jueves, 15 de noviembre de 2007

¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

(original en francés; traducción mía)

En el primer artículo de este informe, Isabelle Jurasz, asistente-doctoranda en la Facultad de Teología y de Ciencias religiosas del Instituto católico de París, explica el origen y la significación teológica del término "Padres de la Iglesia" así como los criterios utilizados para juzgar si una u otra figura de la Iglesia merece o no este título.

"Patrología" y "patrística" tienen en común la raíz latina "pater". Esto quiere decir que la noción de "padre" se encuentra en el corazón de esta disciplina, pues no hay patrística sin Padres. Es preciso por tanto hacer una pregunta de fondo: ¿quiénes son los "Padres de la Iglesia"? ¿Cuál es la diferencia –si hay alguna– entre los "Padres" y otros autores cristianos de la Antigüedad? Entre los criterios se encuentran: la ortodoxia de la enseñanza, la santidad de vida, la antigüedad, la aprobación de la Iglesia... Ahí precisamente se hace la distinción entre la historia de la Iglesia o historia de la literatura cristiana antigua y la teología patrística en el sentido propio del término.

Para responder de manera más simple a esta clase de preguntas, podemos decir que el título de "Padre" está reservado a los más grandes teólogos de la Iglesia antigua. Dado que la "grandeza" de un teólogo no es algo cuantificable, esta definición se muestra demasiado imprecisa para poder ser utilizada en el trabajo teológico e histórico. De todas formas, merece profundizar para desembocar en formas más elaboradas. Juan Pablo II en la carta Patres Ecclesiae (1980), escrita para el XVI centenario de la muerte de San Basilio, llama "padres" a los teólogos de la Antigüedad "que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos. Son de verdad "Padres" de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que por ellos —sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, [...]— fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales". El mismo Juan Pablo II, en la carta Operosam diem (1997 [sic]) consagrada a San Ambrosio, nombra ese "don para la Iglesia entera". En efecto, tal podría ser también la definición más de un Padre de la Iglesia: aquel cuya enseñanza es de un alcance tan inmenso que se convierte en un don para toda la Iglesia, incluida la de hoy en día.

Sin embargo, la noción de "Padre de la Iglesia" es un verdadero concepto teológico y es preciso abordarlo como tal. La atribución del título de Padre resulta de una elección hecha sobre uno u otro gran teólogo de la Iglesia antigua. Esta elección no es casual, pues es necesario aparecer y articular el pensamiento teológico, sea de un individuo, sea de una comunidad. Veamos los orígenes de esta expresión.

En la época patrística el título de "padre" era atribuido esporádicamente, como señal de estima y de gratitud hacia el maestro cuya enseñanza había marcado a uno u otro autor. Así Clemente de Alejandría e Ireneo de Lyón presentaron a sus precedesores llamándolos "padres". Sin embargo, los predecesores de Ireneo no son Padres de la Iglesia... De todas formas, estas informaciones nos dan ya una idea de lo que es la noción de "padre", en el sentido de pariente teológico. Lo que queda en la estela de un teólogo antiguo y lo reconoce como "padre" se sitúa por lo mismo en relación con una cierta historia y –más precisamente– una cierta tradición eclesial.

¿Qué criterios permiten llamar "Padre" a un teólogo más que a otro? Una primera explicación puede parecer banal: en el tiempo de las querellas dogmáticas, ciertos teólogos elaboraron fórmulas mejor adaptadas para expresar la fe común y para defenderla frente a tendencias juzgadas más tarde heréticas. Tal fue el papel de la teología de Atanasio de Alejandría y el de Gregorio de Nacianzo en respuesta a los arrianos. Muy pronto otros, numerosos, se añadieron a ellos: Gregorio de Nisa, Cirilo de Alejandría, Ambrosio de Milán, Agustín etc. Además del hecho de que han sido citados sin cesar por las generaciones posteriores, sus argumentos han sido recibidos y confirmados por los concilios. Así, ciertos teólogos se han convertido en eslabones de la tradición, en puntos de referencia excelentes y casi ineludibles. El recurso a sus argumentaciones se hace con ocasión de nuevas controversias dogmáticas, de tal suerte que han revestido una autoridad aún más grande.

En el siglo IV se comienza a utilizar el título de "padre" en plural, para designar a los participantes en los primeros concilios. San Basilio habla de los "santos Padres" del concilio de Nicea en 325. En ese contexto aparece el nombre de "Padres de la Iglesia" – que fue dado a los participantes en el concilio de Letrán (649) por Máximo el Confesor cuando tradujo al griego las actas de dicho concilio. Aquí entra en juego otro criterio no menos importante, el criterio de la comunión eclesial: no un indiviuido, sino la comunidad de la Iglesia escoge en su herencia las doctrinas y los personajes a quienes es justo atribuir el título de "padre" y aquellos sobre los que será arrojado el anatema.

El título de "Padre de la Iglesia" es muy pronto asociado al concepto de Tradición. En el siglo V, Vicente de Lérins, aquel mismo que ha caracterizado la Tradición como lo que ha sido creído "en todos sitios, siempre y por todos", ha definido también el papel de los "Padres" respecto a la Tradición: "Si se eleva alguna nueva cuestión a propósito de la cual no se ha tomado ninguna decisión de esta clase, es preciso entonces recurrir a las opiniones de los santos Padres, de aquellos al menos que, en su tiempo y lugares, han permanecido en la unidad de la comunión y de la fe, y fueron tenidos por maestros aprobados. Y todo lo que han podido sostener en unidad de pensamiento y de sentimiento, es preciso considerarlo como la doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin ninguna duda ni escrúpulo".

La canonización del título de "Padre de la Iglesia" ocurrió problablemente en el siglo VI y está atestiguada por una curiosa selección llamada Decreto de Gelasio, quizá compuesto en el sur de la Galia. Su autor lo hace pasar por un texto redactado en el curso de un sínodo romano del siglo IV, sin embargo es mucho más tardío. El Decreto es célebre sobre todo a causa de sus listas de Escrituras canónicas y de apócrifos. Da otra lista, la de los "opúsculos de los santos Padres recibidos en la Iglesia católica". Esos opúsculos son de doce autores: seis griegos y seis latinos. A continuación viene una fórmula más inclusiva que da el título de "padre" a todos aquellos que "sin ser descartados en ningún punto de la santa Iglesia de Roma, ni estar separados de su fe y de su predicación, han participado en su comunión, por la gracia de Dios, hasta el último día de su vida". Vicente de Lérins y el autor del Decreto de Gelasio poniendo pues en evidencia algunos criterios importantes que permitirán poder distinguir un Padre de la Iglesia de un simple escritor. El signo distintivo es pues la comunión de la fe, un acuerdo unánime sobre las cuestiones esenciales, manifestado "siempre, en todos sitios y por todos" -y por todos los Padres, por supuesto. Aquellos que se aparten de esta comunión no son sólo escritores eclesiásticos, sino herejes. Esta manera de ver la época patrística sufre de un cierto idealismo antihistórico que no le impide haber maracado de manera irreversible la teología católica.

En el curso de la historia, algunas precisiones han sido aportadas a la definición de los "Padres". Melchor Cano (+ 1560) los llama "santos" y los separa de los autores escolásticos. Su contemporáneo Sixto de Siena (+ 1569) se mostró más inventivo. Ha dibujado una gran lista de los "Padres de la Iglesia", a la cual añade numerosos autores antiguos que comentaron las Escrituras. Probablemente en el siglo XVII comienza a perfilarse una distinción entre los "Padres" y los teólogos más recientes, sobre todo los escolásticos. Pero esta distinción apunta a trazar una frontera entre las diversas épocas y no cambia nada a la definición de los Padres en relación con la Tradición. Hoy, esta atadura no es fácil de desatar.

La relación entre la autoridad de un "Padre" y la Tradición parece mucho más antigua de lo que se piensa a menudo. El hábito de citar a los "Padres" para dar más autoridad a una doctrina apareció cada vez más rápidamente en la práctica corriente de los teólogos. Es difícil precisar el momento. Atanasio de Alejandría y Arrio se peleaban todavía teniendo por argumentos principales citas bíblicas, pero casi al mismo momento, Eusebio de Cesarea introduce algunas citas de otros teólogs en su polémica contra Marcelo de Ancira. Cirilo de Alejandría en el concilio de Éfeso en 431 presentó un informe de textos extraídos de Atanasio, Cipriano, Ambrosio y otros grandes teólogos. En el debate cristológico alrededor de la definición de Calcedonia, vemos ya florilegios de citas "patrísticas" bien construidas.

Parece que los criterios de elección han sido confusos. A primera vista, tenemos la impresión que hacía falta reunir el más grande número de autores posibles. De todas formas, ciertos personajes tuvieron más peso que otros. Es fácil ver que, para la mayor parte, los Padres son obispos. Sin embargo este hecho sólo concierne a los obispos de ciudades como Roma, Constantinopla, Alejandría o Antioquía. En estos florilegios es subrayado sobre todo el prestigio del obispo de Roma. Otros Padres son mártires. El martirio era un argumento de peso que podía testimoniar en favor de la ortodoxia y de la enseñanza. Sin embargo, este argumento sólo puede ser usado para algunos, como Ignacio de Antioquía, Cipriano de Cartago, Justino el Confesor, Ireneo de Lyón. Los grandes "Padres" del siglo IV no eran mártires. Este criterio encontró deprisa sus límites: por ejemplo, la muerte por le martirio de Luciano de Antioquía le había asegurado una gran estima de parte de todos aquellos que lo habían seguido. Desgraciadamente, entre sus discípulos estaba también Arrio.

La atribución del título de "Padre de la Iglesia" se explica también por las prácticas que utilizan la referencia al maestro y también la búsqueda de las "raíces" de una enseñanza. Poco a poco se toma el hábito de fundar la doctrina sobre la autoridad de los grandes teólogos del pasado. La aparición de esta referencia al pasado constituye una verdadera revolución en la teología de la época patrística, pues desde entonces se opera una elección entre los numerosos teólogos. Ahora bien, esta operación podía funcionar también en sentido inverso: los teólogos declarados heréticos pudieron arrastrar a sus maestros a la condenación. Así la de Nestorio provocó -un siglo más tarde- la de aquellos que lo habían precedido: Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. El título de "padre" está ligado pues a la verdad doctrinal, pues quienquiera que es sospechoso de haber generado una herejía no puede ser al mismo tiempo "Padre de la Iglesia". Es preciso añadir aquí por tanto que la condena de Nestorio y de Teodoreto no impidió a la Iglesia siriaca oriental venerarlos como "Padres"... ¿Es mejor pues hablar de "Padres de las Iglesias"?

A manera de conclusión, podemos decir que la expresión "Padre de la Iglesia" parece ser un verdadero concepto teológico. Reconocer a un teólogo como "Padre" significa que lo situamos delante de la historia y que hacemos de ésta la Tradición que estructura el presente de la Iglesia.

Isabelle Jurasz
Isabelle Jurasz es asistente-doctoranda en la Facultad de Teología y de Ciencias religiosas del Instituto católico de París donde enseña siríaco (en el cuadro de la ELCOA - Ecole des Langues et Civilisations de l'Orient Ancien [Escuela de Lenguas y Civilizaciones del Oriente Antiguo) y dirige un seminario de metodología consagrado en parte al estudio del lugar de la patrística en la teología. Es igualmente coordinadora del Parcours intégré de Christologie en el cuadro del Cycle C. Docteur dès sciences ecclésiatiques orientales (Instituto pontificio de estudios orientales) y Master en Historia del arte (Universidad de Varsovia), ha publicado recientemente Hagia Sophia : topos della teologia patristica greca. Verso un significato dogmatico del titolo della chiesa Hagia Sophia – da Constantino il Grande à Giustiniano, Pontificio Instituto Oriental, Roma, 2004, 120 p.

1 comentario:

Rodolfo Plata dijo...

PATRISTICA. La Epístola apócrifa de los Hechos de Felipe, expone al cristianismo como continuación de la educación en los valores de la paideia griega (cultivo de sí). Que tenía como propósito educar a la juventud en la “virtud” (desarrollo de la espiritualidad mediante la práctica continua de ejercicios espirituales, a efecto de prevenir y curar las enfermedades del alma, para alcanzar la trascendencia humana) y la “sabiduría” (cuidado de la verdad, mediante el estudio de la filosofía, la física y la política, a efecto de alcanzar la sociedad perfecta). El educador utilizando el discurso filosófico, más que informar trataba de inducir transformaciones buenas y convenientes para si mismo y la sociedad, motivando a los jóvenes a practicar las virtudes opuestas a los defectos encontrados en el fondo del alma, a efecto de adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos) __La vida, ejemplo y enseñanzas de Cristo, ilustra lo que es la trascendencia humana y como alcanzarla. Y por su autentico valor propedéutico, el apóstol Felipe introdujo en los ejercicios espirituales la paideia de Cristo (posteriormente enriquecida por San Basilio, San Gregorio, San Agustín y San Clemente de Alejandría, con el pensamiento de los filósofos greco romanos: Aristóteles, Cicerón, Diógenes, Isócrates, Platón, Séneca, Sócrates, Marco Aurelio,,,), a fin de alcanzar los fines últimos de la paideia griega siguiendo a Cristo. Meta que no se ha logrado debido a que la letrina moral del Antiguo Testamento, al apartar la fe de la razón, castra mentalmente a sus seguidores extraviándolos hacia la ecumene abrahámica que conduce al precipicio de la perdición eterna (muerte espiritual)__ Es tiempo de rectificar retomando la paideia griega de Cristo (helenismo cristiano), separando de nuestra fe el Antiguo Testamento y su religión basura que han impedido a los pueblos cristianos alcanzar la supra humanidad. Pierre Hadot: Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua. Editorial Siruela. http://www.scribd.com/doc/33094675/BREVE-JUICIO-SUMARIO-AL-JUDEO-CRISTIANISMO-EN-DEFENSA-DEL-ESTADO-LA-IGLESIA-Y-LA-SOCIEDAD