jueves, 30 de septiembre de 2010

El dinero y el Evangelio

En los dos domingos anteriores (XXV y XXVI año C del Tiempo Ordinario), el Evangelio de la  Misa dominical fueron los pasajes del administrador infiel y del rico epulón y el pobre Lázaro respectivamente.

Ambas parábolas evangélicas tienen en común el tema del dinero y las riquezas y nos enseñan cómo debemos usarlo. Jesucristo no nos dice que el dinero sea malo y que debemos desprendernos de él como algo pecaminoso, porque eso sería herético, ya que significaría rechazar las cosas materiales (la gnosis, que se ha repetido a lo largo de la historia v.gr. en los cátaros y hoy en día también pero más sibilinamente con el rechazo a las cosas materiales como malas) y además el mismo grupo de los apóstoles y Jesús tenían una bolsa común que administraba Judas Iscariote. El Evangelio nos enseña que el problema de las riquezas está en que pongamos nuestro corazón en ellas, que ellas sean nuestro tesoro, como le ocurrió al joven rico.

De ahí que Jesús nos enseñe con las dos parábolas cómo debemos usar el dinero (el administrado infiel) y cómo no debemos usarlo (el rico epulón y el pobre Lázaro).

La primera parábola nos muestra que nosotros somos administradores, no dueños de las riquezas y los bienes, que hemos recibido de Dios y por eso cada Domingo le ofrecemos en la Misa una muestra de lo recibido durante la semana: la comida (el pan y el vino) y la colecta (el salario), también para compartirlo con los demás a través de la iglesia.

En la otra parábola vemos lo contrario: Jesús insiste en el despilfarro del rico, que no sólo banqueteaba espléndidamente sino que además vestía de púrpura y lino; la púrpura en particular era una tela reservada a los emperadores (en la Pasión se la pusieron a Jesús con la corona de espinas y la caña como parte de la burla a Jesús como rey de los judíos). Pues bien, este rico que derrochaba sin necesidad el dinero no era capaz de dar ni siquiera las sobras al pobre Lázaro que murió de hambre en su puerta. Este rico no fue por tanto administrador de las riquezas que recibió sino que se consideró propietario y derrochador, esa es la diferencia con el administrador de la otra parábola que aunque fuera infiel a su jefe lo fue en favor de los demás.

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