domingo, 9 de diciembre de 2007

“Spe salvi”. Pequeña guía para leerla con fruto

Sandro Magister (original en italiano; traducción mía)

Entre los comentarios a la encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza merece atención este que ha transmitido Francesco Arzillo, 47 años, romano, magistrado administrativo muy competente en filosofía y teología:
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La encíclica “Spe salvi” es el acto más reciente del magisterio de Benedicto XVI, del cual representa una síntesis polifónica, de gran impacto espiritual, teológico, cultural.

Sorprende en primer lugar el estilo, muy personal, que expresa el simultáneo ofrecimiento del corazón y de la mente del Autor a la meditación de los lectores.

En lo que respecta al contenido, quisiera llamar la atención brevemente sobre tres perfiles que me parecen particularmente significativos.

Se trata ante todo de un gran fresco apologético: viene a continuación a la carta la invitación de Pedro a dar razón de la esperanza que hay en nosotros; de la esperanza que lleva consigo la capacidad de mostrar la fe y el amor auténticos, en su capacidad de transformar los corazones y la historia. Apologética orgánica, que muestra el cristianismo como un todo, en su núcleo vivo, y lo presenta como respuesta a la pregunta del hombre contemporáneo.

Esta pregunta no está eludida: a ella se presta sincera escucha. Y sin embargo el horizonte de sentido que se le ofrece es ampliamente excedente, porque germina de la inaudita Resurrección plantada en el corazón de la historia. Seria es la pregunta, seria es la inquietud. Pero seria es también la respuesta; y serio es el juicio sobre los corazones de los hombres y sobre su disponibilidad a acogerla.

Pero toda la encíclica es también una gran disertación, a un tiempo, de escatología y de teología de la historia, que ofrece muchísimos motivos de reflexión.

Metodológicamente, llama la atención el acoplamiento fluido, sobre la base patrística, de las reflexiones modernas (piénsese en la cita del Padre de Lubac); no dan en el blanco las críticas de quien lamenta una postura simplemente conservadora.

En cuanto al contenido, en ella se muestra un gran trabajo de cincel sobre temas debatidos desde hace decenios, y aquí llevada a una persuasiva clarificación.

Basta pensar en la cuidadosa fijación de la relación entre el “ya” y el “todavía no” en el párrafo 7.

O en la magnífica revalorización del tema del juicio, esbozado sobre un culmen delicadísimo, con la reproposición de los Novísimos, acompañada por un temor que no se convierte en terror y alimenta ulteriormente la alegría confiada.

O todavía en la revalorización del carácter comunitario de la esperanza cristiana.

O en la fijación en términos limpísimos, sin compromisos, de la antítesis entre las escatologías inmanentistas de la modernidad y la esperanza cristiana.

Y finalmente en el profundo análisis del papel del sufrimiento, del cual se evidencia el sentido de manera intensa y tranquila, sin caer en el dolorismo, sino incluso alejando definitivamente la ilusión de un cristianismo sin Cruz.

Importantes son también algunos pasajes sólo aparentemente secundarios: por ejemplo, la alusión, en el párrafo 5, al hecho de que la vida “no es un simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia” (punto importante, si se lee teniendo presentes las polémicas sobre las implicaciones del evolucionismo).

En el fondo, llo sfondo, incumbe la pregunta fundamental sobre el sentido de la historia; la respuesta no consiente mínimante en ninguna falsificación apocalíptica; el ésjatón se hace presente en el cotidiano, allí donde es acogido el mensaje del Reino de Dios. La mirada es positiva, no negativa: se trata del Dios de la vida, con el cual –solamente– podemos contar.

Ahí está al final la meta. Justamente la sección sobre la vida eterna es la más intensa; ahí se muestra un tercer perfil, que es el espiritual y místico. En el párrafo 12 el lector es cogido por un momento de sobresalto, cuando es invitado a meditar sobre el “momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe... Este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”.

Es esta la extrema oferta que la Iglesia puede hacer a todos los hombres de hoy: a los simples, y también a los pensadores que indagan en torno al misterio del ser: aceptar una propuesta que nos conduzca gratuitamente al fin, al puerto de la alegría, de una alegría sin medida.

Para esto el clásico, ritual cierre mariano adquiere aquí una tonalida incluso espiritualmente bastante intensa, donde María, “llena de santa alegría” es invocada cual “Stella maris”, como guía en el camino de la vida.

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