miércoles, 28 de noviembre de 2007

¡Ven, Señor Jesús!

(original en francés; traducción mía)

Cardenal Jean Daniélou (1905-1974)

"Que el sediento se acerque" (Apocalipsis 22,17)

El mundo entero está en espera

Cristo se presenta en el Apocalipsis como el que viene. Esto tiene muchos sentidos. Desde el principio Jesús es aquel que ha venido, es Dios venido hacia nosotros, es el gesto de Dios hacia el hombre, y éste es el objeto de nuestra fe. Pero es también el que vendrá, pues en Él todas las cosas encontrarán su cumplimiento. Como dice San Pablo: Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios (Romanos 8,19). Y más: Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8,23). El mundo entero está a la espera, y nuestra oración misma debe tender hacia el cumplimiento escatológico. Sería preciso que en este Ven, Señor Jesús nuestra oración acogiera todas las espera, todos los sufrimientos físicos y morales de la humanidad que nos rodea, teniendo conciencia de que nuestras vidas y todas las de aquellos que nos rodean están incluidas en este movimiento de la creación hacia Cristo.

Él es siempre aquel que viene

Cristo es también aquel que no cesa de venir. Su venida es para cada una de nuestras almas una realidad actual: He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa para cenar con él (Apocalipsis 3,20). Si dejamos entrar a Cristo, nos hará compartir sus dones y sus bienes, tiene una palabra para cada uno de nosotros. Perpetuamente por su gracia solicita del interior nuestros corazones. Para eso, pide que estemos atentos a su venida, que abramos las puertas de nuestras almas. Él es siempre aquel que viene, como precisa el texto: Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el fin (Apocalipsis 22,13). Él es el fin hacia el que tendemos, en él todo finalmente se resume, pues es el único fin de las cosas. Algo ya ha comenzado que no se acabará nunca, es nuestra transformación en Jesucristo; hace falta dejarnos hacer por él...

Todo es siempre posible

Se nos pide que tengamos sed, que nos abramos a Dios para dejar que brote del fonde de nuestra alma esta sed de gracia que sólo el Señor apagará: Pero quien beba del agua que yo le daré no tendrá nunca más sed (Juan 4,14). Esta palabra se dirige a todos sin excepción, ni condición previa; sean cuales sean nuestros pecados pasados, nuestra mediocridad, nuestra insensibilidad espiritual, es suficiente creer en el Amor, creer que todo es siempre posible, que nada es irrevocable, ni fracaso ni infidelidad. La gracia de Dios puede curarlo todo, salvarlo todo; volver a Dios es siempre un comienzo absoluto pues la potencia de Dios es sin límite; que aquel que escucha diga: ¡Ven! Y que el sediento se acerque, que el que quiera reciba gratis el agua de la vida (Apocalipsis 22,17). Con aquel que da testimonio digamos sí, Amén, abriendo nuestros corazones a lo que Cristo quiere así llevar a cabo en nosotoros y por nosotros, para que surja del fondo de nuestros corazones esta fuente incansable de vida y de amor.

sábado, 24 de noviembre de 2007

¿Qué es un consistorio?

(original en francés; traducción mía)

Este término designaba otras veces la antecámara donde el emperador romano administraba justicia. Hoy designa la reunión del Papa con los cardenales. La creación de los cardenales se hace en consistorio.

El consistorio ordinario reúne a los cardenales residentes en Roma, para discutir de asuntos importantes de la Iglesia o para el cumplimiento de ciertas solemnidades.

La creación de cardenales se hace en consistorio extraordinario. Durante el consistorio se otorga a los nuevos cardenales el birrete rojo, con el nombre de la iglesia titular que les entregada en Roma. El anillo les es entregado a la mañana siguiente, durante la concelebración eucarística en torno al papa.

El consistorio extraordinario reúne a todos los cardenales del mundo entero, para asuntos particularmente importantes.

En el curso de su primer consistorio el 24 de marzo de 2006, Benedicto XVI ha creado 15 nuevos cardenales, de los cuales dos son franceses: Monseñor Jean-Pierre Ricard y el P. Albert Vanhoye.

Los nueve consistorios de Juan Pablo II: 30 de junio de 1979 (15 cardinales); 2 de febrero de 1983 (18 cardenales) ; 25 de mayo 1985 (28 cardenales) ; 28 de junio 1988 (24 cardenales) ; 28 junio de 1991 (22 cardenales) ; 26 de noviembre de 1994 (30 cardenales) ; 21 de febrero de 1998 (22 cardenales); 21 de febrero de 2001 (42 cardenales) ; 21 de octobre de 2003 (30 cardenales). En total, Juan Pablo II creó 231 cardenales.

El rito del Consistorio para la creación de Cardenales

CIUDAD DEL VATICANO, 23 NOV 2007 (VIS).-Mañana, sábado 24 de noviembre, a las 10,30, el Papa celebrará un Consistorio Ordinario Publico para la creación de veintitrés nuevos cardenales.

El Consistorio para la creación de los nuevos cardenales, según el nuevo rito introducido con ocasión del Consistorio del 28 de junio de 1991, prevé los siguientes momentos:

Tras el saludo litúrgico, el Papa lee la fórmula de creación y proclama solemnemente los nombres de los nuevos cardenales. El primero de ellos se dirige entonces al Santo Padre en nombre de todos.

Siguen la Liturgia de la Palabra, la homilía del Papa, la profesión de fe y el juramento por parte de los nuevos cardenales.

Posteriormente, cada nuevo cardenal se aproxima al Santo Padre y se arrodilla ante él para recibir el birrete cardenalicio y la asignación de un Título o Diaconía.

El Papa coloca el birrete sobre la cabeza del nuevo cardenal y dice: "Es rojo como signo de la dignidad del oficio de cardenal, y significa que estás preparado para actuar con fortaleza, hasta el punto de derramar tu sangre por el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y armonía entre el pueblo de Dios, por la libertad y la extensión de la Santa Iglesia Católica Romana".

El Santo Padre entrega la Bula de creación de cardenal, asigna el Título o Diaconía de una Iglesia de Roma e intercambia el abrazo de la paz con los nuevos miembros del Colegio Cardenalicio. Los cardenales también intercambian el mismo signo entre ellos.

El rito concluye con la oración de los fieles, el rezo del Padrenuestro y la bendición final.

El domingo, 25 de noviembre, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo, el Santo Padre presidirá una misa concelebrada, a las 10,30, con los nuevos cardenales durante la cual les entregará el anillo cardenalicio "signo de la nueva dignidad, de solicitud pastoral y de unión más sólida con la Sede del Apóstol San Pedro".

Mientras el Papa coloca el anillo a cada purpurado dice: "Recibe el anillo de la mano de Pedro y sé conocedor de que con el amor del Príncipe de los Apóstoles se refuerza tu amor hacia la Iglesia".

Tras la ceremonia de mañana, el Colegio Cardenalicio contará con 201 miembros, 120 de ellos electores. Según la composición por continentes, habrá 104 cardenales europeos, 20 de América septentrional, 34 de América Latina, 18 de África, 21 de Asia y 4 de Oceanía.

Como consejeros del Papa, los cardenales actúan colegialmente con él a través de los Consistorios, que convoca el Romano Pontífice y se desarrollan bajo su presidencia. Los Consistorios pueden ser ordinarios o extraordinarios. En el Consistorio ordinario se reúnen los cardenales presentes en Roma, otros obispos, sacerdotes e invitados especiales. El Papa convoca estos Consistorios para hacer alguna consulta sobre cuestiones importantes o para dar solemnidad especial a algunas celebraciones. Al Consistorio extraordinario son llamados todos los cardenales y se celebra cuando lo requieren algunas necesidades especiales de la Iglesia o asuntos de mayor gravedad.

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viernes, 16 de noviembre de 2007

Y Pío XII alistó al judío para salvarlo de los nazis

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«No soy creyente, no frecuento la Iglesia, pero si me encontrase ante Pío XII me pondría de rodillas, porque si yo y mis hijos existimos, lo debemos a él». Silvio Ascoli, romano, nacido en 1945, está conmovido mientras cuenta la historia de su padre Bruno, «de raza judía» según las normas de las infames leyes raciales, al que el Vaticano salvó de la deportación enrolándolo entre sus guardias. Lo había dicho el pasado junio el cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone: «En octubre de 1943, además de la gendarmería y la guardia suiza, había también la guardia palatina. Para proteger el Vaticano y los inmuebles extraterritoriales había ya 575 guardias palatinos. Entonces, la Secretaría de Estado pidió a la potencia que ocupaba Italia poder contratar otras 1.425 personas para insertar en la plantilla de la Guardia Palatina. El gueto judío estaba a dos pasos...». Ahora un nuevo testimonio confirma aquella ayuda.

«Mi padre había nacido en 1910, la familia de mi abuelo pertenecía a la comunida judía de Ancona, y su hermana junto al marido serían deportados y matados en Auschwitz». Bruno, desaparecido en 1970, era hijo de un matrimonio mixto y no frecuenta la comunidad de los judíos romanos. El 28 de octubre de 1938, justo después de la entrada en vigor de las leyes raciales, el hombre pedido y obtenido el bautismo.

Pero era demasiado tarde para huir del apretón del régimen que se estrecha alrededor de los judíos. El párroco intenta ayudarlo, escribiendo que Ascoli frecuentaba la catequesis hasta agosto de aquel año, pero no sirve de nada.

«Mis familiares trataron de dirigirse al Ministerio del Interior, atestiguando que no estaban inscritos en la comunidad judía. Pero la respuesta fue que cualquiera que tuviese un progenitor judío y no pudiese comprobar la pertenencia a otra religión desde antes de la entrada en vigor de las leyes raciales, era considerado judío. Mi padre se había bautizado demasiado tarde. Para los míos fue un mazazo terrible.».

Así los Ascoli son obligados a declarar ante la Gobernación de Roma su pertenencia a la «raza judía». Dos años después, en 1940, Bruno se caso en la iglesia con la católica Maria Bianchi, aunque el matrimonio no pudo tener efectos civiles. «Mi madre se casó con él sabiendo lo que afrontaba». La pareja se establece en via Famagosta, en el barrio Trionfale.

En octubre de 1943, después de la llegada de los alemanes a la capital, Bruno Ascoli se convierte en un fugitivo. «Un día se presentaron en casa unos fascistas y unos nazis, que preguntaban por mi padre. Por suerte estaba fuera. Los míos consiguieron avisarle que no volviera». Bruno escapa y encuentra momentáneamente alojamiento en un altillo, en el garaje de un reparador de neumáticos. «Aquí permanece durante dos semanas, mi madre iba a llevarle de comer a escondidas. Pero al final de octubre, el reparador de neumáticos lo echa porque se había hecho demasiado peligroso tenerlo allí. Fue entonces cuando, gracias al interés de un tío que trabajaba en los museos vaticanos como ujier, mi padre fue alistado en las guardias palatinas». Bruno Ascoli se convierte en un auxiliar de las guardias de honor del Papa, después reside en Oltretevere.

«¡Le salvaron el pellejo! Permaneció allí algunos meses. Aquí están las fotos que lo retratan vestido de guardia palatina dentro de los muros vaticanos. Y en diciembre de 1943 recibe el preciado salvoconducto de la Santa Sede que atestigua su pertenencia al cuerpo de honor del Papa». El hijo Silvio explica que existía una suerte de rotación, en el intento de salvar al mayor número de perseguidos posible. «En los primeros meses de 1944, la Santa Sede indicó a mi padre otro escondite, en via Mocenigo, al lado de los muros vaticanos, cerca de un depósito de madera. Y esto atestigua que había una red organizada de asistencia y de ayuda. Lo he dicho también a mis hijos: si el Vaticano no hubiera ayudado a mi padre, yo tampoco estaría aquí. Creo que el Papa Pacelli había elegido bien: no denuncias públicas que habrían provocado represalias -no me atrevo a pensar qué habría sucedido si las SS hubieran entrado en Oltretevere- sino ayuda concreta a los perseguidos».

jueves, 15 de noviembre de 2007

¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

(original en francés; traducción mía)

En el primer artículo de este informe, Isabelle Jurasz, asistente-doctoranda en la Facultad de Teología y de Ciencias religiosas del Instituto católico de París, explica el origen y la significación teológica del término "Padres de la Iglesia" así como los criterios utilizados para juzgar si una u otra figura de la Iglesia merece o no este título.

"Patrología" y "patrística" tienen en común la raíz latina "pater". Esto quiere decir que la noción de "padre" se encuentra en el corazón de esta disciplina, pues no hay patrística sin Padres. Es preciso por tanto hacer una pregunta de fondo: ¿quiénes son los "Padres de la Iglesia"? ¿Cuál es la diferencia –si hay alguna– entre los "Padres" y otros autores cristianos de la Antigüedad? Entre los criterios se encuentran: la ortodoxia de la enseñanza, la santidad de vida, la antigüedad, la aprobación de la Iglesia... Ahí precisamente se hace la distinción entre la historia de la Iglesia o historia de la literatura cristiana antigua y la teología patrística en el sentido propio del término.

Para responder de manera más simple a esta clase de preguntas, podemos decir que el título de "Padre" está reservado a los más grandes teólogos de la Iglesia antigua. Dado que la "grandeza" de un teólogo no es algo cuantificable, esta definición se muestra demasiado imprecisa para poder ser utilizada en el trabajo teológico e histórico. De todas formas, merece profundizar para desembocar en formas más elaboradas. Juan Pablo II en la carta Patres Ecclesiae (1980), escrita para el XVI centenario de la muerte de San Basilio, llama "padres" a los teólogos de la Antigüedad "que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos. Son de verdad "Padres" de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que por ellos —sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, [...]— fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales". El mismo Juan Pablo II, en la carta Operosam diem (1997 [sic]) consagrada a San Ambrosio, nombra ese "don para la Iglesia entera". En efecto, tal podría ser también la definición más de un Padre de la Iglesia: aquel cuya enseñanza es de un alcance tan inmenso que se convierte en un don para toda la Iglesia, incluida la de hoy en día.

Sin embargo, la noción de "Padre de la Iglesia" es un verdadero concepto teológico y es preciso abordarlo como tal. La atribución del título de Padre resulta de una elección hecha sobre uno u otro gran teólogo de la Iglesia antigua. Esta elección no es casual, pues es necesario aparecer y articular el pensamiento teológico, sea de un individuo, sea de una comunidad. Veamos los orígenes de esta expresión.

En la época patrística el título de "padre" era atribuido esporádicamente, como señal de estima y de gratitud hacia el maestro cuya enseñanza había marcado a uno u otro autor. Así Clemente de Alejandría e Ireneo de Lyón presentaron a sus precedesores llamándolos "padres". Sin embargo, los predecesores de Ireneo no son Padres de la Iglesia... De todas formas, estas informaciones nos dan ya una idea de lo que es la noción de "padre", en el sentido de pariente teológico. Lo que queda en la estela de un teólogo antiguo y lo reconoce como "padre" se sitúa por lo mismo en relación con una cierta historia y –más precisamente– una cierta tradición eclesial.

¿Qué criterios permiten llamar "Padre" a un teólogo más que a otro? Una primera explicación puede parecer banal: en el tiempo de las querellas dogmáticas, ciertos teólogos elaboraron fórmulas mejor adaptadas para expresar la fe común y para defenderla frente a tendencias juzgadas más tarde heréticas. Tal fue el papel de la teología de Atanasio de Alejandría y el de Gregorio de Nacianzo en respuesta a los arrianos. Muy pronto otros, numerosos, se añadieron a ellos: Gregorio de Nisa, Cirilo de Alejandría, Ambrosio de Milán, Agustín etc. Además del hecho de que han sido citados sin cesar por las generaciones posteriores, sus argumentos han sido recibidos y confirmados por los concilios. Así, ciertos teólogos se han convertido en eslabones de la tradición, en puntos de referencia excelentes y casi ineludibles. El recurso a sus argumentaciones se hace con ocasión de nuevas controversias dogmáticas, de tal suerte que han revestido una autoridad aún más grande.

En el siglo IV se comienza a utilizar el título de "padre" en plural, para designar a los participantes en los primeros concilios. San Basilio habla de los "santos Padres" del concilio de Nicea en 325. En ese contexto aparece el nombre de "Padres de la Iglesia" – que fue dado a los participantes en el concilio de Letrán (649) por Máximo el Confesor cuando tradujo al griego las actas de dicho concilio. Aquí entra en juego otro criterio no menos importante, el criterio de la comunión eclesial: no un indiviuido, sino la comunidad de la Iglesia escoge en su herencia las doctrinas y los personajes a quienes es justo atribuir el título de "padre" y aquellos sobre los que será arrojado el anatema.

El título de "Padre de la Iglesia" es muy pronto asociado al concepto de Tradición. En el siglo V, Vicente de Lérins, aquel mismo que ha caracterizado la Tradición como lo que ha sido creído "en todos sitios, siempre y por todos", ha definido también el papel de los "Padres" respecto a la Tradición: "Si se eleva alguna nueva cuestión a propósito de la cual no se ha tomado ninguna decisión de esta clase, es preciso entonces recurrir a las opiniones de los santos Padres, de aquellos al menos que, en su tiempo y lugares, han permanecido en la unidad de la comunión y de la fe, y fueron tenidos por maestros aprobados. Y todo lo que han podido sostener en unidad de pensamiento y de sentimiento, es preciso considerarlo como la doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin ninguna duda ni escrúpulo".

La canonización del título de "Padre de la Iglesia" ocurrió problablemente en el siglo VI y está atestiguada por una curiosa selección llamada Decreto de Gelasio, quizá compuesto en el sur de la Galia. Su autor lo hace pasar por un texto redactado en el curso de un sínodo romano del siglo IV, sin embargo es mucho más tardío. El Decreto es célebre sobre todo a causa de sus listas de Escrituras canónicas y de apócrifos. Da otra lista, la de los "opúsculos de los santos Padres recibidos en la Iglesia católica". Esos opúsculos son de doce autores: seis griegos y seis latinos. A continuación viene una fórmula más inclusiva que da el título de "padre" a todos aquellos que "sin ser descartados en ningún punto de la santa Iglesia de Roma, ni estar separados de su fe y de su predicación, han participado en su comunión, por la gracia de Dios, hasta el último día de su vida". Vicente de Lérins y el autor del Decreto de Gelasio poniendo pues en evidencia algunos criterios importantes que permitirán poder distinguir un Padre de la Iglesia de un simple escritor. El signo distintivo es pues la comunión de la fe, un acuerdo unánime sobre las cuestiones esenciales, manifestado "siempre, en todos sitios y por todos" -y por todos los Padres, por supuesto. Aquellos que se aparten de esta comunión no son sólo escritores eclesiásticos, sino herejes. Esta manera de ver la época patrística sufre de un cierto idealismo antihistórico que no le impide haber maracado de manera irreversible la teología católica.

En el curso de la historia, algunas precisiones han sido aportadas a la definición de los "Padres". Melchor Cano (+ 1560) los llama "santos" y los separa de los autores escolásticos. Su contemporáneo Sixto de Siena (+ 1569) se mostró más inventivo. Ha dibujado una gran lista de los "Padres de la Iglesia", a la cual añade numerosos autores antiguos que comentaron las Escrituras. Probablemente en el siglo XVII comienza a perfilarse una distinción entre los "Padres" y los teólogos más recientes, sobre todo los escolásticos. Pero esta distinción apunta a trazar una frontera entre las diversas épocas y no cambia nada a la definición de los Padres en relación con la Tradición. Hoy, esta atadura no es fácil de desatar.

La relación entre la autoridad de un "Padre" y la Tradición parece mucho más antigua de lo que se piensa a menudo. El hábito de citar a los "Padres" para dar más autoridad a una doctrina apareció cada vez más rápidamente en la práctica corriente de los teólogos. Es difícil precisar el momento. Atanasio de Alejandría y Arrio se peleaban todavía teniendo por argumentos principales citas bíblicas, pero casi al mismo momento, Eusebio de Cesarea introduce algunas citas de otros teólogs en su polémica contra Marcelo de Ancira. Cirilo de Alejandría en el concilio de Éfeso en 431 presentó un informe de textos extraídos de Atanasio, Cipriano, Ambrosio y otros grandes teólogos. En el debate cristológico alrededor de la definición de Calcedonia, vemos ya florilegios de citas "patrísticas" bien construidas.

Parece que los criterios de elección han sido confusos. A primera vista, tenemos la impresión que hacía falta reunir el más grande número de autores posibles. De todas formas, ciertos personajes tuvieron más peso que otros. Es fácil ver que, para la mayor parte, los Padres son obispos. Sin embargo este hecho sólo concierne a los obispos de ciudades como Roma, Constantinopla, Alejandría o Antioquía. En estos florilegios es subrayado sobre todo el prestigio del obispo de Roma. Otros Padres son mártires. El martirio era un argumento de peso que podía testimoniar en favor de la ortodoxia y de la enseñanza. Sin embargo, este argumento sólo puede ser usado para algunos, como Ignacio de Antioquía, Cipriano de Cartago, Justino el Confesor, Ireneo de Lyón. Los grandes "Padres" del siglo IV no eran mártires. Este criterio encontró deprisa sus límites: por ejemplo, la muerte por le martirio de Luciano de Antioquía le había asegurado una gran estima de parte de todos aquellos que lo habían seguido. Desgraciadamente, entre sus discípulos estaba también Arrio.

La atribución del título de "Padre de la Iglesia" se explica también por las prácticas que utilizan la referencia al maestro y también la búsqueda de las "raíces" de una enseñanza. Poco a poco se toma el hábito de fundar la doctrina sobre la autoridad de los grandes teólogos del pasado. La aparición de esta referencia al pasado constituye una verdadera revolución en la teología de la época patrística, pues desde entonces se opera una elección entre los numerosos teólogos. Ahora bien, esta operación podía funcionar también en sentido inverso: los teólogos declarados heréticos pudieron arrastrar a sus maestros a la condenación. Así la de Nestorio provocó -un siglo más tarde- la de aquellos que lo habían precedido: Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. El título de "padre" está ligado pues a la verdad doctrinal, pues quienquiera que es sospechoso de haber generado una herejía no puede ser al mismo tiempo "Padre de la Iglesia". Es preciso añadir aquí por tanto que la condena de Nestorio y de Teodoreto no impidió a la Iglesia siriaca oriental venerarlos como "Padres"... ¿Es mejor pues hablar de "Padres de las Iglesias"?

A manera de conclusión, podemos decir que la expresión "Padre de la Iglesia" parece ser un verdadero concepto teológico. Reconocer a un teólogo como "Padre" significa que lo situamos delante de la historia y que hacemos de ésta la Tradición que estructura el presente de la Iglesia.

Isabelle Jurasz
Isabelle Jurasz es asistente-doctoranda en la Facultad de Teología y de Ciencias religiosas del Instituto católico de París donde enseña siríaco (en el cuadro de la ELCOA - Ecole des Langues et Civilisations de l'Orient Ancien [Escuela de Lenguas y Civilizaciones del Oriente Antiguo) y dirige un seminario de metodología consagrado en parte al estudio del lugar de la patrística en la teología. Es igualmente coordinadora del Parcours intégré de Christologie en el cuadro del Cycle C. Docteur dès sciences ecclésiatiques orientales (Instituto pontificio de estudios orientales) y Master en Historia del arte (Universidad de Varsovia), ha publicado recientemente Hagia Sophia : topos della teologia patristica greca. Verso un significato dogmatico del titolo della chiesa Hagia Sophia – da Constantino il Grande à Giustiniano, Pontificio Instituto Oriental, Roma, 2004, 120 p.

martes, 13 de noviembre de 2007

¿Por qué nuestra religión es tan complicada de comprender por la razón?

La respuesta del padre Bernard Bougon, jesuita, a una pregunta planteada en los foros de Croire

Bernard Bougon, jesuita (original en francés; traducción mía)

Una fe que conviene tanto a los más simples como a los más cultivados

La fe cristiana es desconcertante, en efecto. De un lado, ha inspirado a grandes teólogos. Citemos solamente y como ejemplos, Orígenes, san Agustín o santo Tomás de Aquino. Hombres que podemos clasificar entre los grandes genios de la humanidad, en razón de la importancia de su obra escrita, de la profundidad de su inteligencia y de su vida espiritual. Al punto que continúan inspirando la reflexión cristiana contemporánea.

Hace falta "la inteligencia del corazón"

Así, san Agustín concedía gran valor a la búsqueda de una mayor inteligencia de la fe. Lo expresó en una fórmula afortunada: «Ama mucho para comprender». Pues para él este trabajo de la razón sólo se hace con la adhesión del corazón al Dios revelado en Jesucristo. Es una «inteligencia del corazón», mucho más profunda que la inteligencia que usamos para resolver un problema de la vida cotidiana.

Por otro lado, toda la historia de la Iglesia nos muestra que no es necesario disponer de una instrucción de alto nivel, ni siquiera tener capacidades intelectuales importantes para ser un testigo ejemplar de Cristo.

Entre otros citamos, muy cercana a nosotros, santa Bernadette, elegida como mensajera de la Virgen María, que sólo conocía su dialecto pirenaico. Citemos a san Juan María Vianney, el santo cura de Ars, que encontraba que para ser sacerdote el latín era bien difícil. Y aún: un testimonio más antiguo, pero cuán impresionante: santa Juana de Arco. Una joven muchacha, de un medio de campesinos acomodados, pero sin ninguna otra instrucción que la del catecismo de su parroquia. En dos ocasiones respondió sencilla pero segura a todos los puntos de la fe a los teólogos que la interrogaban. Tenemos las actas detalladas de las preguntas de esos hombres de Iglesia y de las respuestas de Juana. Están publicadas. Esas respuestas suscitaban a menudo la admiración de los interrogadores de los cuales algunos estaban de mala fe. Las respuestas suscitan aún la nuestra hoy. Así de esta respuesta de Juana a la pregunta de uno de esos teólogos: «Juana, ¿pensáis que estáis en gracia? – Sí lo estoy, Dios me guarda; si no lo estoy, ¡Dios me pone en ella!».

Así, a lo largo de nuestra historia, la fe cristiana se presenta como de fácil acceso a gentes simples y sin instrucción, a pobres en todos los sentidos del término; y como llevando bastantes cuestiones y misterios para comprometer a intelectuales de alto nivel a consagrar sus vidas a su exploración. Desde sus orígenes, la fe cristiana anima a personas enteramente decididas al servicio del prójimo (san Camilo de Lelis, Madre Teresa...), suscita buscadores y enseñantes (teólogos, obispos, papas...), e incluso seres de oración y de contemplación que comparten con nosotros a veces su experiencia interior de Dios (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila...). Como si, en definitiva, cada uno encontrase en la fe una respuesta de Dios a la altura de aquello que es y del deseo que lo habita.

¿Por qué entonces Dios se ha presentado a nosotros de manera tan "complicada"?

No sabría responder en el lugar de Dios. Siempre ha sido Dios el que se ha hecho conocer poco a poco a nuestra humanidad. La Biblia vuelve a trazar y cuenta la historia de esta revelación de Dios que culmina de manera infranqueable en la venida de Jesús, el Hijo único de Dios (Juan 1,18).

Brevemente, algunas líneas de fuerza del mensaje de la Biblia sobre esta revelación de Dios al corazón de nuestra humanidad:

· Desde el principio, ¿tenemos bastante respeto de ese Dios que es nuestro Creador? ¿Sabemos, ante Él, reconocernos como seres creados a «su imagen y semejanza» (Génesis 1) ?

· Dios se hace conocer a los hombres de fe y esta revelación se inscribe en la historia de un pueblo: Abrahán, Moisés y la Alianza (los 10 mandamientos), los profetas y los reyes, los sabios de Israel...

· Esta revelación de Dios es progresiva. Del libro del Génesis al libro de Zacarías hay desplazamientos, novedades en lo que Dios revela de Él. Pero eso sólo aparece claramente después de la venida de Cristo.

Para explorar esos tres puntos podemos releer toda la primera parte de la Biblia..

· Al contar la historia de Jesús, los Evangelios aportan un último toque a esta revelación de Dios.

· Jesús mismo nos introduce en esta Trinidad en Dios. Eso se hace de manera progresiva. Jesús desde el principio hace conocer a sus discípulos la presencia de Dios como Padre. «Su Padre y vuestro Padre (cf. Juan 17, 25-26)». Después, un poco antes de su arresto, les hace comprender que la presencia del Espíritu Santo en ellos les permitirá vivir de la fe.

Así, la fe es ya la obra de Dios en mí. Creo en Dios Padre que Jesús hace conocer, a través del Evangelio. Pero sólo creo en la medida en que acojo en mí ese don que me ha sido hecho por el Espíritu de Dios, por el Espíritu Santo.

"Comprender para amar y amar para comprender"

En el Evangelio según san Lucas podemos leer: «Jesús se llenó de alegría bajo la acción del Espíritu Santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y a los inteligentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí Padre, pues tal ha sido tu voluntad. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lucas 10, 21-22).

En cierta manera se ha dicho todo en ese pasaje del Evangelio. Los «pequeños» que se mencionan aquí, son en principio los discípulos, hombres simples la mayoría, pero hombres que tienen profunda confianza en Jesús (cf. Lucas 9, 20), aunque no comprenden siempre en el momento sus palabras (cf. Lucas 9, 45).

Pero nos viene bien comprender que la inteligencia de la fe está más allá de las imágnees y de las ideas de las cuales nos servimos ordinariemante en nuestra vida cotidiana. Es una inteligencia del corazón. Esta suerte de inteligencia que está en la obra en la amistad y el amor, cuando percibimos lo que vive el otro, lo que está en su fondo y que nosotros más amamos en él.

«Comprender para amar y amar para comprender» recordaba San Agustín.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Dios y los náufragos

Hoy voy a recomendaros este interesantísimo libro de José Ramón Ayllón titulado Dios y los náufragos, publicado por Belacqua en 2.002. Trata del tema de la fe y de distintos personajes conocidos y otros anónimos que la encontraron.

Siempre me han fascinado los testimonios de los conversos, de quienes se encontraron con Dios de forma inesperada, es el misterio de la gracia divina, que Dios nos da para que lo aceptemos a Él sin forzarnos, y la libertad humana, de su equilibrio misterioso, de cómo Dios nos sale al encuentro sin saber cómo, en definitiva el misterio de la fe, del encuentro con el Invisible que se hace visible y presente.

Podéis leerlo en internet en esta página. La obra está dividida en tres partes: Náufragos a la deriva, Dios a la vista y Testimonios.

En la primera dice que está "dedicada a quienes han negado que Dios pueda existir o ser conocido. Esa negación les sitúa respectivamente entre los ateos y los agnósticos, y en ambos casos suele estar provocada por el naufragio. Sin embargo, estas páginas son también un intento de explicar el misterioso y escandaloso protagonismo del mal en el mundo, de buscar un sentido al sufrimiento humano, de interpelar al hombre por la pregunta trascendental..." Trata, p. ej., sobre Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Borges, Feuerbach, Comte...

La segunda son "testimonios de conversiones que, además de tener una sólida base argumental, manifiestan un entrañable sello de autenticidad": Agustín de Hipona, Chesterton, Pascal, André Frossard, C. S. Lewis y Edith Stein por citar sólo algunos de mis favoritos.

Y finalmente la tercera nos ofrece "relatos brillantes sobre la presencia de Dios en la vida de hombres y mujeres concretos": Tatiana Goricheva, Paul Claudel, André Frossard, Enrique García Morente, el médico abortista Bernard Nathanson...

Algunos de ellos publicaron y contaron su experiencia: recuerdo ahora mismo a André Frossard, "Dios existe, yo me lo encontré" (Rialp, Madrid); C. S. Lewis, "Cautivado por la alegría" (Encuentro, Madrid); Tatiana Goricheva, "Hablar de Dios resulta peligroso" (Herder, Barcelona). También recomiendo encarecidamente a todos, creyentes y no creyentes, la lectura de los Pensamientos de Blaise Pascal, ya que como él mismo dijo sólo existen dos clases de personas razonables: las que sirven a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen.

El cuadro que ilustra la entrada es el mismo que está en la portada del libro, La balsa de la Medusa de Th. Géricault, y representa a unos náufragos que buscan desesperamente llamar la atención de un barco lejano en el horizonte pues es su única esperanza, son los náufragos de que habla el libro que están a la deriva en busca de Jesucristo, sin el cual no sabemos qué es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni qué somos nosotros mismos (Blaise Pascal).

Tomo ahora esta entrevista sobre el libro aparecida en La Vanguardia:
«Dios nos grita a través de nuestro dolor»
viernes, 18 de julio de 2003
La Vanguardia

Entrevista con el filósofo José Ramón Ayllón

BARCELONA, 18 julio 2003 - El diario La Vanguardia publicó el jueves una entrevista a José Ramón Ayllón en la que el filósofo, respondiendo a las preguntas de Ima Sanchís, abordó el misterio del sufrimiento y del dolor.

Originario de Santoña (Cantabria, España), Ayllón es católico, tiene 47 años y fue profesor de enseñanza secundaria durante 15 años. Actualmente, se dedica a escribir. Su especialidad es la ética.

Entre sus publicaciones, el libro «Dios y los náufragos» (Editorial Belacqua, Barcelona, 2002), al que alude en la entrevista, es un ensayo sobre el sentido de la vida, referido a su clave divina. En el volumen, el autor selecciona y deja hablar a 26 pensadores agnósticos, ateos, conversos, enfrentados a la más radical de las cuestiones, la pregunta sobre Dios.

--¿Dios es el espejo del hombre?

--Yo creo que más bien es al revés: el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.

--Puede que nuestro papel en este planeta no sea alabar a Dios sino crearlo.

--Si usted está dispuesta a esgrimir las tesis hegelianas, defender que Dios es una sublimación de los deseos humanos, vamos a estar animados; pero déjeme advertirle...

--Adelante.

--Todos los conversos tienen en común que no se convierten a una teoría o a unas ideas, sino a una persona que tuvo nombre y apellidos y que se llamaba Jesucristo.

--¿Y qué más tienen en común?

--Todos los hombres de ciencia, novelistas, filósofos y pensadores que he seleccionado en «Dios y los náufragos» han tenido vidas conmovedoras y difíciles. Todos hablan desde un profundo conocimiento de la experiencia humana, del dolor y el sufrimiento.

--¿Dios se esconde detrás del sufrimiento?

--Una noche la Guardia Civil llamó a Narciso Yepes: «Su hijo ha fallecido». ¿Cree que alguien puede ver a Dios detrás de eso?

--A Dios o al diablo.

--«Cuando se vive con fe, le diría Yepes, se entiende mejor el dolor humano. El dolor acerca a la intimidad de Dios».

--¿Sabe?, adoro la alegría.

--Yepes, un converso, dijo que había alcanzado la certeza moral y hasta física de que la muerte es un paso maravilloso: «Llegar por fin a la felicidad que nunca se acaba y que nada ni nadie puede desbaratar».

--¿Qué le sucedió a este ilustre hombre?

--Había sido ateo toda su vida y un día, de repente, cuando estaba acodado en un puente del Sena, escuchó dentro de él una voz: «No sólo se hizo oír, escribió, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida».

--¿No tiene un ejemplo más racional?

--Sí, Agustín de Hipona.

--¡Pero si era obispo y además santo!

--San Agustín fue un «play-boy» total y absoluto y, si no, lea sus «Confesiones». Lo que pasa es que era un tipo muy listo y llegó a Dios por eliminación de posibilidades. Él se da cuenta de que el corazón humano está hecho para ser feliz y no le salen las cuentas.

--Hasta ahí estoy de acuerdo.

--Pues sigamos. Tenemos un corazón con una capacidad inmensa para amar y ser amados y está claro que aquí, en la tierra, no lo vamos a llenar nunca.

--No me diga eso.

--San Agustín, Platón y Kant argumentaban que las necesidades del hombre existen porque pueden ser colmadas.

--Aunque no siempre lo sean...

--Ese es otro tema. El caso es que tenemos sed y hay agua, sentimos hambre y hay comida... Todos tenemos necesidad de justicia y el sentimiento interno de la dignidad humana; si no, no saltaríamos cuando nos pisan.

--El mundo está lleno de pisoteados.

--Eso le demuestra que existe un Dios que hará justicia; si no, por qué tenemos ese instinto. Ahí tiene la demostración kantiana de la existencia de Dios.

--Una idea simple.

--Y muy profunda. Recuerde lo que dijo Pascal, máximo exponente del racionalismo: «Para los que quieren creer en Dios hay suficiente luz. Para los que no quieren creer hay suficiente oscuridad».

--Hay un viejo proverbio que dice: «Dios escribe derecho con renglones torcidos».

--Todo agnóstico se encuentra con el escollo del sufrimiento humano. En su libro «El hombre en busca de sentido», Viktor Frankl, discípulo de Freud y superviviente de Auschwitz, explica que si ponemos a un chimpancé una dolorosa vacuna que puede salvar la humanidad, el mono no lo entenderá. La respuesta al dolor humano la tiene Dios.

--Es como un pez que se muerde la cola.

--El filósofo Clives S. Lewis, otro converso, reflexionó mucho sobre el dolor y concluyó que Dios nos habla por medio de la conciencia y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar un mundo de sordos.

--Bonita manera de devolvernos a la cruda realidad.

--«El dolor, la injusticia y el error --dice Lewis-- son tres tipos de males con una diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive en ellos, mientras que el dolor no puede ser ignorado y toda persona sabe que algo anda mal cuando sufre».

--¿No tendría en su chistera una visión de Dios más «humana»?

--Je, je, vayamos a Gilbert K. Chesterton, considerado uno de los grandes escritores del siglo XX: «Después de haber permanecido en los abismos del pensamiento contemporáneo, tuve un fuerte impulso interior para rebelarme y desechar semejante pesadilla».

--Lúcido.

--Je, je... «Como encontraba poca ayuda en la filosofía y ninguna en la religión, inventé una teoría mística rudimentaria: la mera existencia era lo suficientemente extraordinaria para ser estimulante».

--Me gusta.

--En su opinión, la depresión del hombre era el peor pecado. Chesterton llegó a la conclusión de que los valores que predica el cristianismo --prudencia, templanza, justicia, fortaleza...-- eran racionalmente la mejor opción: «La tremenda imagen que alienta en las frases del Evangelio se alza más allá de todos los sabios tenidos por mayores».

--De ahí a la Iglesia católica...

--Escuche, escuche a Chesterton: «Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados, como dicen mis amigos periodistas, porque sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado».

La Vanguardia


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