viernes, 28 de diciembre de 2007

Los secretos de las apariciones de Medjugorje

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

Un artículo de Antonio Socci publicado por Il Giornale el 24 de diciembre [2001]

Exactamente hace diez años, el 25 diciembre 1991, se derrumbaba la Unión Soviética y con ella era barrido de Europa aquel experimento comunista que había ensangrentado el continente durante 70 años. La caída de un imperio sucedía sin derramamiento de sangre. Que un prodigio tan inédito aconteciese el día de Navidad e incluso la liquidación del Imperio se decidió en una reunión que se desarrolló el 8 de diciembre no dice nada a lo histórico laico, pero no es casual para quien mira la historia humana con ojos cristianos. El 8 de diciembre es de hecho para los católicos la fiesta de la Inmaculada Concepción y en los mensajes de Fátima cuyas apariciones son concomitantes con la revolución de octubre la Virgen pedía justamente la consagración de Rusia a su corazón inmaculado para obtener la conversión y anunciaba después de muchas tribulaciones la victoria de su corazón inmaculado. En aquellos mensajes había sido profetizada también la enorme masacre del siglo XX, el siglo del más grande martirio cristiano durante el cual se habría llegado hasta a golpear al Papa. El atentado contra él aconteció justamente un 13 de mayo, que es exactamente la fiesta de la Virgen de Fátima.

La extraordinaria coincidencia no fue considerada casual por Juan Pablo II que consideró que fue salvado justamente por la Virgen de Fátima en cuya corona quiso hacer engastar, como exvoto, una de las balas que lo golpearon. Justamente en los días pasados la Santa Sede ha hecho saber que sor Lucía, la última de los videntes portugueses, reconoce como completa la revelación de los secretos hecha el año pasado por el Papa. Para los cristianos la indefensa muchacha de Nazaret, la adolescente que en Belén parió a Jesús en condiciones humanamente durísimas, proclamada reina del cielo y de la tierra, ha ejercido y ejercita un influjo excepcional sobre la historia humana para conjurar resultados trágicos. El hecho que sus apariciones públicas se hayan concentrado en los dos últimos siglos significa que los peligros han aumentado y se han agravado con el fin de la cristiandad y el enorme crecimiento de la potencia de los hombres sobre el cosmos.

Y es en estos últimos años especialmente siempre según los cristianos cuando su intervención visible y apesadumbrada para salvar a la humanidad de la ruina se ha hecho más fuerte y visible. Siempre en 1981, de hecho, exactamente un mes después de aquel atentado contra el Papa que cumplía la profecía de Fátima, se iniciaron las apariciones de Medjugorje, un pueblecito de Bosnia-Herzegovina, entonces aún bajo el régimen comunista yugoslavo. La misma Virgen ha explicado que intentaba cumplir en Medjugorje aquello que había iniciado en Fátima. Y es emocionante leer el mensaje en el cual pide una novena de oraciones y ayuno para que con vuestra ayuda se realice todo aquello que quiero realizar según los secretos iniciados en Fátima. Os invito, queridos hijos, a comprender la importancia de mi venida y la seriedad de la situación. Era el 25 de agosto de aquel 1991 que pocas semanas después, el día de Navidad, vería pulverizarse la URSS sin derramamiento de sangre.

Se trata de apariciones aún no reconocidas oficialemente por la Iglesia si bien porque todavía están produciéndose. Precisamente por la duración se trata de un fenómeno absolutamente único en la historia cristiana, porque nunca se supo de una presencia de María tan asidua y continuada. Los muchachos a los se apareció la Virgen aquel 24 de junio de 1981 tenían 15-16 años. En aquel tiempo debieron sufrir no pocas intimidaciones y persecuciones de parte del régimen comunista. Hoy son todos adultos, han estudiado, se han graduado, tienen familias e hijos. Son personas del todo normales, afables, simpáticas, inteligentes. Son personas totalmente normales, afables, simpáticas, inteligentes. En el entre tanto aquel pueblecito perdido de Bosnia se ha convertido en la más extraordinaria meta de peregrinación de la cristiandad. Millones de personas alcanzan todos los años aquella meta ante la indiferencia de los medios de comunicación. Es un fenómeno excepcional (justo hace pocos días en Milán 15.000 han ido a escuchar a una de las videntes, un número altísimo de los cual bien pocos periódicos hecho eco).

Los muchachos estuvieron expuestos a varios experimentos científicos durante las apariciones y todos han revelado que sucede cualquier cosa inexplicable. Pero hay otro hecho que acredita las apariciones. La Virgen desde sus primeras palabras, con su habitual estilo discreto y dulce, pidió a los muchachos oraciones por la paz. Pero hay otro hecho que acredita las apariciones. Era un tiempo en que nada parecía amenazar la paz en Bosnia. De allí a pocos años se comprendió todo. Precisamente en aquella tierra de hecho estalló la más sangrienta guerra que se vio en Europa desde el final de la II guerra mundial.

A los muchachos, que continúan teniendo las apariciones, se les confiaron diez secretos que tienen que ver con toda la humanidad. En ellos resultaría claro el plan de María para la salvación del mundo como dice el padre Livio Fanzaga, director de Radio María. Padre Livio ha entrevistado largamente hace poco a Mirjana Dragicevic, una de las videntes, 36 años, graduada en ingeniería agraria, casada con dos hijas. Mirjana de hecho ha recibido los diez secretos, sabe qué son, cuándo y dónde se realizarán, y tiene la misión de comunicarlo a un fraile capuchino escogido por ella con diez días de anticipo. El fraile deberá anunciarlo al mundo tres días antes de que se verifiquen. El objetivo de la Virgen dice Mirjana es salvar a todos, invitando a todos a conocer el amor de su Hijo y entregar el propi ocorazón a él. De estos secretos sabemos sólo que el tercero habla de un signo inequívoco y bello de su presencia que la Virgen dejará sobre la colina de la primera aparición. El séptimo por el contrario parece que es muy dramático, pero Mirjana insiste en que no hay que tener miedo. Quien tiene al Señor en el primer puesto de su corazón no tiene nada que temer. Al final llegará el tiempo de la paz, anuncia con seguridad Mirjana. La Virgen de hecho se presentó en Medjugorje con el título de Reina de la Paz. No se sabe cuándo acontecerá todo. Pero según el padre Livio, que ha dedicado a Medjugorje una serie de libros y que con su radio (escuchadísima), sigue desde hace años el desarrollo de los eventos, los hechos del 11 de septiembre podrían ser el inicio del discurrir de Medjugorje (por cierto sobre las Torres Gemelas estaban también los potentes repetidores de Radio María, que difundían los mensajes de Medjugorje). El padre Livio considera que el peligro planetario poodría estar representado precisamente por un terrorismo preparado para devastar el mundo con armas de destrucción masiva.

Del resto se intuye que en estos meses hay algo nuevo que carga el corazón del Papa. Para quien sigue sus intervenciones es evidente que divisa algo oscuro en el horizonte. En octubre del 2000, concluyendo el gran Jubileo, renovó la consagración de la tierra al corazón inmaculado de María diciendo que estamos en una encrucijada entre transformar la tierra en un lugar de ruina o hacer de ella un jardín. Y en sus intervenciones recientes habla abatido de una hora oscura que ha llegado.

A la luz de estos antecedentes adquiere claramente otro significado la jornada de ayuno y oración por la paz querida por el Papa, considerado el hecho de que desde hace veinte años la Virgen de Medjugorie ha pedido exactamente y sólo esto: ayuno y oración por la paz. María nos da la posibilidad de ponernos a salvo explica el padre Livio pero urge convertirse.

Naturalmente se puede juzgar con indiferencia e incredulidad todo esto. Sin embargo antes es aconsejable dar una lecturar al volumen, apenas aparecido, Gli occhi di Maria, en el que Vittorio Messori reconstruye la colocación histórica y geográfica de las apariciones de María desde los años de la Revolución francesa, la gran devastadora de la cristiandad. Siempre, en anticipo o en concomitancia con los acontecimientos más terribles, María se ha aparecido para confortar a los cristianos y ponerlos en guardia, pero también para conjurar las peores tragedias. Se empieza con las apariciones en los años del Terror jacobino reconstruidas en el libro por Rino Cammilleri en particular un fenómeno inexplicable afectó al mismo Napoleón. Un 11 de febrero. El mismo día en el cual se aparecería la primera vez en Lourdes. Es sólo una de las tantísimas, impresionantes coincidencias de fechas señaladas por Messori. Y después Fátima, cuya última aparición, el 13 de octubre, con el prodigio del sol que gira, es casi concomitante con la revolución bolchevique. Y después la aparición de Banneaux de 1933, concomitante con el ascenso al poder de Hitler. Las apariciones de Kibeho, en Ruanda, donde no se ha podido conjurar uno de los más terribles genocidios de los últimos decenios. Cada vez aquello que afecta y conmueve es como dicen los videntes -su cuidado de madre. El realizarse o menos de los "secretos" de Medjugorje nos dirá si verdaderamente en aquel pueblecito bosnio acaeció lo que millones de cristianos creen. Se puede ser cristiano o no serlo. Pero, más allá de Medjugorje, quien es cristiano permanece de todas formas seguro de que María obra concreta e incansablemente por el bien de todo ser humano y de la humanidad entera. Si aquella muchacha de Nazareth es "la reina del cielo y de la tierra" no hay que sorprenderse que tenga tanto poder sobre la historia humana.

martes, 25 de diciembre de 2007

Despierta, hombre: por ti Dios se ha hecho hombre

"Se llama día del nacimiento del Señor, cuando la sabiduría de Dios se mostró como un niño, y la palabra de Dios sin palabras profirió la voz de la carne. Sin embargo aquella oculta divinidad, e indicada más al cielo como testigo, y a los pastores con voz angélica fue anunciada. Así pues celebramos con anual solemnidad este día, en el cual se cumplió la profecía que dice: "La verdad de la tierra salió, y la justicia del cielo miró". La verdad que está en el regazo del padre, de la tierra salió, para estar en el regazo de la madre. La verdad en la que el mundo es contenido, de la tierra salió, para ser llevada por manos femeninas. La verdad en la que la felicidad de los ángeles incorruptiblemente es alimentada, de la tierra salió, para ser amamantada por pechos carnales. La verdad a la cual el cielo no basta, de la tierra salió, para ser puesto en el pesebre. ¿Para bien de quién en tanta humildad vino tanta sublimidad? De ninguno ciertamente para el suyo; pero para nuestro gran bien, si creemos. Despierta, hombre: por ti Dios se ha hecho hombre. "Levántate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo". Por ti, digo, Dios se hizo hombre. Para la eternidad habrías muerto, si en el tiempo Él no hubiera nacido. Nunca serías liberado de la carne de pecado, si Él no hubiera tomado la semejanza de carne de pecado. Te poseería la perpetua miseria, si no se hiciera esta misericordia. No habrías vuelto a la vida, si no hubiera acudido a tu muerte. Habrías fallado, si Él no hubiera venido en socorro. Habrías perecido, si Él no hubiera venido".

San Agustín de Hipona, Sermón 185,1 (original en latín; traducción mía)

domingo, 23 de diciembre de 2007

Un misterio que alarma al Papa...

¿Un desgarro sobre nuestro futuro próximo?

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

en “Libero”, 14 diciembre 2007

Es sorprendente recibir una confirmación tan clamorosa y oportuna por otra autoridad como el cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, y estrecho colaborador del Papa. El pasado sábado, en esta columna, había señalado un “detalle” alarmante contenido en la recientísima encíclica pontificia “Spe salvi”: la mención del Anticristo, por medio de una cita de Immanuel Kant. Es bastante raro hoy, en el mundo católico, sentir hablar de este terrible personaje profeitzado en el Nuevo Testamento. Sorprende aún más ver evocarlo, en relación a los tiempos presentes, en un documento solemne como una encíclica y por un papa tan riguroso, tranquilo y culto como Benedicto XVI.

En el artículo del sábado había recordado que ya el 27 de febrero pasado, en el más estricto entorno papal, se había reflexionado con el Pontífice sobre aquella inquietante profecía, durante los ejercicios espirituales predicados por el cardenal Biffi que citó “El relato del Anticristo” de Vladimir Solovev. En resumidas cuentas yo había recordado que el mismo Ratzinger, de cardinal, en un memorable discurso hecho en Nueva York y en Roma, había citado aquellas páginas.

Pero las palabras pronunciadas por el cardenal Dias siempre el pasado sábado, después publicadas por el Osservatore romano (hecho significativo), son las más clamorosas. El prelado estaba haciendo su homilía en el santuario de Lourdes “para inaugurar, como enviado del Papa, el Año celebrativo del 150 aniversario de las apariciones”. Se trata de las apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous que empezaron el 11 de febrero de 1858.

En la solemne circunstancia el enviado del Papa ha llevado “el saludo muy cordial de Su Santidad” y después ha dicho: “La Virgen ha bajado del Cielo como una madre muy preocupada por sus hijos... Se apareció en la Gruta de Massabielle que en la época era una charca donde pastaban los marranos y es precisamente allí donde quiso hacer surgir un santuario, para indicar que la gracia y la misericordia de Dios superan la miserable charca de los pecados humanos. En el lugar vecino a las apariciones, la Virgen hizo surgir un manantial de agua abundante y pura, que los peregrinos beben y llevan al mundo entero significando el deseo de nuestra tierna Madre de hacer llegar su amor y la salvación de su Hijo hasta el extremo de la tierra. Finalmente, de esta Gruta bendita la Virgen María lanzó una llamada urgente a todos para orar y hacer penitencia y así obtener la conversión de los pobres pecadores”.

El cardenal ha encuadrado estas apariciones en el “contexto de la lucha permanente, y sin exclusión de golpes, entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal”. Una lucha que parece llegada, en nuestra generación, al epílogo final, preparado por la “larga cadena de apariciones de la Virgen” en la modernidad, iniciadas “en 1830, en Rue du Bac, en París, donde fue anunciada la entrada decisiva de la Virgen María en el corazón de las hostilidades entre ella y el demonio, como es descrito en los libros del Génesis y del Apocalipsis”.

Es un verdadero fresco de teología de la historia el trazado por el cardenal que invoca también a Fátima y –considero- Medjugorje: “Después de las apariciones de Lourdes, la Virgen no ha dejado de manifestar en el mundo entero sus vivas preocupaciones maternas por la suerte de la humanidad en sus diversas apariciones. Por doquier, ha pedido oraciones y penitencias por la conversión de los pecaores, porque preveía la ruina espiritual de ciertos países, los sufrimientos habría sufrido, el debilitamiento general de la fe cristiana, las dificultades de la iglesia, la venida del Anticristo y sus tentativas para sustituir a Dios en la vida de los hombres: intentos que, a pesar de sus éxitos resplandecientes, están destinados sin embargo al fracaso”.

Es una frase breve, pero fulgurante esta del prelado: la Virgen se ha aparecido tan frecuentemente en este tiempo “porque preveía” una gran apostasía de la fe, las persecuciones a la Iglesia, el sufrimiento del Papa y –textualmente– “la venida de Anticristo”.

Es una frase rompedora que se volvió a hacer, evidentemente, en las palabras pronunciadas por la Virgen en alguna de las apariciones citadas.

Así el enviado del Papa, hablando de nuestro tiempo, evoca de nuevo y públicamente el Anticristo a pocos días de la publicación de la encíclica. En el Nuevo Testamento esta figura no se sitúa necesariamente al fina de los tiempos. Jesús mismo preanuncia la llegada de “falsos cristos y falsos profetas” capaces de “inducir a error, incluso a los elegidos” y profetiza “una gran tribulación”, nunca vista tan terrible en la historia humana (Mt 24,24). San Pablo explica que se verificará la “apostasía” (2 Tes 2,3), o bien el abandono de Dios y de la Iglesia, por consiguiente explotará “la manifestación del hombre inicuo”, “el hijo de la perdición”, aquel que “en la potencia de Satanás… se opone a Dios” hasta sentarse “en el templo de Dios, señalándose a sí mismo como Dios” (2 Tes 2, 3-4).

Es un dominio casi total del Mal sobre la tierra lo que viene aquí preconizado. No se sabe cómo, cuándo y por cuánto. Un escenario de horror y de maldad que hiela la sangre. Los teólogos discuten si es un individuo concreto que viene preanunciado o un sistema di potencias. Pero sorprende en estas semanas sentir evocarlo con tanta insistencia desanimada por la Santa Sede, evidentemente también en fuerza de “informaciones” (que Oltretevere se conocen y se valoran) provenientes de “fuentes” especiales, como precisamente los mensjaes de las apariciones marianas, de místicos y de revelaciones privadas. Estos pronunciamientos públicos muestran con cuánta alarma en el Vaticano se mira a los acontecimientos mundiales. Por lo demás es dramático también el mensaje pontificio para la Jornada de la paz del 1 de enero próximo, donde se advierte de las devastaciones morales (de las familias y de la vida) y materiales (por ejemeplo con los inmensos riesgos de la carrera de armas nucleares).

El cuadro es oscurísimo. Pero la Santa Sede no es una entidad política y no valora la situación con una mirarda sobre el terreno. De hecho hay la certeza de poder contar con una ayuda “superior”. El cardenal Dias en la clamorosa homilía del sábado explicaba: “Aquí, en Lourdes, como por todas partes en el mundo, la Virgen María está tejiendo una inmensa red en sus hijos e hijas espirituales para lanzar una fuerte ofensiva contra las fuerzas del Maligno en el mundo entero, para encerrarlo y preparar así la victoria final de su divino Hijo, Jesucristo. La Virgen María hoy nos invita una vez a formar parte de su legión de combate contra las fuerzas del mal”.

El prelato repite –por si no queda claro– que “la lucha entre Dios y su enemigo es siempre rabiosa, incluso más hoy que en el tiempo de Bernadette, hace 150 años” y “esta batalla causa innumerables víctimas”. Así pues revela palabras –quizá inéditas– pronunciadas por el cardenal Karol Wojtyla el 9 de noviembre de 1976, pocos meses antes de ser elegido Papa: “Nos encontramos hoy frente al más grande combate que la humanidad haya visto nunca. No pienso que la comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente. Estamos hoy ante la lucha final entre la Iglesia y la Anti-Iglesia, entre el Evangelio y el Anti-Evangelio”.

Palabras clamorosas. Una confirmación ulterior. Parece evidente que el Vicario de Cristo y sus más estrechos colaboradores conocen algo más y desean preparar a los cristianos a aquella “lucha final”. Sus repetidas apelaciones a responder a la llamada de la Virgen son ya suficientes para reflexionar seriamente sobre lo que está sucediendo y que sucederá en la Iglesia y en el mundo. Un futuro próximo que nosotros no conocemos, pero que, explica Dias, será victorioso gracias a María. Como ella misma anunció en Rue du Bac: “El momento vendrá, el peligro será grande, todo parecerá perdido. Entonces yo estaré con vosotros”.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Un detalle impresionante...

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En "Libero", 8 diciembre 2007

Si se lee con atención la encíclica...


Hay un personaje inquietante y apocalíptico que Benedicto XVI evoca, por sorpresa, en la reciente encíclica “Spe salvi”: el Anticristo. Realmente el papa no cita directamente este oscuro sujeto que es dramáticamente preanunciado hasta por el Nuevo Testamento, pero lo introduce a través de una cita de Immanuel Kant que da cierta impresión releer en estos tiempos en los cuales Europa parece en guerra contra la Iglesia, a menudo instrumentalizando algunos grupos sociales (como los inmigrantes musulmanes o las mujeres o los homosexuales) para erradicar las raíces cristinas y para limitar la libertad de los católicos y de la Iglesia. Escribía Kant: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo [...] inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo). A continuación, no obstante, puesto que el cristianismo, aun habiendo sido destinado a ser la religión universal, no habría sido ayudado de hecho por el destino a serlo, podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas”.

El Papa subraya justamente esta posibilidad apocalíptica que es apuntada por Kant según el cual el abandono del cristianismo y la guerra al cristianismo podrían llevar a un fin no natural, “perverso”, de la humanidad, a una suerte de autodestrucción planetaria, sea en sentido moral en sentido material (y tal horror, por otra parte, está hoy en las posibilidades técnicas de la humanidad). Siendo la encíclica un texto muy riguroso y ponderado, hay que excluir que Benedicto XVI haya invocado al Anticristo y el “fin de la humanidad” por casualidad.

Su pensamiento por otra parte está del todo lejano de sugestiones milenaristas, hay por tanto que creer que si vuelve a llamar sobre estos temas divisa verdaderamente en nuestro tiempo un enfrentamiento dramático y mortal entre Bien y Mal. Además de todo ya en una reciente ocasión ha sido evocada y bien meditada, en el Vaticano, la figura del Anticristo. Acaeció este año, el 27 de febrero, en los ejercicios espirituales predicados al Papa por el cardenal Biffi (imagino que los temas hayan sido concordantes): se meditó justamente sobre la profecía del Anticristo (ver “Le cose di lassù”, ed. Cantagalli). Biffi ha citado de hecho el “Relato del Anticristo” de Vladimir Solovev escrito en la primavera de 1900, como aviso al siglo XX que estaba en los albores. En aquellas páginas el personaje apocalíptico era elegido “Presidente de los Estados Unidos de Europa” y después aclamado emperador romano.

“Donde la exposición de Solovev se demuestra particularmente original y sorprendente y merece más reflexión profunda” explica Biffi “es en la atribución al Anticristo de las cualidades de pacifista, de ecologista, de ecumenista”. Prácticamente un campeón perfecto de lo políticamente correcto. He aquí las palabras de Solovev: “El nuevo dueño de la tierra era ante todo un filántropo, lleno de compasión no sólo amigo de los animales. Personalmente era vegetariano… Era un convencido espiritualista”, creía en el bien e incluso en Dios, “pero no amaba más que a sí mismo”.

En sustancia esta figura –la antagonista de Jesucristo– si presentaría, según una antigua tradición, con los aspectos más seductores, una imitación de los “valores cristianos”, en realidad vuelto contra Jesucristo, aquellos que hoy acarician el sentido común. El Anticristo de este relato de hecho truena: “¡Pueblos de la tierra! Yo os he prometido la paz y os la he dado. Cristo ha traído la espada, o traeré la paz”. Palabras en las cuales muchos sienten resonar aquella acusación al cristianismo (que sería causa de intolerancia y conflictos) hoy tan difundida. No obstante se equivocaría reteniendo que el Papa estigmatiza sólo y simplemente el anticristianismo que se extiende a causa del laicismo, aunque tan agresivo y peligroso. Hay mucho más en sus pensamientos. Justamente Ratzinger, de cardenal, en una memorable conferencia en Nueva York, el 27 enero 1988, ante un auditorio ecuménico, sobre todo de teólogos, citó el mismo relato de Solovev empeznado así: “En el ‘Relato del Anticristo’ de Vladimir Solovev, el enemigo escatológico del Redentor se recomendaba a sí mismo a los creyentes, enre otras cosas por el hecho de haber conseguido el doctorado en teología en Tubinga y haber escrito un trabajo exegético reconocido como pionero en aquel campo. ¡El Anticristo un famoso exegeta!”.

Este discurso fue repetido por el cardenal también en Roma, ante una platea de teólogos católicos. Muchos, en aquellas plateas, encontraron seguramente “provocativa” esta citación, aunque sea manifiesta con la calma típica de Ratzinger que exhorta a todos, siempre, a reflexionar. Ella sin embargo expresa la consciencia del actual pontífice –y antes que él de Pablo VI y de Juan Pablo II– que el peligro no viene sólo del exterior, de una cultura adversa y de fuerzas anticristianas, sino también del interior, de “un pensamiento no católico” que se extiende en la misma cristiandad, como denunció con palabras dramáticas Pablo VI cuando llegó a hablar del “humo de Satanás” dentro del templo de Dios.

Que en la Iglesia, especialmente en los últimos pontífices, se ha difundido la sensación de vivir en los tiempos apocalípticos (no necesariamente “el fin de los tiempos”, sino quizá los tiempos del Anticristo) aparece evidente por tantos pronunciamientos suyos. Además hace reflexionar, tamibén en el Vaticano, la gran cantidad de “avavisos” sobrenaturales, que van en tal sentido, contenidos en “revelaciones privadas” a santos y místicos y en apariciones de estos decenios: en alguna de ellas se afirma incluso que el Anticristo sería un eclesiástico de este tiempo (un “pastor ídolo” que trastocará la vida de la Iglesia), pero es una imagen que muchos interpretan como referida a un “pensamiento non católico” dentro de la Iglesia, fenómeno que en efecto es bien desastrosamente visible. Da un cuadro razonado e iluminante de todo esto el padre Livio Fanzaga en el volumen, apenas salido, “Profezie sull’Anticristo” (Sugarco). Un cuadro precioso para comprender el sentido y la preocupación de tantas intervenciones pontificias. Angustiadas sea por las suertes de la fe que por las suertes de la humanidad.

La particular atención de la Santa Sede a Italia es debida al hecho de que el peso de los católicos ha dado –como ha subrayado el Papa mismo- la señal de una inversión de tendencia respecto a la devastación anticristiana y nihilista del resto d’Europa. Es decir la Iglesia apuesta por Italia para volver a llevar a Europa a sus raíces cristianas y a la fe. Por eso alarma fuertemente que en estos días, en el Palacio de la política, se intente a hurtadillas -con la connivencia de algunos católicos- reintroducir un “delito de opinión referido a la tendencia sexual” (como lo define “Avvenire”) que abre el camino a la “desmoralización” del Pueblo y mañana podría amenzar fuertemente la misma libertad de la Iglesia de enseñar su moral. Además de todo tales limitaciones a la libertad de pensamiento y de palabra pretende ser una ideología libertaria, paradoja que hace reflexionar amargamente más allá del Tíber, donde estos chirridos son percibidos como peligrosas advertencias antes de un posible derrumbe.

¿Qué significa la bellísima encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza?

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

En “Libero”, 1 diciembre 2007

Un texto bellísimo que leer y meditar…

Una bomba. Es la nueva encíclica de Benedicto XVI, “Spe salvi” donde no hay ni una cita del Concilio (elección de enorme significado), donde finalmente se vuelve a hablar del Infierno, del Paraíso y del Purgatorio (incluso del Anticristo, aunque sea en una cita de Kant), donde se llaman los horrores con su nombre (por ejemplo “comunismo”, palabra que en el Concilio fue prohibida pronunciar y condenar), donde en lugar de guiñar el ojo a los poderosos de este mundo rememora el consumidor testimonio de los mártires cristianos, las víctimas, donde barre la retórica de las “religiones” afirmando que uno solo es el Salvador, donde se indica a María como “estrella de esperanza” y donde se muestra que la fe ciega en el (solo) progreso y en la (sola) ciencia lleva al desastre y a la desesperación.

Benedicto XVI, del Concilio, no cita ni siquiera la “Gaudium et spes”, a pesar de que tenía en el título la palabra “esperanza”, sino que disipa justamente el equívoco desastrosamente introducido en el mundo católico por esta que fue la principal constitución conciliar, “La Iglesia en el mundo contemporáneo”. El Papa invita de hecho, en el n. 22, a “una autocritica del cristianismo moderno”. Especialmente sobre el concepto de “progreso”. Para decirlo con Charles Péguy, “el cristianismo no es la religión del progreso, sino de la salvación”. No es que el “progreso” sea cosa negativa, muchísimo debe al cristianismo como demuestran también libros recientes (pienso en los de Rodney Stark, “La vittoria della Ragione” y de Thomas Woods, “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental”). El problema es la “ideología del progreso”, su transformación en utopía.

El problema grave de la “Gaudium et spes” y del Concilio fue el cambiar la virtud teologal de la “esperanza” en la noción mundanizada de ”optimismo”. Dos cosas radicalmente antitéticas, porque, como escribía Ratzinger, de cardinal, en el libro “Guardare Cristo”: “el objetivo del optimismo es la utopía”, mientras que la esperanza es “un don que nos ha sido dado y que esperamos de aquel que sólo puedo regalarlo de verdad: de aquel Dios que ya ha construido su tienda en la historia con Jesús”.

En la Iglesia del post-Concilio el “optimismo” se convierte en un nuevo superdogma. El peor pecado fue el de “pessimismo”. A ello contribuyó también el “ingenuo” discurso de apertura del Concilio hecho por Juan XXIII, el cual, en el siglo de la más grande masacre de cristianos de la historia, veía las cosas de color de rosa y la tomaba con los así llamados “profetas de desventura”: “En las actuales condiciones de la sociedad humana” decía “ellos no son capaces de ver otra cosa que ruínas y problemas; van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, resultan del todo peores; y llegan al punto de comportarse como si no hubiera nada que aprender de la historia... A Nos nos parece que debemos resueltamente disentir de esos profetas de desventura, que anuncian siempre lo peor, como si ocurriese el fin del mundo”.

Roncalli fue considerado, por la apologética progresista, depositario de un verdadero “espíritu profético”, cosa que se negó –por ejemplo– a la Virgen de Fátima la cual en cambio, en 1917, ponía en guardia de horribles desgracias, anunciando la gravedad del momento y el peligro mortal representado por el comunismo que llegaba (después de tres meses) a Rusia. Se verificó de hecho un océano de horrores y de sangre. Pero 40 año después, en 1962, alegremente – mientras el Vaticano aseguraba a Moscú que en el Concilio no sería condenado explícitamente el comunismo se “condenaban” a miles vejaciones a santos como padre Pío –Juan XXIII anunció públicamente que la Iglesia del Concilio prefería evitar “condenas” porque aunque “no faltaban doctrinas falaces... ahora los hombres por sí mismos parece que sean propensos a condenarlos”.

Y de hecho de allí a poco se dio el máximo de la expansión comunista en el mundo, no sólo con regímenes que iba desde Trieste a China y después Cuba e Indocina, sino con la explosion del ’68 en los países occidentales que durante decenios fueron devastados por las ideologías del odio. Pocos años depués del final del Concilio Pablo VI hacía el trágico balance, para la Iglesia, del ”profetico” optimismo roncalliano y conciliar: “Se creía que después del Concilio vendría una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Vino por el contrario una jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre... La apertura al mundo se convirtió en una verdadera y propia invasión del pensamiento secular en la Iglesia. Hemos sido quizá demasiado débiles e imprudentes”, “la Iglesia está en un difícil periodo de autodemolición”, “pr alguna parte el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios”.

Por esta leal admisión, el mismo Pablo VI fue aislado como “pesimista” por el establishment clerical para el cual la religión del optimismo “hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción” (además de hacer olvidar la enormidad de los peligros que cargan sobre la humanidad y dogmas tales como el pecado original y la existencia de Satanás y del infierno). Ratzinger, en el libro citado, tiene palabras de fuego contra esta sustitución de la “esperanza” por el “optimismo”. Dice que “esto optimismo metódico era producido por aquellos que deseaban la destrucción de la vieja Iglesia, con el manto de cobertura de la reforma”, “el público optimismo era una specie de tranquilizante… con el objetivo de crear el clima adaptado a descomponer posiblemente en paz la Iglesia y adquirir así dominio sobre ella”.

Ratzinger ponía también un ejemplo personal. Cuando explotó el caso de su libro entrevista con Vittorio Messori, “Informe sobre la fe”, donde se ilustraba claramente la situación de la Iglesia y del mundo, fue acusasdo de haber hecho “un libro pesimista. Por algunas partes” escribía el cardenal “se intentó incluso prohibir la venta, porque una herejía de esta magnitud simplemente no podía ser tolerada. Los detentadores del poder de opinión pusieron el libro en el índice. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe pecado peor contra el espíritu de la época que el convertirse en reos de una falta de optimismo”.

Hoy Benedicto XVI, con esta encíclica de pensamiento (que revaloriza por ejemplo los “frankfurtianos”), finalmente pone en solfa el mantecoso “optimismo” roncalliano y conciliare, aquel ideologismo facilón y conformista que ha hecho arrodillar a la Iglesia ante el mundo y la ha entregado a las más tremendas crisis de su historia. Así la crítica implícita no va más sólo al post concilio, a las “malas intrepretaciones” del Concilio, sino también a algunos planteamientos del Concilio. Del resto ya un teólogo del Concilio come fue Henri de Lubac (por otra parte citado en la encíclica) escribía a propósito de la Gaudium et spes: “se habla aún de ‘concepción cristiana’, pero bien poco de fe cristiana. Toda una corriente, en el momento actual, busca enganchar la Iglesia, por medio del Concilio, a una pequeña mundanización”. E incluso Karl Rahner dijo que el “esquema 13”, que se convertiría en la Gaudium et spes, “reducía el alcance sobrenatural del cristianismo”. ¡Incluso Rahner! Ratzinger vivió el Concilio: es el autor del discurso con el cual el el cardinal Frings demolió el viejo S. Oficio que no pocos daños había hecho. Y hoy el pontificado de Benedicto XVI se está calificando como la clausura de la estación oscura que, haciendo acopio de las cosas buenas del Concilio, nos devuelve la belleza bimilenaria de la tradición de la Iglesia. No por casualidad en la encíclica no es citado el Concilio, pero están S. Pablo y Gregorio Nazianceno, S. Agustín y S. Ambrosio, S. Tomás y S. Bernardo. Una encíclica bella, bellísima. También poética, que habla al corazón del hombre, a su soledad y a sus deseos más profundos. Es aconsejable leerla y meditarla atentamente.

Scott Hann - La Misa está en el Apocalipsis

La Eucaristía es sacrificio (y III)

La Eucaristía es sacrificio (II)

La Eucaristía es sacrificio (I)

¿El cristianismo es digno de amor?

Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

Muchos alrededor de nosotros rechazan el cristianismo y algunas veces advertimos que lo hacen con buena intención, porque no lo encuentran una verdadera ayuda para la vida. Más de una vez el papa en la nueva encíclica (ver entradas anteriores) señala este rechazo. “Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo”: así escribe en el número 10. En otro pasaje señala la sordera de los post-cristianos al Dios de los Evangelios: “Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible” (número 3). Pero quizá su idea la expresa mejor que de cualquier otro modo con una cita de Kant, en el número 19: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él”. Ahora me alejo de la encíclica y pregunto: ¿nuestro cristianismo es digno de ser amado? Bien sabemos que “sólo el amor es creíble” (von Balthasar). Pero quizá deberíamos reconocer que nuestro modo de señalarlo no resulta convincente. ¿O es necesario que la humanidad europea se aleje todavía del fuego evangélico y se dé cuenta del gran frío para que vuelva a verlo digno de amor?

Si nos pareceremos al niño

Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

Estaba en el coche ayer a mediodía cuando he escuchado al papa Benedicto que decía: "En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad". Palaras transparentes. Feliz yo de oírlo. Aclaraban todo. El dicho de Jesús "si no os hacéis como niños" y la máxima de Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán del amor".

¿Es De Lubac el inspirador de la crítica benedictina?

Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

Creo que he encontrado al inspirador de la autocrítica del cristianismo moderno propuesta por Benedicto con la nueva encíclica (ver las dos entradas anteriores): es Henri de Lubac. En la introducción a Catolicismo (citado por el papa Ratzinger en la nota 10 de la encíclica) él escribía así en 1937: "Se nos reprochará ser individualistas también a nuestro pesar, a causa de la lógica de nuestra fe, cuando en realidad el catolicismo es esencialemente social. Sin embargo, ¿no es también un poco culpa nuestra si un tal malentendido ha podido nacer y ha echado raíces, y si aquel reproche está tan difundido?" (p. 9 de las ediciones Studium de 1964). Y he aquí un pasaje de la encíclica, en el número 16, bajo el titulito "La transformación de la fe-esperanza cristiana en el tiempo moderno", que recuerda las palabras del teólogo francés: "¿Cómo ha podido desarrollarse la idea de que el mensaje de Jesús es estrictamente individualista y dirigido sólo al individuo? ¿Cómo se ha llegado a interpretar la « salvación del alma » como huida de la responsabilidad respecto a las cosas en su conjunto y, por consiguiente, a considerar el programa del cristianismo como búsqueda egoísta de la salvación que se niega a servir a los demás? Para encontrar una respuesta a esta cuestión hemos de fijarnos en los elementos fundamentales de la época moderna. Estos se ven con particular claridad en Francis Bacon...". Por tanto objeto central de la autocrítica benedictina no es el Vaticano II y el conectado catolicismo dialogante como ha hipotizado por ejemplo Antonio Socci, si se trata -literalmente- de una cuestión formulada un cuarto de siglo antes del comienzo de aquel concilio.

Cristianismo moderno: ¿dónde está el error?

Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

Vamos a ver la pregunta sobre qué quería proponer el papa con la invitación a desarrollar una autocrítica del cristianismo moderno (ver entrada anterior): por qué en la encíclica él que no esboza la autocrítica y no encontramos precedentes explícitos en las publicaciones del cardenal Ratzinger. Cinco días de reflexiones me han llevado a formular estos cinco puntos firmes: 1. dice "cristianismo" y no Iglesia católica y tampoco Iglesias cristians, o Santa Sede u otro sujeto histórico preciso; creo por tanto que se debe mirar lo más ampliamente psoible a todo el mundo cristiano y al conjunto de sus manifestaciones; 2. dice "cristianismo moderno" y no "contemporáneo", o "ecuménico", o "de los últimos dos siglos"; deduzco de ello que también históricamente optó por el campo amplio; 3. en la indicación de personajes y cuestiones parte de Francis Bacon: quizá quiere decirnos que debemos mirar a la entera modernidad entendida en el sentido más amplio; como queriendo decir que deberemos tener presente el último medio milenio; 4. como temas de la autocrítica señala la reducción de la esperanza a la perspectiva individual y ultraterrena, la concentración exclusiva del empeño cristiano en la formación de las personas y sobre las virtudes: deberemos por tanto llevar las indagaciones sobre orientaciones de lejos perseguidas por todo el mundo cristiano; 5. habría que esclarecer en conclusión toda posibilidad de indivuduar un objetivo aproximado y particular de la autocrítica, como el "espíritu conciliar", o la "elección religiosa" de la Acción católica, o la espiritualidad del clero y de los religiosos tal como se llegó a determinar a continuación de las limitaciones disciplinarias tras la crisis modernista, o las orientaciones del mismo modernismo. Debemos mirar por tanto ampliamente y andar mucho para recoger el espíritu de la propuesta del papa. El mundo empujaba a los cristianos a ocuparse de los destinos individuales de las personas y los cristianos -casi sin darse cuenta de ello- se movieron en aquella dirección. Por ejemplo -como decía el profesor Arsenio Frugoni cuando yo frecuentaba sus lecciones de Historia medieval en la Sapienza- si un muchacho practicante de veinte años hubiera consultado un manual de moral durante la segunda guerra mundial para saber qué decía el "cristianismo" para sus elecciones de vida, "habría encontrado un volumen entero sobre la moral sexual y media página sobre la guerra". Es sólo un ejemplo, pero un ejemplo claro de repliegue de los destinos colectivos a los individulaes, de concentración sobre la salvación ultraterrena y de olvido de la dimensión social del dogma. La misma opción habían realizado todas las Iglesias y desde hacía tiempo. Lo indico como una línea roja para la investigación.

Benedicto y la autocrítica del cristianismo moderno

Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

"Autocrítica del cristianismo moderno"
son las palabras para mí más inesperadas de la encíclica. Afirma que la reducción de la esperanza en época moderna -que se hizo evidente con la caída de las ideologías- reclama un pensamiento de parte del mundo secular y del cristiano: "Es necesario que la autocrítica de la edad moderna, que debe siempre aprender a comprenderse a sí mismo". La autocrítica cristiana debe concernir en particular al hecho que él -perseguido por el avance de la ciencia- se "concentró en gran parte sobre el individuo y su salvación" y "con esto ha reducido el horizonte de su esperanza y no ha reconocido tampoco suficientemente la grandeza de su cometido, si bien es importante lo que ha seguido haciendo para la formación del hombre y la atención de los débiles y de los que sufren". En otro pasaje de la encíclica el papa afirma que desde la apuesta de la humanidad moderna sobre la ciencia la fe "queda desplazada a otro nivel –el de las realidades exclusivamente privadas y ultramundanas–", y resulta así "irrelevante para el mundo". La autocrítica del cristianismo -por tanto- debería partir del rechazo de aquella irrelevancia y de la reivindicación del deber de ocuparse de la "historia universal" y de comunicar un mensaje no sólo relevante sino decisivo para la entera humanidad. No había encontrado nunca esta idea de una autocrítica del "cristianismo moderno" -quizá análoga a aquella del cristianismo antiguo desarrollada por el papa Wojtyla- en los escritos del cardenal Ratzinger y en los textos del papa Benedicto. No la entiendo completamente pero me atrae. En el primer comentario a esta entrada proporciono los cuatro textos en los cuales está formulado el concepto.

sábado, 15 de diciembre de 2007

"Spe salvi": Nada de cielo-nada de justicia


Luigi Accattoli (original en italiano; traducción mía)

"Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna": así dice Benedicto en la nueva encíclica. Sorprende siempre un Papa que dice "estoy convencido". Nos recuerda al libro sobre Jesús, donde había escrito: "Todo el mundo es libre de contradecirme". Aquellas tres líneas sobre la justicia me parecen las más originales de mensaje entero, leído en el revuelo de las discusiones redaccionales. "Valoramos sobre el infierno, no sobre el marxismo, no sobre la ciencia". Me han recordado a Franco Rodano que decía: "Si todo termina con la muerte ¿qué hay de los ajusticiados por error, de los esclavos crucificados a lo largo de la Via Apia, del hambre sufrida por generaciones de chinos?"

domingo, 9 de diciembre de 2007

“Spe salvi”. Pequeña guía para leerla con fruto

Sandro Magister (original en italiano; traducción mía)

Entre los comentarios a la encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza merece atención este que ha transmitido Francesco Arzillo, 47 años, romano, magistrado administrativo muy competente en filosofía y teología:
.

La encíclica “Spe salvi” es el acto más reciente del magisterio de Benedicto XVI, del cual representa una síntesis polifónica, de gran impacto espiritual, teológico, cultural.

Sorprende en primer lugar el estilo, muy personal, que expresa el simultáneo ofrecimiento del corazón y de la mente del Autor a la meditación de los lectores.

En lo que respecta al contenido, quisiera llamar la atención brevemente sobre tres perfiles que me parecen particularmente significativos.

Se trata ante todo de un gran fresco apologético: viene a continuación a la carta la invitación de Pedro a dar razón de la esperanza que hay en nosotros; de la esperanza que lleva consigo la capacidad de mostrar la fe y el amor auténticos, en su capacidad de transformar los corazones y la historia. Apologética orgánica, que muestra el cristianismo como un todo, en su núcleo vivo, y lo presenta como respuesta a la pregunta del hombre contemporáneo.

Esta pregunta no está eludida: a ella se presta sincera escucha. Y sin embargo el horizonte de sentido que se le ofrece es ampliamente excedente, porque germina de la inaudita Resurrección plantada en el corazón de la historia. Seria es la pregunta, seria es la inquietud. Pero seria es también la respuesta; y serio es el juicio sobre los corazones de los hombres y sobre su disponibilidad a acogerla.

Pero toda la encíclica es también una gran disertación, a un tiempo, de escatología y de teología de la historia, que ofrece muchísimos motivos de reflexión.

Metodológicamente, llama la atención el acoplamiento fluido, sobre la base patrística, de las reflexiones modernas (piénsese en la cita del Padre de Lubac); no dan en el blanco las críticas de quien lamenta una postura simplemente conservadora.

En cuanto al contenido, en ella se muestra un gran trabajo de cincel sobre temas debatidos desde hace decenios, y aquí llevada a una persuasiva clarificación.

Basta pensar en la cuidadosa fijación de la relación entre el “ya” y el “todavía no” en el párrafo 7.

O en la magnífica revalorización del tema del juicio, esbozado sobre un culmen delicadísimo, con la reproposición de los Novísimos, acompañada por un temor que no se convierte en terror y alimenta ulteriormente la alegría confiada.

O todavía en la revalorización del carácter comunitario de la esperanza cristiana.

O en la fijación en términos limpísimos, sin compromisos, de la antítesis entre las escatologías inmanentistas de la modernidad y la esperanza cristiana.

Y finalmente en el profundo análisis del papel del sufrimiento, del cual se evidencia el sentido de manera intensa y tranquila, sin caer en el dolorismo, sino incluso alejando definitivamente la ilusión de un cristianismo sin Cruz.

Importantes son también algunos pasajes sólo aparentemente secundarios: por ejemplo, la alusión, en el párrafo 5, al hecho de que la vida “no es un simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia” (punto importante, si se lee teniendo presentes las polémicas sobre las implicaciones del evolucionismo).

En el fondo, llo sfondo, incumbe la pregunta fundamental sobre el sentido de la historia; la respuesta no consiente mínimante en ninguna falsificación apocalíptica; el ésjatón se hace presente en el cotidiano, allí donde es acogido el mensaje del Reino de Dios. La mirada es positiva, no negativa: se trata del Dios de la vida, con el cual –solamente– podemos contar.

Ahí está al final la meta. Justamente la sección sobre la vida eterna es la más intensa; ahí se muestra un tercer perfil, que es el espiritual y místico. En el párrafo 12 el lector es cogido por un momento de sobresalto, cuando es invitado a meditar sobre el “momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe... Este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”.

Es esta la extrema oferta que la Iglesia puede hacer a todos los hombres de hoy: a los simples, y también a los pensadores que indagan en torno al misterio del ser: aceptar una propuesta que nos conduzca gratuitamente al fin, al puerto de la alegría, de una alegría sin medida.

Para esto el clásico, ritual cierre mariano adquiere aquí una tonalida incluso espiritualmente bastante intensa, donde María, “llena de santa alegría” es invocada cual “Stella maris”, como guía en el camino de la vida.

sábado, 8 de diciembre de 2007

«Spe salvi», la segunda encíclica de Benedicto XVI

Isabelle de GAULMYN, en Roma (original en francés; traducción mía)

La segunda encíclica del pontificado se hizo pública hoy. En la prolongación de "Deus caritas est", el Papa quiere volver a llevar a los católicos a los fundamentos de la fe

El secreto ha sido bien guardado: todo el mundo esperaba una encíclica «política» sobre la doctrina social de la Iglesia. Ahora bien, el Papa ha publicado el viernes 30 de noviembre un texto de tipo más teológico, sobre la esperanza. Como la primera, publicada al final de enero de 2006 y consagrada al amor (Deus caritas est), esta segunda encíclica de Benedicto XVI debía ser corta y personal: él mismo la escribió, desde el principio al final, este verano.

Benedcito XVI ha elegido por tanto ofrecer a los católicos, para el Adviento, una meditación sobre la virtud teologal de la esperanza. «Spe salvi facti sumus», escribe para comenzar: «En la esperanza hemos sido salvados, dice San Pablo a los Romanos y a nosotros también». Puede esperarse con esto que el Papa teólogo responde así a las críticas modernas de la esperanza cristiana, las de las Luces, de Nietzsche o de Marx.

Críticas en parte en el origen, según él, de la crisis terrible que conoce la sociedad humana hoy. Ante las esperanzas seculares, la encíclica debería mostrar la pertinencia y la actualidad de la esperanza cristiana, con su dimensión de salvación, adquirida desde aquí abajo para ser cumplida en más allá, según la dinámica de la Epístola a los Romanos (8,24). Siempre pedagógico, Benedicto XVI invoca, para su propósito, figuras de testigos contemporáneos, como Santa Bakhita, joven religiosa de Darfour en el siglo XIX.

Acompañar a los católicos a los fundamentos de la fe

¿Sorprendente esta encíclica? No tanto como eso. Como lo anuncia un cardenal, «Benedicto XVI lo pensaba sin duda ya al escribir su primera encíclica». En efecto, Spe salvi se sitúa en la lógica de Deus caritas est, manifestando la intención de declinar las tres virtudes teologales que son la caridad, la esperanza y la fe. Teologales, es decir que hacen penetrar en el corazón del misterio cristiano.

Esto cuadra en la manera de este Papa teólogo, que busca desde el principio de su pontificado conducir a los católicos a los fundamentos de la fe, una especie de retorno a las fuentes. Así propone cada miércoles una catequesis sobre los Padres de la Iglesia. Así incluso ha escrito un libro sobre Jesús hombre e hijo de Dios, que se articula de manera evidente con sus encíclicas.

La esperanz, Benedicto XVI reflexiona sobre ella desde hace tiempo. Había evocado este tema como prefecto de la Doctrina de la fe, ante la Comisión teológica internacional, a propósito del limbo. Algunos meses después de su elección, en septiembre de 2005, a los obispos mexicanos, les pidió que se convirtieran en «apóstoles de esperanza, poniendo una alegre confianza en las promesas de Dios». «Ante un horizonte tan cambiante y complejo como el actual, la virtud de la esperanza es puesta a prueba duramente en la comunidad de los creyentes», les decía.

Más recientemente, en Nápoles, ciudad particularmente tocada por la violencia y la pobreza, ¡ha usado la palabra una docena de veces en su homilía! «Ante las realidades sociales difíciles y complejas como las vuestras, hace falta reforzar la esperanza, que se funda sobre la fe y se expresa de una manera incansable», lanzaba a los napolitanos, con esta convicción:«Nuestra profesión de fe es siempre una profesión de esperanza, pues la fe es esperanza».

Encíclicas espirituales casi intimistas

Pero estas dos primeras encíclicas sorprenden de todos modos por la forma, espiritual, casi intimista. «Es una innovación total en la historia de la Iglesia», subraya el historiador Philippe Levillain. Después de los siglos XIX y XX, los grandes textos pontificios eran a menudo políticos, ligados a un contexto histórico vivido por el sucesor de Pedro: Benedicto XV sobre la paz, Pío XII sobre la guerra...

Las encíclicas de Juan Pablo II fueron escritas también en esta perspectiva. No es el caso de los textos de Benedicto XVI. De ahí, sin duda también, una segura dificultad para recibirlos. Sabemos hoy que los aplazamientos sucesivos de la publicación de Deus caritas est eran deibidos en parte al bloqueo, en el seno del Vaticano, de parte de aquellos que no veían en ella un texto de la naturaleza de una encíclica. Y unas asociaciones de laicos confiaban cuánto habían sido desconcertadas por un texto que no parecía dirigirse a ellos para indicar la dirección que seguir.

Benedicto XVI ha elegido completar su papel de «Papa teólogo», haciendo accesibles a todos las grandes verdades del mensaje evangélico. Una convicción que, al ver el éxito en librería de Deus caritas est, parece encontrar una espera de la sociedad actual.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Darwin, el evolucionismo y el hombre fruto del azar

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

Los visitantes de este blog habrán tenido oportunidad de leer la encendida discusión (no la he visto aún en realidad casi... encendidas), originada de la encíclica "Spe salvi" de Benedicto XVI, con respecto al origen del hombre. Quisiera decir la mía y recordar que aquello que aparece comprobado científicamente es la evolución, o sea la transformación de las especies vivientes. El evolucionismo, o sea la teoría que quiere interpretar y explicar la evolución, en cuanto a comprobaciones científicas permanece como una hipótesis. Del mismo modo esta probada científicamente la microevolución, o sea las diversidades cualitativas y cuantitativas existentes entre las especies vivientes, resultantes de la combinación diversa de los mismos elementos. Pero no está demostrada la macroevolución, o sea la aparición de especies vivientes absolutamente nuevas debidas al originarse novedad orgánica. Los más recientes descubrimientos de la genética, mientras confirman las leyes de Mendel (o sea la existencia de normas que con exactitud describen los mecanismos de la transmisión de los caracteres hereditarios de un individuo a otro), no confirman del todo la casualidad a través de la cual se verificarían la selección natural segúna la concepción darwiniana. Ante esta evidencia, los neodarwinistas han reformulado su teoría, sosteniendo que la selección natural se verificaría haciendo que se transmitan sólo las mutaciones genéticas más adecuadas a la supervivencia: sólo dejando transcurrir periodos de tiempo larguísimos se podrían constatar cambios apreciables en la especie. Esta nueva “teoría sintética” es comúnmente aceptada, pero los paleontólogos estadounidenses Jay Gould y Niles Eldredge, evolucionistas pero adversarios del lentísimo gradualismo, creen por el contrario que la aparición de nuevas especies acontecería de manera contraria, o sea con rapidez, por saltos. Ni siquiera estas dos hipótesis contrapuestas -evolución lenta y evolución veloz- están documentadas científicamente. Dicho esto, como cristiano me atengo al principio del realismo: la realidad viene antes que la teoría. Hasta que no sea probado científicamente el evolucionismo neodarwinista, permanece como una hipótesis que se puede discutir, tanto más cuanto no aparece sufragada por los más recientes descubrimientos sobre el ADN. No se trata aquí de introducir argumentos filosóficos-metafísicos (como pretenden hacer por otra parte los negadores de la existencias de Dios que de paleontólogos se improvisan teólogos): come creyente non tengo ninguna dificultad en aceptar que el acto creativo de Dios haya sido el arranque inicial a la materia y las leyes que han llevado al nacimiento del hombre. Lo que no puedo aceptar como dato adquirido científicamente son teorías que por el momento no responden a los requisitos científicos. No se trata aquí de hacerse los “creacionistas”, sino de atenerse a los hechos. Perdonad si lo digo, pero me parece esta una posición más laica que la de los muchos dogmatismos de quien pretende asegurar como un dato de hecho documentado y atestiguado que la jirafa es el resultado evolutivo del atílope necesitado de alcanzar las ramas más altas (incluso no se comprende por qué tuvo que cambiar también el color de la piel) o que la aparición del hombre es solamente fruto del azar.

martes, 4 de diciembre de 2007

Benedicto XVI contra los ateos: "La ciencia no lleva al Paraíso"

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«No es la ciencia la que redime al hombre». Es ilusorio creer en la posibilidad de realizar un mundo perfecto, un paraíso en la tierra, «gracias a los conocimientos de la ciencia y a una política fundada científicamente»: todos los que han intentado hacerlo, como el marxismo, han dejado tras sí «una destrucción desconsoladora». Las leyes de la materia no gobiernan el mundo y el hombre, «sino un Dios personal». Las leyes de la materia y de la evolución no son la última instancia, representada por el contrario por «razón, voluntad, amor», por «una Persona». Sólo conociendo y amando a esta persona, Dios, el hombre se hace libre y no es más esclavo. Lo escribe el Papa en su segunda encícilica «Spe salvi», que toma el comienzo de las palabras de San Pablo a los Romanos, «en la esperanza hemos sido hechos salvos».

En 79 páginas, Benedicto XVI afronta el tema de la esperanza cristiana, ilumina la caída de las ideologías modernas, y pide también al cristianismo contemporáneo que haga autocrítica notando cómo, frente al progreso de la ciencia, se ha dedicado exclusivamente al individuo y a sus salvación restringiendo «el horizonte de su esperanza» y terminando por no reconocer «la grandeza de su tarea».

Los cristianos, escribe el Papa, presentan como rasgo distintivo el de «tener un futuro», incluso en las condiciones más adversas, incluso en los sufrimientos más atroces, como enseñan los ejemplos de los mártires: «No es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente». En la base de esta esperanza, explica Ratzinger, hay el Evangelio, «una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par». Los cristianos viven «la espera de las cosas futuras a partir de un presente ya dado». El ejemplo sobre el que detiene es el de santa Josefina Bakhita, la pequeña esclava vícitma de terribles sufrimientos, que después de hacerse cristiana no se sentía más esclava, sino libre hija de Dios. Es el encuentro con «el Señor de todos los señores», con «con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud» el gran secreto del cristianismo, que no lleva «un mensaje socio-revolucionario», sino la posibilidad de una transformación «desde dentro» de la vida y del mundo. Sólo entrando en relación el Dios personal que se ha revelado en Jesucristo el hombre llega a ser verdaderamente libre: «El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor».

Benedicto XVI analiza por tanto lo que ha sucedido tras la revuelta epocal de los últimos siglos, cuando las nuevas conquistas técnicas han puesto al hombre «capaz de lograr una interpretación de la naturaleza conforme a sus leyes», una nueva correlación «entre ciencia y praxis». Es un pasaje fundamental, que Ratzinger describe a través de las palabras del filósofo Bacon. Mientras hasta el final de aquel momento la recuperación del paraíso era esperado de la fe en Jesús, de su redención, ahora la «restauración» del paraíso perdido se espera «de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis». La fe no es negada, sino relegada al ámbito de las cosas solamente privadas y ultraterrenas, y «al mismo tiempo que resulta en cierto modo irrelevante para el mundo». Esta visión, según el Papa, influye «en la crisis actual de la fe que, en sus aspectos concretos, es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana».

Entre las etapas esenciales de este nuevo curso, la encíclica cita la Revolución francesa como intento de instaurar el dominio de la razón y de la libertad en modo políticamente real. Y después la segunda revolución, la proletaria. Con Marx, «el progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política». Marx «suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén». Los pueblos sometidos a esta ideología no han tenido el paraíso sino sólo una «destrucción desoladora».

La lección que el Papa extrae de este excursus histórico es que «la razón del poder y del hacer debe urgentemente» abrirse «a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Sólo de este modo se convierte en una razón realmente humana». Es ilusorio creer que las solas estructuras buenas puedan salvar el mundo porque «el hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior». Pensar que el hombre pueda redimirse gracias a la ciencia es un error, significa «pedir demasiado» a la ciencia misma. «La ciencia –explica más Ratzinger– puede contribuir mucho a la humanización del mundo» pero «puede también destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma». No es pues la ciencia la que redime, porque el hombre es redimido a través del amor. En la última parte de la encíclica, Benedicto XVI habla de los «lugares» de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza. El primero es la oración, el segundo es representado por el sufrimiento, que es preciso tratar de superar, sabiendo sin embargo que «extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal». El Papa define como «cruel e inhumana» una sociedad que no es capaz de aceptar los sufrimientos. El último «lugar» es el juicio. El ateísmo ha construido un mundo moral «sin esperanza» porque «nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder –bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente– no siga mangoneando en el mundo». Sólo Dios, en cambio, «puede crear justicia» y la fe «no cambia lo torcido en derecho». «Los malvados -asegura Ratzinger- , en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada».

domingo, 2 de diciembre de 2007

La otra cara de Ratzinger: amor y esperanza

Redacción Il Giornale (original en italiano; traducción mía)

Después del amor, la esperanza. Benedicto XVI parece querer terminar y retomado el camino de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y en la encíclica «Spe salvi» publicada ayer reflexiona sobre la esperanza cristiana y sobre su actualidad. Una vez más, es un Papa que sorprende. Lo habían pintado como un Pontífice anti-moderno, propugnador de una Iglesia cerrada en sí misma, atenta sólo a defender la propia identida, contrapuesta al mundo y casi insensible a las esperas, a los dramas y a la búsqueda de la humanidad contemporánea empapada de relativismo.

Una vez más, la que en estos años ha estado cosida encima de Joseph Ratzinger aparece como una caricatura. ¿Quién se habría imaginado que el «panzerkardinal» convertido en Papa habría dedicado su primera encíclica al amor que se hace caridad? ¿Y quién podía prever que su segunda encíclica fuese dedicada precisamente a la esperanza? Lo que más impresiona, leyendo las densas páginas de la nueva carta papal es la atención, la escucha y el compartir las esperas que vibran en la cultura contemporánea de hoy. Cierto, Benedicto XVI describe los falsos mitos del progreso y de la «redención» conseguibles a través de la ciencia, critica la promesa del paraíso en esta tierra llevada adelante por la revolución proletaria marxista con su pretensión de una política «científicamente fundada» capaz de hacer el mundo bueno y justo. Constata que estas experiencias han dejado desgraciadamente a sus espaldas solamente cúmulos de escombros y han acabado en desastres inhumanos. No todas, en realidad, han acabado. Muerta la utopía marxista, hoy parece vencer la científica, que transforma la verdadera ciencia en ideología reduciendo al hombre -que es espera de infinito– a mero y casual producto de la evolución biológica. Pero Papa Ratzinger no se detiene en el análisis conmovido y realista. Sabe leer y valorar precisamente aquellas corrientes de pensamiento que ya desde hace decenios han reflexionado sobre el fracaso de aquellas promesas y continúan buscando una respuesta. La respuesta de Benedicto XVI no puede ser otra que el Evangelio: el cielo no está vacío, hay un ser personal que es razón y amor. Él ilumina y rige el mundo y sólo en la relación personal con él el hombre es verdaderamente libre y puede experimentar en la vida la promesa de la felicidad.

Con la carta «Spe salvi» el Papa lanza un mensaje claro a los cristianos. No pueden pensar solamente en la salvación de sus almas, fingiendo que no existen las esperas, las dudas, los dramas, la búsqueda que los rodea. Todo, en el cristianismo, es dimensión de relación: entre Dios y el hombre, entre los hombres.