viernes, 16 de noviembre de 2007

Y Pío XII alistó al judío para salvarlo de los nazis

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«No soy creyente, no frecuento la Iglesia, pero si me encontrase ante Pío XII me pondría de rodillas, porque si yo y mis hijos existimos, lo debemos a él». Silvio Ascoli, romano, nacido en 1945, está conmovido mientras cuenta la historia de su padre Bruno, «de raza judía» según las normas de las infames leyes raciales, al que el Vaticano salvó de la deportación enrolándolo entre sus guardias. Lo había dicho el pasado junio el cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone: «En octubre de 1943, además de la gendarmería y la guardia suiza, había también la guardia palatina. Para proteger el Vaticano y los inmuebles extraterritoriales había ya 575 guardias palatinos. Entonces, la Secretaría de Estado pidió a la potencia que ocupaba Italia poder contratar otras 1.425 personas para insertar en la plantilla de la Guardia Palatina. El gueto judío estaba a dos pasos...». Ahora un nuevo testimonio confirma aquella ayuda.

«Mi padre había nacido en 1910, la familia de mi abuelo pertenecía a la comunida judía de Ancona, y su hermana junto al marido serían deportados y matados en Auschwitz». Bruno, desaparecido en 1970, era hijo de un matrimonio mixto y no frecuenta la comunidad de los judíos romanos. El 28 de octubre de 1938, justo después de la entrada en vigor de las leyes raciales, el hombre pedido y obtenido el bautismo.

Pero era demasiado tarde para huir del apretón del régimen que se estrecha alrededor de los judíos. El párroco intenta ayudarlo, escribiendo que Ascoli frecuentaba la catequesis hasta agosto de aquel año, pero no sirve de nada.

«Mis familiares trataron de dirigirse al Ministerio del Interior, atestiguando que no estaban inscritos en la comunidad judía. Pero la respuesta fue que cualquiera que tuviese un progenitor judío y no pudiese comprobar la pertenencia a otra religión desde antes de la entrada en vigor de las leyes raciales, era considerado judío. Mi padre se había bautizado demasiado tarde. Para los míos fue un mazazo terrible.».

Así los Ascoli son obligados a declarar ante la Gobernación de Roma su pertenencia a la «raza judía». Dos años después, en 1940, Bruno se caso en la iglesia con la católica Maria Bianchi, aunque el matrimonio no pudo tener efectos civiles. «Mi madre se casó con él sabiendo lo que afrontaba». La pareja se establece en via Famagosta, en el barrio Trionfale.

En octubre de 1943, después de la llegada de los alemanes a la capital, Bruno Ascoli se convierte en un fugitivo. «Un día se presentaron en casa unos fascistas y unos nazis, que preguntaban por mi padre. Por suerte estaba fuera. Los míos consiguieron avisarle que no volviera». Bruno escapa y encuentra momentáneamente alojamiento en un altillo, en el garaje de un reparador de neumáticos. «Aquí permanece durante dos semanas, mi madre iba a llevarle de comer a escondidas. Pero al final de octubre, el reparador de neumáticos lo echa porque se había hecho demasiado peligroso tenerlo allí. Fue entonces cuando, gracias al interés de un tío que trabajaba en los museos vaticanos como ujier, mi padre fue alistado en las guardias palatinas». Bruno Ascoli se convierte en un auxiliar de las guardias de honor del Papa, después reside en Oltretevere.

«¡Le salvaron el pellejo! Permaneció allí algunos meses. Aquí están las fotos que lo retratan vestido de guardia palatina dentro de los muros vaticanos. Y en diciembre de 1943 recibe el preciado salvoconducto de la Santa Sede que atestigua su pertenencia al cuerpo de honor del Papa». El hijo Silvio explica que existía una suerte de rotación, en el intento de salvar al mayor número de perseguidos posible. «En los primeros meses de 1944, la Santa Sede indicó a mi padre otro escondite, en via Mocenigo, al lado de los muros vaticanos, cerca de un depósito de madera. Y esto atestigua que había una red organizada de asistencia y de ayuda. Lo he dicho también a mis hijos: si el Vaticano no hubiera ayudado a mi padre, yo tampoco estaría aquí. Creo que el Papa Pacelli había elegido bien: no denuncias públicas que habrían provocado represalias -no me atrevo a pensar qué habría sucedido si las SS hubieran entrado en Oltretevere- sino ayuda concreta a los perseguidos».

No hay comentarios: