viernes, 7 de diciembre de 2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

EE.UU., China, crisis económica... y Jesús redentor del mundo

Antonio Socci

(original en italiano; traducción mía)

Traduzco la conclusión de este interesante artículo de Antonio Socci, que analiza la situación de China tras el nombramiento de los cargos del Partido Comunista, un hecho que el autor califica de tan importante como las elecciones estadounidenses.

de “Libero” 18 novembre 2012

[...] China, en las décadas pasadas, ha podido conquistar enormes sectores de mercado porque no tenía los costos del estado social y los niveles de bienestar y civilización que tiene Occidente.

Pero el saber, la técnica y la ciencia que sostienen este boom suyo son todos occidentales. Así también los valores de la libertad y de la dignidad humana que China no respeta.

Así pues ¿cómo puede avanzar?

En el 2002 la Academia de las ciencias sociales de Pekín estudió la causa de esta superioridad de Occidente en el plano de la civilización, del saber, de la ciencia y de la técnica.

Y llegó a la conclusión de que la causa es “vuestra religión, el cristianismo. Esta es la razón por la cual Occidente ha sido tan poderoso”.

Hoy Occidente ha renegado de aquella fuente de civilización y por eso declina. En Oriente como en Occidente esas son las raíces de la construcción de la civilización.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Homilía del Papa en las vísperas por los 500 años de los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina







Venerados hermanos, queridos hermanos y hermanas:

En esta liturgia de las primeras Vísperas de la solemnidad de Todos los Santos conmemoramos el acto con el que, hace 500 años, el Papa Julio II inauguró el fresco de la bóveda de esta Capilla Sixtina. Agradezco al cardenal Bertello las palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente a todos los presentes.

¿Por qué recordar tal acontecimiento histórico-artístico en una celebración litúrgica? Ante todo, porque la Sixtina es, por su misma naturaleza, un aula litúrgica, es la capilla magna del palacio apostólico vaticano. Además, porque las obras artísticas que la decoran, en particular los ciclos de frescos, encuentran en la liturgia, por decirlo así, su ambiente vital, el contexto en el que expresan mejor toda su belleza, toda la riqueza y la fuerza de su significado. Es como si toda esta sinfonía de figuras cobrara vida durante la acción litúrgica, ciertamente en sentido espiritual, pero, de manera inseparable, también estético, porque la percepción de la forma artística es un acto típicamente humano y, como tal, implica los sentidos y el espíritu. En pocas palabras: la Capilla Sixtina, contemplada en oración, es más bella todavía, más auténtica; se revela en toda su riqueza.

Aquí todo vive, todo resuena en el contacto con la Palabra de Dios. Hemos escuchado el pasaje de la Carta a los Hebreos: «Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad de Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva...» (12, 22-23). El autor se dirige a los cristianos y les explica que por ellos se han cumplido las promesas de la Antigua Alianza: una fiesta de comunión cuyo centro es Dios, y Jesús, el Cordero inmolado y resucitado (cf. vv. 23-24). Toda esta dinámica de promesa y cumplimiento la tenemos representada aquí, en los frescos de las paredes largas, obra de grandes pintores umbros y toscanos de la segunda mitad del siglo XV. Y cuando el texto bíblico prosigue diciendo que nos hemos acercado «a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección» (v. 23), nuestra mirada se eleva al Juicio final miguelangelesco, donde el fondo azul del cielo, evocado en el manto de la Virgen María, da luz de esperanza a toda la visión, bastante dramática: «Christe, redemptor omnium, / conserva tuos famulos, / beatae semper Virginis / placatus sanctis precibus», se canta en la primera estrofa del himno latino de estas Vísperas. Y es precisamente lo que vemos: Cristo redentor en el centro, coronado por sus santos, y junto a Él María, en acto de intercesión suplicante, como si quisiera mitigar el tremendo juicio.

Pero esta tarde nuestra atención se dirige principalmente al gran fresco de la bóveda, que Miguel Ángel, a petición de Julio II, realizó en aproximadamente cuatro años, de 1508 a 1512. El gran artista, ya célebre por obras maestras de escultura, afrontó la empresa de pintar más de mil metros cuadrados de estuco, y podemos imaginar que el efecto producido en quien por primera vez lo vio acabado debió ser en verdad impresionante. Desde este inmenso fresco se ha precipitado en la historia del arte italiano y europeo —diría Wölfflin en 1899 con una hermosa y ya célebre metáfora— algo parangonable a un «violento torrente montano portador de felicidad y, al mismo tiempo, de devastación»: ya nada fue como antes. Giorgio Vasari, en un famoso pasaje de las Vidas, escribe de modo muy eficaz: «Esta obra ha sido y es verdaderamente la lámpara de nuestro arte, que ha producido tanto beneficio y luz al arte de la pintura que ha bastado para iluminar el mundo».

Lámpara, luz, iluminar: tres palabras de Vasari que no habrán estado lejos del corazón de quien estaba presente en la celebración de las Vísperas de aquel 31 de octubre de 1512. Pero no sólo se trata de la luz que viene del uso inteligente del color rico en contrastes, o del movimiento que anima la obra de arte miguelangelesca, sino también de la idea que recorre la gran bóveda: es la luz de Dios la que ilumina estos frescos y toda la capilla papal. La luz que, con su fuerza, vence el caos y la oscuridad para dar vida: en la creación y en la redención. Y la Capilla Sixtina narra esta historia de luz, de liberación, de salvación, habla de la relación de Dios con la humanidad. Con la genial bóveda de Miguel Ángel, se impulsa la mirada a recorrer el mensaje de los profetas, al que se añaden las sibilas paganas en espera de Cristo, hasta el principio de todo: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1). Con una intensidad expresiva única, el gran artista diseña al Dios Creador, su acción, su fuerza, para decir con evidencia que el mundo no es el resultado de la oscuridad, de la casualidad, de lo absurdo, sino que deriva de una Inteligencia, de una Libertad, de un acto supremo de Amor. En ese encuentro entre el dedo de Dios y el dedo del hombre percibimos el contacto entre el cielo y la tierra; en Adán, Dios entra en una relación nueva con su creación, el hombre tiene un vínculo directo con Él, que lo llama, y es imagen y semejanza de Dios.

Veinte años después, en el Juicio universal, Miguel Ángel concluirá la gran parábola del camino de la humanidad, dirigiendo la mirada al cumplimiento de esta realidad del mundo y del hombre, al encuentro definitivo con Cristo juez de vivos y muertos. Rezar esta tarde en la Capilla Sixtina, envueltos por la historia del camino de Dios con el hombre, representada admirablemente en los frescos que están sobre nosotros y nos rodean, es una invitación a la alabanza, una invitación a elevar a Dios creador, redentor y juez de vivos y muertos, con todos los santos del cielo, las palabras del cántico del Apocalipsis: «¡Amén! ¡Aleluya!». (...) Alabad a nuestro Dios sus siervos todos, los que le teméis, pequeños y grandes. (...) Aleluya (...) Alegrémonos y gocemos y démosle gracias» (19, 4.5.7). Amén.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El Credo para ver y escuchar




El Credo de Nicea-Constantinopla (o largo) en música, de la misa del Papa Marcelo, de Palestrina, y en imágenes de obras de arte de diferentes épocas (subítulos en español).

sábado, 8 de septiembre de 2012

La Anunciación, de Juan Correa de Vivar

Con este enlace se accede al vídeo sobre el cuadro que aparece en el título, en el momento en que se explica la estampa que aparece en el libro que está leyendo la Virgen María: la zarza ardiendo.
 
No puedo insertar el vídeo porque sólo me parece interesante esta parte y no sé cómo editarlo para que empiece en ese momento.

domingo, 6 de mayo de 2012

La creación del hombre de Miguel Ángel en "El tormento y el éxtasis"



Este vídeo es un fragmento de la película "The agony and the ecstasy" (que suele titularse en español "El tormento y el éxtasis").

Lo que quiero destacar es la conversación entre el Papa Julio II (Rex Harrison) y Miguel Ángel (Charlton Heston), que empieza aproximadamente a los7 minutos y 46 segundos del comienzo del vídeo. Se trata de cómo Miguel Ángel ha representado en el texto de la Capilla Sixtina el famoso fresco de la creación de Adán: el diálogo es una muestra de cómo el arte expresa toda una teología, toda una catequesis, toda una fe sobre Dios y sobre la creación del hombre.

viernes, 6 de abril de 2012

La parábola de la casa sobre roca

En este enlace está el vídeo de la escena de la película "El hombre que hacía milagros" en la que Jesús cuenta la parábola de la dos casas, la construida sobre roca y la construida sobre arena (Mateo 7,24-27; Lucas 6,46-49). Como el resto de la película, la parábola es ilustrada con imágenes mientras la voz de Jesús va narrándola, con lo cual se entiende mejor la enseñanza del Maestro y se profundiza más en su sentido.

Lo que muestra la ilustración de esta parábola es cómo el hombre que construye su casa en la roca tarda mucho más tiempo, trabaja mucho más, se cansa mucho más que aquel otro hombre que la construye en un terreno blando, la arena, tarda poco tiempo, le cuesta menos y la disfruta antes, pero no tiene cimientos, y así las consecuencias se ven cuando llegan las tormentas (las dificultades) como dice el mismo Señor. La película también nos explica que esto significa que hemos de esforzarnos en entrar por el camino y la puerta estrechos, tal como el mismo Jesús nos enseña en el mismo capítulo de esta parábola (Mt 7,13-14), porque la tentación consiste en hacer lo fácil en todos los sentidos y por eso muchos terminan alejándose de Jesucristo y de su Iglesia, por su exigencia aparente, a pesar de que el camino estrecho es el que lleva a la felicidad.

jueves, 5 de abril de 2012

El genio de Caravaggio en hacernos ver a Jesús...


Antonio Socci

De “Libero”, 24 marzo 2012

(original en italiano; traducción mía)


En el centro de la última novela de Abraham Yehoshua, “La scena perduta” (Einaudi, pp. 368, 21 €) hay un cuadro extraño, sorprendente. Es una pintura de Matthias Meyvogel, un artista del Seiscientos.

A pesar del título, “Caritas romana”, la obra parece bien poco "espiritual", más bien es una imagen fuertemente sensual: representa a una joven mujer que hace succionar su seno a un viejo que tiene las manos atadas detrás de la escena.

¿Cuál es el sentido y la historia de aquella imagen sobre la cual Yehoshua reclama nuestra atención por la fascinación que ejerce?

Nos encontramos frente a un tema que parece haber casi obsesionado a la pintura de los siglos XVI al XVIII. Lo saben los expertos. Pero pueden descubrirlo fácilmente también los profanos. Basta ir a Google, escribir la fórmula "caritas romana" y pinchar sobre "imágenes", para descubrir que hay decenas de obras con el mismo objeto.

Muchísimos pintores, más o menos famosos, se han basado en esto. Guido Reni, Georg Pencz, Rubens, Bernardino Mei, Antonio Gherardi, Domenico Manetti, Giovanni Antonio Pellegrini, Jean Baptiste Deshays, Gaspard de Crayer, Januarius Johann Rasso, Murillo, Domenico Cerrini, Bartolomeo Manfredi, Antonio Galli, Jan Janssens, Lorenzo Pasinelli, Orazio Gentileschi, Giovanni Romanelli, Domenico Maria Viani y muchos otros.

Todas estas telas cuentan una historia ambientada en la antigua Roma. Se dice que el viejo Cimón había sido recluido en una oscura prisión y condenado a morir allí de hambre y de sed. La hija, Pero, todos los días le hacía una visita y lo alimentaba a escondidas con su seno para salvarle la vida.

Finalmente fue descubierta, pero  los jueces, conmocionados por su gesto de piedad, decidieron indultar al viejo. En recuerdo de este ejemplo de amor filial se narra que fue erigido allí, en el foro Olitorio, en el 181 a. C., templo dedicado a la Pietas, después sustituido por la basílica de San Nicolás in carcere.

La historia de Cimón y Pero –referida también por Valerio Máximo– ya estaba representada en Pompeya en la villa de Valerio Frontone y el asunto volvió a ser representado un millar de veces en el Renacimiento y después en el Seiscientos. En general estas obras llevan todas el título “Caridad romana”.

Por tanto es una historia de piedad, de humanidad, que fue redescubierta en torno al siglo XVI y, según la cultura del Renacimiento impregnada de mentalidad pagana, fue representada de aquel modo ambiguo y sensual.

Hasta que llegó Caravaggio y –también en este caso– hizo una revolución. Su obra tiene otro tema: las siete obras de misericordia corporal

Es una gran tela que está sobre el altar de la iglesia del Pio Monte della Misericordia de Nápoles y fue pintada en 1606 para aquella hermandad.

Es una obra maestra en la cual se representan de modo salvaje, dramático aquellas obras de caridad material sobre las que Jesús, en el Evangelio, dice que seremos juzgados al final de los tiempos. Toda la escena está presidida por la imagen de la Virgen con el Niño que es la fuente de todas las gracias.

Y bien, si se observa atentamente la obra nos damos cuenta inmediatamente que a la derecha el pintor ha representado a una joven, de pie, que -mientras mira a todas partes- con la mano ofrece su pecho a un viejo que saca la cabeza de un ventanuco con barras, para apoyar su boca en el seno cándido de la muchacha.

La escena de la muchacha y del viejo reúne en sí dos obras de misericordia corporal: "dar de comer al hambriento" y "visitar a los encarcelados".

Quien reza delante de aquel altar tiene por tanto delante de sí aquella gran tela donde es bien visible esta imagen. Es sorprendente que en los años de la llamada Contra reforma fuese acepetada una imagen tan audaz y que tal imagen esté en un retablo.

Pero, en realidad, más sorprendente aún es el hecho de que en el contexto de aquella obra, donde están representados todos los sufrimientos humanos y la caridad cristiana, parece que toda ambigua sensualidad desaparezca.

Es el enésimo golpe de genio –un genio radicalmente católico– de Caravaggio. Él hizo suya la iconografía de la muchacha piadosa que amamanta al viejo prisionero, pero la cristianizó aplicándola a las obras de misericordia.

No obstante, justamente la fuerte carnalidad de aquella iconografía servía al Merisi para hacer percibir la concreción de la caridad y la carnalidad de la salvación cristiana.

La tela caravaggesca hace ver que las obras de misericordia abarcan toda nuestra condición humana: el tener hambre, sed, estar desnudo, encarcelado, enfermo o sin un techo, finalmente el estar muerto y por tanto el tener necesidad de ser sepultado.

Y estas obras van junto a las obras de misericordia espiritual. Todas juntos son las obras que Jesús cumplía, con las cuales expresaba su amor, su compasión para cada ser humano, en su condición existencial y también material. Y son las obras que también nos pide a nosotros para entrar en el Paraíso.

Él era el Buen samaritano de la parábola, aquel que se inclina a curar y vendar las heridas del hombre moribundo. Tiene cuidado también de sus lesiones físicas porque el cristianismo no  es solamente la religión de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de los cuerpos (y será también por eso por lo que los hospitales fueron inventados por la Iglesia).

Pero hay algo más que se expresa en esta representación de las obras de misericordia. Jesús salva a la humanidad herida por la desesperación, por la prisión del mal y de la muerte, dando su mismo cuerpo y sangre, pagando en su carne el rescate. Y después incluso nutriéndonos con su carne y su sangre para divinizarnos.

He aquí por qué aquella insólita escena de amamantamiento, asumida por Caravaggio, expresa misterios profundos: es la Gracia que salva de la muerte y da nueva vida al hombre viejo, prisionero del mal. La Gracia es Jesús mismo, Dios hecho carne, el Dios-hombre.

Una iconografía antigua y tradicional de Cristo es la del pelícano que se raja el pecho para alimentar a sus crías con su misma sangre.

La sangre y el agua que salieron del pecho del crucificado tienen este profundo significado de lavamiento y alimento para nosotros. Es alimentándonos de su mismo cuerpo como Él nos libera de la prisión.

Diversos místicos usan la imagen de los labios que beben de la herida del costado de Jesús. Naturalmente aquellas imágenes de dar de comer y de beber son todas metáforas de la Eucaristía (Caravaggio había representado las delicias de la Eucaristía también con el famoso y bellísimo cesto de frutas, refiriéndose a un tema de la espiritualidad de san Carlos y del Concilio de Trento).

Lo que Caravaggio representa en esta tela es un amor único al mundo, tan loco, concreto y apasionado que la escena de la "lactatio" [amamantamiento, n.d.t.] da del mismo sólo una ligerísima idea. Quizá –para retomar el título de  Yehoshua– “la escena perdida” por la humanidad de nuestro tiempo es justamente este Amor.

De hecho nuestro tiempo erotómano expresa también con la obsesión por el sexo aquella insatisfacción perenne en su búsqueda del éxtasis, del Amor verdadero y de la felicidad. Justamente porque somos carne la salvación vino en la carne.

jueves, 1 de marzo de 2012

Las tentaciones de Jesucristo en San Agustín de Hipona


San Agustín de Hipona, Enarración sobre el Salmo 60, nº 3

Reconócete a ti en Cristo tentado y que vences en Cristo

Pero ¿por qué clamé esto? Mientras tengo angustiado mi corazón. Muestra  que Él está por todos los pueblos en todo el orbe de la tierra en gran gloria, pero en gran tentación. Pues nuestra vida en esta peregrinación no puede existir sin tentación: porque se hizo provecho nuestro por medio de nuestra tentación, y cada uno no se da a conocer a sí a no ser que haya sido tentado, ni puede ser coronado a no ser que haya vencido, ni puede vencer a no ser que haya combatido, ni puede combatir a no ser que haya dominado al enemigo y las tentaciones. Por tanto se angustia éste clamando desde los confines de la tierra, pero sin embargo no es abandonado. Porque quiso ser figura de nosotros mismos, ya que es su cuerpo, y en aquel cuerpo suyo, en el cual ya murió y resucitó y subió al cielo, de manera que a donde precedió la cabeza, allí los miembros confíen que la seguirán. Luego nos transfiguró en sí, cuando quiso ser tentado por Satanás (cf. Mt 4,1). Hace un instante se leía en el Evangelio que el Señor Jesucristo era tentado por el diablo en el desierto. En una palabra Cristo era tentado por el diablo. En Cristo en efecto tú eras tentado, porque Cristo de ti para sí tomaba la carne, de sí para ti la salvación; de ti para sí la muerte, de sí para ti la vida, de ti para sí las afrentas, de sí para ti los honores; por tanto de ti para sí la tentación, de sí para ti la victoria. Si en aquel nosotros fuimos tentados, en aquel nosotros superamos al diablo. ¿Atiendes a que Cristo fue tentado, y no atiendes a que venció? Conoce que tú en aquel fuiste tentado, y conoce que tú en aquel vences. Había podido apartar al diablo de sí: pero si no es tentado, no te ofrecería la enseñanza de vencer en la tentación. Así pues no es de admirar si puesto entre las tentaciones éste clama desde los confines de la tierra. Pero ¿por qué no es vencido? En la piedra me exaltaste. Por tanto ya conocemos quién clama desde los confines de la tierra. Contemplemos de nuevo el Evangelio: Sobre esta piedra edificaré mi iglesia (Mt 16,18). Por tanto aquella clama desde los confines de la tierra que quiere ser edificada sobre la piedra. Pero para que la Iglesia sea edificada sobre piedra, ¿quién se hizo piedra? Oye a Pablo que dice: En efecto la piedra era Cristo (1 Co 10,4).  Por tanto en Él fuimos edificados. A causa de esto aquella piedra en la cual fuimos edificados, primero fue azotada por vientos, fuego, lluvia (cf. Mt 7,24-25), cuando Cristo era tentado por el diablo. He aquí en qué firmeza quiso asegurarte. Con razón no es ociosa nuestra voz, sino que es escuchada favorablemente: en efecto fuimos puestos en una gran esperanza. En la piedra me exaltaste.

sábado, 25 de febrero de 2012

Latín para sacerdotes


Giacomo Galeazzi

(original en italiano; traducción mía)

La importancia de volver a apropiarse sin mediaciones de una herencia cultural extraordinariamente rica. Por qué los sacerdotes deben estudiar la lengua de Cicerón y de Tertuliano.

VATICANISTA DE LA STAMPA

Los sacerdotes deben estudiar latín. Quien celebra el valor de la lengua clásica es monseñor Celso Morga Iruzubieta, secretario de la Congregación para Clero, que ha dedicado al tema una intervención en un congreso en la Pontificia Universidad Salesiana. Parte de la intervención está reproducida en el Osservatore Romano. "El conocimiento de las lenguas clásicas -ha dicho mons. Morga Iruzubieta- es tanto más necesario para el sacerdote en su tarea de educador del pueblo y formador de la comunidad para que madure la fe mediante la práctica de una caridad sincera y activa, el ejemplo, la oración, el ejercicio de aquella libertad con la cual Cristo mismo liberó a la humanidad, volviéndolo instrumento eficaz para indicar o hacer más facil a quien aún no cree en el camino que lleva a Cristo y a su Iglesia y para estimular, alimentar y sostener también a los creyentes en la lucha espiritual". "En el estado actual -añade- parece improbable que se consiga hacer apreciar al sacerdote, aún menos en la fase inicial del propio recorrido formativo, el valor del latín como lengua dotada de nobleza de estructura y de léxico, capaz de promover un estilo conciso, rico, armonioso, pleno de majestad y de dignidad, que beneficia a la claridad y a la seriedad, apta para promover toda forma de cultura, el humanitatis cultus, entre los pueblos. En esta recuperación de una identidad cultural propia, en esta reasunción desde el fondo de las motivaciones de la presencia misma de la Iglesia en la sociedad se configura la importancia del latín en el currículum escolar de los aspirantes al sacerdocio, rescatándola de toda simplista -además de incorrecta y reductiva- cuestión sobre su funcionalidad práctica y devolviéndole el papel de materia ampliamente formativa". Sólo a través del latín, en opinión de mons. Morga, "el sacerdote aprende como fundamento de la propia formación el trato con el Deus caritas y hace del praevenire amando agustiniano, el llegar primero en el amar, la columna que sostiene todo aquel sistema pedagógico que es el apostolado".


N. del T. 


No olvidemos que L'Osservatore Romano es el periódico del Vaticano.


El congreso al que alude el texto está anunciado en este enlace.


La noticia en el portal Infocatólica.

Texto, en latín y en español, de la Constitución apostólica "Veterum sapientia", sobre el estudio del latín, promulgada por el Beato Juan XXIII el 22-2-1962.

Sobre este tema, ver también esta otra entrada.

sábado, 18 de febrero de 2012

Textos para catequistas y agentes de pastoral


“Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Con los judíos me vuelvo como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a quienes viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me pongo bajo esa ley, yo mismo me pongo bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Igualmente, para ganar a quienes no viven bajo la ley de Moisés me vuelvo como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, puesto que estoy bajo la ley de Cristo. Con los débiles en la fe, también para ganarlos, me vuelvo débil como uno de ellos. Es decir, que me he hecho igual a todos para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1 Corintios 9,19-23).

“Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois el campo que Dios trabaja, el edificio que Dios construye. Yo soy el maestro albañil al que Dios permitió poner los fundamentos, y otro es el que está construyendo sobre ellos. Pero cada uno debe tener cuidado de cómo construye, pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto: Jesucristo” (1 Corintios 3,9-11).

“Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los albañiles; si el Señor no protege la ciudad, de nada sirve que vigilen los centinelas” (Salmo 127,1).

“El Señor construye la casa, el Señor Jesucristo edifica su casa. Trabajan muchos en la construcción, pero si Dios no construye, en vano trabajan los albañiles. ¿Quiénes son los albañiles que trabajan? Todos los que en la Iglesia predican la Palabra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos corremos, todos trabajamos, todos edificamos con prontitud; y antes que nosotros otros corrieron, trabajaron, edificaron: pero si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles. Por eso los apóstoles viendo que algunos caían, y Pablo en particular dice: Celebráis ciertos días, meses, estaciones y años… ¡Mucho me temo que mi trabajo entre vosotros no haya servido de nada! (Gálatas 4,10-11). Porque conocía que había sido edificado interiormente por el Señor se quejaba de éstos, porque había trabajado en medio de ellos inútilmente. Por tanto nosotros hablamos por fuera, Dios edifica interiormente. Nosotros nos damos cuenta si oís o no; lo que pensáis, solo lo conoce Aquel que ve vuestros pensamientos. Él mismo edifica, Él mismo aconseja, Él mismo infunde temor, Él mismo abre el entendimiento, Él mismo lleva a la fe vuestro sentir: y sin embargo trabajamos nosotros también como obreros, pero si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles” (S. Agustín de Hipona, Enarración sobre el Salmo 126, nº 2).

“¡Tardé te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo
fuera, y por fuera te buscaba” (S. Agustín de Hipona, Confesiones, libro 10, capítulo 27, n º 38).

“Tiempos malos, tiempos trabajosos, esto dicen los hombres. Si vivimos bien, los tiempos son buenos. Nosotros somos los tiempos: tal como seamos, tales son los tiempos. Pero ¿qué hacemos? ¿No podemos convertir a la vida buena a una multitud de hombres? Los pocos que oyen vivan bien: los pocos que viven bien soporten a los muchos que viven mal” (S. Agustín de Hipona, Sermón 80, nº 8).

“Cuando sigas el camino de Cristo, no te prometas las prosperidades de este mundo. Anduvo por cosas duras, pero prometió grandes cosas. Sigue. No atiendas por qué camino irás, sino a lo que llegarás. Soportarás durezas temporales, pero llegarás a las alegrías eternas. Si quieres asumir el trabajo, presta atención a la recompensa. Pues el jornalero desfallecería en la viña, a no ser que esperase lo que va a recibir. En efecto, cuando atiendas a lo que vas a recibir todas las cosas que padezcas serán para ti despreciables, y no las estimarás comparables a aquello que recibirás. Te admirarás de tanto cómo se da por tan poco trabajo” (S. Agustín de Hipona, Enarración sobre el Salmo 36, sermón II, nº 16).

CANCIÓN "Una tarde en la playa" (Cantada en vídeo después de la letra)

Una tarde en la playa, mirando ponerse el sol  
Admirando quedé la grandeza de Dios.
El que creó a los hombres
Y este mundo les dio.

Por sus obras creí en Él, pero me pregunté:
¿Dónde, donde está Dios,
sé que todo lo ha hecho Él
Pero dónde está Él, no lo sé?

Y comencé a buscar a los hombres que hablaban
de Él:
Está aquí, está allá, miré pero no vi nada.
Entonces tristemente a la playa regresé,
Vi a un niño jugar en la arena y me acerqué

Oh, oh, oh,
¿Dónde, donde está Dios?,
sé que todo lo ha hecho Él,
Pero ¿dónde está Él?, no lo sé.

El niño, sonriendo, me dijo: ¡yo lo encontré!
Vive dentro de mí, desde que en Él creí
Y allí mismo en la arena un largo rato lloré,
destruyendo mi yo, hasta que nació Él

Y hoy Dios vive dentro de mí,
sé que él vive dentro de mí
Desde que como el niño aquél en Él creí
Y hoy Dios vive dentro de mí,
sé que él vive dentro de mí
Desde que como el niño aquél en Él creí.


sábado, 28 de enero de 2012

Gregor Mendel, el padre de la genética, el sacerdote que ha desmentido científicamente el darwinismo

(original en italiano; traducción mía)
En la herencia de los caracteres no hay ningún evento, no hay ninguna selección natural, sino sólo módulos matemáticos que siguen una lógica férrea (¡y probada experimentalmente!)
de Marco Respinti
Un aniversario un poco cogido por los pelos, el celebrado ayer [el artículo fue publicado el 20 de julio, n. del t.] con énfasis por Google por el 189º aniversario del nacimiento del “padre de la genética” Gregor Mendel. Un tanto forzado, vista la cifra en absoluto redonda y del todo inusitada, que hace surgir alguna sospecha. No se trata de hecho de un actor famoso, no es una estrella del pop, no es un icono de lo políticamente correcto: y ¿por qué nunca entonces el motor de búsqueda en internet más utilizado del mundo debería molestarse tanto por recordar un oscuro abad moravo nacido hace casi dos siglos  y olvidado incluso por sus contemporáneos?
Quizá porque se ha difundido que sus experimentos sobre guisantes de los cuales conservamos algún vago recuerdo de la escuela son una gran contribución a la causa del evolucionismo, en perfecto acuerdo y es más son confirmación de las hipótesis formuladas por el naturalista inglés Charles R. Darwin. “Algunos científicos y filósofos influyentes”, nota de hecho don Mariano Artigas en su libro “Le frontiere dell’evoluzionismo” (Ares, Milano 1993), escrito con el rigor y la inmediatez que necesitan los no dedicados a los trabajos, “vieron en el darwinismo un puntal científico para el materialismo y para el ateísmo, y pareció que el hombre salió de allí reducido a un animal entre los otros”.
Pero, con el beneplácito de aquellos que creen saber, Mendel no nos cabe con Darwin. Es más, Mendel pone el darwinismo en crisis. Lo encierra en un rincón, obligándolo a revisarse para ajustar las cuentas con la realidad de las cosas –comprobada como norma de método científico (como el darwinismo por el contrario no hace) precisamente por el abad moravo- y a que se enfrente con aquellas preguntas urgentes que la “genética de los guisantes” no permite más dejar a un lado.
Eran los tiempos del imperio austro-húngaro, y entre los muros que cercaban el huerto anexo al monasterio de Santo Tomás del entonces Brünn, hoy Brno, trabajaba alegremente el abad Johann Mendel (en religión Gregor, desde que había entrado en la orden de los benedictinos). Nacido en 1822 de una familia campesina de lengua alemana en territorio checo, había trabajado incluso desde la infancia como jardinero. En 1843 entró en el monasterio, en 1847 recibió la ordenación sacerdotal, después en 1851 se matriculó en la Universidad de Viena. Completados los estudios, volvió a la abadía, era ya 1853, como profesor de Física, de Matemáticas y de Biología. Enseñó, pero sobre todo continuó estudiando, no dejó nunca de estudiar, y continuó observando, no dejó nunca de observar. Y además experimentó, aquel bravo monje no dejó tampoco nunca de experimentar.

Un día el humilde pero agudo abad, siguiendo sus propios intereses botánicos (las plantas eran la segunda pasión de su vida, después de Dios), se puso a cultivar guisantes. Cultivó un número enorme de ellos, y los observó cuidadosamente uno a uno. Los guisantes tenían que ver con su caso. Los guisantes de hecho son vegetales particularmente adaptados a los estudios que le gustaban a Mendel, y esto porque sus fenotipos (la “total manifestación física de un organismo”, como dice el manual) presentan caracteres constantes y definidos. Seleccionó 22 variedades diferentes de guisantes, por tanto se concentró sobre siete pares que mostraban características opuestas, es decir fáciles de distinguir de otro a simple vista (y la cosa es importantísima, ya que, como observa el genetista anti-evolucionista Giuseppe Sermonti, la moderna bioquímica evolucionista piensa salvarse refugiándose en lo infinitamente pequeño y por definición un poco oscuro, y se olvida sin embargo de mirar a la cara los animales y las plantas en carne, huesos y clorofila).

Cruzando las diversas especies de guisantes, Mendel observó que la primera generación nacida después del cruce estaba compuesta por individuos uniformes, mientras que las sucesivas presentaban mutaciones que respondían a precisas proporciones matemáticas. Matemáticas: objetivas y calculables, dos más dos son cuatro, y de aquí no se escapa. Observó además que cada uno de los caracteres que presentaban los nuevos individuos de guisantes venía transmitido a los descendientes de modo independiente, y este por qué determinado por un factor que les era propio, suyo y no de serie, entonces como hoy, como siempre.

Así Mendel, observando la realidad y dejándose amaestrar de forma realista por ella, describió y escribió la famosa ley de la herencia de los caracteres: en los seres vivos existen unidades independientes y heredables, y la herencia es una evolución determinada por las diversas combinaciones de esas unidades independientes. No hay casualidad, no hay selección natural. Hay en cambio un recorrido y una repetición regular, que se puede describir con módulos matemáticos, que se desarrolla siguiendo una lógica férrea.

Ahora, las leyes descubiertas por Mendel en el comportamiento de los guisantes puestos en el mundo por el buen Dios en aquel huerto de la provincia imperial del tiempo que fue son nada menos que la base, cierta y matemática, de la genética moderna. Todo parte de allí, de aquel huerto del abad, sólo que el buen abad no se acuerda de ello.

En 1865 hizo públicos sus descubrimientos, entre estupor y admiración, en el curso de dos reuniones desarrolladas en el Sociedad de Historia natural del entonces Brünn, pero el asunto quedó confinado a los investigadores. Ninguno intuyó su importancia. El mismo Mendel, vuelto al monasterio, se ocupó de ello sólo a título personal, y tenía además una comunidad que gobernar, y también ciertas cuestiones burocráticas  que acometer, y así pasó. En 1884 finalmente se llevó su descubrimiento a la tumba.

Sucedió sin embargo que un naturalista, Hugo de Vries (1848-1935), ocupado en estudios análogos a los de habían apasionado a Mendel, llegó a saber casualmente, en 1900, muchos años después, de los descubrimientos del abad. Por casualidad, diría Darwin, pero la casualidad no existe. Es más: en aquel mismo 1900 antes el botánico alemán Karl Erich Correns (1864-1933), después el agrónomo austriaco Erich Tschermak (1871-1962) llegaron a conclusiones análogas. En este punto, el mundo era mejor conocido, el mundo debía saber. Y así fue. Habían transcurrido 35 años desde que el piadoso y científico abad había penetrado un poco más el esquema de la realidad tal como el buen Dios la había hecho a despecho de Darwin. Era tarde, pero en aquel punto el darwinismo no podía hacer otra cosa que temblar, de desdén y de miedo. El abad había descubierto de hecho que, a pesar de las opiniones alimentadas por los hombres expertos, la transmisión hereditaria de los caracteres en los seres vivos se produce con independencia del ambiente y del cuerpo de un determinado individuo. Y esto era ciencia, o sea conocimiento cierto obtenido por vía galileanamente experimental, no hipótesis filosófica.

Cuando en 1953 tres investigadores, uno más absurdo que el otro, uno incluso un poco eugenesista, otro que más que creer en Dios creían en los extraterrestres, descubrieron el ADN, se encontró también el agente responsable de la ley hereditaria descrita por Mendel, el ácido desoxirribonucleico. El genetista estadounidense James Dewey Watson (nacido en 1928), el biólogo británico Francis Henry Compton Crick (1916-2004) y el biólogo molecular también británico Maurice Hugh Frederick Wilkins (1916-2004) recibieron el Premio Nobel; habrían debido dedicar a Mendel aquel Nobel.

Ahora, después de Mendel, el evolucionismo darwiniano llamémoslo clásico ha entrado en crisis profunda, detenido por la ciencia eso que no puede fingir más que es ciencia. Así ha buscado una protección. Para no sucumbir se ha reciclado, para no morir ha abandonado la paleontología y se ha arrojado en los materiales citoplasmáticos. Pero no ha conseguido batir las leyes de Mendel; hoy combate batallas importantes pero desde la retaguardia, y desafía en este o aquel punto específico sobre el cual la investigación debe aún arrojar luz plena. El esquema general descrito por Mendel permanece sin embargo por eso un obstáculo insalvable. Estemos seguros de que también buscando en Google estas verdades saltan fuera…

viernes, 6 de enero de 2012

La Epifanía según El Bosco

En este día de la Epifanía o de la Adoración de los Magos traigo este comentario que ha hecho Terzio en su bitácora "Ex Orbe", en la entrada titulada "Un tríptico de Epifanía".

La obra comentada es el tríptico de la Adoración de los Magos, que se conserva en el Museo del Prado (Madrid, España). Para ver todos los detalles ha enlazado a esta imagen del tríptico en alta resolución.

Copio a continuación el comentario que hace en dicha entrada:

"La escena representada es una Epifanía, la Adoración de los Magos: La Estrella, el portal-casa de Belén, la Virgen con el Niño en su regazo, los Tres Magos adorantes ofrendando oro, incienso y mirra. Todo lo demás, el resto de la composición, es original creativo del maestro Jerónimo, tan rico en imaginerías.

 Las pinturas del Bosco son inagotables en figuras, anécdotas, detalles, paisajes, historietas, sugestiones, fábulas, mil y una circunstancias en torno a la escena central-mayor: El Misterio de Cristo y el mundo con sus pecados, locuras, bellezas y gracias, todo entorno.
 Comento brevemente:
  - Melchor (en primer plano, el mago calvo con capa roja) tiene a su lado la ofrenda de oro, ese objeto en el suelo, a la dchª del Mago (entre el palo del sombrajo y el manto azuloscuro de la Virgen) es una estatuilla dorada que representa el sacrificio de Isaac: Isaac lleva la leña para el holocausto, Abrahám levanta la espada para degollar al hijo de la promesa y el Ángel sujeta su brazo; detrás del altar está el carnero sustitutorio. Subiendo al plano referencial, la Virgen sostiene en su gremio al Cordero Inocente, sin defecto (desnudo, expuesto, en la debilidad de la carne asumida).
 - El Mago Gaspar (en segundo plano, con capa azul) lleva bordada en la esclavina otra escena del A. Testamento: La Reina de Saba ante Salomón ofrenda dones al Rey Sabio. Se trata de un trasunto del propio Misterio de los Magos, que presentan dones ante la Sabiduría Increada, el Verbo Encarnado, postrados ante la Virgen Madre, la Sedes Sapientiae, que sostiene al Hijo con paño-lienzo-sudario-corporal (alusión a la Pasión y la Eucaristía); la orla de la esclavina de Gaspar también representa una escena de sacrificio (parace como un cordero en las brasas (¿alusión al sacrificio-cena pascual???).
 - El tercer mago, Baltasar, el negro, lleva en el cuello y las mangas bordados de cardina (hierba amarga), y el pomo de mirra también representa una escena de ofrenda, que no distingo bien, pero debe ser también alguna referencia veterotestamentaria (¿o es José de Arimatea pidiendo a Pilato el Cuerpo del Señor???).
  - Los que se asoman al portal por la puerta entreabierta, ventanucos, rendijas y vanos, son los príncipes de la gentilidad y el paganismo, que se acercan al Misterio, convocados por la Gracia de Dios, que se ha manifestado; los Magos son los primeros, después vendrán otros. También están los pecadores. 
  - La escena de San José, separado del grupo, como sorprendido por el ojo del pintor, tomando sopa bajo la cobacha del rincón, es característica del anecdotario iconográfico navideño de la época, siendo frecuente que San José aparezca como un personaje secundario, presente pero en cierta desconexión respecto a la escena central. 
  - Los paisajes son fantásticos, con perspectivas de vertigo y edificios inventados: Se acercan a Belén las huestes criminales de Herodes; en un bosquecillo (panel dchº) se esconde la Sgdª Familia que huye a Egipto.
  - Las escenas menores son caprichosas, muy típicas del Bosco; en la hoja de la dchª unos lobos atacan a un pastor y una campesina; un jabalina corre con sus jabatos; en el panel de la izqdª unos campesinos danzan. 
  - En una y otra puertezuela, en primer plano preferente, los donantes son presentados en la escena por sus Santos Patronos: San Pedro al caballero y Santa Inés (hay un cordero cerca de ella) a la dama; detrás de cada uno, los blasones respectivos. 
  Y, como dije, mil detallitos más [...]".

miércoles, 4 de enero de 2012

He tirado un calendario de Antena Misionera al contenedor de papel

Ha sido el de 2010, y he podido hacerlo sin ningún problema, puesto que no contenía ninguna imagen religiosa, ninguna en los doce meses del año ni en ninguna de las páginas informativas que contenía.

Normalmente si tengo que deshacerme de alguna estampa religiosa la quemo para que no esté rodando o acabe donde no debe, pero como digo este calendario editado por los Misioneros de la Consolata no tenía ninguna imagen ni de Cristo, ni de la Virgen ni de ningún santo. Sólo de los derechos de los indígenas, que estos misioneros querían dar a conocer para que sean defendidos, sin duda por una motivación profunda, religiosa pero que no se notaba. Lo mismo podía haber sido un calendario de una O.N.G.

Bitácora de Antena Misionera.