jueves, 23 de agosto de 2007

"Semana Santa en Monreale", por Romano Guardini

(original en italiano; traducción mía)

Una extraordinaria lección de liturgia en vivo, escrita por el teólogo que fue maestro de Joseph Ratzinger. En una página por primera vez traducida del original alemán

de Sandro Magister

ROMA, 12 abril 2006 – Mientras en Roma, en la basílica de San Pedro, Benedicto XVI celebra su primera semana santa como papa, en otra antigua y grandiosa basílica, la de Monreale en Sicilia, los ritos pascuales tienen una “guía” idealmente muy cercana: la de Romano Guardini, el teólogo alemán del cual el joven Joseph Ratzinger más aprendió en tema de liturgia.

Guardini visitó la basílica de Monreale en 1.929 y lo contó en su “Viaje a Sicilia”.

La visitó en los días de la Semana Santa: el jueves durante la Misa crismal y el sábado, durante la vigilia que en la época se celebraba por la mañana.

El actual arzobispo de Monreale, Cataldo Naro, ha retomado aquella narración de Guardini del original alemán, lo ha traducido y lo ha vuelto a proponer a los fieles al interior de una carta pastoral de título “Amamos nuestra Iglesia”. Como para hacer de guía de las celebraciones litúrgicas de hoy.

En aquella página, el gran teólogo alemán escribió todo su estupor por la belleza de la basílica de Monreale y el esplendor de sus mosaicos.

Pero sobre todo escribió que ha sido impresionado por los fieles que asistían al rito, por su “vivir-en la-mirada”, por la “compenetración” entre este pueblo y las figuras de los mosaicos, que por eso cobraban vida y movimiento.

“Le pareció –nota el arzobispo Naro en la carta pastoral– que aquel pueblo experimentó un modo ejemplar de celebrar la liturgia: con la visión”.

La basílica de Monreale, obra maestra del arte normando del siglo XII, tiene las paredes enteramente revestidas de mosaicos con fondo de oro con las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, los ángeles y los santos, los profetas y los apóstoles, los obispos y los reyes, y el Cristo “Pantocrator”, gobernante de todo, que desde el ábside envuelve al pueblo cristiano con su luz, su mirada, su potencia.

He aquí a continuación la narración de la visita de Guardini a Monreale traducido de su “Reise nach Sizilien [Viaje a Sicilia]”.

El original alemán esta en R. Guardini, “Spiegel und Gleichnis. Bilder und Gedanken [Espejo y palabra. Imágenes y pensamientos]”, Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderbon, 1990, pp. 158-161.


“Entonces se me hace claro cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica...” de Romano Guardini


Hoy he visto algo grandioso: Monreale. Estoy rebosante de un sentido de gratitud por su existencia. La jornada era lluviosa. Cuando llegamos –era jueves santo– la misa solemne estaba más allá de la consagración. El arzobispo para la bendición de los óleos sagrados estaba sentado sobre un sitio elevado bajo el arco triunfal del coro. El amplio espacio estaba abarrotado. Por todas partes las personas estaban sentadas en sus sillas, silenciosas, y miraban.

¿Qué debería decir del esplendor de este lugar? Primeramente la mirada del visitante ve una basílica de proporciones armoniosas. Después percibe un movimento en su estructura, y esta se enriquece con cualquier cosa nueva, un deseo de transcendencia la atraviesa hasta traspasarla; pero todo esto avanza hasta culminar en aquella espléndida luminosidad.

Un breve instante histórico, por tanto. No sigue mucho rato, le sucede algo del completamente Otro. Pero este instante, aunque breve, es de una inefable belleza.

Oro sobre todas las paredes. Figuras sobre figuras, en todas las veces y en todas las arcadas. Salen del fondo áureo como de un cosmos. Del oro irrumpen por todas partes colores que tienen en sí algo de radiante.

Sin embargo la luz estaba atenuada. El oro dormía, y todos los colores dormían. Se veía que estaban ahí y esperaban. ¡Y qué serían si refulgiesen en su esplendor! Sólo aquí o allí un borde brillaba, y un aura claroscura se untaba sobre el manto azul de la figura de Cristo en el ábside.

Cuando llevaron los óleos sagrados a la sacristía, mientras la procesión, acompañada por la insistente melodía del antiguo himno, se desataba a través de aquella muchedumbre de figuras de la catedral, ésta se reanimó.

Sus formas se movieron. Entrando en relación con las personas que avanzaban con solemnidad, en el rozarse de los vestidos y de los colores en las paredes y en las arcadas, los espacios se pusieron en movimiento. Los espacios vinieron al encuentro de los oídos tensos en escucha y a los ojos en contemplación.

La multitud estaba sentada y miraba. Las mujeres llevaban el velo. En sus vestidos y en sus telas los colores esperaban el sol para poder resplandecer. Los rostros acusados de los hombres eran bellos. Casi nadie leía. Todos vivían en la mirada, todos estaban extendidos para contemplar.

Entonces se me hace claro cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica: la capacidad de entender el “santo” en la imagen y en su dinamismo

* * *

Monreale, sábado santo. A nuestra llegada la ceremonia sagrada estaba en la bendicion del cirio pascual. Inmediatamente después el diácono avanzó solemnemente a lo largo de la nave principal y llevó el Lumen Christi.

El Exsultet fue cantado delante del altar mayor. El obispo estaba sentado sobre su trono de piedra elevado a la derecha del altar y escuchaba. Siguieron las lecturas tratadas por los profetas, y allí volví a encontrar el significado sublime de aquellas imágenes de mosaico.

Después la bendición del agua bautismal en medio de la iglesia. En torno a la fuente estaban sentados todos los asistentes, en el centro el obispo, la gente estaba alrededor. Llevaron a los niños, se notaba el orgullo impresionado de sus padres, y el obispo los bautizó.

Todo era cosa familiar. La conducta del pueblo era al mismo tiempo desenvuelta y devota, y cuando uno hablaba al vecino, no molestaba. De este modo la sagrada ceremonia continuó su curso. Se desplegaba un poco en toda la gran iglesia: ora se desarrollaba en el coro, ora en las naves, ora bajo el arco triunfal. La amplitud y la majestad del lugar abrazaban cada movimiento y cada figura, allí hicieron recíprocamente compenetrar hasta unirse.

De tanto en tanto un rayo de sol penetraba en la bóveda, y entonces una sonrisa áurea invadía cada ángulo, era conducido a su verdadera fuerza y asumido en una trama armoniosa que colmaba el corazón de felicidad.

La cosa más bella sin embargo era el pueblo. Las mujeres con sus pañuelos, los hombres con sus capas sobre los hombros. Por todas partes rostros acentuados y un comportamiento sereno. Casi ninguno que leía, casi ninguno agachado para rezar solo. Todos miraban.

La sagrada ceremonia se prolongó durante más de cuatro horas, sin embargo siempre hubo una viva participación. Hubo modos diversos de participación orante. Uno se realiza escuchando, hablando, gesticulando. Otro por el contrario se desarrolla mirando. El primero es bueno, y nosotros los del Norte de Europa no conocemos otro. Pero hemos perdido algo que en Monreale todavía existía: la capacidad de vivir-en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado por la forma y por el evento, contemplando.

Yo ya estaba para irme, cuando de improviso hojeo aquellos ojos vueltos a mí. Casi horrorizado aparto la mirada, como si experimentase pudor de escrutar en aquellos ojos que habían sido ya abiertos sobre el altar.

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