sábado, 13 de junio de 2009

Eucaristía y liturgia: testigos de una presencia real

(original en italiano; traducción mía)
GIACOMO GALEAZZI (La Stampa)
La Carta a los Hebreos es uno de los escritos más ricos del Nuevo Testamento, pero demasiado a menudo los creyentes lo desatienden, quizás porque el argumento tratado es trabajoso y, como el autor mismo nos advierte, requiere una particular atención. El centro del anuncio está en estos versículos: "Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable. De ahí que él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos" (7, 24-25). Durante la liturgia se ora siempre "por nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos". De alguna manera se hace eco de la fe del autor de la Carta a los Hebreos: Jesús vive para siempre e intercede por su Iglesia, su cuerpo del cual es la cabeza. La Iglesia depende de Cristo para su misma vida. Jesús comunica esta vida en particular en la Eucaristía y Benedicto XVI, en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, explica que "la Eucaristía es CristoLa Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo" (n. 14). "La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia", recita un adagio de la edad patrística subrayando la existencia de una relación íntima y recíproca entre el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial del Señor. Sin embargo es importante comprender correctamente cuál es la prioridad. Como destaca Benedicto XVI "la posibilidad que tiene la Iglesia de «hacer» la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo" porque "Él es quien eternamente nos ama primero" (n. 14). En la Eucaristía el amor de Cristo se encarna más plenamente: justamente su cuerpo y su sangre son dados para nosotros. Después del Vaticano II la reforma, bienvenida y necesaria, benvenuta e necessaria, de la liturgia ha traído consigo muchos ricos frutos. Las Sagradas Escrituras han encontrado un puesto de honor, para permitir al pueblo de Dios nutrirse a la mesa de la Palabra y la mesa eucarística. Además la mayor implicación de la entera asamblea en la celebración ha llevado a una participación más activa por parte de toda la comunidad, respondiendo a la exhortación del concilio a la participatio actuosa. Sin embargo, también los más encendidos defensores de los ritos litúrgicos reformados admiten la existencia de un potencial "lado oscuro" de la reforma. La celebración de la Eucaristía versus populum y la tendencia a evidenciar la Eucaristía como comida de la comunidad puede, sin quererlo, ensombrecer la naturaleza única de este lugar, hecho posible por el sacrificio de Cristo. Es el don de sí hecho por Cristo que está en el centro de esta comida: "El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo" (Juan 6,51). "La Eucaristía es Cristo que se nos entrega", escribe Benedicto XVI y en latín es aún más eficaz: Christus se nobis tradens ("Cristo que se entrega a nosotros"). El subrayado de la dimensión colectiva de la liturgia, de por sí indiscutiblemente válida, tiene el riesgo de transformarse en una autocelebración de la comunidad. Este riesgo se hace más elevado en una cultura terapéutica, es decir en la cual la emoción superficial a menudo viene asumida como criterio de autenticidad. El resultado puede ser un cuerpo "decapitado", una comunidad privada de la cabeza. Por lo demás la necesidad de evidenciar el primado de Cristo como cabeza del cuerpo y fuente de su vida, no ha salido a la luz sólo después del Vaticano II. Mucho tiempo antes, el teólogo jesuita, más tarde cardenal, Henri de Lubac, escribió en la Méditation sur l'Église: "Ciertamente no hay confusión entre la cabeza y los miembros. Los cristianos no son el cuerpo ni físico ni eucarístico de Cristo, y la esposa no es el esposo". Hay una unión íntima en una irreductible distinción. Cristo, la cabeza, no está nunca privado de su cuerpo, que es la Iglesia, y la Iglesia no puede prosperar si no es en la unión dadora de vida con su cabeza. Es por tanto esencial cultivar en la espiritualidad un sentido vivo de la presencia real de Cristo, que está expresada plenamente por la Eucaristía, pero va acompañada por otras experiencias de la presencia de Cristo. Los cristianos orientales, por ejemplo, han promovido la práctica de la "oración de Jesús", a menudo sincronizada con la propia respiración. La tradición benedictina trata en cambio de reconocer la presencia de Cristo en el huésped. En otros casos la recuperación de la adoración del Santísimo Sacramento ha ayudado a muchas personas a redescubrir la presencia viva del Señor entre los miembros de su pueblo. La Eucaristía se coniverte por tanto en una escuela de la presencia del Señor, que nos enseña a percibir su presencia en cada aspecto de la vida. El sacerdote que celebra la Eucaristía debería tratar de ser también el mistagogo de la comunidad, para conducir la comunidad a una comprensión profunda de la presencia salvífica de Cristo. Un aspecto crucial de esta mitagogía es la inserción de momentos de profundo silencio en la celebración eucarística, útiles para saborear mejor la presencia de Cristo en la Palabra y en el sacramento. En un mundo en el cual parece prevalecer demasiado a menudo la ausencia de significado y de esperanza, los cristianos formados en la Eucaristía, pueden ser testigos de una presencia real, sea en el culto de Cristo resucitado sea en el propio servicio hacia cuantos sufren por causas materiales y espirituales. Su experiencia de Cristo en la Eucaristía los empujará a cantar con Bernardo de Claraval: Jesu dulcis memoria, dans ver cordis gaudia/sed super mel et omnia, ejus dulcis praesentia!

No hay comentarios: