jueves, 14 de febrero de 2008

Un bebé pregunta a los políticos


DiócesisTV, la televisión diocesana de Málaga por internet, ha hecho este vídeo para preguntar a los candidatos electorales sobre el aborto; si es uno de los vídeos más votados conseguiremos que los políticos contesten a este tema fundamental.

La dirección para votar el vídeo está aquí.

Difúndelo entre tus contactos y conocidos.

"He aquí el hombre"

Esta frase (“Ecce homo”) la dice Pilato cuando presenta ante el pueblo a Jesucristo, ridiculizado con los atributos imperiales del manto, la corona (de espinas) y un cetro (de caña) después de haber mandado que lo azotaran (Juan 19,5). Todos tenemos en la memoria la imagen del Ecce homo que nos ha dejado el arte, esa imagen conmovedora de Cristo, del Mesías sufriente rechazado por su propio pueblo al que Él había venido a salvar.

A partir de entonces su destino ya es la cruz, el suplicio vergonzoso reservado para castigar los peores crímenes. La cruz era un sufrimiento físico horrible para el preso, tenía que atravesar la ciudad cargado con el palo horizontal de la cruz (que pesaba entre 34 y 60 kilos) hasta el lugar de la ejecución donde ya estaba preparado el palo vertical; llevaba colgado al cuello el cartel con el motivo de la condena para que sirviera de escarmiento y la gente lo abucheara por ser un malhechor.

Pero el preso que murió aquel primer Viernes Santo no tenía ningún pecado, era el más inocente de los hombres: “Nosotros padecemos con toda razón, pues recibimos el justo pago de nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo” (Lucas 23,41).

Jesucristo no amaba el sufrimiento que tuvo que padecer, sino que fue obediente a su Padre que no lo “reservó sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Romanos 8,32), y pudo soportarlo todo porque Él es Caridad (1 Juan 4,8) y tenía plena esperanza en su Padre que iba a resucitarlo.

Éste es el sentido y la esperanza que ilumina el misterio de la existencia humana, de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos: Cristo es la verdad que nos libera (Juan 8,32), nos da sentido y esperanza en el triunfo de la Vida gracias a que desde el Bautismo somos sarmientos de la vid que es Cristo (Juan 15); por eso el Apóstol dice que estamos salvados en la esperanza (Romanos 8,24).

Pilato había preguntado a Jesús en el interrogatorio: “¿Y qué es la verdad?” (Juan 18,38), sin darse cuenta de que tenía la respuesta delante de él mismo: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba!, ¡Padre! [Gálatas 4,7]” (Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual, 22).

El escritor católico japonés Shusaku Endo (1923-1996) expresó cómo comprende Cristo nuestro sufrimiento en las palabras que le dice a un joven que ha sufrido un desengaño: “Ven a mí. Ven. Yo también fui rechazado lo mismo que tú. Por eso yo nunca te abandonaré” (Río profundo, p. 72), y cuando habla también al sacerdote que en medio de la terrible persecución es invitado a renegar para salvar a los cristianos que están siendo torturados:

“- Puedes pisarme… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor…

Cuando el padre puso el pie sobre la imagen estaba naciendo la mañana. A lo lejos se oía cantar al gallo” (Silencio, p. 200).

miércoles, 13 de febrero de 2008

Lo que dijo Benedicto XVI sobre el infierno

La semana pasada hubo un gran revuelo por las palabras de Benedicto XVI sobre el infierno durante el encuentro con los párrocos y el clero de la ciudad de Roma, el día 7.

Aquí ofrezco mi traducción de la pregunta y la respuesta en cuestión (original en italiano; traducción mía):

(Don Pietro Riggi, salesiano del Barrio de los Muchachos Don Bosco)

Santo Padre, trabajo en un oratorio y en un centro de acogida para menores en riesgo. Le quiero preguntar: el 25 de marzo de 2007 Usted ha hizo un discurso espontáneo, lamentándose cómo hoy se habla poco de los Novísimos. En efecto, en los catecismos de la Cei [Conferencia episcopal italiana] usados para la enseñanza de nuestra fe a los muchachos de confesión, comunión y confirmación, me parece que han sido omitidas algunas verdades de fe. No se habla nunca del infierno ni del purgatorio, una sola vez del paraíso, una sola vez del pecado, únicamente del pecado original. Al faltar estas partes esenciales del credo, ¿no le parece que se derrumba el sistema lógica que lleva a ver la redención de Cristo? Al faltar el pecado, al no hablar del infierno, también la redención de Cristo llega a ser disminuída. ¿No le parece que se ha favorecido la pérdida del sentido del pecado y por tanto del sacramento de la reconciliación y la misma figura salvífica, sacramental del sacerdote que tiene el poder de absolver y de celebrar en nombre de Cristo? Hoy por desgracia también nosotros los sacerdotes, cuando en el Evangelio se habla de infierno, regateamos el Evangelio mismo. No se habla de ello. O no sabemos hablar de paraíso. No sabemos hablar de vida eterna. Corremos el riesgo de dar a la fe una dimensión sólo horizontal o bien demasiado distante, la horizontal de la vertical. Y esto por desgracia en la catequesis a los muchachos, si no en la iniciativa de los párrocos, en la estructura maestra, viene a faltar. Si no me equivoco, este año se celebra también el vigésimo quinto aniversario de la consagración de Rusia al Corazón inmaculado de María. Para la ocasión ¿no se puede pensar en renovar solemnemente esta consagración al mundo entero? Ha caído el muro de Berlín, pero hay tantos muros de pecado que deben caer todavía: el odio, la explotación, el capitalismo salvaje. Muros que deben caer y aún esperamos que triunfe el Corazón inmaculado de María para poder realizar también esta dimensión. Quiero también notar cómo la Virgen no ha tenido miedo de hablar del infierno y del paraíso a los niños de Fátima, que, viene al caso, tenían la edad de los niños del catecismo: siete, nueve y doce años. Y nosotros en cambio omitimos esto. ¿Puede decir algo más sobre esto?

Usted ha hablado justamente sobre temas fundamentales de la fe, que desgraciadamente aparecen raramente en nuestra predicación. En la Encíclica Spe salvi he querido justamente hablar también del juicio último, del juicio en general, y en este contexto también sobre purgatorio, infierno y paraíso. Pienso que nosotros todos estamos aún siempre golpedos por las objeciones de los marxistas, según los cuales los cristianos han hablado sólo del más allá y han descuidado la tierra. Así queremos demostrar que realmente nos empeñamos por la tierra y o somos personas que hablan de realidades lejanas, que no ayudan la tierra. Ahora, aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la tierra —y nosotros todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Sin tenerlo en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido uno de los objetivos fundamentales para mí al escribir la Encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra porque pierde al final los criterios, no conoce más a sí mismo, al no conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros tomaremos en la mano las cosas, no descuidaremos más la tierra, crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruído el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo tal como habría debido ser y, en lugar de eso, destruyeron el mundo.

En las visitas ad limina de los Obispos de países ex comunistas, veo siempre de nuevo como en aquellas tierras han quedado destruídos no sólo el planeta, la ecología, sino sobre todo y más gravemente las almas. Volver a encontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera labor de reedificación de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reedificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento este planeta, se puede realiar sólo volviendo a encontrar en el alma a Dios, con los ojos abiertos hacia Dios.

Por eso Usted tiene razón: debemos hablar de todo esto justamente por responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres que hoy viven. Debemos hablar también y justo del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismo y así también a otras partes de la tierra. En la Encíclica he tratado de demostrar que precisamente el juicio último de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasasdo, todas las personas injustamente atormentadas y matadas. Sólo Dios mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurección de la carne, en la cual no todos serán iguales. Hoy se ha acostumbrado a pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, por tanto el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa. Con aquellos que han destruído al hombre y la tierra no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios junto con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por eso me parecía importante escribir este texto sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y tan necesaria y consoladora que no puede faltar. He tratado de decir: quizá no son tantos aquellos que se han destruído así, que son insanables para siempre, que no tienen más algún elemento más sobre el cual pueda sostenerse el amor de Dios, no tienen más en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente pocos —o de todas formas no demasiados— aquellos que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros confían que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas, tanta porquería. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza: incluso con tantas porquerías en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava finalmente con su bondad que viene de su cruz. Nos hace así capaces de ser eternamete para Él. Y así el paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna manera un paraíso, sea una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los mandamientos, de los cuales debemos hablar más. Estos son realmente indicadores de camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por eso debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería volver a comenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos volver a comenzar así también con los otros en nuestra vida.

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está tan difundida y es tan necesaria frente a tantas psiques destruídas o gravemente heridas. Pero la posibilidad de la psicoterapia son muy limitadas: puede buscar sólo un poco de volver a equilibrar un alma desequilibrada. Pero no puede dar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Y por eso permanece siempre provisional y nunca definitiva. El sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta el fondo con la potencia de Dios —ego te absolvo— que es posible porque Cristo ha tomado sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que esta es justamente hoy una gran necesidad. Podemos volver a ser sanados. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, tienen necesidad no sólo de consejos sino de una verdadera renovación, que puede venir sólo del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece esto el gran nexo de los misterios que al final inciden realmente en nuestra vida. Debemos nosotros mismos volver a meditarlos y hacerlos llegar así de nuevo a nuestra gente.

domingo, 10 de febrero de 2008

"Un vínculo espiritual, prueba de fe"



Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

Roma - «Las fechas son sorprendentes. Dos semanas después de aquella petición de oraciones y de ayuda espiritual, monseñor Wojtyla es nombrado arzobispo de Cracovia…». Don Francesco Castelli, profesor de Historia de la Iglesia contemporánea en el Instituto superior de ciencias religiosas «Guardini» de Tarento y colaborador de la postulación de la causa de beatificación de Juan Pablo II, se ha encontrado entre las manos con la carta inédita del futuro Papa al Padre Pío.

¿Qué significado tiene esta misiva?

«Está demostrado que sobre la relación existente entre Karol Wojtyla y Padre Pío hay mucho que descubrir. La nueva carta muestra la existencia de una relación epistolar más densa que cuanto habíamos imaginado, porque comprendemos que las peticiones de oraciones e intercesiones eran más de una –hasta ahora conocíamos sólo aquella por la médica Wanda Poltawska– y todas fueron atendidas».

En el texto se cita el caso del hijo de un abogado, enfermo desde el nacimiento. ¿Se sabe algo más?

«Sabemos sólo que el obispo recuerda también la curación de este último. Debemos conjeturar que exista otra carta con la cual Wojtyla pedía la intervención del Padre Pío para este caso, y con toda probabilidad otra misiva con la cual daba las gracias por la intercesión. ¿Quién es este hijo de abogado? ¿Dónde se encuentran las otras cartas enviadas por el futuro Papa al fraile estigmatizado? ¿Fueron enviadas o entregadas en mano como sucede con la primera misiva? Preguntas aún sin respusta».

En esta carta el futuro Papa pide también oraciones para él…

«Se trata de otro dato nuevo: quien tiene fe sabe bien que este peidr oraciones para sí implica un vínculo espiritual. Y aquí nos encontramos frente al vínculo espiritual entre un joven obispo de una Iglesia del Este, muy probada, y un fraile con estigmas a quien aquel obispo había reconocido ya como un verdadero hombre de Dios».

Wojtyla habla de «ingentes dificultades». Apenas dos semanas después de aquel mensaje enviado desde Roma al Padre Pío, llega el nombramiento de arzobispo de Cracovia.

«Es de verdad sorprendente la coincidencia de las fechas. Sabemos ya de la precedente petición, la de la curación de la médica Poltawska, que al recibir la primera carta del obispo Wojtyla, Padre Pío disse: “¡A esto no se puede decir que no!”. Parece justamente que no había dicho que no ni a las otras peticiones incluso aquell relacionada con la personas y las dificultades del obispo, que regía desde hacía un año y medio la diócesis como administrador apostólcio, en una situación no fácil. Las oraciones del Padre Pío fueron acogidas de un modo muy concreto: apenas dos semanas después, he aquí el anuncio del nombramiento de arzobispo de Cracovia. Una designación destinada a lanzar a Karol Wojtyla a la escena mundial. Menos de cuatro años después, en 1967, el arzobispo será nombrado cardenal y once años después será elegido Papa».

sábado, 9 de febrero de 2008

La carta (inédita) de Wojtyla al Padre Pío

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«Me permito recomendarle las ingentes dificultades pastorales que mi pobre obra encuentra en la presente situación...». Hay una carta inédita que Karol Wojtyla envió a Padre Pío de Pietrelcina, el fraile con los estigmas, pocos días antes de ser nombrado arzobispo de Cracovia. Una carta nunca publicada ni conocida, que la postulación de la causa de beatificación de Juan Pablo II ha hallado en el archivo de la Curia de Cracovia y que quizá inicialmente había sido confundida con la transcripción de una de las dos carta del futuro Papa al futuro santo ya conocidas. En cambio aquella copia escrita a máquina era del todo desconocida del todo y añade una nueva prueba fundamental a la reconstrucción de la relación entre Wojtyla y el Padre Pío.

Como es sabido se conocían dos letras, escritas en latín y enviadas al fraile el 17 y el 28 de noviembre de 1962 por el joven obispo auxiliar de Cracovia que en aquellos días se encontraba en Roma para el Concilio. En la primera Wojtyla pedía las oraciones del Padre Pío por la médica Wanda Poltawska, madre de familia, enferma de cáncer. En la segunda el obispo agradecía al santo del Gargano por la curación acaecida de la mujer. La nueva misiva (Archivo de la Curia de Cracovia, fondo K. Wojtyla, BI 3123 a), de la cual "Il Giornale" anticipa el contenido, está fechada el 14 de diciembre de 1963 y es más larga que las precedentes. Como las otras dos fue escrita en Roma, probablemente en la conclusión de la segunda sesión del Concilio Vaticano II. Ha sido publicada y comentada por don Francesco Castelli –colaborador de la postulacón de la causa de Juan Pablo II– en el nuevo número de la revista "Servi della Sofferenza".

Al final de las primeras líneas, Wojtyla hace referencia a las precedentes peticiones dirigidas por él al Padre Pio: «Vuestra paternidad se acordará ciertamente que ya algunas veces en el pasado me he permitido recomendar a Sus oraciones casos particularmente dramáticos y dignos de atención». Y ya aquí hay una primera sorpresa. Hasta hoy, de hecho, se ha sabido siempre que el futuro Papa pidió y obtuvo las oraciones del fraile sólo para la médica Poltawska. No se conocían otros casos. El joven obispo polaco agradece al Padre Pío la curación de una mujer enferma de cáncer –está claro que se trata del caso ya conocido– pero en el número de las personas curadas Wojtyla añade el hijo de un abogado, gravemente enfermo desde el nacimiento. «Ambas personas están bien», declara en el texto inédito. Por lo tanto, además de esta carta y a las dos ya conocidas existe al menos otra misiva con la cual Wojtyla pedía la curación del joven.

El futuro Papa recurre después al Padre Pío por una señora paralizada de su diócesis, por tanto una nueva petición. Ulterior indicio de una relación consolidada. Pero no es todo. Esta vez, de hecho, el obispo añade una petición personal: «Al mismo tiempo me permito recomendarle las ingentes dificultades pastorales que mi pobre obra encuentra en la presente situación». ¿A qué se refiere Wojtyla, que por primera vez pide algo para sí mismo? ¿Y cuáles son las «ingentes dificultades» que apunta? Desde la mitad de 1962 monseñor Wojtyla atraviesa una fase delicata de su vida. En junio de 1962 había muerto el arzobispo de Cracovia, Baziak, y desde hacía meses estaba abierta la búsqueda de un candidato para la sucesión que sea grato al primado polaco, el cardenal Stefan Wyszynski, y a la autoridad del Estado. Wyszynski había presentado más veces ternas de nombre rechazadas por el gobierno comunista. Después de dos ternas distintas rechazadas de plano, un alto funcionario del Partido comunista, Zenon Kliszko, sugiere que se proponga a «un hombre de diálogo, como el joven obispo auxiliar, del cual he olvidado el nombre, con el cual en dos semanas hemos resuelto el caso del seminario de Cracovia».

Aquel obispo es Karol Wojtyla, que había reivindicado cno firmeza el derecho de la Iglesia sobre la sede del seminario, ocupado por los comunistas locales. Con sólo 43 años, Karol Wojtyla se encuentra así arzobispo de la sede cardinalicia de Cracovia, después de haber regido durante más de un año y medio aquella sede como administrador apóstolico, entre «ingentes dificultades pastorales».

Nótese la coincidencia de las fechas. La carta del futuro Papa al Padre Pío, con la petición de oraciones e intercesión, es del 14 de diciembre. Exactamente dos semans después, el 30 de diciembre, llega la designación como arzobispo metropolitano de la prestigiosa diócesis polaca.

Como es sabido, Wojtyla y Padre Pío se encontraron sólo una vez, en 1948. Pero el descubrimiento de esta nueva carta atestigua la profundidad del vínculo existente entre el fraile con los estigmas y el Papa que lo proclamará beato y después santo.

jueves, 7 de febrero de 2008

«Nunca he buscado crear un sistema mío»

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

«Nunca he buscado crear un sistema mío, una teología mía particular. Si justo se quiere hablar de especificidad, se trata simplemente del hecho de que me propongo pensar junto con la fe de la Iglesia, y esto significa pensar sobre todo con los grandes pensadores de la fe». Palabra de Joseph Ratzinger. Su cultura es obviamente vastísima, pero ¿cuáles son los libros que más ama, los que le han inspirado más?

No puede faltar ciertamente Las Confesiones y La ciudad de Dios de san Agustín. Después se puede citar la Carta al duque de Norfolk, de John Henry Newman, dedicado al tema de la conciencia y de la libertad. Así como no puede omitirse la obra del teólogo francés Henri de Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, citada en la última encíclica Spe salvi para rebatir la crítica de la modernidad en las comparaciones con la esperanza cristiana, acusada de puro individualismo.

Son dos los textos fundamentales para la formación de Ratzinger sobre el cristianismo de los orígenes: L’Impero romano e il popolo di Dio, de Endre von Ivanka, e Chiesa e struttura politica del cristianesimo primitivo, de Hugo Rahner. El futuro Papa había apreciado particularmente las vidas de Jesús de Karl Adam e Giovanni Papini, mientras es decisivo el encuentro en Bonn con el colega Heinrich Schlier, exegeta luterano convertido al catolicismo y maestro del método de exégesis histórico-filológico, contrario a toda reducción intimista y por tanto interior del evento histórico de la resurrección sobre el cual se funda el cristianismo. Uno de sus libros más conocidos es Sulla resurrezione di Gesù Cristo.

Ciertamente importante para Ratzinger fue el libro Abbattere i bastioni, del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, escrito en 1952, en el cual el autor sostenía la necesidad de que la Iglesia abandonara su enroque para entrar en diálogo con la cultura moderna. Finalmente no puede faltar en el elenco otro maestro fundamental, Romano Guardini, que con su volumen El espíritu de la liturgia contribuyó al arranque del movimiento litúrgico.

miércoles, 6 de febrero de 2008

La escandalosa censura contra el Papa

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

"Libero" 16 Enero 2008

Un pasaje del discurso que Benedicto XVI habría hecho en la Universidad, y que no ha podido pronunciar, reza:

“Por consiguiente, no necesitaban (los cristianos) resolver o dejar a un lado el interrogante socrático, sino que podían, más aún, debían acogerlo y reconocer como parte de su propia identidad la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así, en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo cristiano, podía, más aún, debía nacer la universidad. Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre "scientia" y "tristitia": el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático. Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere encontrar la verdad. La verdad es ante todo algo del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la tradición griega. Pero la verdad nunca es sólo teórica. San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre "scientia" y "tristitia": el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que reina en la fe cristiana, porque a ella se le concedió la visión del Logos, de la Razón creadora que, en la encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el Bien, como la Bondad misma”.

* * *

Quien procesó a Galileo fue un intelectual laico…

Un grupo de profesores de la Universidad de Roma, en nombre de la “tolerancia”, quiere que el Papa no hable en el ateneo romano (la intervención había sido pedida por las autoridades académicas). Extraña idea de tolerancia. ¿El Pontífice sería una figura que no tiene nada que ver con la universidad? Aparte el hecho de que quien fundó la universidad romana fue justamente el Papa. Prácticamente es su casa. Se lee de hecho en el mismo sitio de internet del ateneo: “El acto de nacimiento de la Universidad de Roma lleva la fecha del 20 de abril de 1303; en este día fue de hecho promulgada por el Papa Bonifacio VIII Caetani la Bula In Supremae praeminentia Dignitatis, con la cual se proclamaba la fundación en Roma del ‘Studium Urbis’ ”. Cosa obvia siendo la Iglesia el origen de la gran parte de nuestras instituciones culturales.

Aparte después el hecho de que Joseph Ratzinger es precisamente un docente universitario, más bien una celebridadd, uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo y es más bien él quien honra la Universidad de Roma interviniendo, no la Universidad la que hace un favor al Papa. Aparte el hecho, finalmente, de que los laicistas cada tres segundos citan a Voltaire (“no comparto lo que dices, pero lucharé hasta el final para que tú puedas decirlo”) y después lo contradicen en la práctica.

Pero el aspecto más paradójico es otro. Porque aquello que se le imputa al Papa es haber citado –en un discurso pronunciado cuando era cardenal– a un intelectual laico-agnóstico, un antidogmático, un libertario, uno que enseñaba enseñaba en Berkeley donde comenzó la protesta y que –por anarquista- aplaudió la revuelta, en suma un de ellos, el célebre epistemólogo Paul Feyerabend. He aquí su frase citada por el entonces cardenal Ratzinger: “en la época de Galileo, la Iglesia permaneció mucho más fiel a la razón que el mismo Galileo y tomó en consideración también las consecuencias éticas y sociales de la doctrina de Galilei. Su proceso contra Galilei era racional y justo, mientras que su actual revisión se puede justificar sólo con motivos de oportunidad política”.

En efecto el suceso Galilei fue mucho más complejo de cuanto cuentan las historietas que ven un Santo Oficio tenebroso que oprime al iluminado científico. Y el cardenal Belarmino, por otra parte un gran hombre de ciencia, tenía sus razones. Esto intentaba decir el filósofo Feyerabend. Su provocación sobre el proceso no era compartida por Ratzinger que, además, fue el que quiso la revisión del “caso Galileo” con Juan Pablo II. Por tanto es el último en poder ser acusado hoy por esto.

Pero –como estudioso– reconstruyendo el complejo debate moderno sobre aquel caso, para hacer comprender la complejidad de los problemas y la pluralidad de las posiciones en materia, Ratzinger citó también la célebre página de Feyerabend. Por tanto Ratzinger es “excomulgado” hoy en base no al propio pensamiento, sino al pensamiento de otro. Que por encima de todo es un “escéptico”, uno de su misma área cultural laica (pero él es coherente y rechaza todos los dogmas, incluso los suyos). “Son palabras” escriben los profesores romanos “que, en cuanto científicos fieles a la razón y en cuanto dedican su vida al avance y la difusión de los conocimientos, nos ofenden y nos humillan”.

Pero –preguntamos, queridos ilustres profesores– ¿os dáis cuenta de que estas “palabras” citadas por vosotros y “excomulgadas” pertenecen no al papa, sino a un ilustre colega vuestro epistemólogo que ha enseñado durante años en los mayores ateneos? ¿Y como podéis atribuir a uno las palabras del otro? No, los profesores no escuchan razones. Y sentencian: “En nombre de la laicidad de la ciencia y de la cultura y en el respeto de nuestro Ateneo abierto a docentes y estudiantes de todo credo y de toda ideología, esperamos que el incongruente evento pueda ser todavía anulado”. Por tanto, “en nombre del respeto a todo credo” piden que no se haga hablar a Benedicto XVI. Todos, pero no él.

Si no fueran hechos preocupantes, sería para reír. Porque en aquel discurso pronunciado en Parma el 15 de marzo de 1990, evocado y “excomulgado” por los profesores, el cardenal Ratzinger junto con Feyerabend citaba –en una línea análoga– también a otro filósofo, el “marxista romántico” Ernst Bloch sobre el cual sería interesante oír el parecer de los profesores de la Sapienza.

Según Bloch tanto el geocentrismo como el heliocentrismo se fundan sobre presupuesto indemostrables porque la relatividad de Einstein ha barrido la idea de un espacio vacío y tranquilo: “así pues” ha escrito Bloch “con la abolición de un espacío vacío y tranquilo, no sucede ningún movimiento hacia él, sino sólo un movimiento relativo de los cuerpos el uno en relación con los otros y su estabilidad depende de la elección de los cuerpos tomados como puntos fijos de referencia: entonces, más allá de la complejidad de los cálculos que derivarían de ello, no se muestra del todo improponible aceptar, como se hacía en el pasado, que la tierra sea estable y que sea el sol el que se mueva”.

El filósofo marxista no volvía realmente al universo tolemaico, ni a los conocimientos científicos del tiempo de Bellarmino y de Copérnico, para los cuales se podían hacer sólo hipótesis. Bloch hablaba en nombre de los más avanzados descubrimientos científicos del siglo XX, expresaba así –explicaba Ratzinger– “una concepción moderna de las ciencias naturales”. De hecho otra mente excelsa del siglo XX, gran nombre del pensamiento judío, una combatiente contra el totalitarismo, Hannah Arendt, en el libro “Vita activa”, escribe la misma cosa: “Si los científicos precisan hoy que podemos afirmar con igual validez tanto que la tierra gira en torno al sol, como que el sol gira en torno a la tierra, que ambas afirmaciones corresponden a fenómenos observados, y que la diferencia está sólo en la elección del punto de referencia, eso no significa volver a la posición del cardenal Bellarmino y de Copérnico, cuando los astrónomos se movían entre simple hipótesis. Significa más bien que hemos desplazado el punto de Arquímedes a un punto más lejano del universo donde ni la tierra ni el sol son centros de un sistema universal. Significa que no nos sentimos más sujetos ni siquiera al sol, escogiendo nuestro punto de referencia donde quiera que convenga para una finalidad específica”.

Según Arendt “para las efectivas conquistas de la ciencia moderna el paso del sistema heliocéntrico a un sistema sin un centro fijo es tan importante como fue, en el pasado, el de una visión geocéntrica del mundo a una heliocéntrica”. Ratzinger –uno de los grandes intelectuales del mundo moderno– lo ha comprendido muy bien y señala, como Arendt, la necesidad de reflexionar sobre las consecuencias sociales de este nuevo escenario y sobre el uso que, en esta situación, se hace de la ciencia. En cambio el mundo académico italiano, más provinciano e ideologizado, parece aún detenido en el siglo XVII.

Yo pienso que el profesor Ratzinger se reconocería seguro en este otro pensamiento de Arendt: “los primeros 50 años de nuestro siglo han asistido a descubrimientos más importantes que todos los de la historia conocida. Sin embargo el mismo fenómeno es criticado con igual derecho por el agravarse no menos evidente de la desesperación humana o por el nihilismo típicamente moderno que se ha difundido en estratos siempre más vastos de la población; el aspecto quizás más significativo de estas condiciones espirituales es que no perdona ni siquiera a los más científicos”.

Pero ¿os parece que la universidad italiana pueda volar a estas alturas? Donde domina la intolerancia no hay espacio para la aventura del conocimiento y para la inquietud de la pregunta. Hay espacio sólo para las pequeñas luchas de poder en torno al rectorado del cual ha hablado Asor Rosa al Corriere. Buenas noches Iluminismo.

Miércoles de Ceniza: el desierto ineludible

Por Joël Serard, de la diócesis de Coutances, publicado en "Points de repère" n°195

(original en francés; traducción mía)

Jesús en el desierto

Empujado al desierto por el Espíritu, Jesús prolonga su bautismo en la soledad y el hambre. Surge para Él la tentación de otro camino. Pero la palabra meditada y la oración llevan su decisión: viene el tiempo de actuar en el nombre del Padre. En el desierto, Jesús rechaza la tentación : su rechazo se expresa con una cita del Deuteronomio, capítulo 8, versículo 3, para recordar al discípulo la necesidad de vacío en sí.

Más tarde, en el corazón de facción que lo agota, Jesús se retira a distancia para orar: otro desierto, o quizás Él lleva a sus discípulos para abrirles a su intimidad con el Padre.

El desierto es el espacio donde Dios pone a prueba y se revela. La fe nace del desierto, como si hiciera falta atravesar la sequedad para darse la vuelta hacia Dios. Noche de místicos o duda en el creyente, la fe es siempre una marcha incesante hacia ese Dios que llama y se revela pero parece siempre que se esconde.

El desierto en la Biblia

En el desierto nace la alianza entre Dios y su pueblo: Moisés lo atraviesa a lo largo de los grandes relatos de los libros del Pentateuco: el Éxodo, el libro de los Números... Elías conoce allí la prueba y la revelación (Primer libro de los Reyes, capítulo 19).

Ismael y su madre (Génesis 16), David (1 Samuel 23 ss), encuentran allí refugio cuando son fugitivos. Es también para los profetas el lugar de la purificación y del retorno a los orígenes (Oseas 2,16; Ezequiel 20,35).

Finalmente del desierto surge la llamada a la conversión con Juan Bautista (Mateo 3,1).

El lugar de la Alianza

La fe judía comienza en el desierto: Moisés se refugia allí. Allí recibe la revelación del nombre dE Dios que lo envía a liberar a su pueblo (Éxodo 3-4). La salida de Egipto y el paso del mar (Ex 13-14) conducen al pueblo al desierto. Durante cuarenta años, conoce el despojo: por la sed y el hambre Dios verifica la fe de su pueblo. La Ley que le da se rompe sobre la infidelidad. El becerro de oro adorado (Ex 32), es la impaciencia del creyente que prefiere lo tangible a lo invisible. Por tanto la alianza concluída en el desierto sella el amor entre Dios y el hombre.

El país de la sed y del hambre

El desierto es el país de la sed y del hambre. En la indigencia, el pueblo reclama y se subleva (Ex 16-17). Dios ha puesto a prueba al hombre en sufrimiento. El agua manada de la roca o el pan venido del cielo vienen a alimentar y a salvar al pueblo en peligro. Toda vida debe atravesar la prueba. San Juan retoma simbólicamente este doble signo: por su muerte y su resurrección, Jesús hace manar el agua del bautismo (Juan 19,34) y el pan de vida (Jn 6).

El lugar de refugio y de prueba

Como Moisés en el origen, el otro profeta, Elías vuelve al desierto (1 Reyes 19,1-9). Un drama lo empuja allí: su lucha despidada contra Jezabel (1 Re 18) lo obliga a huir de la cólera de la reina idólatra. El desierto es a la vez refugio y prueba, Elías espera la muerte bajo una retama. Pero DIos lo pone en pie: el agua y el pan devuelven sus fuerzas al profeta agotado. Ahora, puede dirigirse a la montaña donde Dios va a pasar.

El desierto de los profetas

Constatemente, los profetas recuerdan el amor de Dios. Pero, como una mujer infiel, el pueblo se prostituye con otros dioses. Los profetas amenazan: "Yo la conduciré al desierto y hablaré a su corazón" (Oseas 2,16). En la prueba del exilio como una vuelta a la fuente, el pueblo amado encuentra el vigor de su fe.

La palabra en el desierto

Una voz grita en el desierto (Lucas 3,21-22). Cuando se aproxima el tiempo nuevo en el que Jesús va a venir, la profecía de Isaías (Isaías 40,3) se realiza; Juan Bautista surge para preparar el camino. Hace falta desnudarse en el agua del Jordán para acoger al enviado de Dios. Allí en el desierto el Hijo de Dios se reúne con la humanidad sumiéndose con ella en las aguas de la prueba total.

martes, 5 de febrero de 2008

"Creo en las lágrimas de la Virgencita". He aquí la firma de Wojtyla

Andrea Tornielli (original en italiano; traducción mía)

La «prueba» es un documento de dos páginas, datadas el 8 de octubre de 2000, que lleva la firma del entonces obispo de Civitavecchia, Girolamo Grillo. Es una firma inconfundible: la del Papa Wojtyla. Ayer el prelado, entrevistado por Uno Mattina, confirmó personalmente la noticia publicada por primera vez el 25 de enero de hace tres año por Il Giornale: Juan Pablo II creía en la Virgencita de Civitavecchia, la estatuíta de yeso que en febrero de 1995 lloró lágrimas de sangre. Quiso venerarla y tenerla consigo en el Vaticano. Y cinco años después quiso dejar un certificado que probase esta veneración.

Monseñor Grillo, inicialmente escéptico, fue «invitado» a ser más posibilista ante la hipótesis sobrenatural justamente por el Papa Wojtyla, que creía que aquello de las lágrimas de la Virgen era un mensaje importante. En el documento, que es mostrado ahora por primera vez desde que el prelado fue autorizado a hacerlo, se lee que la reconstrucción de aquella extraordinaria velada, cuando Grillo traspasó los muros vaticanos llevando consigo la pequeña estatua de yeso propiedad de la familia Gregori. «Como Usted recordará -escribía el obispo en la carta para Wojtyla- antes de sentarnos a la cena, durante la cual habíamos hablado del lagrimeo de sangre de la “Virgencita de Civitavecchia” que también había venido entre mis manos, habíamos orado juntos delante de la misma efigie de la Virgen, que Usted ha bendecido, poniéndole, sobre la cabeza, después de haberla besado, una pequeña corona de oro y en las manos la coronita de oro del Rosario que la estatuíta todavía lleva consigo».

«Me dijo por tanto -escribía aún Grillo al Papa Wojtyla- que, por ahora, habría sido mejor no hablar de este encuentro y que un día sería libre de decirlo al mundo... Deseo expresar viva gratitud a Vuestra Santidad por el “Acto de confianza” de toda la Iglesia hecho a la Virgen con la solemne concelebración eucarística del domingo 8 de octubre en la plaza de San Pedro, acogiendo así una propuesta mía en tal sentido, presentada a Vuestra Santidad a continuación del lagrimeo de sangre de la Virgen».

Finalmente, en el documento, el obispo de Civitavecchia remacha la autenticidad de cuanto sucedió: «En plena posesión de mis facultades de entendimiento y voluntad, en toda franqueza y verdad.. declaro haber visto el 15 de marzo de 1995 a las 8.15 llorar en mis manos la estatuíta de la Virgen proveniente de la parroquia de San Agustín en Civitavecchia. De esto han sido testigos oculares y por tanto no puedo mínimamente dudar de su realidad. Aún hoy -escribía todavía Grillo- no logro explicarme como sucedió eso, con ausencia de cualquier truco o engaño tanto en el interior de la estatuíta cuidadosamente pasada por rayos X, como en mí y en mis familiares que estábamos en estado de plena conciencia y no proclives a asistir a un nuevo lagrimeo». A este texto, que recordaba lo acaecido, Juan Pablo II quiso estampar, con la caligrafía ya tremolante, su firma y la fecha, 20 octubre 2000.

En el documento y en el diario personal, el obispo no sigue más allá. Pero resulta evidente que el místico Karol Wojtyla consideraba aquellas lágrimas una «señal» importante. Como es sabido, falta aún un pronunciamiento oficial y definitivo de la Iglesia sobre aquel misterio. Pero cuanto sucedió no podrá dejar de tener peso.

viernes, 1 de febrero de 2008

"Corría el año": "San Francisco Javier"



"Corría el año" cuenta las vivencias en Japón de uno de los españoles más universales: un jesuita llamado Francisco Javier. El programa de César Vidal explica además la situación en la que se encontraba el imperio del sol naciente después de la persecución de los católicos japoneses por parte de las autoridades, la renuncia forzosa de sus creencias y el regreso al paganismo. El programa proyecta el documental "Misiones en el lejano oriente" y cuenta con la participación del historiador Alfredo Verdoy y del religioso jesuita Javier Irundai.