viernes, 5 de octubre de 2007

La adoración eucarística


Una entrevista con Serge Kerrien, diácono, responsable del Servicio diocesano de pastoral litúrgica y sacramental, vicario episcopal de Saint-Brieuc

Recogidas por Sophie de Villeneuve

(original en francés; traducción mía)

Muchos cristianos, y entre ellos muchos jóvenes, experimentan una alegría real en la práctica de la adoración eucarística. ¿En qué consiste ésta?

Es un ejercicio piadoso, que data de la Edad Media. En esa época, la gente no comulgaba, por normas muy restrictivas: hacía falta estar en «perfecto estado de gracia» lo que no era tan frecuente, ¡tanto más cuanto que sólo confesaban una vez en su vida, generalmente antes de morir! Los cristianos habían encontrado por tanto de qué nutrir su fe de otra manera: comulgaban con la mirada. Esta puesta en relación con Cristo es otra manera de entrar en comunión. Así a partir del siglo XIII se difundieron la procesión del Santísimo Sacramento y la elevación en la Misa. Esta piedad eucarística se reforzó considerablemente en el concilio de Trento para recordar que contrariamente a los protestantes, los católicos creían en la presencia real.

Según Usted, ¿por qué muchos cristianos se encuentran en esta forma de piedad?

Sin duda porque hoy tenemos una forma de déficit en la celebración de la liturgia eucarística. Hemos suprimido, en la Misa, elementos que no habría sido necesario evacuar... No respetamos el tiempo de silencio, de recogimiento, de meditación. De golpe, los más jóvenes desean tener otros tiempos de profundización de la vida espiritual y eso explica la recuperación del interés por la adoración eucarística. ¡Esta fuerte sensibilidad que vuelve hoy es una bella fuente de vida espiritual!

Algunos temen una forma de idolatría. ¿Cómo evitar ese escollo?

La manera más justa de hacer la adoración eucarística es como una prolongación de la Misa. Entonces toma todo su sentido. Hace falta también que la adoración parta de la Palabra de Dios, pues de esta palabra viene el deseo de profundizar el encuentro. Adoramos meditando la palabra que hemos recibido.

¿La adoración no sustituye la Eucaristía?

El primer acto de adoración, no lo olvidemos, es la comunión, puesto que «adorar» quiere decir «llevar a la boca». La adoración eucarística consiste en mirar a Cristo pero sobre todo en dejarse mirar por Él. Es todo salvo un tête à tête confortable entre Jesús y yo. Es hacer silencio en sí para que la Palabra de Dios haga su obra, que me modele, me transforme. El fin de la adoración eucarística, como el de todo ejercicio espiritual, es enviarnos en misión. A la salida, yo debo servir a los pobres, debo anunciar la Buena Noticia. A alguien que dice que le gusta profundamente adorar la Eucaristía, que quizá por razones diversas no puede comulgar, le diría que está bien, porque encuentra un alimento espiritual, pero le advertiría. No es preciso encerrarse en la adoración eucarística, no es necesario cosificar la eucaristía. El pan eucarístico, es alguien con quien entramos en relación y que os envía en misión. Diría también que lo que pasa en el interior de mí mismo no es de mi propia voluntad. No soy yo quien decide por mis propias fuerzas ser mejor, tener una vida espiritual... Es Cristo quien en mí me modela a su imagen.

¡Ayer se comulgaba poco, hoy se comulga muy fácilmente! ¿Encuentra Usted que comulgamos demasiado?

La eucaristía me ayuda a llegar a ser mejor, a vencer el mal que está en mí. Así pues, no comulgamos demasiado. Pero no estoy seguro de que comulguemos bien y encuentro que hemos banalizado el sacramento. Me parece que nuestra procesiones no son bastante dignas, que no sabemos hacer el ademán. Y no sabemos orar al ir a comulgar. Soy muy favorable a que se cante durante la comunión, y no después. Eso alimenta interiormente la acción que vamos a hacer. Quizá hace falta también recordar al cristiano que no se comulga de cualquier manera. No para volver a una noción de pecado o de escándalo, sino para preguntarse si estamos preparados a recibir un alimento y a sacar de él el máximo de beneficios.

¿Cómo volver a dar sentido a este sacramento?

A mi entender la verdadera cuestión es la pastoral de la eucaristía. Nos hemos equivocado al separar la preparación de los niños para la primera comunión de la vida de la comunidad. Hacen falta celebraciones que vayan marcando las etapas hacia la primera comunión, y que serían otras tantas ocasiones de tener una catequesis sobre la eucaristía. Incluido aquí para gentes que tienen situaciones de vida increíbles pero que vienen a Misa el domingo. Para que progresivamente los cristianos descubran la importancia de la eucaristía. Lo mismo, regularmente haría falta, en las homilías, recordar al cristiano la importancia de los signos, de los ademanes, de los actos que hacemos. Hace falta recuperar la grandeza de este sacramento. Hace falta ayudar a las personas a que ellas mismas se den cuenta de que no pueden ir a comulgar, que no están preparadas, que necesitan conversión y encaminamiento necesario. La gente no comprende este regalo que Dios les hace, que es preciso prepararse para ello. ¡Es toda una catequesis que es preciso retomar! Y esto puede funcionar, pues inconscientemente la gente sabe que es importante, que hay algo que se juega. ¡Es preciso hacérselo descubrir!

2 comentarios:

San Isidoro dijo...

Muchas gracias por este regalo.

Anónimo dijo...

Aprendi mucho