martes, 4 de diciembre de 2007

Benedicto XVI contra los ateos: "La ciencia no lleva al Paraíso"

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«No es la ciencia la que redime al hombre». Es ilusorio creer en la posibilidad de realizar un mundo perfecto, un paraíso en la tierra, «gracias a los conocimientos de la ciencia y a una política fundada científicamente»: todos los que han intentado hacerlo, como el marxismo, han dejado tras sí «una destrucción desconsoladora». Las leyes de la materia no gobiernan el mundo y el hombre, «sino un Dios personal». Las leyes de la materia y de la evolución no son la última instancia, representada por el contrario por «razón, voluntad, amor», por «una Persona». Sólo conociendo y amando a esta persona, Dios, el hombre se hace libre y no es más esclavo. Lo escribe el Papa en su segunda encícilica «Spe salvi», que toma el comienzo de las palabras de San Pablo a los Romanos, «en la esperanza hemos sido hechos salvos».

En 79 páginas, Benedicto XVI afronta el tema de la esperanza cristiana, ilumina la caída de las ideologías modernas, y pide también al cristianismo contemporáneo que haga autocrítica notando cómo, frente al progreso de la ciencia, se ha dedicado exclusivamente al individuo y a sus salvación restringiendo «el horizonte de su esperanza» y terminando por no reconocer «la grandeza de su tarea».

Los cristianos, escribe el Papa, presentan como rasgo distintivo el de «tener un futuro», incluso en las condiciones más adversas, incluso en los sufrimientos más atroces, como enseñan los ejemplos de los mártires: «No es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente». En la base de esta esperanza, explica Ratzinger, hay el Evangelio, «una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par». Los cristianos viven «la espera de las cosas futuras a partir de un presente ya dado». El ejemplo sobre el que detiene es el de santa Josefina Bakhita, la pequeña esclava vícitma de terribles sufrimientos, que después de hacerse cristiana no se sentía más esclava, sino libre hija de Dios. Es el encuentro con «el Señor de todos los señores», con «con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud» el gran secreto del cristianismo, que no lleva «un mensaje socio-revolucionario», sino la posibilidad de una transformación «desde dentro» de la vida y del mundo. Sólo entrando en relación el Dios personal que se ha revelado en Jesucristo el hombre llega a ser verdaderamente libre: «El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor».

Benedicto XVI analiza por tanto lo que ha sucedido tras la revuelta epocal de los últimos siglos, cuando las nuevas conquistas técnicas han puesto al hombre «capaz de lograr una interpretación de la naturaleza conforme a sus leyes», una nueva correlación «entre ciencia y praxis». Es un pasaje fundamental, que Ratzinger describe a través de las palabras del filósofo Bacon. Mientras hasta el final de aquel momento la recuperación del paraíso era esperado de la fe en Jesús, de su redención, ahora la «restauración» del paraíso perdido se espera «de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis». La fe no es negada, sino relegada al ámbito de las cosas solamente privadas y ultraterrenas, y «al mismo tiempo que resulta en cierto modo irrelevante para el mundo». Esta visión, según el Papa, influye «en la crisis actual de la fe que, en sus aspectos concretos, es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana».

Entre las etapas esenciales de este nuevo curso, la encíclica cita la Revolución francesa como intento de instaurar el dominio de la razón y de la libertad en modo políticamente real. Y después la segunda revolución, la proletaria. Con Marx, «el progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política». Marx «suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén». Los pueblos sometidos a esta ideología no han tenido el paraíso sino sólo una «destrucción desoladora».

La lección que el Papa extrae de este excursus histórico es que «la razón del poder y del hacer debe urgentemente» abrirse «a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Sólo de este modo se convierte en una razón realmente humana». Es ilusorio creer que las solas estructuras buenas puedan salvar el mundo porque «el hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior». Pensar que el hombre pueda redimirse gracias a la ciencia es un error, significa «pedir demasiado» a la ciencia misma. «La ciencia –explica más Ratzinger– puede contribuir mucho a la humanización del mundo» pero «puede también destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma». No es pues la ciencia la que redime, porque el hombre es redimido a través del amor. En la última parte de la encíclica, Benedicto XVI habla de los «lugares» de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza. El primero es la oración, el segundo es representado por el sufrimiento, que es preciso tratar de superar, sabiendo sin embargo que «extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal». El Papa define como «cruel e inhumana» una sociedad que no es capaz de aceptar los sufrimientos. El último «lugar» es el juicio. El ateísmo ha construido un mundo moral «sin esperanza» porque «nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder –bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente– no siga mangoneando en el mundo». Sólo Dios, en cambio, «puede crear justicia» y la fe «no cambia lo torcido en derecho». «Los malvados -asegura Ratzinger- , en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada».

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