jueves 21 de junio de 2007

Eutanasia

Anoche, mi esposa y yo estabamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida. Estabamos hablando de la idea de vivir o morir. Le dije: 'Nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de maquinas y liquidos de una botella, si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo, prefiero morir'.

Entonces ella se levanto con cara de admiración... y la muy idiota desenchufo el televisor, el ordenador, el movil, la playstation y me quito la cerveza.

¡¡¡Que mamona ... casi me muero!!!

sábado 16 de junio de 2007

El sudario de Cristo

He estado viendo un capítulo del programa de César Vidal "Corría el año" en Libertad Digital TV; trataba del Sudario de Oviedo y se titulaba: "Corría el año: El sudario de Cristo", y me ha parecido interesante porque además el tema de la Sábana Santa y el Sudario de Oviedo (que cubrió el cadáver de Cristo) es de por sí interesante también para conocer cómo fue la muerte de Cristo.

Pincha aquí para ver el programa o bien entra en YouTube y escribe: Corría el año: el Sudario de Cristo en la ventana Search .

Para conocer más sobre la Sábana Santa de Turín visita este especial de Aciprensa.

Más información en los sitios oficiales siguientes:

- Sábana Santa de Turín

- Centro Español de Sindonología: Sudario de Oviedo y Sábana Santa de Turín.

viernes 15 de junio de 2007

La supuesta tumba perdida de Jesús

El pasado martes 12 de junio, Antena 3 emitió el documental “La tumba perdida de Jesús”, producido y dirigido por James Cameron, famoso cineasta que ha trabajado en películas como Terminator (1984), Rambo (1985), Aliens (1986), Terminator 2 (1991), Titanic (con la que ganó el Óscar y el Globo de Oro al mejor director en 1997).

En el documental emitido el martes se trata de demostrar que los 10 osarios de una tumba descubierta en un suburbio de Jerusalén pertenecen a Jesús de Narazaret y a parte de su familia, concluyendo así que Jesús no resucitó, como afirman las Escrituras y reza el Credo cristiano, y además que Jesús fue padre de Judas.

Este documental afirma que de los 10 osarios encontrados en una cueva en 1980, 6 llevan inscripciones identificándolos como los de Jesús, su madre María, una segunda María (posiblemente María Magdalena) y unos parientes llamados Mateo, Josa y Judá, este último sería “el hijo de Jesús”.

Amos Kloner, profesor de la Universidad Bar-Ilan y arqueólogo oficial del distrito de Jerusalén, que supervisó las excavaciones de la misma tumba en 1980 y es autor de numerosas obras sobre los descubrimientos, quitó cualquier legitimidad a la investigación narrada en La tumba perdida de Jesús al señalar que ésta “es una farsa publicitaria, un excelente material para una película de televisión, pero sin sentido, algo imposible”.

Amos, quien descubrió la tumba en 1980 y la reveló al mundo, criticó al Discovery Chanel por utilizar una “ estrategia de mercadeo”. “Afirmar que la tumba de Jesús ha sido encontrada no se basa en ninguna prueba y es sólo una maniobra para vender”, agregó Kloner.

Según el arqueólogo israelí, los nombres inscritos en las tumbas eran muy comunes en la era del Segundo templo, y la inscripción “Jesús hijo de José” ha sido encontrada en muchas otras tumbas en Jerusalén. “La verdadera tumba de la familia de Jesús sería un descubrimiento que sacudiría al mundo, y eso es lo que los cineastas están tratando de hacer”, agregó el arqueólogo. “Es muy poco probable que Jesús y sus parientes tuvieran una tumba familiar”, explicó Kloner. “Ellos eran una familia de Galilea sin vínculos en Jerusalén. La tumba de Talpiot perteneció en cambio a una familia de clase media del primer siglo de nuestra era”.

Finalmente, Kloner criticó duramente a la Autoridad Israelí de Antigüedades –conocida por sus siglas en inglés IAA– por prestar dos de los osarios para su exhibición en Nueva York durante la conferencia. El hecho de que James Cameron no cite eruditos que no estan de acuerdo con su teoría, levanta serias sospechas sobre este supuesto descubrimiento. La mayor parte de los arqueólogos ponen en cuestión que ésta sea la tumba de Jesus y su familia.

Los historiadores judios y romanos del primer y segundo siglo despues de Cristo, tales como Flavio Josefo, Plinio el Joven, Tácito y Suetonio, que mencionan en sus escritos a Jesus, y tantos otros historiadores contemporaneos a ellos, no mencionan nada sobre la tumba de Jesus. ¡Qué buena oportunidad para los escribas y fariseos, enemigos de los cristianos, para desenmascarar la fe cristiana entonces!

El hecho de que algunos discipulos de Jesus fueron martirizados por predicar su resurreccion de entre los muertos, es un testimonio poderoso contra este fraude, que llaman documental en el Discovery Chanel.

Por ultimo, Jodi Magness, arqueologo de la Universidad de Carolina del Norte, afirma que los nombres escritos en los osarios de Talpiot indican que la tumba pertenecia a una familia de Judea, area circundante a Jerusalén, donde las personas eran conocidas por su primer nombre y el nombre de su padre (ejemplo: Jesús hijo de Jose). Como galileos, Jesus y los miembros de su familia hubieran usado su primer nombre y el de su pueblo de origen (ejemplo: Jesus de Nazaret, tal y como se le conocia, segun los evangelios).

Para terminar: el documental de la supuesta tumba de la familia de Jesus no es otra cosa que ficcion. No se basa en hechos, sino, en suposiciones.

lunes 11 de junio de 2007

De religión y moral

Entrada de hoy de la bitácora del historiador Pío Moa en Libertad Digital:

Algunos ateos ciencistas afirman que los mejores índices de moralidad corresponden a las sociedades más ateas y los de mayor inmoralidad a las más religiosas. Buena simpleza. También podrían pretender que corresponden a las sociedades de piel más blanca y de piel más oscura, respectivamente, ¿por qué no se atreven a decir esta otra simpleza? Un nazi ciencista lo haría notar enseguida. En fin...

A partir de la I Guerra Mundial ocurrió en Europa occidental un fuerte proceso de descristianización, impulsado desde diversos frentes: marxismo, psicoanálisis, socialdemocracia, nazismo, y algunos –no todos, desde luego– sectores liberales. Es difícil decir en qué grado influyó ello en la crisis de los sistemas liberales y en los sucesos que culminaron en la II Guerra Mundial. Pero probablemente influyó algo.

Después de dicha guerra hubo un cierto retorno a los principios religiosos y a la moral tradicional, hasta que, en los años 60, tomó cuerpo una nueva oleada en sentido contrario, oleada en plena expansión todavía hoy. Una excepción fue el franquismo, el cual estuvo profundamente influido por el catolicismo tradicional hasta su mismo fin, a pesar de las corrientes “modernizadoras” en auge. Y debe reconocerse que, en bastantes aspectos morales o relacionados con la moral, sus logros fueron notables. El nivel de delincuencia era proporcionalmente el más bajo, o uno de los más bajos, de Europa, y también el de gente encarcelada o el de suicidios. Había un problema de alcoholismo, pero poco acentuado, y escaso entre los jóvenes. El consumo de droga, extendido espectacularmente por Europa y Usa desde los años 60, apenas cuajó aquí entonces. Las cifras de violaciones, de asesinatos domésticos, de embarazos de adolescentes, eran ciertamente reducidas en proporción con el resto de Europa y con lo que ha llegado a pasar después en la misma España. No había policías privadas, ni existían los enormes negocios actuales de seguridad y protección de las propiedades… España pasó de ser uno de los países europeos con mayor mortalidad infantil durante la república a estar prácticamente en cabeza en su disminución; la esperanza de vida se puso al nivel de los más avanzados, solo por debajo de Suecia, Japón y quizá alguno más.

Comparados con la actualidad o con otros países europeos también eran muy bajos los índices de fracaso matrimonial y familiar, y de los duros y desequilibradores efectos que esos fracasos suelen tener en los hijos y en los propios cónyuges. No existía el divorcio, pero sí la separación, con índices asimismo pequeños. Para establecer el divorcio, sus partidarios argüían que había muchos cientos de miles matrimonios esperando ansiosamente la ley, pero cuando la ley se estableció la aprovecharon solo una pocas decenas de miles (esto no es un argumento contra la ley del divorcio, sí contra los embustes con que la defienden los “progresistas” –muy frecuentemente ateos–, como si la abundancia de divorcios fuese algo excelente, un síntoma de modernidad). Poco a poco al principio, aceleradamente luego, el fracaso matrimonial ha aumentado hasta hacerse masivo, conforme la sociedad se ha ido descristianizando; como también han crecido la droga, el alcoholismo, los embarazos de adolescentes, la delincuencia en general, el asesinato de mujeres a manos de sus parejas o cónyuges, o el número de presos (que se ha triplicado y aun sería mucho más abundante si las leyes no fueran tan comprensivas con los delincuentes y a menudo injustas con las víctimas).

Hubo otros logros a considerar para hacer comparaciones objetivas: el analfabetismo quedó prácticamente erradicado, la enseñanza superior comenzó a hacerse masiva, la creatividad cultural era seguramente superior a la de hoy (baste comparar a los principales escritores de entonces con los actuales, por decir algo), la enseñanza, aun si mediocre, no había alcanzado la degradación actual. Si por calidad de vida entendemos algo más que índices de consumo, la de España era bastante alta (Franco, un balance histórico). Faltaban las libertades políticas, pero, como observó Julián Marías y puede recordar cualquier persona desprejuiciada, había una gran libertad personal, algunos de cuyos aspectos mencionó Solzhenitsin para inmensa irritación de los progres de entonces.

Estos hechos, pues lo son, no constituyen un argumento en pro de un estado católico o de la vuelta al franquismo, desde el momento en que no son exclusivos de ellos. Pero sí conforman un argumento que impone la cautela, por lo menos, ante las alegrías ateoides y demagógicas tan en boga. Un estado laico y democrático, único concebible hoy, no debe echar por tierra los logros del pasado, sino reconocerlos y construir sobre ellos. No debiera repetirse el error de la república, la cual, como he explicado en La quiebra de la historia progresista, se empeñó en negar y destruir los muchos avances del país durante la dictadura de Primo de Rivera, convirtiéndose en un régimen retardatario bajo las consignas de una supuesta democracia anticatólica.

Sin duda estas son cuestiones cruciales para enfocar nuestro presente y nuestro futuro. Y para abordarlas correctamente deberemos superar bastante tópicos. Los tópicos creados y divulgados masivamente por los héroes de los cien años de honradez y los del tiro en la nuca y sus cómplices, por los seguidores de las banderas del GULAG y de la tricolor. Lo cual debiera servirnos de advertencia previa a la hora de prestarles atención.

lunes 4 de junio de 2007

La Eucaristía, un misterio que vivir y que ofrecer al mundo

La exhortación apostólica postsinodal de Benedicto XVI insiste en la liturgia y el carácter misional de la Eucaristía

El texto que acaba de publicar Benedicto XVI, una "exhortación apostólica postsinodal" sobre la Eucaristía (llamada también más comúnmente "Misa") titulada Sacramentum caritatis (Sacramento de la caridad), es la conclusión del sínodo de la Eucaristía que habá reunido en octubre de 2005 a los delegados de los obispos del mundo entero.

Habían establecido y propuesto al Papa una lista de 50 proposiciones sobre la manera de celebrar y renovar este sacramento, "fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia". Benedicto XVI retoma la mayor parte de esas proposiciones, reformulando a su manera las diversas indicaciones pastorales lanzadas por el sínodo.

Misterio que creer

La primera parte de este texto, muy teológica, insiste en el misterio eucarístico "misterio de la fe por excelencia" del cual la Iglesia y el cristiano sacan el amor que Dios le da. En la Eucaristía Dios se revela, Cristo "nos atrae a Él", en ella el cristiano encuentra su dinámica de vida. Partiendo de ahí, Benedicto XVI recuerda cómo los 6 sacramentos de la Iglesia tienen un vínculo directo con la Eucaristía. En particular el del matrimonio: "la Eucaristía fortifica de una manera inagotable la unidad y el amor indisoluble de todo matrimonio cristiano". Con una consecuenica directa, y dolorosa, la imposibilidad para los divorciados vueltos a casar de tener acceso a este sacramento "porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significado y puesto en obra en la Eucaristía".

Al mismo tiempo, Benedicto XVI subraya "el sentido profundo del celibato sacerdotal, conformación particular con el estilo de Cristo mismo". Confirma "el carácter obligatorio para la tradición latina".

Misterio que celebrar

La segunda parte, más pastoral, recuerda que la celebración de la Misa debe hacer resplandecer este misterio por el cual Dios se da y nos atrae a Él. "La belleza de la liturgia forma parte de este misterio". Se deduce una serie de prescripciones sobre "el arte de celebrar": armonía del rito, vestimentas litúrgicas, habilitación del lugar sagrado, lectura de los textos, cantos, músicas, homilía (¡«se evitarán las homilías abstractas y generales»!), gesto de paz (¡permanezcamos sobrios en nuestros abrazos!), todo debe estar ordenado en vista de una celebración orante, recogida, y vivida intensamente. Sin olvidar la utilización del canto gregoriano y el uso de la lengua latina para las grandes celebraciones.

Santificación del mundo

Pero por supuesto a propósito de la adoración eucarística y en la última parte de este texto sobre la forma eucarística que debe tomar la vida cristiana, las palabras de Benedicto XVI se vuelven más personales, y a menudo emocionantes: "En compañía de Cristo, en la adoración ante el sagrario, nos dice, puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y efectivamente por este acto personal de encuentro con el Señor madura enseguida la misión social que está encerrada en la Eucaristía". Pues la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo nos transforma, nosotros "somos misteriosamente cambiados por Él", y toda nuestra vida se convierte en «eucaristía», que ofrecemos a Dios, en todos sus componentes, comprendidos aquí en la preocupación que llevamos a la salvaguardia de la creación.

Es propio del cristiano, pues, comunicar al mundo la amistad ligada con Cristo: "una eucaristía que no se traduce en una práctica concreta del amor está truncada en sí misma". Misterio que descubrir, que celebrar y que testimoniar, la Eucaristía está por tanto en el corazón de la vida cristiana. Debe impregnar nuestra vida, volvernos alegremente permeables al amor de Dios y ayudarnos a dar testimonio de su presencia.

(original en francés; traducción mía)

La parroquia laica y atea

Copio uno de los editoriales de hoy de Libertad Digital sobre el problema de la "parroquia roja" de Madrid:

Posiblemente sin quererlo, Pedro Zerolo ha ofrecido la mejor justificación que podría tener el Arzobispado de Madrid para cerrar las actividades litúrgicas de la parroquia de San Carlos Borromeo, al asegurar que, siendo laico y ateo, su cura es Enrique de Castro y su parroquia la de Entrevías. Una iglesia para cuya comunidad no es necesaria la fe en Cristo sino la fe en la ortodoxia izquierdista puede ser un excelente centro de divulgación de la doctrina marxista, pero no del Evangelio.

Hoy ha tenido lugar la primera celebración que, tras la oficialización del cierre, no cabe considerar ya como litúrgica. El problema tanto de los curas de Entrevías como de Leonardo Boff, que acudió a animar la velada con sus palabras, es que aseguran pertenecer a un club cuyas reglas violan una y otra vez. Así pues, el teólogo de la liberación asegura que para reunirse no hace falta "la Iglesia, el Papa o las autoridades" sino sólo el Evangelio. Doctrina muy respetable, pero que es uno de los puntos básicos de las creencias protestantes, no católicas. Del mismo modo, la insistencia en realizar una celebración pese al cierre decretado por el Arzobispado demuestra que los sacerdotes de San Carlos Borromeo no están dispuestos a obedecer lo que decidan sus superiores, que son los encargados de tomar las decisiones en lo que se refiere a la organización del culto y del apostolado.

La razón por la que, pese a reconocer con sus palabras y actos que no desean permanecer en la Iglesia Católica, siguen aún insistiendo en formar parte de ella es porque pesa más en ellos la insistencia de la fe marxista en la necesidad de infiltrar las "organizaciones burguesas". Que es la única razón por la que los titiriteros primero, y Zerolo y Bono después, han acudido a San Carlos Borromeo. Algo mal estarán haciendo en esa parroquia, desde el punto de vista meramente cristiano, cuando no dejan de rendirles pública pleitesía los fariseos de la política.

domingo 20 de mayo de 2007

Dios en la cumbre del universo

La Ascensión aclarada por el lenguaje de la Biblia

Cifras y fechas

Cuarenta días después de la Pascua celebramos la Ascensión, diez días después Pentecostés. Dos grandes fechas que hablan ante todo del tiempo de la fe.

Cuarenta días después de la Pascua, es el tiempo perfecto del nacimiento del discípulo, ¡el tiempo de una revelación! La fiesta de la Ascensión, como la de Pentecostés, concierne a la identidad profunda de Jesús, y a la del creyente, transformado por su adhesión a Jesús, por la proximidad que se extiende ante el misterio.

Jesús por los aires

Estamos probablemente perjudicados por las magníficas representaciones que los pintores han dado a este gran misterio de la fe. Sabemos así que los ángeles tienen alas, puesto que Fra Angélico los ha pintado tan bellos, tan ligeros y tan dulces. Y todo lleva a pensar que la Ascensión fue una partida de Jesús por los aires. Los pintores en efecto han mostrado esta ascensión en su impulso, y en el movimiento de un cuerpo poco a poco absorbido por la nube. Y pensamos, inconscientemente, que Dios está en ese cielo... allí.

Es ignorar el hablar bíblico, que sólo puede situar a Dios en alto, en la cumbre del universo, mientras que el lugar de la muerte, y también el del mal, está abajo hacia el suelo (releer por ejemplo Génesis 4,7), o más abajo todavía para la muerte, en el Sheol. La Biblia designa así el país de la muerte, lugar de oscuridad y sobre todo de silencio, mientras que la vida es movimiento, alegría, palabra de alabanza a Dios. ¡Sí, tal es la más bella figura de la vida (Isaías 38, 10-20)!

La cosmología judía

Para captar el conjunto de estas imágenes en las cuales se expresa la fe bíblica, hace falta acordarse de la representación bíblica del mundo. Es preciso imaginarnos un gran círculo. La mitad superior sería bóveda celeste, de la cual están colgados los astros: sol, luna, estrellas, todas las luminarias de las que habla la Biblia desde su primer capítulo, mientras que en Babilonia se las considera como divinidades. Para el hombre de la Biblia, los astros son sólo criaturas del Dios único.

El círculo estaría atravesado en su mitad por un gran eje horizontal, el del mar, sobre el cual se posa como una torta la tierra firme, sostenida como dicen algunos salmos, por las columnas de la tierra. El mar es el lugar de los demonios y de los poderes hostiles, tal como el monstruo Leviatán del cual habla la Biblia. Y cuando Jesús calma el mar en tempestad, impone silencio a los demonios. Exorciza el mar (cf. Mateo 8, 23-27).

Bajo la tierra se encuentra el sheol, o estancia de los muertos, lugar del silencio, de la no vida. Ninguna imagen como nuestras terribles representaciones medievales, de demonios con tridentes y cuernos agobiando a los pobres condenados. Puesto que la muerte no es condena: es silencio, no vida, cesación de todo.

Dios en la cumbre del universo

En esta representación, Dios está en la cumbre del universo, por supuesto. Abajo, están los poderes del mal y de la muerte. Es así. Pero podemos desde entonces releer uno de los gramdes textps del Nuevo Testamento que habla de Cristo, un himno muy antiguo, anterior incluso a la carta de San Pablo en la cual se inscribe. Viene bajo la pluma de Pablo como la ilustración o la aclaración más espontánea (cf. aquí debajo su primera frase). Solemos llamar este texto a menudo Himno a los Filipenses:

"Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre para que al nombre de Jesús toda rodilla se dobleen los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que «Cristo Jesús es Señor» para gloria de Dios Padre" (Filipenses 2, 5-11).

Leer y releer

El texto que acabamos de leer es mucho más rico de lo que creemos. Cuenta el camino de Cristo: de dónde viene -de Dios- y a dónde va: hacia Dios, a la derecha de Dios. En el plano teológico, este texto es esencial. Y reposa, lo vemos, sobre la representación del universo de la que acabamos de hablar. Venido de Dios, y tomando la condición de hombre, Jesús desciende. Pero Dios lo ha elevado por encima de todos los nombres, para que al Nombre de Jesús, en los cielos, sobre la tierra y en el abismo, todo ser viviente se arrodille, y toda lengua proclame: «Jesucristo es el Señor», para gloria de Dios Padre.

Las palabras de la fe y del Credo

El Credo retoma y prosigue esta afirmación de fe y este movimiento. En su versión más simple, la del Símbolo apostólico, dice en palabras muy simples: Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen. Y esta proclamación de la fe prosigue: sufrió bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, y de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos...

Las palabras, los vemos, son muy cercanas a las que hemos leído en el Himno a los Filipenses. Lo que puede quizá parecer extraño se explica entonces: Cristo en su muerte y en su resurrección va hasta lo más recóndito de la muerte. Los iconos de la resurrección lo muestran vencedor de la muerte y de la tumba, y tomando por la mano a... Adán, el primer hombre, y a Eva. Conduciéndolos a la vida, tocándolos con su resurrección, toca así con la resurrección la estancia de los muertos, toda muerte, la creación y la humanidad enteras.

Así las palabras de la fe se aclaran de manera simple cuando redescubrimos las palabras y las imágenes, el universo de la Biblia.

Jacques Nieuviarts
(original en francés; traducción mía)

miércoles 16 de mayo de 2007

Posición fetal

.- La serie televisiva House, una de las más vistas en Estados Unidos, ha conmocionado a la opinión pública local con un episodio en el que se ve a un no nacido sacar su pequeña mano desde el útero materno y sostener el dedo del atónito cirujano que trata de salvar la vida de su madre.

El episodio, inspirado en la célebre historia real del niño Samuel Armas, se titula “Fetal Position (Posición Fetal) y ha despertado el debate sobre si debe considerarse o no a un no nacido como paciente, en un país con una legislación que protege el aborto.

El capítulo de House –serie que narra las experiencia de un excéntrico médico– ha sido aclamado por numerosos grupos pro-vida que no dudan en considerarlo un hito en la historia de la televisión.

El episodio presenta el caso ficticio de una mujer embarazada de 42 años de edad que sufre un infarto. Los médicos descubren que la causa es una extraña condición llamada “Síndrome de Espejo Materno”, en la cual la salud de la madre gestante refleja lo que sufre el no nacido. Los riñones del bebé están fallando y todo indica que morirán tanto la madre como su hijo.

Los médicos recomiendan abortar y en todo momento rechazan la idea de considerar al no nacido como una persona e insisten en llamarlo feto. Sin embargo, la madre no está dispuesta a abortarlo y espera llegar a cumplir el tiempo suficiente de embarazo para que si hijo sobreviva a un parto prematuro.

Los síntomas empeoran y su muerte parece cercana. Su determinación convence al Dr. Gregory House de intentar una revolucionaria cirugía en la cual se remueve temporalmente el útero de la mujer, se abre y practica la cirugía al no nacido que luego es devuelto al vientre materno.

Durante esta delicada cirugía, el famoso médico queda conmocionado cuando el bebé saca el brazo del útero y coge su dedo con su pequeña mano.

Según informa el sitio Lifesite.net, “muchos televidentes pro-vida saben que la cirugía representada y el estremecedor momento del contacto entre el niño y el médico, son la recreación de una cirugía real que salvó la vida de Samuel Armas, cuya espina bífida fue reparada por los médicos en el Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt en Nashville en 1999. La fotografía de la pequeña mano de Samuel tomando el dedo de su médico se convirtió en un icono de la naturaleza humana del no nacido”.

“En House, el médico, aunque conmovido, no se convence por el inesperado contacto, pero los defensores de la vida consideran que presentar al no nacido como un paciente es un paso adelante en la presentación mediática del tema del derecho a la vida. Numerosos sitios web y editoriales coinciden ahora en que el contacto entre el médico y el bebé es uno de los momentos más memorables de la televisión”, concluye Lifesite.net.

Si desea ver esta parte del episodio de House puede ingresar a YouTube.com en http://youtube.com/watch?v=jzZLkNidWZ8

Además, puede conocer la historia verdadera de Samuel Armas en http://www.aciprensa.com/vida/samuel.htm

miércoles 9 de mayo de 2007

Apariciones marianas: modo de empleo

Algunas referencias de Iglesia para referirse de manera justa a las apariciones marianas y a la atracción, o sea entusiasmo, que pueden suscitar en los fieles

¿Quién reconoce las verdaderas de las falsas apariciones de María?

La Iglesia católica compromete su responsabilidad al reconocer tal o cual aparición. Lo hace tras largas investigaciones muy minuciosas. Se pronuncia el obispo de la diócesis donde tienen lugar las apariciones.

Cuatro criterios guían su discernimiento:

• La conformidad del mensaje con la Sagrada Escritura
• La comunión con la Iglesia
• La coherencia entre mensajeros y mensaje
• Los frutos espirituales de conversión.

De más de 100 presuntas apariciones de la Virgen María a lo largo del siglo XX, la Iglesia católica sólo ha confirmado tres: Fátima (1917), Beauraing (1932) y Banneux (1933). Está igualmente la Isla Bouchard con la peregrinación a "NotreSeñora de la oración" pero, por el momento, el carácter sobrenatural de las apariciones de 1949 no está reconocido. ¡La Iglesia es pues más que prudente!

¿Estamos obligados a creer en estas apariciones?

No, las apariciones no son objetos de fe. Podemos no creer, incluso cunado son reconocidas por la Iglesia y ser un buen cristiano, una buena cristiana.

En efecto, las apariciones no tienen como misión fundar la fe, sino (esta expresión proviene del documento elaborado por el "Grupo de Dombes", grupo ecuménico, sobre María, tomo 2, n 311). San Juan de la Cruz llega a pedir "resistir a las revelaciones particulares como si fueran peligrosas tentaciones".

¿Cuáles son las principales apariciones reconocidas?

Éstas son algunas apariciones que retener, que a menudo están en relación con acontecimientos importantes:

la Medalla Milagrosa (París, rue du Bac): 1830
la Salette: 1846
Lourdes: 1858
Pontmain: 1871
Pellevoisin: 1876
Fatima: 1917
Beauraing: 1932
Banneux: 1933...

[...]

¿Ir en peregrinación a esos lugares y santuarios? Pues claro, sabiendo que el fin es profundizar en el mensaje en vista a la conversión y de una vida siempre más conforme con el Evangelio.

¿Y las apariciones no reconocidas?

Numerosas apariciones permanecen no reconocidas por la Iglesia después de numerosos años de investigaciones con médicos, psicólogos, teólogos: Kérizinen (en Bretaña), San Damiano (en Italia), Garabandal (en España); y están aquellas que no son reconocidas por el momento, como las apariciones de Medjugorje (en Croacia).

La sabiduría consiste en entender ese pasaje del Evangelio: "Quien os escucha a vosotros a mí me escucha, quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza. Y quien me rechaza, rechaza a Aquel que me ha enviado" (Lucas 10,16).

La actitud concreta que conviene tener con respecto a las apariciones no reconocidas es la de la obediencia y la prudencia, en la humildad y la confianza para con la Iglesia que habla por el obispo del lugar y por Roma.

Es así también importante estar en comunión y en caridad para con los pros y los contras en un espíritu de búsqueda para saber qué quiere el Señor. Recordemos la palabra de Jesús (Mateo 12, 39) a quienes le pedían un signo: "¡Generación malvada y adúltera!... No le será dado más signo que el del profeta Jonás" es decir el del Hijo del hombre que resucitará tres días después de su muerte.

La conclusión se impone: una sana devoción mariana da fecundidad a la vida cristiana, en la Iglesia Cuerpo de Cristo, sacramento de ese Cristo resucitado y vivo.

¿Las apariciones no revelan nuevos mensajes para nuestro mundo?

No. Ninguna aparición, fuese de la Virgen María, no puede aportar ninguna cosa nueva respecto a todo lo que ha sido dicho y anunciado en la Biblia. Las apariciones no revelan nada nuevo: no hacen más que reenviar al mensaje del Evangelio, manifestando así que nuestra conversión a la Buena Noticia no termina nunca. ¡Pero no hay que esperar ninguna exclusiva de las apariciones!

San Juan de la Cruz tuvo palabras muy claras sobre este punto:int Jean-de-la-Croix a eu des paroles très nettes sur ce sujet :

"Desde que entonces nos ha dado su Hijo, que es su Palabra, Dios no tiene otra palabra que darnos. Nos ha dicho todo a la vez y de un solo golpe en esta su Palabra (...); pues lo que decía por partes a los profetas, lo ha dicho todo entero en su Hijo (...). He aquí por qué quien quiera ahora preguntarle, o deseara una visión o una revelación, no sólo haría una locuera, sino que haría una injuria a Dios no mirando a Cristo, sin buscar otra cosa novedosa" (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo).

Estas referencias se inspiran ampliamente en un artículo del Padre Emile Chartron, de la diócesis de Luçon, publicado en la revista diocesana de Luçon en octubre 2003.

(original en francés; traducción mía)

domingo 29 de abril de 2007

El pastorcico

Este Domingo IV de Pascua es el día del Buen Pastor, os traigo este bellísimo poema de San Juan de la Cruz, ilustrado por este impresionante crucificado de Miguel Ángel, que se encuentra en el Sancto Spirito de Florencia.

Jesucristo es el Buen Pastor, que con su muerte en el madero nos ha abierto las puertas de la vida eterna, nos ha hecho entrar en los pastos eternos.

Suele representarse al Buen Pastor con la oveja a hombros, ya desde las primitivas catacumbas cristianas: ver aquí y aquí; ésta última imagen bucólica se ha tomado como logotipo del Catecismo de la Iglesia católica.

En esta ocasión quiero mostrar su dimensión de entrega que ilumina todo este tiempo pascual.

Podéis descargar el poema con música (además de otros más) en este sitio:

EL PASTORCICO

I

Un pastorcico solo está penado
ageno de plazer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

II

No llora por averle amor llagado
que no le pena verse así affligido
aunque en el coraçón está herido
mas llora por pensar que está olbidado.

III

Que sólo de pensar que está olbidado
de su vella pastora con gran pena
se dexa maltratar en tierra agena
el pecho del amor muy lastimado!

IV

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado
de aquel que de mi amor a hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado!

V

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado
sobre un árbol do abrió sus braços vellos
y muerto se a quedado asido dellos
el pecho del amor muy lastimado.

jueves 26 de abril de 2007

¿Por qué tanta violencia en el Antiguo Testamento?

Michel Souchon, jesuita, de la redacción de Croire Aujourd'hui responde a estos interrogantes

"¿Qué puede aportar el Antiguo Testamento? Cuando abro mi Biblia caigo la mayor parte del tiempo en el Antiguo Testamento (que representa el 80% de la Biblia), y encuentro casi siempre atrocidades: masacres, matanzas, genocidios, etc" se interrogan los internautas en nuestro foro

En vez de abrir la Biblia al azar, tratad de marcar con una señal las páginas que han suscitado un eco en vuestro corazón (esto ha debido pasaros, un día al menos). Bernanos decía, en el Diario de un cura rural, que tenemos todos nuestro lugar en una escena evangélica: en la fila de pecadores que van a pedir el bautismo de Juan; sobre los bancos de la sinagoga de Nazaret; en el Monte de los olivos... Y cada uno, escuchando una palabra precisa, ha sentido que le estaba dirigida y se ha dicho: "¡Esta palabra es viva!" Volved a esos textos fundadores: es una buena manera de vivir la Palabra de Dios.

Dicho esto, comprendo vuestro asombro ante tantos pasajes violentos del Antiguo Testamento. Conviene recordar que el relato global de la Biblia es el de un largo aprendizaje para salir de la violencia, desde la muerte del justo Abel hasta la cruz donde el "justo de los justos" fue colgado, víctima de la violencia de los hombres. Precisamente porque hacemos ese recorrido nos escandalizamos por los relatos que son etapas (nunca completamente superados) de la liberación de nuestros miedos y de nuestras violencias.

¿Por qué mirar entonces esta historia antigua (el Antiguo Testamento) y cargar la memoria cristiana? La herejía de Marción en el siglo II quería deshacerse del Antiguo Testamento, pensando como vosotros que no podía aportarnos nada más... La tradición cristiana ha rechazado esta mutilación. ¿Cómo comprender la Pascua de Cristo sin la memoria de la salida de Egipto? Recordad el diálogo de Cristo y los discípulos sobre el camino de Emaús: «Comenzando por Moisés y recorriendo todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que concernía a Él» (Lucas 24,27).

Michel Souchon, jesuita
(original en francés; traducción mía)

miércoles 25 de abril de 2007

San Marcos y El testamento del pescador

Hoy es el día de San Marcos, el evangelista, el creador del nuevo género literario llamado evangelio, buena noticia en griego. Siempre se ha considerado que su evangelio recoge la predicación del apóstol San Pedro, que lo llama "mi hijo" (1 Pedro 5,13).

Por eso puede considerarse que el evangelio que redactó San Marcos es el Testamento del pescador, el testimonio escrito de la predicación de Simón, llamado luego Pedro Marcos 3,16), el pescador de Galilea que un día fue llamado por el Señor para hacerlo pescador de hombres (Marcos 1,16-17).

Los evangelistas pusieron por escrito las tradiciones orales sobre Jesús procedentes de los testigos oculares de la obra y dichos de Jesucristo para que así las comunidades cristianas pudieran conocerlo realmente y con fiabilidad una vez que los testigos oculares hubieran fallecido y la fe cristiana se extendía.

El cuadro del Beato Angélico que ilustra la entrada es de 1.433, está en el Museo de San Marcos de Florencia y representa al santo evangelista tomando nota de la predicación del apóstol San Pedro.

domingo 22 de abril de 2007

Benedicto XVI propone la humildad de Agustín como modelo para la Iglesia

Venido en peregrinación para venerar las reliquias de San Agustín, Padre de la Iglesia al cual está espiritualmente muy próximo, Benedicto XVI ha invitado a la Iglesia a colocarse en los pasos del obispo de Hipona

En la sacristía de San Pietro in Ciel d'Oro, sobre un bello lienzo del siglo XVII, están representados dos grandes santos en conversación: Agustín escribe sentado en su mesa, y Jerónimo, cuya cabeza pasa a través de la ventana, solicita el parecer del obispo de Hipona.

A esta misma discusión ha invitado Benedicto XVI a la Iglesia entera el 22 de abril en Pavía, ciudad del norte de Italia donde reposan, justamente en San Pietro in Ciel d’Oro, las reliquias de San Agustín.

Fiel a sí mismo, el Papa ha pronunciado un discurso exigente en una ciudad totalmente en fiesta para acogerlo. El Domingo por la mañana, para la Misa al aire libre, a las orillas del Ticino, numerosos jóvenes y menos jóvenes habían venido, por parroquias, tropas de scouts, asociaciones, para ver al Papa y «escucchar un mensaje de esperanza», como confiesan dos jóvenes pavianos endomingados.

¿Habrán apreciado la lección austera y casi académica de la homilía sobre San Agustín que les ha predicado Benedicto XVI? Después de todo, la pequeña ciudad, toda de arenisca de las montañas vecinas, tiene la seriedad de una de las ciudades universitarias más prestigiosas de la península, y a los estudiantes les gusta discutir bajo los claustros de los viejos edificios renacentistas.

"El respeto y la defensa de la vida"

«He hecho latín y he estudiado a San Agustín, sostiene, un poco dudosa, una joven estudiante de medicina que acaba de asistir a la celebración, entonces yo creo que he podido comprender lo que nos dijo».

«Aquí, cada año, en el momento en que se veneran sus reliquias, tenemos exposiciones y debates alrededor de sus escritos, conocemos pues bien su vida», añade un grupo de adultos, voluntarios de Cáritas, numerosos en esta región lombarda donde el catolicismo social permanece muy presente.

El sábado, el Papa, en Vigévano, diócesis vecina, había tenido términos más pastorales para animar a las familias y a los jóvenes.

El Domingo por la mañana, muy temprano, en el hospital, también ha estado inclinado sobre los sufrientes y los enfermos, y ha pedido que «el necesario progreso tecnológico sea acompañado constantemente de la conciencia de promover juntos, para el bien del enfermo, los valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida en cada una de sus fases, de lo cual depende la calidad auténticamente humana de una sociedad».

Pero para la Misa, como ante los universitarios, a la sombrar de las grandes torres medievales, es el obispo de Hipona y su síntesis entre la filosofía griega y la revelación cristiana, que fueron el hilo de su palabra. Todo como, naturalmente, al final de la tarde delante de las reliquias mismas del gran santo.

"El más grande converso de la historia de la Iglesia"

Nada de asombroso: «He venido aquí para expresar el homenaje de toda la Iglesia a uno de sus Padres más grandes, ha dicho, y también mi devoción personal, y mi reconocimiento hacia aquel que tiene tanta parte en mi vida teológica, de pastor, y diría aún más de hombre y de sacerdote». Benedicto XVI ha venido aquí para hablar de San Agustín, «el más grande converso de la historia de la Iglesia», al que desde el principio dedicó su primera encíclica (para más información, pinchar aquí).

Y si habla de esto, es porque está persuadido, en 2007, de que el gran intelectual de los primeros tiempos del cristianismo ofrece más que nunca un «mensaje significativo para el camino de la Iglesia». Por la mañana, ha invitado pues a la Iglesia a recorrer el camino de conversión de Agustín. Ha pedido a la Iglesia que siga la humildad del santo, que ha descubierto, en la tarde de su vida, «cuán necesaria le era constantemente la bondad misericordiosa de un Dios que perdona».

Y por la tarde, tras haberse recogido largamente ante el magnífico sarcófago en mármol, obra maestra de la escultura lombarda del siglo XIV [ver foto que ilustra la entrada], ha emplazado a los católicos, como San Agustín, a ver en Cristo el rostro de Dios amor.

«Dios es amor», ha repetido, retomando los acentos de su propia encíclica: «Todo debe partir de allí, todo debe conducir ahí: cada acción pastoral, cada debate teológico»: sólo «aquel que vive en la experiencia personal del amor del Señor está en condiciones de ejercer la responsabilidad de guiar y acompañar a los otros en ese camino después de Cristo», pues, añadió, aunque «inevitablemente a contracorriente», «servir a Cristo es ante todo una cuestión de amor».

Isabelle DE GAULMYN, en Pavía

(original en francés; traducción mía)

viernes 20 de abril de 2007

Benedicto XVI, Papa agustiniano

El Papa se recogerá durante los días 21 y 22 de abril en Pavía sobre la tumba de San Agustín. Un Padre de la Iglesia que el teólogo Ratzinger ha estudiado largamente y al que Benedicto XVI se refiere con mucho gusto, signo de una proximidad teológica y espiritual.

«Un magisterio que habla sobre todo de Cristo y del Amor» ¿Se trata de Benedicto XVI? No, sino de San Agustín... y el autor de esta definición no es otro que Juan Pablo II, en una carta apostólica escrita en el XVI Centenario de la conversión del gran santo de África del Norte [1986].

Caracterizar el pontificado de Benedicto XVI por esta frase de su predecesor es tentador tanto que las dos nociones, Cristo y amor, están omnipresentes en sus discursos y textos. Tanto como que es una gran verdad también que el Papa alemán está impregnado fuertemente del pensamiento del obispo de Hipona.

La demostración no es muy difícil: Agustín aparece por todos lados en la vida de este Papa, que le debe además su tesis doctoral en teología, en 1953. En el escudo que Benedicto XVI se ha escogido, como en sus textos, las referencias agustinianas están omnipresentes. Como prueba, la todavía reciente audiencia del pasado 11 de abril.

Cuando improvisa, Benedicto XVI cita a San Agustín

Benedicto XVI ha recurrido así al teólogo de Hipona para explicar el evangelio de la mujer adúltera, en la parroquia de Santa Felicidad, el 25 de marzo. Lo invoca de nuevo para decirle a la Iglesia italiana reunida en congreso en octubre de 2006 en Verona, que el cristiano no debe ser «del mundo», sino «esperanza en el mundo».

La lista sería prolija... Pero podemos señalar que cuando improvisa a Benedicto XVI le gusta volver sobre los escritos de San Agustín: citas espontáneas que dan fe de su proximidad con él.

Agustín, incluso, es citado en su encíclica Deus caritas est cuatro veces. Como nota el asuncionista Marcel Neusch en la revista Itinéraires augustiniens, «ningún otro autor aparece tanto. Justino y Ambrosio son citados sólo una vez» (1). Y Tomás de Aquino ni siquiera es mencionado... mientras que hay referencias a autores «profanos», como Descartes, Nietzsche, Platón o Salustio. Tres citas están sacadas de las obras mayores de Agustín: Las Confesiones, el tratado Sobre la Trinidad y La ciudad de Dios.

La primacía de Dios, el amor...

¿Benedicto XVI agustiniano mientras que su predecesor habría sido más bien tomista? El atajo es rápido y corre el riesgo de encerrar a uno y otro Papa en categorías estrechas. Esto sería sólo porque la oposición es engañosa: Santo Tomás era fuertemente agustiniano... Y ciertos textos de Benedicto XVI, como el célebre discurso de Ratisbona sobre fe y razón, están directamente marcados por la escolástica tomista.

Sin embargo, se encuentran en los discursos del actual obispo de Roma numerosos temas que gustaban al antiguo obispo de Hipona.

La primacía de Dios, por ejemplo, apunta en la revista Jesús el P. Vittorino Grossi, doctor en Patrística por la Pontificia Universidad Agustiniana: «La autonomía del hombre no debe ir nunca contra su Creador. Si no, damos la espalda a la vida para ir hacia la muerte».

Otro acento agustiniano fundamental, el amor. La encíclica Deus caritas est se inspira netamente en las reflexiones del Padre de la Iglesia (conocemos su «Ama y haz lo que quieras»), que no oponía el amor-caridad (agapè) a eros.

La "humildad de Dios", predilecta de Agustín y de Benedicto XVI

E igualmente con Agustín Benedicto XVI va a introducir la segunda parte de la la encíclica, sobre el ejercicio concreto de la caridad: «Ves la Trinidad cuando ves la caridad» (Sobre la Trinidad VIII, 8, 12). En el prójimo Dios se hace visible y se da para encontrarlo.

La eclesiología de Joseph Ratzinger es también agustiniana, apunta en Radio Vaticana Mons. Giovanni Scanavino, obispo de Todi, religioso agustino: una eclesiología de la comunión que, dice, va a servir fuertemente al joven teólogo bávaro durante el Concilio.

Encontramos en el vínculo establecido entre Iglesia y Eucaristía por la reciente exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (El sacramento del amor) del Papa alemán, los acentos de San Agustín en su lucha contra los donatistas -en sustancia, pero en el sentido de la teología sacramental: fuera de la Iglesia, punto de salvación. Para Benedicto XVI también, no sabríamos pertenecer plenamente a la cabeza, Cristo, sin pertenecer al cuerpo de Cristo, la Iglesia, recibiendo los sacramentos de esa salvación.

Podríamos multiplicar estos ejemplos, evocar incluso la «humildad de Dios», predilecta de Agustín como de Benedicto XVI –como podemos leer en su homilía de Navidad pasada– o bien esta fe que, para uno y otro teólogo, no va nunca sin la inteligencia.

Un Papa que se identifica con el obispo de Hipona

Hay más. Leyendo las anécdotas de la vida del Padre de la Iglesia latina contadas por Benedicto XVI, viendo las citas que utiliza, tenemos el sentimiento de que este Papa se identifica con mucho gusto con el obispo africano de los primeros tiempos cristianos.

Al Papa le gusta recordar qué pesada le parecía la carga pastoral a Agustín, que habría preferido quedarse en la contemplación y el estudio. Una alusión a su propio deseo, desde antes de la muerte de Juan Pablo II, de volver a sus queridos estudios, deseo que «la llamada de Dios» para la Sede de Pedro ha venido a contrariar.

Como San Agustín todavía más, a Benedicto XVI le gusta enfrentarse al texto bíblico, explicarlo, comentarlo. Agustín era predicador. El Papa también. Una lectura exigente, renovada sin cesar, y a Benedicto XVI le gusta citar al santo de Hipona: «He llamado muchas veces a la puerta de la Palabra, hasta que pude entender lo que Dios me decía».

Un «pesimismo agustiniano»

Misma interioridad de la fe, vivida en en una relación personal con Dios. Es impresionante, por ejemplo, ver a Benedicto XVI hacer referencia a san Agustín y a esa «gracia de la perseverancia que debemos pedir cada día al Señor para afirmar la gracia primera de la conversión» en su carta al cardenal Carlo Maria Martini por sus 80 años, cardenal al que aprecia.

Mismo pesimismo, también, frente al mundo. Un «pesimismo agustiniano», nacido de la certeza del pecado original, pero compensado por el optimismo de la gracia. Coronado, pues, por la fe. La descripción que hace el obispo de Hipona de las desgracias de la humanidad con la invasión de los Bárbaros, al final de La ciudad de Dios, nos recuerda cierta visión ratzingeriana de la sociedad actual minada por el relativismo y el ateísmo…

Isabelle DE GAULMYN, en Roma
(1) Itinéraires augustiniens, n° 36, juillet 2006.

(original en francés; traducción mía)

Comentario a la Exhortacion Apostólica “Sacramentum caritatis”

Traigo este artículo publicado en Ecclesia Digital. La foto que ilustra la entrada es la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger, que aparece a la derecha (el de la izquierda es su hermano George), pinchar en la foto para verla a tamaño normal:

El 22 de febrero Benedicto XVI hizo pública la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis (22-2-2007), fruto de las reflexiones y propuestas del último Sínodo de Obispos.

La finalidad de esta Exhortación es doble. Por una parte pretende “explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía”. Por otra, “que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de caridad” (nº 5). Siguiendo esta finalidad la Exhortación está dividida en tres partes, justificadas cada una de ellas con palabras del capítulo 6 del evangelio de san Juan, conocido como “el discurso del pan de vida”.

1ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de creer: “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29).

2ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de celebrar: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo” (Jn 6, 32).

3ª Parte: Eucaristía, misterio que se ha de vivir: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come, vivirá por mí” (Jn 6, 57).

La división tripartita –creer, celebrar, vivir-, que constituye el cuerpo de la Exhortación se sitúa entre dos puntos focales cada uno de los cuales proyectan su luz sobre el misterio eucarístico. El primero se encuentra en la Introducción y nos habla del origen de la Eucaristía, Sacramentum caritatis. La Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo. En este sacramento se manifiesta “el amor más grande”, aquel que impulsa a “dar la vida por los propios amigos” (cf Jn 15, 13). En el sacramento de la Eucaristía Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre” (n 1). La segunda luz se proyecta desde la conclusión y nos ayuda a descubrir los efectos de la Eucaristía. “La Eucaristía es el origen de toda forma de santidad…¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística!... La santidad ha tenido siempre su centro en el Sacramento de la Eucaristía” (n 94). Es así como la Eucaristía pasa a ser considerada, en expresión de Juan Pablo II, como un “misterio de luz”.

Entre ambos extremos se concreta el contenido de la Exhortación Apostólica. El misterio eucarístico es abordado desde la perspectiva de la fe, de la celebración y de la vida cristiana.

La Eucaristía es “misterio de la fe” por excelencia: “es el compendio y la suma de nuestra fe” (CEC 1327). La Eucaristía tiene su origen en el misterio trinitario de Dios, es instituida en el marco de la cena pascual por Jesús, y con ella nace la Iglesia. “Existe una relación causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia”. Varias expresiones ayudan a esta comprensión: La Iglesia “vive de la Eucaristía”, “la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace a su vez la Eucaristía”, “la Eucaristía es constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia”, “la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo”, “la Eucaristía es fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia”.

La reflexión de la Iglesia como sacramento saca a la luz la relación de la Eucaristía con los demás sacramentos. Éstos están unidos a ella y a ella se ordenan. La Exhortación pone de manifiesto cómo la Eucaristía enriquece la comprensión de cada sacramento, desvela entre ellos vínculos esenciales y propone exigencias ineludibles para la vida cristiana. De la Eucaristía y la Penitencia enseña: “El amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación... Una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial” (nº 20). Del matrimonio y la Eucaristía dice: “El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se revelan como ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido” (nº 79).

La segunda parte de la Exhortación se refiere a la Eucaristía como “misterio que se ha de celebrar”. Existe una relación intrínseca entre fe eucarística y celebración, tal como pone de relieve el principio lex orandi, lex credendi. Este principio quiere decir: el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia.

Paralelamente se establece un vínculo inseparable entre celebración eucarística y participación. El Documento insiste en que se ha de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles.

De varias maneras se especifica el “arte de celebrar”:

* El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio.

* El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud.

* El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado.

* El ars celebrandi debe tener en cuenta unos elementos básicos (belleza del arte sacro: arquitectura, pintura, escultura, canto) y cuidar las partes de la celebración eucarística: Liturgia de la Palabra (homilía), presentación de ofrendas, plegaria eucarística, rito de la paz, distribución y recepción de la Eucaristía, despedida.

Acerca de la participación en la celebración eucarística la Exhortación enseña que la palabra “participación” no se refiere “a una simple actividad externa” , sino que debe estar informada por el espíritu de conversión, por el recogimiento, el silencio... Y concluye: “Por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada” (nº 64).

La última parte de la Exhortación contempla la Eucaristía como “misterio que se ha de vivir”. Comienza esta parte enseñando que la Eucaristía es el inicio y el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía, el culto razonable (Rom 12, 1). Este culto tiene una eficacia integradora de todos los aspectos de la vida. En distintas fórmulas expresa esta idea la Exhortación:

* “La Eucaristía es “fuente y culmen de la existencia eclesial”,

* “La Eucaristía es un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia”,

* “La Eucaristía ejerce un profundo influjo sobre el estilo de vida cristiana”.

Los últimos números describen los diversos aspectos de la realidad que deben ser impregnados por el nuevo modo de vida eucarística: la espiritualidad, la cultura, la moral, el compromiso social...

Como resumen podemos decir que por el número de cuestiones que aborda la Exhortación Sacramentum caritatis la Eucaristía es presentada como un gran panel donde se van sobreponiendo distintos aspectos del misterio de la salvación: Dios uno y trino, la Iglesia, los sacramentos, la escatología, la celebración litúrgica, la vida moral, la dimensión social de la conducta cristiana… O también, que el misterio eucarístico es contemplado como la luz que ilumina, el hilo que aúna la riqueza de la fe en todas sus dimensiones: doctrinal, litúrgica, moral, espiritual, social… La Exhortación Sacramentum caritatis, en fin, parece presentar el misterio eucarístico como un exquisito mosaico bellamente taraceado.

En espera de la publicación del Compendio eucarístico, que “recogerá... todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión, celebración y adoración del sacramento del altar” (nº 93), la mejor muestra de agradecimiento que la comunidad cristiana puede ofrecer a Benedicto XVI es la lectura atenta y la meditación piadosa de esta Exhortación que repercutirá sin duda alguna en suscitar un “nuevo impulso y fervor por la Eucaristía”.

Juan Luis Martínez Lorenzo

Doctor en Teología

Delegado de Educación en la fe de la Diócesis de Tuy-Vigo

lunes 16 de abril de 2007

El "Jesús" de Benedicto XVI

El primer libro de Benedicto XVI como Papa aparece el lunes 16 de abril, día de son 80 cumpleaños, en alemán, italiano y polaco. La doble cualidad del autor, papa y teólogo, hace a la vez que la lectura de este libro sea rica y difícil.

«En el origen del hecho de ser cristiano, está el encuentro con una Persona», escribía ya Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est. Con Jesús de Nazaret, este libro comenzado mientras era cardenal y acabado en el otoño último, su primer libro de Papa pero que presenta como «el fruto de un largo camino interior», invita a compartir este encuentro de Jesús, Dios hecho hombre.

La obra -que aparece el lunes 16 de abril en italiano, alemán y polaco, y ha sido anunciada en español para mayo en La Esfera- tiene el estilo de las audiencias generales del miércoles, y se deja leer pues ante todo como un gran y bello catecismo, accesible, gracias al talento de pedagogo que caracteriza al antiguo profesor convertido en Papa.

Esta doble dimensión del autor hace a la vez que este libro sea rico y difícil. Y en primer lugar en la comunidad de exegetas en la cual Joseph Ratzinger, como ya lo había hecho en el pasado, hace caer aquí ciertas evidencias. ¿Su postulado? El estudio histórico-crítico ha encontrado hace tiempo sus límites dando a entender que el «verdadero Jesús», en su profundidad histórica, no era accesible por los textos evangélicos, demasiado tributarios del contexto de su elaboración en el seno de las primeras comunidades cristianas.

El autor le open la escuela de la «exégesis canónica», nacida en Estados Unidos hace una treintena de años, que estudia cada elemento del Nuevo Testamento a la luz del mensaje que la Tradición cristiana ha reconocido como revelado en la globalidad de la Escritura. Una lectura creyente, pues, que se pretende complementaria de las aproximaciones científicas, aunque éstas podrían ser notarse sospechosas.

¿Jesús es verdaderamente quien Él pretende ser?

¿Quién es Jesús, en tal perspectiva? El autor responde a ello a través de los acontecimientos conocidos de su vida pública, después de su bautismo hasta la transfiguración para este primer volumen (el segundo, además de la pasión y la resurrección, deberá integrar los evangelios de la infancia). ¿Jesús es verdaderamente quien pretende ser, el Hijo de Dios? El autor busca desde el principio un principio de respuesta en el Antiguo Testamento, en un preliminar sobre Moisés.

Esa preocupación de anclar la fe cristiana en sus raíces judías es una constante de la obra. Jesús, explica, es el último profeta, prometido por Dios a su pueblo. Si Moisés era
«amigo de Dios», Jesús ve el rostro de Dios como un hijo. Vive en profunda intimidad con el Padre, y es en esta unión donde Él se da a conocer. Durante el Sermón de la montaña, se presenta a sí mismo como «la nueva Torah», la Palabra de Dios en persona.

Joseph Ratzinger ha tomado conciencia de ello leyendo las Conversaciones imaginarias entre un rabino y Jesús, de Jacob Neusner. ¿Qué sorprende en efecto a ese rabino en la enseñanza de Jesús? No sus propósitos que, según ese autor judío, no traicionan la fe del pueblo hebreo, sino lo que Jesús ha añadido a esa fe, a saber «él mismo». Ahí está el corazón del cristianismo: «la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio». Jesús sólo pone por delante de otros argumentos a Él mismo: como al joven rico, pide a cada uno que lo sigan.

Y ¿qué aporta Jesús? La respuesta es simple: Dios, «y con Él la verdad sobre nuestro destino y nuestra procedencia». La coherencia de la figura de Jesús reside en esa relación inmediata con Dios. Sea en el desierto, en las Bienaventuranzas o en parábolas, el Jesús de Ratzinger acompaña siempre hacia Dios. Ahora bien, deplora el autor, «en nuestra sociedad moderna (…), declaramos a Dios muerto, ¡así nosotros somos también Dios!». De ese hecho, «los hombres no son más propiedad de otro, sino más bien los únicos jefes de sí mismos y los propietarios del mundo...»

Un cristianismo exigente

Predicador convincente, Joseph Ratzinger predica un cristianismo exigente. Se trata de buscar a Dios, de hacerse cercano a Él y, haciendo esto, hacerse cercano al otro, para vivir «en íntimo acuerdo con la esencia y la palabra de Dios». Este gran vigor, fruto de toda una vida de meditación, agradará a quien busca un guía espiritual. El Dios de Jesús, aquí, no es un Dios endulzado. Ni un Dios que podríamos compartir con las otras religiones en una especie de moral común. Y Joseph Ratzinger ha renovado sus reticencias en contra de un diálogo interreligioso teológico.

Seguir a Jesús, dice más aún, «no ofrece ninguna estructura social realizable concretamente sobre el plano político»: ¡Él no ha venido «a aportar el bien común», por Dios! De esta fe en Dios nace la responsabilidad hacia el prójimo. El hombre de Nazaret no es indiferente al hambre de los hombres, pero vuelve a ponerla en su contexto de la primacía de Dios. Así es como, estima el Papa (como antes en su encíclica), las ayudas de Occidente al Tercer mundo, «basadas en principios puramente técnico-materiales, no sólo han dejado aparte a Dios, sino que han alejado de Él a los hombres»: «Creen poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan».

En juego siempre está el primado de Dios. Con Él solamente puede hacerse la verdadera conversión, que es «inversión de la marcha interior en relación a la dirección que habíamos tomado espontáneamente». Y hoy, subraya todavía el predicador, «frente a la crueldad del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a ver más claramente los peligros de la riqueza y comprendemos de manera nueva lo que Jesús desea poniéndonos en guardia contra la riqueza (…) que destruye al hombre, agarrando por la garganta con su mano cruel una gran parte del mundo».

Dirección, el amor

La dirección es la del amor. Eso no puede tomarse sin Dios. Pues, como Joseph Ratzinger lo muestra a través de las parábolas del buen samaritano o de «los dos hermanos» (el hijo pródigo), «todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo para que nosotros podamos convertirnos también en personas que aman. Tenemos siempre necesidad de Dios que se ha hecho cercano, para poder hacernos cercanos a nuestra vez».

Para nuestro autor, sin duda este ideal de proximidad con Dios y con el hombre, encarnado por Jesús, alcanza la más gran intensidad en el cuarto evangelio: generalmente considerado generalmente puramente teológico, la obra de Juan es aquí acreditada al contrario como de una máxima plausibilidad histórica -no ciertamente en el sentido «de un acta grabada con magnetófono», sino por «haber reflejado correctamente los discursos de Jesús, el testimonio de Jesús mismo» y, en definitiva, «la figura auténtica de Jesús».

Y Joseph Ratzinger invita entonces a sus lectores a adoptar la actitud de María para retener las palabras de su Hijo en un «trato interior del acontecimiento» de la salvación, dejándose guiar por el Espíritu Santo para alcanzar lo que es en definitiva la memoria de la Iglesia. A saber «la profundidad de las palabras y de los acontecimientos que vienen de Dios y llevan a Dios». Cada lector será libre de distinguir aquí o no «al verdadero Jesús» que le ha sido indicado. No podrá negar que el papa teólogo entrega aquí su fe personal en una emocionante verdad.

Isabelle de GAULMYN y Michel KUBLER

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

Es el título del prefacio del libro del Papa que acaba de publicarse, y que tradujo a principios de año Sandro Magister.

Ya se está imprimiendo la traducción española, que saldrá editada por Esfera en el mes de mayo.

”Mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento...”

por Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Al libro sobre Jesús, del que ahora presento al público la primera parte, he llegado después de un largo camino interior.

En el tiempo de mi juventud – en los años treinta y cuarenta – fueron publicados una serie de libros sobre Jesús que entusiasmaban. Recuerdo sólo el nombre de algunos autores: Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel William, Giovanni Papini, Jean Daniel-Rops. En todos estos libros la imagen de Jesucristo fue delineada a partir de los Evangelios: cómo vivió sobre la tierra y cómo, siendo enteramente hombre, les llevó al mismo tiempo a Dios a los hombres, con el cual, en cuanto Hijo, era una sola cosa. Así, a través del hombre Jesús, se hizo visible Dios y a partir de Dios se pudo ver la imagen del hombre justo.

Al inicio de los años cincuenta la situación cambió. El desgarro entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” se hizo siempre más amplio; a simple vista el uno se alejó del otro. ¿Y qué significado puede tener la fe en Jesucristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y de como lo anuncia la Iglesia a partir de los Evangelios?

Los progresos de la investigación histórico-crítica condujeron a distinciones siempre más sutiles entre los diferentes estratos de la tradición. Detrás de ellos, la figura de Jesús, sobre la cual se apoya la fe, se volvió siempre más incierta, tomó contornos siempre menos definidos.

Al mismo tiempo las reconstrucciones de este Jesús, que debería ser buscado tras las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron siempre más contradictorias: del revolucionario enemigo de los romanos que se opone al poder constituido y naturalmente fracasa, al manso moralista que todo permite e inexplicablemente termina por causar su propia ruina.

Quien lee de corrido un cierto número de estas reconstrucciones puede inmediatamente constatar que ellas son mucho más fotografías de los autores y de sus ideales y no la puesta al descubierto de un ícono que se ha vuelto confuso. Lo que sí, mientras tanto, ha crecido la desconfianza respecto a estas imágenes de Jesús, y sin embargo la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Todos estos intentos de todos modos han dejado tras de sí, como denominador común, la impresión que nosotros sabemos bien pocas cosas ciertas sobre Jesús y que sólo más tarde la fe en su divinidad ha plasmado su imagen. Esta impresión, entre tanto, ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad.

Una situación así es dramática para la fe porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de lo que todo depende, amenaza con agotarse inútilmente en el vacío.

* * *

He sentido la necesidad de proporcionar a los lectores estas indicaciones de método porque ellas determinan la ruta de mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento.

Para mi presentación de Jesús esto significa ante todo que tengo confianza en los Evangelios. Naturalmente doy por descontado cuanto el Concilio y la moderna exégesis dicen sobre los géneros literarios, sobre la intencionalidad de las afirmaciones, sobre el contexto comunitario de los Evangelios y su hablar en este contexto vivo. Aún aceptando – por cuanto me era posible – todo esto, he querido hacer el intento de presentar el Jesús de los Evangelios como el verdadero Jesús, como el “Jesús histórico” en el verdadero sentido de la expresión.

Estoy convencido, y espero que el lector también se pueda dar cuenta, que esta figura es mucho más lógica y también, desde el punto de vista histórico, más comprensible que las reconstrucciones con las cuales nos hemos debido confrontar en los últimos decenios.

Considero que precisamente este Jesús – el de los Evangelios – sea una figura históricamente sensata y convincente. Sólo si había sucedido algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explican su crucifixión y su eficacia.

Ya casi a veinte años después de la muerte de Jesús encontramos plenamente desplegada en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (2, 6-8) una cristología en la que se dice de Jesús que era igual a Dios, pero se despojó a sí mismo, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte de cruz y que a Él le toca la alabanza de lo creado, la adoración que en el profeta Isaías (45, 23) Dios proclamó como debida sólo a Él.

La investigación crítica se plantea con justo derecho la pregunta: ¿qué cosa ha sucedido con la crucifixión de Jesús en estos veinte años? ¿Cómo se llegó a esta cristología?

La acción de formación comunitaria anónima, de la que se trata de encontrar los exponentes, en realidad no explica nada. ¿Por qué unos grupos desconocidos pudieron ser tan creativos, convencer e imponerse de ese modo? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, que la grandeza se coloque al inicio y que la figura de Jesús hizo en la práctica saltar todas las categorías disponibles y pudo así ser comprendida sólo a partir del misterio de Dios?

Naturalmente, creer que precisamente como hombre Él fuese Dios y diese a conocer esto envuelto en parábolas y no obstante en forma cada vez más clara, va más allá de las posibilidades del método histórico. Al contrario, si a partir de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y su apertura para lo que es más grande, ellos se abren para mostrar una vía y una figura que son dignas de fe.

Se hacen ahora claras también la lucha a más estratos que está presente en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y – no obstante todas las diversidades – la profunda concordia de estos escritos.

Es claro que con esta visión de la figura de Jesús voy más allá de lo que dice por ejemplo Schnackenburg en representación de una buena parte de la exégesis contemporánea.

Pero espero que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la exégesis moderna, sino con gran reconocimiento por lo mucho que ella nos ha dado y continúa dándonos. Ella nos ha hecho conocer una gran cantidad de fuentes y de concepciones a través de las cuales la figura de Jesús puede hacérsenos presente en una vivacidad y profundidad que sólo hace pocos decenios no conseguíamos ni siquiera imaginar.

Sólo he buscado ir más allá de la mera interpretación histórico-crítica aplicando los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que naturalmente requieren la fe, sin por esto querer y poder – de hecho – renunciar a la seriedad histórica.

Por cierto no hay necesidad de decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino que es únicamente expresión de mis investigaciones personales sobre el “rostro del Señor” (Sal 27,8). Por tanto, cada quien es libre de contradecirme. Pido sólo a las lectoras y lectores aquel presupuesto de simpatía, sin la cual no hay ninguna comprensión.

Como he dicho al inicio del prefacio, el camino interior hacia este libro ha sido largo.

He podido comenzar a trabajarlo durante las vacaciones estivas del 2003. En agosto del 2004 he dado forma definitiva a los capítulos del 1 al 4. Después de mi elección a la sede episcopal de Roma he utilizado todos mis momentos libres para sacarlo adelante.

Ya que no sé cuanto tiempo y cuanta fuerza me serán concedidas todavía, en este momento he decidido publicar como primera parte del libro los primeros diez capítulos, que van desde el bautismo en el Jordán hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración.

Roma, fiesta de san Jerónimo
30 de setiembre del 2006

La próxima batalla a favor y en contra de Jesús se combatirá a golpe de libros

Otro artículo, esta vez anterior, de Sandro Magister sobre el libro del Papa:

Y el nuevo libro anunciado y lanzado por Joseph Ratzinger será el best seller del año. Presentamos su prefacio íntegro.

por Sandro Magister

ROMA, 15 de enero del 2007 – Su libro sobre Jesús fue anunciado a fines de noviembre y estará a la venta en la próxima primavera. Pero no hay semana en que Benedicto XVI no predique sobre el protagonista del libro: Jesús, “verdadero Dios y verdadero hombre”

Es como si el Papa Joseph Ratzinger se ocupara ya de la campaña de lanzamiento. Hace un año hizo lo mismo con la encíclica “Deus caritas est”: antes de su publicación intervino repetidamente ilustrando sobre sus contenidos esenciales, aumentando progresivamente la expectativa.

La última vez en que Benedicto XVI hizo una referencia a su próximo libro sobre Jesús fue el miércoles 3 de enero en la audiencia general.

Hablando de la Navidad el Papa llamó la atención una vez más sobre el “poder de las tinieblas que trata de oscurecer el esplendor de la luz divina”. Y dijo:

“Es el drama del rechazo de Cristo, que, como en el pasado, también hoy se manifiesta y se expresa, por desgracia, de muchas formas diferentes. Tal vez en la época contemporánea son incluso más solapadas y peligrosas las formas de rechazo de Dios: van desde el rechazo neto hasta la indiferencia, desde el ateísmo cientificista hasta la presentación de un Jesús que llaman modernizado y posmodernizado. Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a un simple hombre de su tiempo, privado de su divinidad; o un Jesús tan idealizado que parece a veces un personaje de fábula.”

El Papa ha opuesto a este falso Jesús el “verdadero Jesús de la historia”: el Jesús que es “verdadero Dios y verdadero hombre y no se cansa de proponer su Evangelio a todos”. Frente al cual “no se puede permanecer indiferente. También nosotros, queridos amigos, debemos tomar posición continuamente”. No rechazarlo sino acogerlo. Sabiendo que “a todos los que lo recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12).

* * *

La disyuntiva que Benedicto XVI pone entre el falso y el verdadero Jesús es pues la misma que él ve en acto entre los libros que reducen Jesús a un simple hombre y los que en cambio lo presentan en su verdad humano-divina.

Entre los libros del “poder de las tinieblas” de hoy en día, el Papa tiene en mente sobre todo uno que en Italia ha vendido en pocos meses medio millón de copias, titulado: “Inchiesta su Gesù. Chi era l’uomo che ha cambiato il mondo [Investigación sobre Jesús. Quién era el hombre que cambió el mundo]”.

Los autores del volumen son el agnóstico Corrado Augias, periodista y escritor, editorialista del importante diario liberal “La Repubblica”, y el católico Mauro Pesce, profesor de historia de la Iglesia de la universidad de Bolonia, especialista en textos del cristianismo primitivo.

La tesis de este libro es que “es falso todo lo que la fe cristiana profesa respecto a Jesús”. Así al menos lo ha sintetizado al reseñar el libro de Augias y Pesce, el Padre Giuseppe De Rosa en “La Civiltà Cattolica”, la revista de los jesuitas de Roma impresa con el control y la autorización de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Otra reseña del libro igualmente severa es la que apareció en el diario de los obispos italianos, “Avvenire”, en la pluma del Padre Raniero Cantalamessa, 72 años, especialista en historia de los orígenes cristianos y desde 1980 predicador de la casa pontificia, o sea el que da las prédicas de Adviento y de Cuaresma al Papa y a la Curia vaticana.

Si pues Benedicto XVI hasta ahora no ha citado explícitamente el libro de Augias y Pesce, estas dos reseñas autorizadas bastan para dar a entender que el libro es considerado en el Vaticano el texto último y más representativo de aquel ataque a la fe cristiana que desde hace más de dos siglos tiene a Jesús como blanco.

El inminente libro de Joseph Ratzinger / Benedicto XVI – firmado así porque fue escrito por él antes y después de la elección como Papa – pretende precisamente oponer el Jesús auténtico al falso Jesús “modernizado o postmodernizado”.

Es fácil prever también para el libro del Papa un gran éxito de venta, en Italia y en el mundo.

Pero más que una guerra editorial, se anuncia una nueva fase de aquel perenne enfrentamiento entre acogida y rechazo que siempre ha tenido en Jesús su “signo de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35, citado en la audiencia del miércoles 3 de enero).

Precisamente esto hace presagiar el prefacio escrito por Benedicto XVI a su libro que tendrá por título: “Jesús de Nazaret. Del bautismo en el Jordán a la Transfiguración”, primero de dos volúmenes previstos, con el próximo que abracará hasta la Resurrección.

El Papa, haciendo público el prefacio de manera anticipada, ha efectuado otra movida en la campaña de lanzamiento del libro. Y en la batalla a favor y en contra de Jesús.

Y se presentó en medio de ellos: “Jesús de Nazaret” en librería

Para ir abriendo boca sobre el libro del Papa, este artículo del vaticanista Sandro Magister sobre el tema:

Salió en varios idiomas el libro más querido por su autor. Joseph Ratzinger lo ha trabajado por muchos años, y ahora prepara la continuación. Un texto fundamental también para entender este pontificado

por Sandro Magister

ROMA, 16 de abril del 2007 – Desde hoy, cumpleaños ochenta de Benedicto XVI, su tan esperado libro sobre “Jesús de Nazaret” está a la venta en el original alemán y en las versiones italiana, polaca y griega, a las que rápidamente seguirán las traducciones a una veintena de idiomas: inglés, francés, español, portugués, catalán, holandés, sueco, esloveno, croata, serbio, checo, eslovaco, lituano, húngaro, maltés , coreano.

“Jesús de Nazaret” es la primera parte de una obra de dos volúmenes que Joseph Ratzinger ha pensado hace muchos años como parte de un “largo camino interior” suyo en busca del “rostro del Señor”. Ha escrito los primero cuatro capítulos antes de ser elegido Papa y los siguientes seis después, “usando todos los momentos libres”.

En este primer volumen el relato comienza con el bautismo de Jesús en el Jordán y llega hasta su transfiguración en el monte Tabor. Mientras el segundo volumen llegará a la pasión, muerte y resurrección, con un capítulo dedicado también a los relatos de la infancia: la anunciación, el nacimiento, los magos, la fuga a Egipto.

La intención de Ratzinger al escribir este libro la explica él mismo en el prefacio: presentarles a los hombres de hoy el Jesús de los Evangelios como el Jesús históricamente real, verdadero Dios y verdadero hombre.

Para Benedicto XVI, en los Evangelios se encuentran todos los elementos para afirmar que el personaje histórico Jesús también es realmente el Hijo de Dios venido a la tierra para salvar a la humanidad y, página tras página, guía al lector – creyente, pero también no creyente – en la búsqueda y en el descubrimiento de su verdadero rostro.

El libro consta de una prefación, hecha pública desde el pasado noviembre, de una introducción, de diez capítulos y de una guía bibliográfica.

En la introducción, Benedicto XVI presenta a Jesús como el “nuevo Moisés” anunciado por el Antiguo Testamento en el libro del Deuteronomio: “un profeta con el cual el Señor hablaba cara a cara”. Incluso mucho más: si Moisés no pudo contemplar el rostro de Dios sino sólo verle “las espaldas”, Jesús es no sólo el amigo de Dios sino su Hijo unigénito, está “en el seno del Padre” y por lo tanto lo puede revelar: “Quien me ve a mí ve al Padre”.

El primer capítulo está dedicado al bautismo de Jesús en el Jordán. Sumergiéndose en las aguas Jesús “acepta la muerte por los pecados de la humanidad”. Mientras la voz desde el cielo que lo señala como Hijo de Dios predilecto “es la llamada anticipada a la resurrección”. El recorrido de su vida ya está delineado.

Capítulo segundo: las tentaciones de Jesús. Para salvar a la humanidad, Jesús debe vencer las principales tentaciones que amenazan, en diferentes formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la verdadera Tierra prometida que es el “reino de Dios”.

El capítulo tercero está dedicado, precisamente, al Reino de Dios, que es el señorío de Dios sobre el mundo y sobre la historia, pero se identifica en la misma persona de Jesús, vivo y presente aquí y ahora. En Jesús “Dios viene a nuestro encuentro, reina en modo divino o sea sin poder mundano, reina con el amor que llega “hasta el extremo”.

Capítulo cuarto: el discurso de la montaña. En él Jesús aparece como el “nuevo Moisés” que lleva a cumplimiento la Torah, la ley. Las bienaventuranzas son los puntos cardinales de la nueva ley, y al mismo tiempo, un autorretrato de Jesús. La ley es Él mismo: “Es este el punto que exige una decisión y por lo tanto es el punto que conduce a la cruz y a la resurrección”.

Capítulo quinto: la oración del Señor. Poniéndose en el seguimiento de Jesús, el creyente puede invocar al Padre con las palabras que Él enseñó: el Padrenuestro. Benedicto XVI lo explica punto por punto.

Capítulo sexto: los discípulos. La comunidad con Jesús recoge a los discípulos en el “nosotros” de una nueva familia, la Iglesia, que a su vez es enviada a anunciar el mensaje al mundo entero.

Capítulo sétimo: las parábolas. Benedicto XVI ilustra su naturaleza y objetivo y después comenta tres, todas del Evangelio de Lucas: la del buen samaritano, la de los dos hermanos y el padre bueno, la del rico epulón y el pobre Lázaro.

Capítulo octavo: las grandes imágenes joánicas. O sea: el agua, la vid y el vino, el pan, el pastor. El Papa las comenta una por una, después de haber explicado quien era el evangelista Juan.

Capítulo nueve: la confesión de Pedro y la transfiguración. Ambos eventos son momentos decisivos para Jesús como también para sus discípulos. Muestran con claridad cual es la verdadera misión del Hijo de Dios sobre la tierra y cual es la suerte de quien quiere seguirlo. Jesús, el Hijo de Dios vivo, es el Mesías esperado por Israel que, a través del escándalo de la cruz, conduce a la humanidad al “reino de Dios”, a la libertad definitiva.

Capítulo décimo: las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo. Benedicto XVI comenta tres de ellas: “Hijo del Hombre”, “Hijo”, “Yo soy”. Este último es el nombre misterios con el que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente y con el que los Evangelios dejan entrever que Jesús es el mismo Dios.

Aquí termina el primer volumen del Papa sobre Jesús de Nazareth. Pero también es interesante el apéndice final en el que el autor hace de guía a los lectores en la inmensa bibliografía sobre la materia. Por cada uno de sus diez capítulos, Ratzinger cita los principales libros a los que se ha referido y que pueden ser leídos para una profundización. Además señala “algunos de los más importantes y recientes libros sobre Jesús”, entre los que figuran los de Joachim Gnilka, Klaus Berger, Heinz Schürmann, Thomas Söding, Rudolf Schnackenburg, John P. Meier. De la obra de este último, en tres amplios volúmenes con el título “A Marginal Jew. Rethinking the Historical Jesus", escribe:

“Esta obra en varios volúmenes del jesuita americano representa bajo muchos aspectos un modelo de exégesis histórico-crítica, en la que se pone de manifiesto tanto la importancia como los límites de esta disciplina. Vale la pena de ser leída la reseña de Jacobo Neusner al primer volumen, 'Who needs the historical Jesus?', en 'Chronicles' julio 1993, pp. 32-34”.

Benedicto XVI dedica este pasaje de su libro a la interpretación de la Escritura, en el capítulo sobre las tentaciones de Jesús:

“Para atraer a Jesús a su trampa el diablo cita la Sagrada Escritura, […] aparece como teólogo. […] Vladimir Solove’ëv retomó este tema en su ‘Relato sobre el Anticristo’; el Anticristo recibe el doctorado honoris causa en teología de la Universidad de Tubinga; es un gran experto en Biblia. Con este relato Solov’ëv ha querido expresar en modo drástico su escepticismo en relación a cierto tipo de exégesis erudita de su tiempo. No se trata de un no a la interpretación científica de la Biblia en cuanto tal, sino de una advertencia, en principio saludable y necesaria, frente a los caminos errados que ella puede tomar. La interpretación de la Biblia puede efectivamente volverse un instrumento del Anticristo. No es solamente Solov’ëv quien lo dice, es lo que afirma implícitamente el relato mismo de las tentaciones. Los peores libros destructores de la figura de Jesús, desmanteladores de la fe, han sido entretejidos con presuntos resultados de la exégesis”.

viernes 13 de abril de 2007

¿Existe el mal?

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: ¿Dios creó todo lo que existe?

Un estudiante contestó valiente: Sí, lo hizo.

¿Dios creó todo?, preguntó nuevamente el profesor

Sí señor, respondió el joven

El profesor contestó: Si Dios creó todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.

El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe era un mito

Otro estudiante levantó su mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor? Por supuesto, respondió el profesor.

El joven se puso de pie y preguntó: ¿Profesor, existe el frío?

¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?

El muchacho respondió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es la ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

Y, ¿existe la oscuridad? continuó el estudiante. El profesor respondió: Por supuesto.

El estudiante contestó: Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz.

La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente

Finalmente, el joven preguntó al profesor: Señor, ¿existe el mal?

El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.

A lo que el estudiante respondió: El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios.

Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.

EL JOVEN SE LLAMABA ALBERT EINSTEIN...