jueves, 14 de febrero de 2013

Cuando, en septiembre de 2011, supe de la dimisión. Y por qué hoy... aquellas inquietantes profecías

Antonio Socci (original en italiano; traducción mía)

De “Libero”, 12 febrero 2013

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La dimisión de Benedicto XVI no es sólo una una noticia explosiva, sino un acontecimiento histórico, sin precedentes modernos (se puede citar el caso de Celestino V, hace setencientos años, pero fue un asunto absolutamente distinto en un contexto diferente).

Lo que acontece ante nuestros ojos es un acontecimiento que, por su misma naturaleza planetaria y espiritual, hace palidecer todas las otras noticias de estos días y ciertamente no tiene relación con ellas (empezando por las elecciones italianas).

Ayer Ezio Mauro, en la reunión de redacción de “Repubblica” transmitida en el sitio web y que obviamente estuvo dedicada al pontífice, ha revelado que Benedicto XVI llegó a esta decisión "después de una larga reflexión. Esta mañana" ha añadido Mauro "nos han dicho que la decisión la tomó desde hace tiempo y en todo caso la ha guardado en secreto".

En efecto la decisión vuelve a plantearse al menos en el verano de 2011 y no es una noticia secreta desde el 25 de septiembre de 2011, cuando, en este diario, yo la saqué a la luz, habiéndola sabido de diversas fuentes, todas creíbles e independientes una de la otra. En aquella ocasión escribí que la transimisón había sido pensada por Ratzinger para el cumplimiento de sus 85 años, o sea en la primavera de 2012.

Sin embargo dos meses después de mi artículo, en el otoño de 2011, comenzó a estallar el caso Vatileaks y fue pronto evidente que -hasta que no se cerrase aquel suceso- el Santo Padre no llevaría a cabo su decisión.

De hecho en el libro entrevista de hace unos años, "Luz del mundo", con Peter Seewald, analizando el asunto de forma teórica, había explicado que cuando la Iglesia se encuentra en medio de una tempestad u Papa no puede dimitir.

Por esto el 11 de marzo de 2012, a un mes del 85º cumpleaños del Pontífice (que es el 16 de abril), yo escribí en esta columna: "es necesario decir que la tempestad que ha devastado estos meses la Curia vaticana, en particular la Secretaría de Estado, aleja las hipótesis de dimisión del Papa, el cual siempre ha precisado que hay que hay que excluirlas cuando la Iglesia están en grandes dificultades y por eso podrían parecer una huida de la responsabilidad".

El desarrollo de los hechos sucesivos confirma esta reconstrucción. Porque al final la dimisión del Papa llega puntualmente un mes después del cierre definitivo del caso Vatileaks, con la gracia concedida al mayordomo Paolo Gabriele. Señal que tal dimisión efectivamente había sido ya decidida en el verano de 2011.

He aquí las razones aducidas ayer por el Papa: "he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino". Con su habitual claridad el Papa ha dicho la simple verdad y ha hecho la elección que considera mejor para el bien de la Iglesia, por cierto una muestra de humildad, que es un rasgo importante de su humanidad y de su fe. Todavía podemos y debemos observar que todos los Papas precedentes han envejecido y han permanecido en el cargo con fuerzas reducidas, gobernando a través de sus colaboradores.

Se puede por tanto suponer que Benedicto XVI no ha considerado hacer esta elección porque no considera que tiene colaboradores a la altura de tal tarea (con su dimisión todos los cargos de la Curia serán renovados).

Ciertamente se puede decir que Benedicto XVI ha sido un gran pontífice y que a su pontificado -al menos en parte- le ha puesto la zancadilla una Curia que no ha estado a la altura, pero también por la escasa respuesta al Papa de parte del episcopado. Joseph Ratzinger, que se confirma como un Papa extraordinario también con esta salida de escena, ha llevado la cruz del ministerio petrino ciertamente sufriendo mucho y dando todo de sí mismo (no le han faltado ni las incomprensiones ni la burla).

Ha sido una pena ver cómo su espléndido magisterio ha permanecido a menudo ignorado. Cuando publiqué mi exclusiva escribí que me alegraría de ser desmentido por los hechos y esperaba que nosotros los católicos rezásemos para que Dios nos conservase por mucho tiempo a este gran Papa.

Desgraciadamente muchos creyentes en lugar de escuchar esta llamada mía a la oración se lanzaron a atacarme, como si dar la noticia de que el Papa estaba pensando en la dimisión fuese un delito de lesa majestad. una reacción beata que señalaba un cierto difundido clericalismo. Benedicto XVI –con sua continua apología del a conciencia y de la razón- está entre los pocos con una mentalidad no clerical.

Baste recordar que no ha dudado en llamar por su nombre a todas las heridas de la Iglesia y en denunciarlas como nunca antes se había hecho. En su admirable libertad moral no dudó ni siquiera en desmentir a aquel estrecho colaborador suyo sobre el "secreto de Fátima". Sucedió en 2010, cuando decidió una repentina peregrinación al santuario portugués de Fátima y allí declaró:

"Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada [...] En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima [...] Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad".

Una expresión que ciertamente hace pensar (el centenario de las apariciones de Fátima es en 2017), también en referencia a los famosos "diez secretos" de Medjugorje.

De otra parte el mismo anuncio de la dimisión llegó en una fecha gloriosamente mariana, el 11 de febrero aniversario (y fiesta litúrgica) de las apariciones de la Virgen en Lourdes. Es fácil prever que ahora se lanzarán también teorías de la conspiración fantasiosas, se evocarán los dedos de Malaquías, la monja de Dresde y todo lo que se pueda imaginar.

Pero queda el hecho de que el Papa, con el peso histórico de la decisión que asumido, pone a toda la Iglesia ante la gravedad de los tiempos que vivimos. Gravedad que la Virgen ha subrayado dolorosamente en todas sus apariciones modernas, desde La Saleta a Lourdes, desde Fátima a Medjugorje (pasando por el misterioso y milagroso llanto de lágrimas de la Virgencita de Civitavecchia). Sólo hay que desear que no se refiera a nuestro amado Papa lo que se atribuyó a su predecesor Pío X, al que la Iglesia ha proclamado santo.

Es un episodio que desde hace algunos meses se ha difundido entre algunos ambientes católicos y también en la Curia. Resultaría que Pío X, en 1909, había tenido durante una audiencia una visión que lo descompuso: "¡Esto que he visto es terrible! ¿Seré yo o un sucesor mío? He visto al Papa huir del Vaticano caminando entre los cadáveres de sus sacerdotes. Se refugiará en cualquier parte, de incógnito, y después de una breve pausa morirá de muerte violenta". Parece que aquella visión volvió en 1914, a punto de morir. Aún lúcido refirió de nuevo el contenido de aquella visión y comentó: "El respeto de Dios ha desaparecido de los corazones. Se busca cancelar incluso su recuerdo".

Desde hace un tiempo circula esta "profecía" también porque se dice que Pío X habría declarado además que se trataba de "uno de mis sucesores con mi mismo nombre". El nombre de Pío X era Giuseppe Sarto. Giuseppe por tanto Joseph. Deseo vivamente que no sea una profecía auténtica o que no se refiera a la actualidad.

Pero su difusión señala cómo el pontificado de Benedicto XVI -como el de su predecesor- ha sido rodeado de inquietudes. Es más él mismo lo inauguró pidiendo oraciones de los fieles para no huir ante los lobos. El Papa no ha huido.

Ha sufrido y ha desarrollado su misión hasta que ha podido y hoy pide a la Iglesia un sucesor que tenga las fuerzas para asumir este pesado ministerio. De otro lado es evidente a todos que desde hace trescientos años el papado se ha vuelto un lugar de martirio blanco, como en los primeros siglos exponía al seguro martirio de sangre. De hecho los tiempos modernos se abrieron con otro suceso místico sucedido al Papa León XIII, el Papa de la "cuestión social" y de la "Rerum novarum". El 13 de octube de 1884 (el 13 de octubre por otro lado es el día del milagro del sol en Fátima) el pontífice tuvo una visión durante la celebración eucarística. Quedó impresionado y descompuesto. El pontífice explicó que tenía que ver con el futuro de la Iglesia. Reveló que Satanás en los cien años sucesivos habría reunido el culmen de su poder y que haría todo para destruir a la Iglesia.

Parece que había visto también la Basílica de San Pedro asaltada por los demonios que la hacían temblar.  El hecho es que el Papa León se recogió inmediatamente en oración y escribió aquella maravillosa oración a San Miguel Arcángel, vencedor de Satanás y protector de la Iglesia, que desde entonces fue recitada en todas las iglesias al final de cada Misa. Aquella oración fue abolida con la reforma litúrgica que siguió al  Concilio Vaticano II, la reforma litúrgica que Benedicto XVI ha buscado tanto rediseñar.

Nunca como hoy la Iglesia habrá necesitado aquella oración de protección a San Miguel Arcángel.

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