concilio Vaticano II y el promulgado por Juan Pablo II, que hoy la Iglesia recuerda y venera...

“... los cerca de ochocientos beatos mártires que en Otranto, en Puglia, apremiados por el asalto de los soldados otomanos a renegar de la fe, fueron exhortados por el beato Antonio Primaldo, anciano tejedor, a perseverar en Cristo, y obtuvieron así con la decapitación la corona del martirio”.

El martirio de estos ochocientos ocurrió en 1480, en el día de su memoria litúrgica, el 14 de agosto.

Por ellos, cinco siglos después, en 1980, Juan Pablo II se trasladó a Otranto, la ciudad italiana en la que fueron martirizados.

Y este año, el 6 de julio, Benedicto XVI ha autenticado definitivamente su martirio, con un decreto promulgado por la congregación de la causa de los santos.

¿Pero quiénes fueron los ochocientos de Otranto? ¿Y por qué fueron asesinados? Su historia es de extraordinaria actualidad. Como es hasta ahora actual el conflicto entre Islam y cristianismo, en el que ellos sacrificaron la vida.

Es lo que muestra en el relato que sigue – aparecido el 14 de julio pasado en “Il Foglio” – Alfredo Mantovano, jurista católico, senador de la república y coterráneo de aquellos mártires, nacido en el sur de Puglia, la región de Otranto:


"Dispuestos a morir mil veces por Él..."

por Alfredo Mantovano

El 6 de julio del 2007 Benedicto XVI recibió al prefecto de la congregación para la causa de los santos, el cardenal José Saraiva Martins, y autorizó la publicación del decreto de autenticación del martirio del beato Antonio Primaldo y de sus compañeros laicos, “asesinados por odio a la fe” en Otranto el 14 de agosto del 1480.

Antonio Primaldo es el único del que ha sido trasmitido el nombre. Los otros compañeros suyos de martirio son ochocientos desconocidos pescadores, artesanos, pastores y agricultores de una pequeña ciudad, cuya sangre, hace cinco siglos, fue esparcida sólo porque eran cristianos.

Ochocientos hombres, los cuales sufrieron al momento, hace cinco siglos, el trato reservado en el 2004 al americano Nick Berg, capturado por terroristas islámicos en Irak mientras realizaba su trabajo de técnico de antenas y asesinado al grito de “¡Alá es grande!”. Su verdugo, después de haberle cortado la yugular, pasó la hoja en torno al cuello, hasta arrancarle la cabeza, y la mostró como un trofeo. Exactamente como hizo en 1480 el verdugo otomano con cada uno de los ochocientos de Otranto.

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La ejecución en masa tiene un prólogo, el 29 de julio de 1480. Son las primeras horas de la mañana: desde las murallas de Otranto comienza a distinguirse en el horizonte haciéndose cada vez más visible una flota compuesta de 90 galeras, 15 mahonas y 48 galeotas, con 18.000 soldados a bordo. La armada es guiada por el bajá Agometh; quien está a las órdenes de Mehmet II, llamado Fatih, el Conquistador, o sea el sultán que en 1451, apenas a los 21 años, había ascendido a jefe de la tribu de los otomanos, que a su vez se había impuesto sobre el mosaico de los emiratos islámicos un siglo y medio antes.

En 1453, guiando un ejército de 260.000 turcos, Mehmet II había conquistado Bizancio, la “segunda Roma”, y desde ese momento cultivaba el proyecto de expugnar la “primera Roma”, la Roma verdadera, y de transformar la basílica de San Pedro en establo para sus caballos.

En junio del 1480 juzga maduro el tiempo para completar la obra: quita el asedio a Rodas, defendida con coraje por sus caballeros, y dirige la flota hacia el mar Adriático. La intención es tocar tierra en Brindisi, cuyo puerto es amplio y cómodo: desde Brindisi proyecta ascender por Italia hasta alcanzar la sede del papado. Pero un fuerte viento contrario obliga las naves a tocar tierra 50 millas más al sur, y a desembarcar en una localidad llamada Roca, a algunos kilómetros de Otranto.

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Otranto era – y es – la ciudad más oriental de Italia. Tiene un pasado rico de historia: las cercanías inmediatas estaban habitadas probablemente ya desde el Paleolítico, ciertamente desde el Neolítico. Después fue poblada por los mesapios, estirpe que precedía a los griegos, por lo tanto – conquistada por estos – entró en la Magna Grecia y, después, cayó en manos de los romanos, volviéndose pronto municipio.

La importancia de su puerto la había hecho asumir el rol de puente entre oriente y occidente, consolidado en el plano cultural y político por la presencia de un importante monasterio de monjes basilianos, el de san Nicola en Casole, del que hoy restan un par de columnas en el camino que conduce a Leuca.

En su espléndida iglesia catedral, construida entre el 1080 y 1088, el 1095 fue impartida la bendición a doce mil cruzados que, bajo el comando del príncipe Boemondo I de Altavilla, partieron para liberar y para proteger el Santo Sepulcro de Jerusalén. De regreso de Tierra Santa, precisamente en Otranto, san Francisco de Asís toco puerto en 1219, recibido con grandes honores.

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Cuando desembarcaron los otomanos, la ciudad pudo contar con una guarnición de sólo 400 hombres armados, y para esto los capitanes de la guarnición se apresuraron a pedir ayuda al rey de Nápoles, Ferrante de Aragón, enviándole una misiva.

Circundado por el asedio, el castillo, dentro de cuyas murallas se habían refugiado todos los habitantes del barrio, el bajá Agometh, a través de un mensajero, propone que se rindan con condiciones ventajosas: si no resisten, los hombres y las mujeres serán dejados libres y no recibirán ninguna injuria. La respuesta llega de uno de los notables de la ciudad, Ladislao De Marco: hace saber que si los asediantes quieren Otranto deberán tomarla con las armas.

Al embajador se le ordena no regresar más, y cuando llega el segundo mensajero con la misma propuesta de que se rindan, es atravesado por las flechas. Para despejar toda equivocación, los capitanes toman las llaves de las puertas de la ciudad y en modo visible, desde una torre, las lanzan al mar, en presencia del pueblo. Durante la noche, buena parte de los soldados de la guarnición se descuelga de los muros de la ciudad con sogas y escapa. Para defender Otranto quedan sólo sus habitantes.

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El asedio que sigue es un martilleo: las bombardas turcas derriban la ciudad, centenares de gruesas piedras (muchas son todavía hoy visibles por las calles del centro histórico de la ciudad). Después de quince días, al amanecer del 12 de agosto, los otomanos concentran el fuego contra uno de los puntos más débiles de las murallas, abren una brecha, irrumpen en las calles, masacran a quien se le ponga a tiro, llegan a la catedral, en la cual muchos se han refugiado. Derriban la puerta y se esparcen en el templo, alcanzan al arzobispo Stefano, que estaba con los atuendos pontificales y con el crucifijo en mano. A ser intimado de no nombrar más a Cristo, ya que desde aquel momento mandaba Mahoma, el arzobispo responde exhortando a los asaltantes a la conversión, y por esto se le corta la cabeza con una cimitarra.

El 13 de agosto Agometh pide y obtiene la lista de los habitantes capturados, exceptuando a las mujeres y los muchachos menores de 15 años.

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Así lo cuenta Saverio de Marco en la "Compendiosa historia de los ochocientos mártires de Otranto" publicada en el 1905:

“En número de cerca ochocientos fueron presentados al bajá que tenía a su lados a un cura miserable, nativo de Calabria, de nombre Giovanni, apostata de la fe. Este empleó su satánica elocuencia con el fin de persuadir a los cristianos que, abandonando a Cristo abrasaran el islamismo, seguros de que la buena gracia de Agometh, quien los habría dejado con vida, con el sostenimiento y todos los bienes de los que gozaban en la patria; en caso contrario serían todos asesinados. Entre aquellos héroes hubo uno de nombre Antonio Primaldo, sastre de profesión, avanzado de edad, pero lleno de religión y de fervor. Este respondió a nombre de todos: “Todos queremos creer en Jesucristo, Hijo de Dios, y estar dispuestos a morir mil veces por Él'".

Agrega el primero de los cronistas, Giovanni Michele Laggetto, en la “Historia de la guerra de Otranto del 1480” transcrita de un antiguo manuscrito y publicada en 1924:

“Y volteándose a los cristianos Primaldo dijo estas palabras: ‘Hermanos míos, hasta hoy hemos combatido en defensa de nuestra patria y para salvar la vida y por nuestros gobernantes terrenos; ahora es tiempo de que combatamos para salvar nuestras almas para el Señor, el cual habiendo muerto por nosotros en la cruz conviene que muramos nosotros por Él, permaneciendo seguros y constantes en la fe, y con esta muerte terrena ganaremos la vida eterna y la gloria del martirio’. A estas palabras comenzaron a gritar todos a una sola voz con mucho fervor que querían mil veces morir con cualquier tipo de muerte antes que renegar de Cristo”.

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Agometh decreta la condena a muerte de todos los ochocientos prisioneros. A la mañana siguiente estos son conducidos con sogas al cuello y con las manos atadas a la espalda, a la colina de la Minerva, pocos cientos de metros fuera de la ciudad. Sigue escribiendo De Marco:

“Repitieron todos la profesión de fe y la generosa respuesta dada antes; por ello el tirano ordenó que se procediese a la decapitación y, antes que a los otros, fuese cortada la cabeza al viejo Primaldo, que le resultaba muy odioso, porque no dejaba de hacer de apóstol entre los suyos, más aún, antes de inclinar la cabeza sobre la roca, afirmaba a sus compañeros que veía el cielo abierto y los ángeles animando; que se mantuvieran fuertes en la fe y que mirasen el cielo ya abierto para recibirlos. Dobló la frente, se le cortó la cabeza, pero el cuerpo se puso de pie: y a pesar de los esfuerzos de los asesinos, permaneció erguido inmóvil, hasta que todos fueron decapitados. El prodigio evidentemente estrepitoso habría sido una lección para la salvación de aquellos infieles, si no hubieran sido rebeldes a la luz que ilumina a todo hombre que vive en el mundo. Un solo verdugo, de nombre Berlabei, valerosamente creyó en el milagro y, declarándose en alta voz cristiano, fue condenado a la pena del palo”.

Durante el proceso para la beatificación de los ochocientos, en 1539, cuatro testigos oculares refirieron el prodigio de Antonio Primaldo, que permaneció en pie después de la decapitación, y la conversión y el martirio del verdugo. Así lo cuenta uno de los cuatro, Francesco Cerra, que en 1539 tenía 72 años:

“Antonio Primaldo fue el primer asesinado y sin cabeza estuvo firme en pie, ni todos los esfuerzos del enemigo lo pudieron abatir, hasta que todos fueron asesinados. El verdugo, estupefacto por el milagro, confesó que la fe católica era la verdadera, e insistió en hacerse cristiano, y esta fue la causa por la que por orden del bajá fue condenado a la muerte de palo”.

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Quinientos años después, el 5 de octubre de 1980, Juan Pablo II se trasladó a Otranto para recordar el sacrificio de los ochocientos.

Es una espléndida mañana de sol en la explanada que está debajo de la Colina de Minerva, desde 1480 llamada la Colina de los Mártires. El pontífice polaco aprovecha la ocasión para dirigir una invitación, actual ahora como entonces:

“No olvidemos a los mártires de nuestros tiempos. No nos comportemos como si ellos no existieran”.

El Papa exhorta a mirar más allá del mar, y recuerda expresamente el sufrimiento del pueblo de Albania, a la cual en aquel momento – sometida a una de las más feroces realizaciones del comunismo – nadie prestaba atención. Subraya que “los beatos mártires de Otranto nos han dejado dos consignas fundamentales: el amor a la patria terrena y la autenticidad de la fe cristiana. El cristiano ama su patria terrena. El amor a la patria es una virtud cristiana”.

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El sacrificio de los ochocientos de Otranto no es importante solamente en el plano de la fe. Las dos semanas de resistencia de la ciudad le permitieron al ejército del rey de Nápoles organizarse y acercarse a aquellos lugares, impidiendo así a los 18 mil otomanos invadir la región de Puglia por entero.

Los cronistas de la época no exageran al afirmar que la salvación de Italia meridional fue garantizada por Otranto: y no sólo eso, si es que es verdad que la noticia de la toma de la ciudad inicialmente había inducido al pontífice entonces reinante, Sixto IV, a programar su traslado a Avignon, por el temor a que los otomanos se acercasen a Roma.

El Papa renuncia al intento cuando el rey de Nápoles, Ferrante, encarga al hijo Alfonso, duque de Calabria, trasladarse a Puglia, y le confía la tarea de reconquistar Otranto. Lo que ocurre el 13 de setiembre de 1481, después de que Agometh había regresado a Turquía y Mehmet II había muerto.

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Lo que hace de este extraordinario episodio algo lleno de significado, también para el hombre europeo de hoy, es que en la historia del cristianismo no han faltado nunca testimonios de fe y de valores civiles, ni han faltado nunca grupos de hombre que han afrontado con coraje pruebas extremas. Pero jamás ha ocurrido un episodio de proporciones colectivas tan extensas: una entera ciudad en un inicio combate como puede y se mantiene por varios días asediada; y después rechaza con firmeza la propuesta de abjurar la fe. Sobre la Colina de la Minerva, fuera del viejo Antonio Primaldo, no resalta individualidad alguna, si es verdad que no se sabe el nombre de los ochocientos mártires: confirma el hecho está que no son pocos héroes individuales sino que es una entera población la que afronta la prueba.

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Todo sucede también por la indiferencia de los responsables políticos de la Europa de la época, frente a la amenaza otomana.

En 1459 el Papa Pío II convocó en Mantua un congreso al que había invitado a los jefes de los estados cristianos, y en el discurso introductorio había delineado sus culpas frente a la avanzada turca. Pero aunque en esa reunión fuera decidida la guerra para contener esta avanzada, después no continuó nada, a causa de la oposición de Venecia y de la dejadez de Alemania y de Francia.

Después que los musulmanes conquistaron la isla de Negroponte, perteneciente a Venecia, una nueva alianza contra los otomanos propuesta por el Papa Pío II fue llevada al fracaso por los señores de Milán y de Florencia, dispuestos a aprovecharse de la situación crítica en la cual se encontraba Venecia.

La década siguiente, con Sixto IV que llegó a ser pontífice en 1471, registra el homicidio de Galeazzo Sforza duque de Milán, la alianza antiromana de 1474 entre Milán, Venecia y Florencia, la florentina Conjura de los Pazzi de 1478 y la guerra que le continúa entre el Papa y el rey de Nápoles, por una parte, y por otra Florencia, ayudada por Milán, Venecia y Francia... Todo con gran ventaja para los otomanos, como escribe Ludwig von Pastor en su “Historia de los Papas”:

“Lorenzo el Magnífico, que había advertido a Ferrante no prestarse al juego y a las aspiraciones de los extranjeros, fue precisamente quien estimuló a Venecia para que se pusiera de acuerdo con los turcos y los empujase a asaltar las orillas adriáticas del reino de Nápoles, con el fin de alterar los planes de Ferdinando y de su hijo. [...] Venecia, firmada en 1479 la paz con los turcos, se adhirió al plan de Lorenzo el Magnífico con la esperanza de derivar hacia Puglia la horda musulmana que de un momento a otro podía abatirse sobre Dalmacia, donde flameaba la bandera veneciana de San Marcos. [...] Y los hombres de Lorenzo el Magnífico no dudaron ni siquiera [...] en alentar a Mehmet II a que invada las tierras del rey de Nápoles, recordándole las varias injurias sufridas por él. Pero el sultán no tenía necesidad de estos consejos: por 21 años esperaba el momento propicio para desembarcar en Italia, y hasta entonces había sido precisamente Venecia, la directa adversaria en el mar, quien se lo impedía".

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Si la historia jamás es idéntica a sí misma, sin embargo no es arbitrario tomar de su desarrollo analogías y similitudes: exactamente mil años después del 480, año del nacimiento de san Benito de Nursia – un humilde monje a cuya labor Europa debe tanto de su identidad – otros humildes interpretan a Europa mejor que muchos de sus jefes, dispuestos a pelearse entre ellos antes que hacer frente al enemigo común.

Cuando los habitantes de Otranto se encontraban frente a las cimitarras otomanas, no sacaron del desinterés del rey motivo para que ellos tuvieran una falta de compromiso; amparados en la cultura en la cual habían crecido, no obstante gran parte de ellos jamás aprendió el alfabeto, están convencidos de que resistir y no abjurar la fe constituye la opción más natural. Inténtese hablar hoy con un soldado occidental que regresa de Irak o de Afganistán, después de haber completado el período de misión: lo que se escucha con mayor franqueza es su sorpresa por las discusiones y por los contrastes infinitos sobre nuestra presencia en aquellas regiones. Para estos soldados es natural que se vaya a ayudar a quien tiene necesidad de apoyo, y que se garantice la seguridad de la reconstrucción contra los ataques terroristas.

En Otranto en el 1480 ninguno expuso banderas de arco iris, ni invocó resoluciones internacionales, ni pidió que se convoque al consejo comunal para que la zona fuera declarada desmilitarizada; ninguno se encadenó bajo las murallas para “construir la paz”.

Por dos semanas, los quince mil habitantes de la ciudad hirvieron aceite y agua, mientras tenían, y los vertieron desde las murallas sobre los asediantes. Y cuando quedaron en vida solamente ochocientos hombres adultos y fueron capturados, fueron voluntariamente al encuentro del final que hoy tienen en Irak y en Afganistán los iraquíes, los afganos, los americanos, los ingleses, los italianos, y otros más, cuando son secuestrados por los terroristas. Fueron cortadas una tras otra ochocientas cabezas, sin que, en aquella época, cronistas políticamente correctos censurasen el relato. Si hoy conocemos bien este extraordinario suceso, es porque quien la ha descrito ha sido objetivo y riguroso.

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Hoy Europa es atacada no – como en el episodio histórico recordado – por una compañía islámica institucionalmente organizada, sino por un conjunto de organizaciones no gubernamentales de ultrafundamentalistas islámicos. Teniendo presente esta diferencia estructural, no está fuera de lugar el preguntarse cuánto hay hoy en occidente, en Europa, en Italia, de aquella “naturalidad” que ha llevado a una entera comunidad a “defender la paz de la propia tierra” hasta el sacrificio extremo.

El problema no está fuera de lugar, si se reflexiona en que en la lucha contra el terrorismo un elemento realmente decisivo es la solidez del cuerpo social, o de todos modos de gran parte de él, frente a la amenaza y a los modos más feroces de concretización de la misma. La memoria de Otranto no vale solamente para subrayar que hay momentos en que resistir es un deber, sino primero para recordarnos a nosotros mismos quiénes somos y de qué comunidad descendemos.

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Es importante recordar que en 1571, noventa años después del martirio de Otranto, una flota de estados cristianos frena la avanzada turco-islámica en el Mediterráneo en el golfo de Lepanto.

El escenario europeo no había mejorado: Francia hacía alianza con los principes protestantes alemanes para oponerse a los Habsburgo y se complacía de la presión que los turcos ejercían contra el imperio Habsburgico en el Mediterráneo. París y Venecia no habían movido un dedo para defender a los Caballeros de Malta del asedio naval conducido contra ellos por Solimán el Magnífico. Esto quiere decir que la victoria de Lepanto no fue el fruto de la convergencia de intereses políticos; al contrario, se realizó no obstante las divergencias. Lo extraordinario de Lepanto está en el hecho que no obstante todo, por una vez, príncipes, políticos y comandantes militares supieron dejar de lado las divisiones y unirse para defender Europa.

Esta unión se realizó sobre todo porque la política europea del siglo XVI conservaba una visión del mundo sustancialmente común, fundada sobre el cristianismo y el derecho natural. Y si hoy tantas mentes agnósticas viven en Europa en plena libertad, es también porque alguien a su tiempo ha gastado tiempo, energías y también la propia vida por la buena causa, desde el momento que la victoria de los otros habría hecho caer en manos musulmanas Italia y quizá también España.

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Otranto enseña que una civilización culturalmente homogénea – o también sólo prevalentemente animada por principios de realidad – es capaz de reaccionar en modo sustancialmente compacto en defensa de la propia paz, y lo hace sin pisotear la propia identidad y la propia dignidad.

Hoy la cristiandad romano-germánica como civilización homogénea ya no existe. Ni vale la tesis según la cual la cristiandad, mientras ha existido, habría sido una realidad especular a la comunidad islámica. Tres diferencias estructurales impiden cualquier superposición o analogía respecto a la “umma” islámica: en la cristiandad hay distinción entre la esfera política y la religiosa, existe el fundamento del derecho natural, existe el respeto de la conciencia de la persona humana. La reflexión sobre lo que aconteció en 1480 permite sin embargo distinguir tres puntos de referencia en torno a los cuales rehacer la unidad: la referencia al derecho natural, el redescubrimiento de las raíces cristianas de Europa y el amor a la patria, este último especialmente evocado por Juan Pablo II como herencia del martirio de Otranto.

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En la Sagrada Escritura, cuando Dios hace saber a Abraham la intención de destruir Sodoma y Gomorra (Gen 18,16ss), Abraham intenta interceder y le dice: “¿De verdad exterminarías al justo con el impío? Quizá hay 50 justos en la ciudad: ¿de verdad los quieres eliminar? ¿Y no perdonarás aquel lugar por consideración a los cincuenta justos que en él se encuentran?”. Recibida la garantía de Dios de que por consideración a aquellos cincuenta justos habría perdonado a la ciudad entera, Abraham sigue adelante, en una suerte de osada tratativa: ¿y si hubieran 45, 40, 30, 20, o solamente 10? La respuesta de Dios es la misma: “No la destruiré por consideración a aquellos diez”. Pero no se encontraron ni 50, ni 45, ni 30, ni 20, ni tampoco 10; y las dos ciudades fueron destruidas.

Esta página de la Escritura es terrible por el tipo de anonadamiento que prospecta a las civilizaciones que reniegan de los valores inscritos en la naturaleza del hombre. Es una página que dolorosamente ha sido leída tantas veces, sobre todo en el siglo XX, frente a las ruinas del nacionalsocialismo y del socialcomunismo realizado. Pero es igualmente confortante para quien considera que la centralidad del hombre y la coherencia con los principios constituyen no solamente el punto de partida, sino también la estrategia para quien quiera hacer política.

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En el 1480 ese pasaje del Génesis encuentra una aplicación particular: Europa, pero en particular su ciudad más importante, Roma, son salvadas de la destrucción no “por consideración”, sino “por el sacrificio” de 800 desconocidos pescadores, artesanos, pastores y agricultores de una ciudad marginal.

Impresiona que lo que le ocurrió a Otranto no haya tenido, y todavía no tenga, el reconocimiento difundido que merece. La misma Iglesia ha esperado cinco siglos, y un pontífice extraordinario como Karol Wojtyla, para proclamar beatos a aquellos 800. El decreto del 6 de julio del 2007 de Benedicto XVI autoriza entender el martirio de estos como históricamente y teológicamente acontecido.

Es la premisa para su canonización, que seguirá cuando se verificará el milagro. La Iglesia, también la de Otranto, mantiene una obligada reserva sobre este punto, pero todos saben que la intercesión de los 800 ya ha procurado muchos milagros; falta sólo el reconocimiento oficial.

El martirio de Otranto no tiene prisa: sus huesos acogen a quien visita la catedral, ordenados en muchas tecas, en la capilla situada a la derecha del altar mayor.

Recuerdan que no sólo la fe, sino también la civilización tiene un precio: un precio no monetizable, paradójicamente compatible con el haber recibido la fe y la civilización como dones inestimables.

Ese precio se le pide a cada uno en modo diferente, pero no admite ni saldos ni liquidaciones.

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